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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-05-2011

James Fergusson cuenta su encuentro cara a cara, en una aldea afgana protegida por minas, con una de las personalidades ms temidas del grupo
Con los talibanes en las montaas de Afganistn

James Fergusson
Guernica

Traducido del ingls para Rebelin por Germn Leyens


El camino a Chak estaba marcado por una seal pintada tan pequea que Hafiz, nuestro generosamente remunerado conductor, casi pas sin verla. Se supona que llegaramos al desvo antes de que oscureciera, pero partimos tarde y la noche ya haba cado cuando abandonamos la falsa seguridad del asfalto. Conducimos a saltos ms de un kilmetro a lo largo de un camino hasta que nuestros focos iluminaron un Toyota destartalado que esperaba a la orilla. Cuando bajamos la velocidad hasta ir al paso, un sujeto encapuchado con un Kalashnikov al hombro sali precipitadamente de detrs del coche aparcado y entr a empujones por la puerta del pasajero del nuestro en un enredo de tela y correa del rifle. El primer coche ya haba partido en una nube de polvo y el recin llegado, ansioso de no perder tiempo, nos orden secamente que acelerramos para seguirlo.

El camino serpenteaba suavemente hacia arriba entre montes bajos, difciles de identificar. Pronto llegamos a un cruce. Nuestro gua nos dirigi hacia la izquierda. Casi de inmediato llegamos a otro cruce. Esta vez fuimos hacia la derecha y volvimos al mismo camino de antes. Seguimos haciendo lo mismo, abrindonos camino entre insignificantes cerritos arenosos de una manera que me hizo comprender de repente que era cualquier cosa pero no al azar. Una mirada al concentrado rostro de Hafiz me lo confirm: bamos por un campo de minas de los talibanes. Haba docenas y docenas de posibles rutas a la entrada del valle por delante y cada una de ellas, comprend, tena un cdigo con una letra y un nmero. En algunas rutas se poda desactivar un artefacto explosivo improvisado marcando un cierto nmero en un telfono mvil y volver a activarlo de la misma manera una vez que el coche haba pasado sin problemas: una versin en el Siglo XXI de un puente levadizo medieval.

Los bordes del valle se aproximaban cuando llegamos a Chak, un sitio que encarnaba el ideal pastn rural. Los campesinos vivan como siempre lo han hecho, en casas de rocas y barro detrs de muros de hormign, todo organizado en aldeas atiborradas. El distrito es famoso por sus manzanas y albaricoques que crecen en huertos ordenados a lo largo de los ros o ms arriba en terrazas habilidosamente canalizadas en las laderas espectacularmente empinadas.

Finalmente nos detuvimos en una de las aldeas y bajamos del coche, rgidos por el agitado viaje. Se oy el sonido del motor de una hlice en el instante en que Hafiz apag el contacto, haciendo que los recin llegados a la ciudad mirramos rpidamente hacia arriba al helado cielo de octubre. Nunca haba odo un drone [avin no tripulado] militar, y estaba demasiado oscuro para verlo, pero no caba duda de que se trataba de uno.

Nuestro gua, rindose de nuestro nerviosismo, explic que no haba peligro. El drone era solo un ringay, el apodo local, onomatopyico, de un pequeo drone con cmara. Si debiramos preocuparnos, sera por las versiones armadas, los Predator y Reaper con motores ms grandes, conocidos como buzbuzak y definitivamente no era uno de stos-. Imagin a algn analista de la CIA en Langley, congelando la imagen de mi cara y archivndola como insurgente. En este valle, fuera de los talibanes, se circulaba en vehculos en la oscuridad.

Un grupo de hombres apareci al otro lado del camino, envueltos en patetismo y en el vapor arremolinado de su aliento. En el centro estaba Abdullah, quien pareci tremendamente divertido al verme: Volviste, se ri, apretando mi mano. Verdaderamente volviste!

Nos condujo a lo largo de la orilla de un riachuelo y a travs de un pequeo campo a la puerta lateral de un cortijode adobe. Una escalera empinada y estrecha nos condujo a un muro de contorno de sorprendente grosor que llevaba a una hujra parecida a una celda alumbrada por un par de faroles parpadeantes.

Abdullah sonri mientras nos sentbamos en los cojines en el suelo. As que, cul de nosotros diras que ha envejecido ms desde la ltima vez?

Tuve que admitir que tena canas en mi barba que no estaban all haca cuatro aos mientras que l, a finales de los treinta, pareca casi totalmente igual: los mismos ojos inteligentes y esquivos en una cara atractiva y curtida por el tiempo, sobre una barba negra ms gruesa de lo normal.

Usas el mismo block de notas, veo, sigui diciendo, sealando el block de periodista tamao bolsillo que me gusta usar. Deben andar mal las cosas si no te puedes permitir uno ms grande.

Era un buen chiste, pero tambin un recuerdo de que los periodistas occidentales llegaban pocas veces a visitar Chak -y que casi nunca entrevistaban a los talibanes cara a cara- Algunos de sus subordinados nos miraban fijamente con evidente fascinacin; Abdullah confirm que el ltimo occidental con el que haba hablado en algn lugar era yo. Publiqu una foto ma de esa entrevista, sentado con las piernas cruzadas entre dos combatientes enmascarados y fuertemente armados, en mi libro A Million Bullets [Un milln de balas], una copia del cual haba llevado como una prueba potencialmente til de que yo era el autor que afirmaba ser. No me debera haber preocupado: Abdullah lo saba todo sobre el libro, e incluso haba visto la fotografa reproducida en lnea.

En un sitio dans en la web, especific. T, con dos de mis muchachos. Fue muy bueno!

No tena la intencin de regalar el libro a Abdullah. Pareca un poco demasiado fraternal; un poco como Hanoi Jane. Ahora, sin embargo, me vi escribiendo una dedicatoria en la hoja de guarda.

Al comandante Abdullah, escrib. Con la esperanza de un futuro mejor para Afganistn.

Mientras tombamos t, comenz a emerger el modelo de la activa vida de guerrillero de Abdullah. Pasaba sus inviernos al otro lado de la frontera en Pakistn, recuperndose y volviendo a armarse para la prxima ardua estacin de combates que recomenzaba cada primavera. Haba realizado veinte operaciones en 2010, la mayora de ellas de naturaleza militar y sobre todo en Wardak, aunque no todas. El Alto Comando de los talibanes se haba acostumbrado a utilizar a Abdullah, una estrella ascendiente en la organizacin, como una especie de agente estratgico en los puntos candentes del pas. Ese verano, por ejemplo, lo enviaron a la regin de Jalalabad; en 2008, pas tres meses en el sur. Pero realmente quera hablar de sus logros en Chak, el valle en el que haba nacido.

La devastacin que sus hombres causaron a los convoyes de la OTAN en la carretera Kabul-Kandahar no haba sido exagerada. Abdullah afirm que haba destruido cientos de vehculos en los ltimos tres aos, utilizando tcnicas de emboscada que parecan de una simpleza infantil.

Utilizando artefactos explosivos improvisados o granadas impulsadas por cohetes, se destruye al primero y al ltimo vehculo en el convoy de modo que la carretera se bloquea, me dijo. Lo primero que pasa es que los escoltas usualmente tres o cuatro Humvees de ANA [Ejrcito Nacional Afgano] siempre se escapan. Luego los conductores de los camiones entran en pnico. O saltan de sus cabinas y se escapan, o tratan de sacar sus camiones de la carretera. A menudo chocan unos con otros, y si llevan carburante, se vuelan por los aires ellos mismos.

Por haber sido estudiante de ingeniera en un politcnico en Kabul, Abdullah tena un talento natural para este tipo de trabajo. Luego, para divertirse, lanz una pizca de sal a un vaso de Fanta que yo estaba bebiendo, haciendo que el pegajoso contenido comenzara a burbujear violentamente y a borbotear hacia el suelo: el truco un tanto lerdo de un fabricante de bombas aficionado. Su rcord personal, dijo, era de ochenta y un camiones destruidos en una sola noche memorable. No por nada los estadounidenses llamaban a su trecho de carretera la Carretera de la Muerte.

Haca que las emboscadas de convoyes de la OTAN sonaran tanto como juegos de ordenador que tuve que recordarme que estbamos hablando de vidas de gente real, no puntos en un tablero electrnico. Los camioneros eran carne de can. No por primera vez, me sorprend de los espantosos riesgos que tomaban para llevar suministros a las fuerzas de la Coalicin en Kandahar. Esta guerra tena una especie de demencia. Me recordaba un viejo dibujo animado de Lucky Luke en el cual la Caballera de EE.UU. sale de patrulla cada mes de manera totalmente innecesaria, a travs del mismo can del Lejano Oeste, y cada vez cae en una emboscada de los indios, como si ambas partes tuvieran una cita.

Abdullah confirm que los nuevos puestos avanzados de combate a lo largo de la carretera slo ofrecan ms blancos a sus hombres. Los reclutas enviados a ocuparlos se aventuraban pocas veces ms all de sus sacos de arena. En muchos casos haban aprendido a sobrevivir mirando deliberadamente hacia otro lado cuando llegaban los talibanes o se dejaban sobornar para hacerlo-. Abdullah cont que en 2009 un grupo de unos treinta ANP [Polica Nacional Afgana] se pasaron a los talibanes, junto con dos camiones de fusiles y armas pesadas.Vieron que iban por el camino equivocado y que la gente nos apoyaba a nosotros, dijo.

La mayora de los policas eran del norte del pas, les dieron ropas civiles y los enviaron a casa, aunque el lder de la unidad opt por unirse a los talibanes y ahora era un comandante en el rea de Jalalabad.

Nada pareca obstaculizar a los equipos de colocacin de artefactos explosivos improvisados de Abdullah ni siquiera los drones buzbuzak que patrullaban da y noche la carretera durante esos das.

Primero temamos a los estadounidenses, dijo nuestro gua del viaje, quien nos haba seguido a la hujra. Omos que tenan tecnologa tan poderosa que podan ver desde el espacio el parpadeo de un ratn. Pero nada de eso era verdad.

Yo haba supuesto que se trataba de un simple soldado talibn, pero result que era uno de los oficiales de ms confianza de Abdullah as como el qari del grupo, o declamador del Corn el equivalente aproximado de un capelln de un regimiento-.

Abdul-Basit, su predecesor, a quien vi en 2007 y que fue herido, capturado y liberado por los estadounidenses, estaba ahora muerto: vctima, al parecer, de un inslito accidente con un lanzador de granadas. Su sustituto tena veintiocho aos y su nombre era Mullah Naim.

Antes se necesitaba solo un hombre con una pala para colocar un artefacto explosivo improvisado, explic. Ahora nunca salimos con menos de tres: uno para cavar y dos para observar el cielo.

Pareca que los misiles Hellfire colocados bajo las alas de los drones tenan una seria debilidad. Al lanzar un misil de noche cuando los equipos de colocacin de los artefactos explosivos improvisados [AEI] casi siempre hacan su trabajo era posible, con ojos atentos, ver las llamas del combustible que aparecan por la cola durante la secuencia de ignicin.

Si un centinela grita Misil! abandonamos todo y nos escapamos, sigui diciendo Naim. Segn el alcance y el tipo de misil, tenemos entre quince y cuarenta y cinco segundos para ocultarnos.

Una vez lanzado, un Hellfire tiene que seguir los coordinados programados hacia el objetivo; no puede desviarse como un misil guiado por calor. Segn Naim, ni un solo talibn, haba sucumbido por un Hellfire durante una operacin de colocacin de un AEI en bastante ms de un ao.

Los talibanes se burlaban de otras maneras de la tecnologa estadounidenses. Haban aprendido a no hablar ms deun minuto por sus telfonos mviles para impedir que la llamada fuera rastreada y su ubicacin triangulada. Por este motivo, cada uno llevaba por lo menos tres telfonos mviles y reemplazaban frecuentemente las tarjetas SIM. En el combate o durante emboscadas, mientras tanto, solan abandonar sus telfonos mviles a favor de radios de campaa de frecuencia variable que, haban descubierto, eran inmunes a equipos de interferencia electrnica.

Indudablemente la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) haba despertado tarde ante la amenaza planeada por estos insurgentes. Hasta 2009 no hubo ms de un solo batalln de soldados de EE.UU. asignado a Wardak y la provincia inmediata, Logar. Luego, sin embargo, los estadounidenses enviaron toda una brigada: hasta cuatro mil soldados de la 10 Divisin de Montaa basada en Fort Drum, Nueva York. Originalmente deban ir a Bagdad; un desvo de ltima hora que dice mucho sobre los cambios de las prioridades militares de EE.UU. Su principal base estaba al sur de Wardak, en Sayed Abad, desde donde salan peridicamente hacia el norte, hacia Chak: una misin que pocos de ellos esperaban con ansia.

Para los estadounidenses Chak era el lugar donde vivan los cabrones, record un periodista britnico que estuvo empotrado en una de esas misiones. Hablaban a regaadientes con admiracin de la valenta de los talibanes. Todos recordaban un tiroteo de seis horas en Chak en el que se les acab la municin y los insurgentes siguieron combatiendo, horas despus de la llegada de los Apache Chak era ciertamente algo especial. Era uno de esos sitios en los que era seguro que te atacaran.

Me cost pensar en Abdullah como un cabrn. Ahora, como en 2007, no me mostr ms que charme y cortesa. Durante la cena un inmenso pulau kabul sobre una alfombra de picnic comunal de PVC meti sus dedos en una montaa de arroz humeante y empuj suavemente hacia m el nudillo de cordero enterrado adentro. Segn la tradicin pastuna, el mejor corte de carne del plato siempre es para el invitado ms importante. Por otra parte, su rgida atencin a la etiqueta era tal vez un buen indicador de sus creencias ideolgicas, que eran igual de inflexibles. En su caso no existan las matizadas ofertas y promesas que haba odo de Jalaluddin Shinwari o Musa Hotak. El combate contra el invasor extranjero era para Abdullah una obligacin religiosa.

Es importante que comprendis que aqu la gentenunca dejar de combatir contra vosotros, dijo. Lo comprende verdaderamente Obama? Lo comprende vuestro primer ministro?

En 2007, Abdullah me habl de su ambicin de llegar a ser un ghazi, un ttulo honorfico islmico que seala a un asesino de infieles una ambicin que ahora se haba cumplido-, aunque no era en s un motivo para dejar de combatir. Por cierto, esperaba plenamente y tal vez ansiaba en secreto convertirse en mrtir. La fe de estos rebeldes era realmente fundamental en su causa. Los inspiraba, y los obligaba a resistir, ofreciendo el consuelo del paraso a todos los muertos en cumplimiento del deber.

Me sent y los contempl mientras oraban juntos despus de la cena. Para entonces haba en la pieza diez talibanes con turbantes, hombrocon hombro hacia la Meca. Su qari, Mullah Naim, cantaba los responsos desde el frente. Los turbantes, me di cuenta, eran todos negros: otro cambio con respecto a 2007, cuando su fidelidad a la causa era necesariamente menos evidente. Se poda ver qu una a estos guerreros: este ritual reconfortante, relajante. Abdullah describi una vez su religin como paz y perfeccin: como comer con el estmago vaco y parecan casi fsicamente satisfechos por su sesin de oracin-. Su adoracin fue, como siempre, intensamente espiritual pero al mismo tiempo extraamente banal. La atmsfera espiritual me pareci escandalosamente arruinada cuando, directamente en medio de un responso, un telfono mvil comenz a sonar en el bolsillo de Mullah Naim. Me sorprendi cuando acept el llamado, mantuvo una breve conversacin y volvi a sus oraciones como si nada hubiera sucedido. Mostr cun entretejida est realmente la tarea diaria de estar en los talibanes y el Islam; y que cuando se ora cinco veces al da, incluso un qari tiene que aprender a vivir con interrupciones.


Pasajes de Taliban: The Unknown Enemy, de James Fergusson. Da Capo Press, miembro de The Perseus Books Group. Copyright 2011.

James Fergusson es periodista independiente y corresponsal extranjero que ha informado ampliamente sobre los talibanes. Tambin es autor del galardonado libro A Million Bullets. Vive en Edimburgo.

Fuente: http://www.guernicamag.com/features/2676/fergusson_5_15_11/

rCR



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