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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-05-2011

15-M: Ya no tenemos miedo

Joseba Fernndez, Miguel Urbn, Ral Camargo
Rebelin


El 15 de mayo se ha abierto una brecha. Ya no hay discusin al respecto. Una movilizacin que abre nuevas vas y que supone, sin matices, un punto de inflexin en la respuesta social a la crisis en el Estado espaol. Quien no tenga motivos, en el campo de la izquierda, para la celebracin y la alegra, ms all de la incertidumbre del momento, tiene un serio problema. Se ha quedado, ya, en fuera de juego.

A lo largo del texto plantearemos algunas explicaciones del porqu del xito de la movilizacin(y su continuacin), la especial relevancia de la precariedad y la juventud, as como del significado que este acontecimiento-movimiento puede tener como factor desestabilizador en la movilizacin contra la crisis.

Los antecedentes: el caldo de cultivo, la dejacin de funciones de algunos y la impotencia de lo alternativo.

Extenderse, nuevamente, sobre los factores que explican el profundo deterioro social, econmico, medioambiental y del conjunto de la vida poltica espaola no tiene mayor sentido. Es de sobra conocido cmo ha estallado la crisis econmica capitalista sobre el modelo de desarrollo espaol y cmo eso ha afectado a millones de personas. Tambin el modelo de salida a la crisis que desde las lites se ha seguido. Una dinmica de lucha de clases desde arriba que, al dictado de la UE y el FMI, ha dejado un reguero de vctimas y un escenario de triunfo demoledor para la banca, los grandes capitales y los especuladores de distinto signo.

De alguna forma, el saldo desde el crack de la economa espaola es de un balance aterrador. La financiarizacin de las clases medias, el efecto riqueza y el sueo aletargador de la sociedad de propietarios y del ascensor social haba funcionado, perfectamente, como mecanismo ilusorio para el plcido devenir del modelo econmico de desarrollo de este pas. Sin embargo, el reventn de las varias burbujas que atenazaban la economa espaola ha hecho saltar por los aires este esquema del capitalismo de ficcin. De una sociedad parcialmente eufrica por el credo del crecimiento se ha pasado a una sociedad mayoritariamente golpeada y sin asideros sociales a los que agarrarse. Y, sin entrar en psicologismos huecos, se ha pasado de una ciudadana basada en las diversas redes de confianza a una sociedad desconfiada de las instituciones sociales y polticas sobre las que se asienta el rgimen espaol.

Pero este trnsito se ha hecho esperar. El K.O. que ha recibido la composicin mayoritaria de las clases trabajadoras ha sido administrado y digerido a travs de diferentes fases y momentos. Nadie pasa de la euforia al miedo y de ste a la indignacin y la movilizacin en una secuencia corta y mecnica. Pero, evidentemente, el caldo de cultivo que iba a producir el estallido del 15 M se iba tejiendo, poco a poco, y soterradamente. Y, en los ltimos meses, al margen de los canales y las estructuras de los que se esperaba pudieran protagonizar una respuesta amplia y antagnica a la situacin de emergencia social y de golpe de Estado que viva la economa y la soberana poltica.

Sin embargo, una brecha anterior se haba abierto unos meses antes. Fue el 29-S. Ese da (y las semanas previas de preparacin) la posibilidad real de ampliar el marco de las resistencias y las respuestas populares (no slo desde el mbito del trabajo sino mucho ms all) qued reafirmada en la convocatoria y seguimiento de la Huelga General. Para la izquierda social y poltica anticapitalista las condiciones de continuidad de la Huelga estaban dadas: plataformas vecinales, nuevas iniciativas de trabajo social, aprendizaje colectivo para nuevos activistas etc.

El cierre del esquema del conflicto sindical y el compromiso con el dilogo y pacto social por parte de los sindicatos mayoritarios supuso la imposibilidad de aprovechar una oportunidad poltica real para intervenir, desde esas estructuras, para seguir un modelo distinto y de acumulacin de fuerzas en la respuesta social a la crisis. El dao que caus el pacto sobre las pensiones sobre la moral de no pocos activistas y la deslegitimacin real (y merecida) que han sufrido las centrales mayoritarias explica que estos agentes no puedan ser percibidos, en estos momentos, como herramientas reales para interpretar y dar cauce al malestar general.

Tampoco el balance de lo que podemos llamar, amplia y difusamente, la izquierda alternativa y anticapitalista ha sido mucho mejor. Evidentemente, no en su papel de legitimador ni comparsa de la farsa de la paz social. Pero s, al menos, en su capacidad de expresar en la calle la alternativa que podamos significar. Si bien el resistencialismo ha sido notable, las incapacidades organizativas, la estrechez de miras, la desconexin real respecto a lo que no son ncleos de activistas o, simplemente, la puesta en marcha de repertorios de accin atractivos y atrayentes para otro perfil de pblico han conducido a movilizaciones que, no por necesarias y relativamente exitosas, no han podido dar inicio en ningn momento a un ciclo de movilizaciones. As, el sindicalismo alternativo, los movimientos sociales ms radicales y coherentes o la izquierda poltica rupturista no ha/hemos podido romper el crculo en el que se mova. Si bien es verdad que se ha ampliado en los ltimos meses, su papel como dinamizador de la batalla en la calle ha tenido siempre su techo. Pero tambin es cierto que las pequeas iniciativas que se han ido concretando estos meses y aos han ido generando parte del discurso que hoy van asumiendo ms sectores de los hoy movilizados.

El efecto imitacin y las resistencias en el planeta de los desposedos:

Esta falta de referencias prcticas, simblicas y de identidad ha atenazo la posibilidad de respuestas sociales estos ltimos meses. Llamando a nuestra puerta han aparecido en forma de revueltas, rebeldas y revoluciones otros pueblos, experiencias y nuevas formas de auto-organizacin. Ha sido la juventud portuguesa en su lucha contra el FMI, los estudiantes italianos contra Berlusconi, la precariedad y los recortes en educacin; el sindicalismo y la juventud griega contra la deuda y el chantaje de la UE; las universidades ocupadas y movilizadas en Reino Unido; la Francia rebelde e insumisa a perder derechos sociales. Y han sido, como un milagro que jams se espera, el levantamiento de la dignidad y contra la tirana de los pases rabes. La juventud tunecina y egipcia y de tantos otros pases, las organizaciones sociales y polticas que all hroicamente han resistido a travs del conflicto social estos aos a las dictaduras polticas y econmicas nos han mostrado que es posible tomar el cielo por asalto, incluso en las peores condiciones. Y, de alguna manera, nos han hecho perder el miedo.

No se puede minimizar, a estas alturas, el efecto contagio que estas revueltas-revoluciones han tenido en el planeta. Y cmo estn contribuyendo a cambiar tantas cosas y supuestas realidades inamovibles en la gestin y gobierno del capitalismo y el imperialismo a escala global.

Es difcil demostrar de qu manera han tenido impacto especfico sobre este despertar de la rebelda instintiva en el Estado espaol. Slo dos apuntes al respecto: a nivel de discurso y de formas de organizacin (manejo de las redes sociales y fuerza simblica y real del espacio pblico) parecen haber ejercido ya como autnticas inspiradoras.

La juventud: significante vaco pero lleno de contenido

Deca igo Errejn en un reciente artculo que en la movilizacin del 7 de abril de Juventud sin Futuro el propio concepto de juventud se haba manejado, exitosamente, como un significante vaco que condensaba buena parte de la realidad social y del imaginario colectivo capaz de legitimar una movilizacin de este tipo. Certero anlisis que, como vemos, sigue funcionando y lo seguir haciendo.

Nuevamente, y como ya sucedi en el ciclo del '68 aunque en unas condiciones completamente diferentes,2 la juventud, en distintos focos de resistencia, est actuando como autntica vanguardia tctica en el marco de un movimiento ms de conjunto. No entramos a valorar aqu aspectos tan espinosos como el del propio concepto de generacin ni sobre las condiciones objetivas y subjetivas disponibles para la movilizacin de la juventud en la actualidad. Nos limitamos a afirmar su trascendencia como elemento iniciador de antagonismos sociales. Y lo est haciendo en contextos demogrficamente (caso de los pases rabes Vs casos europeos) y polticamente (a nivel de poltica de movimiento) muy desiguales.

Sin embargo, el eje de discurso y de prctica que pivota sobre la precariedad sigue mostrndose como un activo a la hora de aglutinar voluntades. La acumulacin de experiencias y de discurso contra-hegemnico en las universidades en los ltimos aos no es desdeable. La puesta en marcha de una iniciativa con tanto potencial como la de Juventud sin Futuro es slo una seal de cmo los sectores activistas del movimiento estudiantil han sabido reconocerse, articular un discurso con capacidad de sumar y afinar prcticas de movilizacin con capacidad de impacto social.

En este sentido, no puede entenderse el 15-M sin el 7 de abril. Y no podr entenderse un movimiento en la calle sin la especial intervencin y protagonismo de las demandas, discursos y prcticas de colectivos como Juventud sin Futuro. Las alarmantes cifras de paro y precariedad juvenil ya eran sntoma de preocupacin para socilogos ligados al PSOE como Jose Flix Tezanos o, ms recientemente, para el propio FMI que se ha atrevido hablar del riesgo de una generacin perdida en Espaa.

Las victorias del 15-M y sus riesgos: contra la dictadura de los mercados, el movimiento en marcha.

Algo ha cambiado a partir del 15-M. En Madrid se respiraba ambiente de manifestacin. De lo que supone (o debera ser) una manifestacin: tomar las calles, conectar con la gente comn, ampliar el espacio de lo posible. Perder el miedo. Eso nos decan ya semanas antes los carteles de Juventud sin Futuro3 Y eso se grit colectivamente en las calles de Madrid (y, seguramente, en la de otras muchas ciudades): sin miedo. Un miedo que slo nos lo podemos quitar de encima desde lo comn, desde la colectividad. El gran triunfo de las polticas del neoliberalismo ha sido hundirnos en problemticas individualizadas (en el miedo al trabajo, al futuro, a los bancos, a la desconexin social). Slo desde cauces colectivos, alejados de falsas soluciones individuales, ese miedo puede dar paso a otros estados de nimo. Y parte de ese miedo ya nos lo hemos sacudido. Esa ha sido la gran leccin que, colectivamente, hemos podido vivir. Seguramente, as lo ha experimentado mucha gente no asidua a los rituales de manifestacin y expresin de la izquierda. Y eso es un regalo para la izquierda radical: la posibilidad de politizacin de nuevos sectores.

Las claves del xito de la manifestacin, as como de su continuidad, ya estn circulando y empiezan a ser ampliamente reconocidas. Ms all de algunos discursos ambiguos y contradictorios en las convocatorias que haban circulado en los das previos, se perciba que exista una posibilidad de ampliar el espectro social, de llegar a sectores desmovilizados hasta el momento.

La tensin entre organizacin y espontanismo se demuestra, nuevamente, irresoluble y falsa. No existe margen para un fortalecimiento de la movilizacin y la sedimentacin de experiencias organizadas sin margen para el espontaneismo; pero tampoco hay margen para ste sin un trabajo de organizacin previo que se abre tambin a lo inesperado.

En Madrid, el trabajo y visin de Juventud sin Futuro ha permitido que esta plataforma se haya convertido en polo de referencia inexcusable en estos momentos. Por su dinamismo, su combatividad y su capacidad de tejer alianzas. Una aparicin pblica y meditica, tolerada hasta el momento, pero que mucho nos tememos cambiar de signo en el corto plazo.

Pero el 15-M no ha sido, ni mucho menos, una movilizacin juvenil ni de seal de un falso conflicto intergeneracional. Ha sido la puesta de largo de lo que puede ser un nuevo movimiento ciudadano diverso, con evidentes contradicciones pero con an ms posibilidades. Un movimiento, aun difcil de caracterizar, que era necesario y que rompe con la inercia de derrota y pesimismo que se haba apoderado de la izquierda social en sentido amplio.

Y si es ilusionante lo es por el nmero de personas que ha congregado (la mayor movilizacin contra la crisis desde la Huelga General), porque la mayor parte de los discursos son propios del discurso que, machaconamente, ha venido repitiendo la izquierda desde mucho antes del estallido de la crisis: contra la dictadura de los mercados y de los bancos, contra los recortes sociales, contra este modelo de democracia. Y eso es ya una victoria: socializar en las calles las banderas del movimiento antiglobalizacin, de los estudiantes, docentes y de personal de sanidad en lucha estos aos, de los sindicalistas honestos y combativos.

Se podr decir que no es un discurso acabado, completo. Claro que no. Faltan muchas cosas: anlisis sobre la destruccin medioambiental, sobre la crisis enrgetica, sobre la finitud del planeta. Y tambin sobre el patriarcado y la crisis de los cuidados. O un discurso sobre la inmigracin, la ley de extranjera o los CIE 's. Eso es lo que falta. Y otras muchas cosas.

Pero es un discurso y una prctica que debe ser acompaada, que es posible construirse en camino y a la que los sectores que han trabajado las resistencias desde las facultades, los centros de trabajo, el movimiento ecologista, el feminismo deben (y deben poder) llenar de contenido.

El 15-M y las plataformas asentadas sobre el terreno que estn surgiendo es una posibilidad para que esas izquierdas y esos movimientos sociales amplen el pblico de sus discursos y de sus prcticas. Porque estos movimientos, afortunadamente, no surgen de acuerdos entre aparatos, no son experiencias para el debate entre los sectores ms conscientes. Es, por fn, una experiencia en marcha para la movilizacin. Es, prafraseando a Brecht en su polmica con los identitarios, una experiencia que tiene piernas y no races. Estas son las convergencias que tienen futuro: las que tienen piernas ( de manifestaciones) y no patas( de mesas).

La respuesta ante este fenmeno de las instituciones y de la propia izquierda acomodada es sntoma del propio xito del movimiento4. La estigmatizacin de las protestas, las etiquetas sobre las mismas, su minusvaloracin y represin son la prueba palpable de la inquietud que estn provocando. Algunas voces de la progresa intelectual nos pedan indignarnos y reaccionar. Cuando lo hacemos, somos violentos antisistema que no ofrecemos alternativas. Siempre el mismo cuento de aquellos instalados en lo polticamente correcto.

La perspectiva para lo que venga despus del 15-M es incierta. No hay duda. Bastante ms, eso s, que lo que vendr el 22-M. De ah ya sabemos lo que saldrn: ms recortes sociales, menos democracia.

Siempre hemos mantenido que la lucha de clases es una batalla de largo aliento. Que no hay atajos ni recetas mgicas. Y que ni siquiera ya sabemos cmo se puede cambiar el mundo. Tampoco el 15-M y lo que ahora est pasando es una leccin definitiva. Pero s que ha sido una pequea ruptura en la normalidad de esta democracia que se imparte a golpes de porra y de decretos anti-sociales bajo los espreos designios de eso que llaman mercados.

Aprovechar esta grieta, conformar espacios de resistencia sobre el terreno que no abandonen los grandes problemas, consolidar espacios para la prctica de la resistencia y de la democracia son ya las tareas que nos deja el grito del 15-M.

En la movilizacin contra la crisis y en la lucha contra este mundo de saqueos en este rincn del planeta se ha abierto una pequea puerta. Deca Daniel Bensaid que las revoluciones o llegan tarde o llegan demasiado pronto; pero siempre cuando no se las espera. Deca tambin que las revoluciones son una especie de milagro, pero que nosotros tenemos que preparar hasta los milagros. Esto que ha irrumpido el 15- M (si no antes, el 7-A) no es una revolucin, naturalmente. Pero es una oportunidad real para levantar un fuerte movimiento contra los efectos de la crisis que, con inteligencia y unas buenas dosis de virtud y fortuna, puede empezar a hacer cambiar las cosas.

Y como hemos visto y sufrido estos aos, las oportunidades no abundan.

No la dejemos pasar de largo.

Joseba Fernndez, Miguel Urbn, Ral Camargo- militantes de Izquierda Anticapitalista


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