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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-05-2011

Incorreccin poltica?

Ricardo Rodrguez
Rebelin


Si no me falla la memoria, fue en la segunda mitad de los aos ochenta cuando le por primera vez la hoy manida expresin correccin poltica, usada entonces para aludir a cierta corriente social en boga en Estados Unidos y que se extenda por Europa que se dedicaba a perseguir con saa inquisitorial el empleo de un lenguaje ofensivo, o ms bien que los inquisidores tomaban por tal, para grupos tnicos, culturales, naciones y animales en peligro de extincin, entre otros.

Denunciaban muchos, con razn, la hipocresa que entraaba la suplantacin de la realidad por la ms grotesca de las censuras en la eleccin de las palabras. Como si decir afroamericano o persona de color en lugar de negro conjurase sin ms el racismo, o como si un pobre lo fuese menos por llamarlo ciudadano de escasos recursos, o sustituir el trmino de minusvlido por el de discapacitado pudiera mejorar en algo la vida de los tetrapljicos. Aparte, naturalmente, de la coartada que supona para los racistas y los misginos y los reaccionarios de toda laya la posibilidad de velar sus ms arraigados prejuicios tras una forma de hablar tan cndida como ortopdica.

El fenmeno no era nuevo, por supuesto; la hipocresa social viene ahogando la libertad de las comunidades humanas desde tiempo inmemorial. Siempre hubo convencionalismos ms o menos estpidos, eufemismos y tabes. Las singularidades, si acaso, de los nuevos disfraces se reducan a su conversin en ideologa con entidad propia y a su generalizacin como tendencia, amn de su anidamiento en crculos sedicentemente progresistas.

Lo cierto, sin embargo, es que nadie o casi nadie quiso nunca considerarse a s mismo polticamente correcto. Serlo se tom muy pronto por sntoma de fatuidad y, por el contrario, presumir de ser polticamente incorrecto resultaba y resulta ms elegante, prueba de mentalidad audaz y no atada por los aires de moda. Con lo que en las ltimas dcadas ha aumentado hasta el hartazgo el ejrcito de los que ladran las ideas ms trilladas vanaglorindose de originalidad. Pasar por ser minoritario siempre ha vestido bien, sobre todo si se evitan los riesgos de serlo de verdad.

Con el rodar de los aos se fueron aficionando a esta nueva argucia los ms recalcitrantes arcastas. Se trataba ciertamente de un hallazgo precioso que permita hacer pasar vmitos medievales por valientes ocurrencias. A enorme velocidad fueron llenndose los medios conservadores de los usos de expresin propios de los cafres, pero presentados ahora no como el lastre de mentalidades repletas de telaraas, que es lo que en el fondo siguen siendo, sino como la rebelin de espritus libres contra la odiosa dictadura de lo polticamente correcto. Se fue perdiendo el pudor a volver a tachar de maricones a los homosexuales, llamar vagos a la totalidad de los trabajadores si se terciaba, hablar de moros y rojos, o de marimachos si se referan, claro, a las feministas. Es decir, exactamente la misma baba repugnante que le chorreaba en sus arengas radiofnicas a Queipo de Llano durante la Guerra Civil, pero baba posmoderna, que se disimula mejor aunque le ponga a uno igual de perdida la entrepierna.

En la actualidad, habiendo logrado la extrema derecha un dominio abrumador de la prensa del pas, se han rebasado cotas de inusitada ferocidad. En el recuerdo reciente de los lectores estarn con seguridad las joyas ms sonadas, as como sus ms cerriles autores, de manera que no voy a atormentar el estmago de nadie con una innecesaria lista de citas.

Pero s llamar la atencin sobre la expansin del concepto de lo polticamente correcto ms all de los usos lingsticos, que eran su original territorio, con la finalidad de servir de coartada a la promocin de un refrito ideolgico prximo al fascismo y ciertamente indigesto.

Hace escasos das, el dirigente de la patronal Joan Rosell afirmaba que, de encargarse ellos del gobierno es decir, los grandes empresarios que se renen con el presidente Zapatero para ordenarle lo que hay que hacer-, adoptaran decisiones necesarias para salir de la crisis pero polticamente incorrectas. Ms all de la tomadura de pelo de intentar hacernos creer que no son ellos los que mandan sino los monigotes mercenarios que cuidan de sus intereses corporativos al frente de las instituciones, cuesta poco imaginarse qu tipo de decisiones seran y en qu consistira su incorreccin. El propio Rosell las ha mencionado en ms de una ocasin: despedir a los funcionarios que se le antojen molestos (imagnense qu placer poder echar a la calle a los inspectores de Hacienda que se empeen demasiado en perseguir el fraude fiscal de las empresas del propio presidente de la CEOE o de las de sus amigos), hacer desaparecer los servicios pblicos, reducir al borde de la pobreza los salarios y obligar a trabajar ms de catorce horas diarias. El seor Rosell tiene fama de hombre moderado y lo suele decir de otra manera, pero se trata de esto, ms o menos, que es a lo que se vienen aproximando todos los gobiernos europeos, aunque no al ritmo pavoroso al que Joan Rosell y otros partidarios moderados de la esclavitud quisieran que fuesen hechas las cosas.

La trampa estriba en hacer creer que una tupida resistencia de prejuicios impide el desenvolvimiento de iniciativas valientes y radicales. La utilizacin propagandstica de esta estrategia en la justificacin del acuerdo de recorte de las pensiones ha sido muy significativa: la casi totalidad de los partidos polticos del Parlamento, todos los grandes medios de comunicacin, las direcciones sindicales y muy poderosos grupos financieros promovieron el retraso de la edad de jubilacin, as como el aumento del periodo de clculo y de los aos a cotizar para cobrar el 100 % de la pensin, y ello en un debate pblico en el que las opiniones discrepantes fueron lisa y llanamente borradas del mapa o, en el mejor de los casos, arrinconadas en plataformas alternativas de escasa audiencia, a pesar de que ciertas encuestas demostraron que representaban la opinin mayoritaria de la sociedad. Y, sin embargo, se invocaba la valenta para exigir que la reforma fuese lo ms lejos posible en su tijeretazo a las pensiones. Extraa valenta sta que consiste en obedecer siempre los designios de los ms poderosos; singular audacia la que se confunde con la sumisin.

Similar inversin de la realidad se viene verificando en otros muchos campos de discusin poltica, segn una muy bien articulada campaa de desmoronamiento de los pilares en los que se basa el contrato social de nuestra democracia, al menos en teora. En un pas en el que se financia generosamente con dinero pblico a la Iglesia catlica ao tras ao, las autoridades civiles acuden en calidad de tales a las procesiones, continan los crucifijos colgados en centenares de edificios pblicos y el Estado gasta una fortuna en el viaje del papa, un da tras otro tenemos que soportar las jeremiadas de quienes protestan por una imaginaria persecucin de los catlicos, mientras peridicos de gran tirada publican en pginas destacadas especulaciones acerca de los milagros de Juan Pablo II dignas de ser pronunciadas en un auto sacramental del siglo XVI. Cada artculo, alocucin televisiva o radiofnica de elogio a las aventuras imperiales de Estados Unidos en Oriente Medio o Amrica Latina, va precedida de la colrica queja contra el patolgico antiamericanismo que nos invade, a pesar de que en ningn medio de comunicacin importante sea posible colar la menor crtica en profundidad de la poltica exterior de Washington. Hasta los banqueros y los grandes financieros se sienten repentinamente cercados y acogotados y exhiben, como hizo ante los accionistas de su entidad Emilio Botn, su alma dolorida por la persistente acusacin de ser los responsables de la crisis con la que por lo visto se les hiere sin razn.

La representacin del mundo que resulta movera a risa si no fuese por la constatacin estremecedora de que est cuajando como autntica en buena parte de la ciudadana, que queda inerme ante una de las ms espectaculares manipulaciones de la historia: quienes dominan militarmente el planeta, las mayores empresas y los ms poderosos financieros disponen de una red multitudinaria de propagandistas a sueldo que los convierten en vctimas de una especie de rampante progresismo, omnipotente e irrefrenable. Como en aquel chiste del milln de chinos alrededor de los cuales corra otro chino y que lloraban porque decan estar rodeados.

La reaccin de la inmensa mayora de gobernantes del mundo, peridicos, televisiones, emisoras de radio y comentaristas ante el asesinato extrajudicial de Bin Laden, pisoteando cualesquiera principios elementales de justicia, una reaccin que en ciertos supuestos ha alcanzado el sadismo, es el ltimo captulo de una escalada de glorificacin de la violencia y de la ley del Talin que hubiese dejado sin aliento a los juristas de la Roma clsica.

Si desea uno encontrar artculos que defiendan la separacin de la Iglesia y el Estado, el mandato constitucional de progresividad e igualdad del sistema tributario, la presuncin de inocencia en la aplicacin del derecho penal, o la prohibicin de la tortura, del expolio de naciones y de las matanzas indiscriminadas por el derecho de gentes, habr de buscarlos en pginas de internet y revistas minoritarias, representativas de tendencias polticas que, en las clasificaciones al uso, son tomadas por extremistas de izquierdas.

Es decir que la salvaguarda de los fundamentos de la moderna democracia liberal, aquellos que fueron propugnados en su da por Voltaire, Cesare de Beccaria, Hobbes, Montesquieu o incluso Adam Smith, ha quedado relegada a espacios minoritarios y ridiculizada como mero capricho de progres trasnochados. Se trata de ms de doscientos aos de historia, de cuyo legado la propia declaracin universal de derechos humanos y las convenciones de Ginebra caen en la quema y se trivializan; son, se dice, escrpulos sin importancia: lo que importa es ganar la guerra (su guerra), aplastar a los enemigos sin compasin (sus enemigos), ensalzar a los triunfadores. Quien quiera que d muestras de humanidad o llame al recurso de la razn se vuelve sospechoso y puede ser marginado, reo de progresismo o de inconfesado comunismo, segn el humor del delator. Como se denunciaba en el discurso preliminar al Sistema de la naturaleza que escribi el barn de Holbach y se imprimi clandestinamente nada menos que en 1769, la razn se ve obligada a hablar desde el fondo de la tumba. Otra vez.

Colocados en este punto, cabe preguntarse qu nos ha ocurrido para que en las sociedades europeas modernas se pueda pulverizar sin esfuerzo argumental alguno, haciendo uso de bromas sin gracia sobre lo polticamente correcto, una tradicin ilustrada y humanista que pareca frreamente enraizada entre nosotros.

Y habra que preguntrselo sin el menor nimo retrico, comprometindose seriamente en buscar la respuesta, antes de que descubramos horrorizados que no ramos tan civilizados como creamos, antes de que vuelvan a levantarse los patbulos.




Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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