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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-05-2011

Texto del final de "El siglo de las luces"
El pueblo entero de Madrid

Alejo Carpentier
La pupila insomne


Un texto de John Brown, publicado en Rebelin con el ttulo Los espaoles buenos son cubanos: lecciones de democracia cubana en la Puerta del Sol, me ha trado a la memoria este pasaje del final de la novela El siglo de las luces, del gran escritor cubano Alejo Carpentier, en que dos jvenes cubanos se lanzan a las calles en la clebre jornada del 2 de mayo de 1808, protagonizada por el pueblo espaol contra las fuerzas napolenicas. (Iroel Snchez)

El pueblo entero de Madrid se haba arrojado a las calles en un levantamiento repentino, inesperado y devastador, sin que nadie se hubiese valido de proclamas impresas ni de artificios de oratoria para provocarlo. La elocuencia, aqu, estaba en los gestos; en el mpetu vocinglero de las hembras; en el irrefrenable impulso de esa marcha colectiva; en la universalidad del furor. De sbito, la marejada humana pareci detenerse, como confundida por sus propios remolinos. En todas partes arreciaba la fusilera, en tanto que sonaba por vez primera, bronca y retumbante, la voz de un can. Los franceses han sacado la caballera, clamaban algunos, que ya regresaban heridos, asableados en las caras, en los brazos, en el pecho, de los encuentros primeros. Pero esa sangre, lejos de amedrentar a los que avanzaban, apresur su paso hacia donde el estruendo de la metralla y de la artillera revelaba lo recio de la trabazn Fue se el momento en que Sofa se desprendi de la ventana: Vamos all!, grit, arrancando sables y puales de la panoplia. Esteban trat de detenerla: No seas idiota: estn ametrallando. No vas a hacer nada con esos hierros viejos. Qudate si quieres! Yo voy! Y vas a pelear por quin? Por los que se echaron a la calle! grit Sofa. Hay que hacer algo! Qu? Algo! Y Esteban la vio salir de la casa, impetuosa, enardecida, con un hombro en claro y un acero en alto, jams vista en tal fuerza y en tal entrega. Esprame, grit. Y armndose con un fusil de caza, baj las escaleras a todo correr Hasta aqu lo que pudo saberse. Luego fue el furor y el estruendo, la turbamulta y el caos de las convulsiones colectivas. Cargaban los mamelucos, cargaban los coraceros, cargaban los guardias polacos, sobre una multitud que responda al arma blanca, con aquellas mujeres, aquellos hombres que se arrimaban a los caballos para cortarles los ijares a navajazos. Gentes envueltas por pelotones que desembocaban por cuatro calles a la vez, se metan en las casas o se daban a la fuga, saltando por sobre tapias y tejados. De las ventanas llovan leos encendidos, piedras, ladrillos; derrambanse cazuelas, ollas, de aceite hirviente, sobre los atacantes. Uno tras otro iban cayendo los artilleros de un can, sin que la pieza dejara de disparar con la mecha encendida por hembras enrabecidas, cuando ya no quedaron hombres para hacerlo. Reinaba, en todo Madrid, la atmsfera de los grandes cataclismos, de las revulsiones telricas cuando el fuego, el hierro, el acero, lo que corta y lo que estalla, se rebelan contra sus dueos en un inmenso clamor de Dies Irae. Luego vino la noche. Noche de lbrega matanza, de ejecuciones en masa, de exterminio en el Manzanares y la Moncloa. Las descargas de fusilera que ahora sonaban se haban apretado, menos dispersas, concertadas en el ritmo tremebundo de quienes apuntan y disparan, respondiendo a una orden, sobre la siniestra escenografa exutoria de los paredones enrojecidos por la sangre. Aquella noche de un comienzo de mayo hinchaba sus horas en un transcurso dilatado por la sangre y el pavor. Las calles estaban llenas de cadveres, y de heridos gimientes, demasiado destrozados para levantarse, que eran ultimados por patrullas de siniestros mirmidones, cuyos dormanes rotos, galones lacerados, chacos desgarrados, contaban los estragos de la guerra a la luz de algn tmido farol, solitariamente llevado por toda la ciudad, en la imposible tarea de dar con el rostro de un muerto perdido entre demasiados muertos Ni Sofa ni Esteban regresaron nunca a la Casa de Arcos. Nadie supo ms de sus huellas ni del paradero de sus carnes.

Fuente: http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/2011/05/el-pueblo-entero-de-madrid/



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