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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-05-2011

La Qasba en Madrid

Santiago Alba Rico
Rebelin


(A Alma Allende)

Para los que hemos seguido de cerca las dos ocupaciones de la Qasba de Tnez, es muy difcil no sucumbir al emocionado vrtigo de un dj vu ante las imgenes de los jvenes que desde el lunes pasado dignifican la Puerta del Sol con su presencia: las lonas y los cartones, los papelitos con consignas pegados en los muros, las asambleas permanentes, las comisiones de abastecimiento, limpieza y comunicacin, la obstinacin frente a esa lluvia torrencial que tantas veces se ha utilizado para justificar la abstencin electoral. No nos engaemos: las protestas en Espaa se inscriben sin duda en la misma falla tectnica global y prolongan y readaptan el mismo modelo organizativo inventado en Tnez y en Egipto (y en Bahrein, Siria, Yemen, etc.). El capitalismo ha fracasado en todo, salvo en globalizar las respuestas.

Miles de jvenes espaoles protestan contra las dificultades econmicas, titula el diario francs Le Monde. Es verdad. Tambin en Tnez el paro, la pobreza y la inflacin tuvieron mucho que ver en el estallido de las revueltas. Pero lo impresionante no es esto. Lo impresionante es que en ambos casos los manifestantes hayan reclamado y reclamen democracia. En el caso de Tnez y del mundo rabe todos esperaban que sus ciudadanos invocasen la sharia -una variante religiosa de la Ley- frente a la arbitrariedad y la corrupcin; en Espaa todos los anlisis apuntaban a una penetracin rampante del discurso neofascista como respuesta a la inseguridad econmica y social y al desprestigio de la poltica: la derecha conservadora pareca, a uno y otro lado del Mediterrneo, la nica fuerza capaz de canalizar, deformndolo, el malestar general. Pero hete aqu que lo que los jvenes piden por igual, aqu y all, en Tnez y en Madrid, en El Cairo y en Barcelona, es democracia. Democracia de verdad! Que la pidan los rabes parece razonable, pues vivan y viven todava sometidos a dictaduras feroces. Pero que la pidan los espaoles es ms extrao. Acaso Espaa no es ya una democracia?

No, no lo es. En Tnez, un pasito por detrs, an se confa en que sea suficiente con tener constitucin, elecciones, parlamento y libertad de prensa para que haya democracia. En Espaa, calzada de pronto con botas de siete leguas, se ha comprendido en un relmpago que las instituciones no bastan si quien gobierna las vidas de los ciudadanos es el mercado y no el parlamento. Estos jvenes sin casa, sin trabajo, sin partido, han asociado con intuicin certera las dificultades econmicas al gobierno dictatorial, no de una persona concreta, no, sino de una estructura econmica que desactiva ininterrumpidamente todos los mecanismos polticos -de la judicatura a los medios de comunicacin- que deberan garantizar el juego democrtico. Estos jvenes sin futuro han sabido desnudar de un golpe la falacia subcutnea que durante dcadas ha sostenido la legitimidad del sistema: la identidad entre democracia y capitalismo. En Tnez y en Egipto el capitalismo daba palos; en Espaa unas pocas golosinas. Ningn rgimen econmico ha exaltado tanto la juventud como valor mercantil y ninguno la ha despreciado tanto como fuerza real de cambio: mientras la publicidad ofreca una y otra vez la imagen inmutable de un deseo siempre reverdecido, eternamente joven, los jvenes espaoles sufran el paro, el trabajo precario, la descalificacin profesional, la exclusin material de la vida adulta y, a poco que se sustrajesen a las normas socialmente aceptadas del consumo pequeoburgus, la persecucin policial. En el mundo rabe, para que no reclamasen una existencia digna, a los jvenes se les golpeaba y meta en prisin; en Europa, para que no reclamen una existencia digna, se les ofrece comida basura, televisin basura, el tiempo basura de los supermercados y las movidas. En Tnez, los jvenes que no podan acceder a una vida adulta, eran retenidos en sus cuerpos a porrazos; en Espaa, los jvenes que no pueden comprar su propia casa ni vender sus competencias laborales, an pueden adquirir tecnologa barata, ropa barata, pizzas baratas. Retenida lejos de los centros de decisin, despreciada o sobreexplotada en el mercado laboral, moldeada por hbitos homogneos de consumo, la juventud ha acabado por convertirse (en Europa y en el mundo rabe) en una clase social que, por sus propias caractersticas materiales, no reconoce lmites de edad. Pero nos habamos equivocado: si la represin no funciona, tampoco sirve lo que Pasolini llamaba en los aos 70 el hedonismo de masas. Golpes o golosinas, los jvenes no aceptan que los traten como a nios; no se dejan amedrentar (sin miedo, gritan aqu y all) ni comprar (no somos mercancas). La puerta del Sol en Madrid demuestra tambin el gran fracaso cultural del capitalismo, que ha querido mantener a las poblaciones europeas en una permanente minora de edad alimentando slo el hambre: de chucheras, de imgenes, de intensidades puras. Asustados o corrompidos, a los nios se les poda dejar votar sin peligro de que su voto mantuviese ninguna relacin real con la democracia. Por eso, en Tnez y en Madrid, los jvenes piden precisamente democracia; y por eso, en Tnez y en Madrid, han comprendido certeramente que la democracia est orgnicamente ligada a esa cosa misteriosa que Kant situaba tajantemente fuera de los mercados: la dignidad.

Es impresionante -impresionante, s- or gritar a estos jvenes apartidistas, sin mucha formacin ideolgica o directamente "ideolofbicos", la palabra revolucin, como en la Qasba de Tnez. Son pacficos, disciplinados, ordenados, solidarios, pero lo quieren cambiar Todo. Quieren cambiar el rgimen, como en Tnez: monopolio bipartidista de las instituciones, corrupcin, degradacin del sector pblico, manipulacin meditica, impunidad de los responsables de la crisis. Como en la Qasba de Tnez, todos los partidos institucionales, tambin los de izquierdas, se han visto cogidos a contrapi o empujados fuera de juego. Los jvenes de Sol (y de las otras ciudades espaoles) no representan a ninguna fuerza poltica ni se sienten representados por ninguna fuerza poltica. Pero el error -claramente instrumentalizado por los que se sienten amenazados por el estallido- es pensar que nos encontramos ante un rechazo, y no ante una reivindicacin, de la poltica. A la luz de experiencias histricas precedentes podramos concluir que el desprestigio de las instituciones y de la clase dirigente franquea el paso a las soluciones populistas o demaggicas y a la irrupcin de un lder fuerte cuya voluntad desate mgicamente todos los nudos y resuelva milagrosamente todos los problemas. Es el fascismo clsico. Pero el fascismo clsico, cuya sombra se hinchaba ya en el horizonte, es ms bien lo que estos jvenes han venido a impedir y denunciar. El populismo y la demagogia nos estn gobernando ya; los lderes fuertes son los que dominan los partidos y tratan de imponer sus adhesiones fiduciarias, puramente emocionales, a los nios eternos en los que han querido convertirnos. Estamos en plena campaa electoral y los espaoles se pasean entre reclamos publicitarios de los candidatos. Hay alguna duda? Por qu dice usted que en Japn no hay democracia?, le preguntaban al novelista Kenzaburo O. Por la sonrisa del primer ministro. Los timadores, los violadores, los paidfilos, los caudillos sonren precisamente as. Nos han robado hasta la pureza de las sonrisas.

La Qasba de Tnez, como la puerta del Sol, se rebelaba justamente, en nombre de la democracia, contra toda clase de liderazgo caudillista. Haba all, como hay aqu, una afirmacin ingenua de democracia pura, clsica, casi griega. El historiador Claudio Eliano cuenta la ancdota de un candidato ateniense que descubri a un campesino escribiendo su nombre en las listas de los que deban ser condenados al ostracismo. Pero si no me conoces, se quej el oligarca. Precisamente por eso, respondi el campesino, para que no llegues a ser conocido. En la Qasba de Tnez era muy poderosa esta susceptibilidad frente a todo lo conocido; nadie que hubiera salido en televisin, nadie a quien los manifestantes reconociesen, era bienvenido en la plaza. Eran los desconocidos los que estaban autorizados para hablar y hacer propuestas; eran los desconocidos los que tenan la autoridad que el mercado -y su gemelo poltico, el electoralismo- acumula, al contrario, en las caras famosas. Pero resulta que los desconocidos somos nosotros; los desconocidos son los cualquiera a los que esos candidatos sonrientes piden el voto para excluirlos luego de los centros de decisin. En la Qasba de Tnez, como en la Puerta del Sol de Madrid, hay una tentativa de democratizar la vida pblica devolviendo la soberana a los desconocidos. Nadie puede negar los riesgos ni los lmites de esta apuesta, pero nadie puede tampoco negar sin fraude que esta revolucin contra los conocidos constituye precisamente una denuncia del populismo mercantil y la demagogia electoralista, los dos rasgos centrales de las instituciones polticas del capitalismo.

Los jvenes de la Qasba de Madrid, de las Qasbas de toda Espaa, quieren democracia real, pues saben que de ella depende su futuro y el de toda la humanidad; an no saben que esa democracia, como nos recuerda Carlos Fernndez Liria, es lo que otros hemos llamado siempre comunismo. Tendrn que descubrirlo a su modo. Nosotros, los ms viejos, lo que venimos descubriendo desde hace cinco meses, en el mundo rabe y ahora en Europa, es que los nuestros -as los llama Julio Anguita- no son como nosotros. En Deseo de ser punk, la extraordinaria novela de Beln Gopegui, la adolescente Martina, ejemplar vivo de esta nueva clase social construida en las aristas de los mercados, le reprocha a su padre: no has sido un buen ejemplo. No hemos dado, no, un buen ejemplo a los jvenes y, a pesar de eso, cuando desde la izquierda los desprecibamos slo un poco menos de lo que los desprecia Botn o la Warner, cuando creamos definitivamente formateadas todas las subjetividades en un horizonte blindado, son ellos los que se han levantado contra el hartazgo de golosinas para reclamar una revolucin democrtica. Martina est en la Puerta del Sol y puede que tambin fracase, como fracas su padre. Pero que ningn cincuentn de derechas (ni de izquierdas) venga a decirle que ha tenido la vida fcil; que ningn cincuentn de derechas (ni de izquierdas) venga a decirle que sin lucha no se consigue nada en este mundo. La segunda dcada del siglo XXI anuncia un futuro terrible, incierto, quizs apocalptico, pero nos ha deparado ya algunas sorpresas que deberan rejuvenecernos.

Una es que, si todo va tan mal como decimos, es seguro que habr resistencia.

Otra es que lo que verdaderamente une es el poder y que la Puerta del Sol, pase lo que pase, tiene ya poder.

Y otra es que todos los anlisis, por agudos y meticulosos que sean, dejan fuera un residuo que acabar desmintindolos.

No habr una revolucin en Espaa, al menos de momento. Pero una sorpresa, un milagro, una tormenta, una conciencia en las tinieblas, un gesto de dignidad en la apata, un acto de coraje en la anuencia, una afirmacin antipublicitaria de juventud, un grito colectivo de democracia en Europa, no es ya un poco una revolucin? Todo ha empezado muchas veces en los ltimos 2.000 aos. Y cuando ya slo esperbamos finales, he aqu que en muchos sitios, los ms inesperados, hay gente nueva empeada en comenzar de nuevo.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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