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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-06-2011

Un extranjero en la Puerta del Sol
El agujero blanco

Santiago Alba Rico
Rebelin


En el centro de Madrid, la ciudad ms frvola y regaona del mundo, hay un agujero blanco que amenaza con convertir en una alucinacin el Parlamento, el estadio Santiago Bernabeu y El Corte Ingls. Es una revolucin? De momento es slo (slo!) una inversin espacial, material, tangible, diminuta, de la marcha mental del mundo; una costura de realidad intensa en un inmenso desgarrn sin sentido; el punto suelto a partir del cual se podra poner del revs -del izquierdo- el calcetn del universo. La Puerta del Sol, con sus irregulares colinas de lona y su crepitar de papeles, es el primer asentamiento de la civilizacin. Es el paso de nuevo al sedentarismo, la agricultura, la urbanizacin, la escritura, la razn. As avanza la humanidad. En el corazn de la selva se abre hueco una ciudad. Madrid est asediada desde dentro; est cercada desde el interior. Al tumor gigantesco le est creciendo un cuerpo; le est brotando un pulmn; le ha salido un bultito de salud.

Desde hace dos semanas Madrid -como otros lugares de Espaa- es una ciudad doble. Para los extranjeros que ya la conocamos, llegar a la Puerta del Sol desde la Plaza Jacinto Benavente o desde la calle Preciados es como romper y atravesar el cartn pintado que nos separa del espacio mismo. Por un pasillo de imgenes publicitarias (hoy estoy ms guapa que nunca, prometo ser joven para siempre, el mundo cambia cada 20 segundos; cambia t con l) se desemboca abruptamente en la realidad. El espacio -la condicin misma de la sensibilidad comn- no existe en todas partes y no existe casi nunca; de hecho, el capitalismo consiste socialmente en impedir su cristalizacin, en abortar de raz cualquier abertura, en destruir toda forma de yuxtaposicin a la intemperie. Espacio no se dice de cualquier sitio; se dice slo de aquellos lugares que hemos conquistado, de los que nos apropiamos ininterrumpidamente mediante el trabajo, de los que marcamos con nuestros manos y nuestras letras, de aquellos cuyo origen podemos recordar y relatar y cuyo destino podemos modificar. Bajo el capitalismo, el espacio mismo -como los elefantes, las cabinas telefnicas y los regalos- es cada vez ms una rareza. Ocurre de milagro, algunas noches, entre dos cuerpos desnudos. Pero habitualmente no nos movemos en el espacio, no ocupamos ningn espacio, no tenemos propiamente espacio. La Puerta del Sol, con sus colinas de lona azul y su crepitar de papeles, desconcierta sencillamente porque se puede medir. Porque est bajo el cielo. Porque aparece. Comparece. Y hasta parece. A su lado, la otra ciudad -en la que han ganado las elecciones Gallardn y Esperanza Aguirre- se destie y decolora muy deprisa; no se sostiene; no aguanta la comparacin; est radicalmente deslegitimada por su radical falta de espacio. Cmo va a ser democrtica una ciudad en la que ningn ser humano y ninguna cosa tienen sitio, tienen su sitio? Un polvo cada cuatro aos no es vida sexual; un voto cada cuatro aos no es democracia, declara un cartel en la plaza. Error 404, democracia not found, anuncia otro. El espacio, como la democracia, es sobre toda una decisin colectiva; un compromiso reiterado del cuerpo con su entorno. Por eso un Parlamento puede no ser un espacio; y por eso una plaza puede convertirse a veces en un Parlamento. La Puerta del Sol est llena de gente por una razn muy sencilla: porque, al contrario que el resto de la ciudad, es -oh maravilla- un lugar.

Bajo el capitalismo, el espacio ocurre de milagro. Bajo el capitalismo, el movimiento del 15-M slo puede ocurrir de milagro. En general pensamos que milagro es todo aquello que se produce en contra de las leyes de la naturaleza. Pero bajo el capitalismo nada sucede de manera natural. Semillas estriles? Casas vacas y gente sin techo? Abundancia e insatisfaccin? Pueblos descontentos y al mismo tiempo sumisos? Bajo el capitalismo hace falta precisamente un milagro para que se cumplan de vez en cuando las leyes de la naturaleza: para que las frutas maduren, para que los amantes encuentren una cama limpia y libre, para que los ladrones no sean recompensados, para que a los trabajadores no se les amputen los brazos. Es extrao que, tratados como nios, despreciados, privados de trabajo, subcontratados, sin casa y sin futuro, sobornados y reprimidos, los jvenes se rebelen contra el sistema? Es natural; es un milagro. Lo propio de la juventud no es rebelarse contra los mayores sino rebelarse contra la infancia, en la que el capitalismo trata de retenernos a todos con una combinacin de golosinas y reformas laborales. Lo verdaderamente inesperado del movimiento 15-M es que restablece los procesos naturales. Qu reclaman los jvenes? Su derecho a ser adultos. Entre el Carrefour y la televisin, entre la Warner y Beln Esteban, entre el populismo de las marcas y el de los polticos, la reivindicacin de mayora de edad es la ms radical, la ms revolucionaria, la ms poltica que puede imaginarse.

Madrid es, s, una ciudad doble. No nos engaemos. En una de sus mitades, la falsa democracia introduce efectos reales desde el Parlamento, el Ayuntamiento y la Comunidad. En la otra, la democracia real peina y despioja el aire; embellece el viento. No introduce ningn efecto? La emancipacin recproca de estas dos ciudades, que se desarrollan en paralelo sin apenas roces (una vez descartada la intervencin policial), facilita la inmensa levadura de una ilusin constituyente que se expande, ms all de Sol, por Jacinto Benavente, la plaza de Carmen, pera y Montera. Decenas, centenares de jvenes -y no tan jvenes- ocupan en corro las aceras, pegan pizarras de papel en los rboles o en los escaparates de El Corte Ingls, se educan, se respetan, imaginan en todo detalle una alternativa al sistema que quiere convertirlos en mercancas. Redactan una constitucin. La liberan en la atmsfera. La hacen galopar sobre los rboles. Nada? El ejercicio de la seriedad, de la madurez democrtica, del debate poltico, no es nada? La belleza de un cuerpo o de un poema mejora nuestra vida y la belleza de la democracia viva -la belleza kantiana de la sensibilidad comn- no nos deja ninguna huella? En los corros de las plazas, donde se discute sobre enseanza, economa y cultura, todas las asambleas de las comisiones comienzan con la advertencia: No nos demos prisa; tenemos todo el tiempo del mundo. No es verdad, no lo tenemos, pero esta declaracin, como la reivindicacin del derecho a la madurez, es la subversin misma de la lgica que domina el intercambio de mercancas, la televisin y la guerra. Durante horas y horas, jvenes formateados por el consumo, aislados y desiderativos, ajenos desde el nacimiento a toda nocin de colectividad y organizacin, han permanecido bajo el sol, en vilo, sin cambiar de postura sobre el suelo, conscientes de pronto de que ningn polvo, ninguna lanzadera, ninguna telenovela, ningn programa de televisin, ninguna droga de diseo, es tan apasionante e interesante como una asamblea.

Ms ac de la belleza misma, ms all del aprendizaje acelerado y de la ralentizacin de Madrid (que flota vertiginosamente a la deriva), la ilusin constituyente de decenas de miles de personas reunidas en una plaza ha constituido ya su propia legitimidad. Todo poder, a condicin de que sea lo suficientemente grande, es fundacional (y por lo tanto disolvente). El de Sol lo es. A su lado, la otra ciudad -en la que han ganado las elecciones Gallardn y Esperanza Aguirre- se destie y decolora muy deprisa; no se sostiene; no aguanta la comparacin; est radicalmente deslegitimada por su radical falta de realidad. Ningn efecto? Las movilizaciones y asambleas de estos das, constituyentes de su propia legitimidad, "desconstituyen" el poder que denuncian y al que se oponen. Pase lo que pase, el Parlamento y El Corte Ingls son ya casi una alucinacin; se desvanecen en el aire; tienen de pronto algo inconsistente y espectral. El movimiento 15-M ha golpeado la lnea de flotacin misma del sistema; y el sistema ha acusado el golpe y se ha asustado. Y eso -como la frmula de la relatividad o la composicin de Las Meninas- es inolvidable para la humanidad.

Todos los poderes constituyentes surgidos de la movilizacin cabalgan siempre la urgencia de la utopa. Y las utopas siembran, activan, tropiezan en paradojas. En este caso -paradjicamente, s- la utopa revolucionaria del 15-M invoca una especie de tirana de la no-confrontacin. Los sueos de transformacin radical asumen en la asamblea general de Sol el lenguaje y el contenido de los discursos polticamente correctos: respeto, responsabilidad, convivencia, consenso, conceptos que se traducen tambin en ese cdigo gestual, sumariamente plebiscitario, con el que aprueba o condena la multitud las intervenciones de los oradores. Es interesante reparar en este impulso. Las democracias capitalistas han insistido en educar en valores porque pretenden ser democracias; pero no pueden dejar de violarlos (los valores) porque son capitalistas. Respeto guerrero? Responsabilidad corrupta? Convivencia explotadora? Verdad mentirosa? Consenso asesino? Honestidad ladrona? Lo normal habra sido que esta hipocresa estructural hubiese inutilizado para siempre los valores mismos y que los jvenes hubieran dejado de creer al mismo tiempo en el capitalismo y en la democracia. Pero como para dar la razn a Carlos Fernndez Liria y Luis Alegre Zahonero, y con una lucidez inesperada, los jvenes del 15-M se han apoderado del lenguaje polticamente correcto que invocan y patean los polticos y se lo han tomado en serio contra ellos. Seamos imposibles, dice una pancarta que invierte el famoso eslogan del 68, pidamos realismo. La spanish revolution no es ni postmoderna ni prefascista: es ingenuamente ilustrada. Es radicalmente moderada. Ha entendido precisamente que la utopa est del otro lado, all donde se pretende ser honesto y capitalista, responsable y bombardeador, pacfico y millonario, y que en ese marco de hipocresa estructural la verdadera utopa es la del realismo, la de pedir cosas sencillas, naturales, normales, sensatas. Mientras el capitalismo materializa criminalmente los sueos, la asamblea de Sol suea colectivamente pequeeces de sentido comn.

Pero la utopa de la no-confrontacin se enreda enseguida en paradojas.

El movimiento 15-M es apartidista. Las siglas, las banderas, las filiaciones ideolgicas estn excluidas de Sol con la fuerza represiva (casi forclusiva) de un tab. Es inquietante y a veces irritante. Es tambin injusto con los jvenes -o no- que llevan aos luchando dentro de organizaciones extraparlamentarias y que ahora ven penalizado, en vez de reconocido, su tesn. Pero forma parte de la levadura misma de la movilizacin contra una pseudo-democracia que no puede distinguir entre partidos, todos ellos orgnicamente funcionales a su reproduccin. Y tiene una dimensin muy bonita, una conmovedora potencia revolucionaria. El tab de las filiaciones suspende e invierte de hecho, en la acampada de Sol, en el trato recproco entre los acampados, en el seno de las comisiones y en las discusiones de la asamblea, el principio de desconfianza vigente en la sociedad exterior. El mandamiento confa slo en los conocidos se transforma en su contrario, y en forma tambin imperativa: slo podemos confiar en los desconocidos. Slo cualquiera puede hablar en las asambleas, slo cualquiera puede ser escuchado, slo cualquiera tiene autoridad para hacer una propuesta. Es difcil no emocionarse ante esta decisin radical de impersonalidad y universalidad que reivindica la objetividad de los discursos (junto al derecho de todos a ser amados y bien tratados) y que, en un contexto de activa desconfianza hacia los partidos, permite a los militantes de izquierdas enunciar sus argumentos sin prejuicios ni resistencias.

La consecuencia natural de esta utopa de la no-confrontacin, que iguala a todos los desconocidos, es la voluntad de consenso. Pero reprimir la confrontacin en una asamblea abierta y universal convocada contra la otra ciudad -donde han ganado las elecciones Gallardn y Esperanza Aguirre y donde Rubalcaba embrida a sus policas-; forcluir las filiaciones ideolgicas en un mundo en carne viva, dividido por intereses de clase y de faccin, entraa muchos riesgos. El consenso entre 5.000 desconocidos -principio rector de las asambleas generales de Sol- aboca a la exclusin de todas las propuestas radicales, frente a las cuales cuenta ms un veto que 4.999 votos. Cualquier desconocido, digamos, puede impedir un acuerdo. Y esta paralizacin, a su vez, slo puede ser conjurada rebajando el contenido de las propuestas y aumentando el nivel de manipulacin, populismo y liderazgo de los moderadores asamblearios. El consenso, concebido como el instrumento ms radicalmente democrtico, acaba conduciendo paradjicamente a la in-decisin y la demagogia. La confrontacin con el enemigo es inevitable; y la unin con el compaero est mejor garantizada, como sugiere Ernest Favil en una de sus magnficas crnicas, por el derecho al voto que por el derecho al veto.

Utopas y paradojas. Como los levantamientos populares en Tnez y en Egipto, el movimiento 15-M demuestra que lo propio de la libertad es ponerse lmites a s misma; que lo propio de la espontaneidad es organizarse. Por un mundo ms organizado y menos ordenado, dice una consigna de Sol. Contra toda la propaganda interesada, contra todas las pretensiones de un caos original, los jvenes de la acampada -de las acampadas en toda Espaa- han demostrado que lo ms profundo, lo ms espontneo, lo ms original es la disciplina y la organizacin y que hace falta mucha violencia para desordenar el mundo. Pero la paradoja de la espontaneidad es que, abandonada a su propio impulso, resulta demasiado organizada. La espontaneidad es tan disciplinada, meticulosa, clasificatoria y reguladora que, si no es reprimida, desemboca en una hipertrofia burocrtica. Como extranjero interesado en el movimiento, trat una tarde de trazar el organigrama de las comisiones y grupos de trabajo (Respeto, Comunicacin, Coordinacin Interna, Alimentacin, Infraestructura, Economa, Cultura, Pensamiento a Largo Plazo, Espiritualidad, Medioambiente, Feminismo, Migracin y Personas, etc.). Fue imposible. No hay ningn gobierno del mundo que tenga tantos ministerios, secretaras de Estado y departamentos como la Asamblea de Sol. Se ha creado ya una Comisin de Comisiones y, fruto de la opacidad burocrtica, ha habido que poner en marcha una auditora contra la comisin de Comunicacin. Todo ello debera hacernos reflexionar quizs sobre esta relacin de recproca excitacin entre espontaneidad organizadora y frondosidad burocrtica. Lo espontneo es la organizacin; y lo ms espontneo, apenas se complican las relaciones, es la burocracia. Frente a ella y como principio poltico libertario, es necesario -otra paradoja- introducir instituciones estables. La Puerta del Sol, con sus irregulares colinas de lona y su crepitar de papeles, es el primer asentamiento de la civilizacin. Es el paso de nuevo al sedentarismo, la agricultura, la urbanizacin, la escritura, la razn. Espontneamente ha recorrido en quince das todas las estaciones de la evolucin humana. Pero este proceso emocionante y rapidsimo nos ensea tambin que para detenerse hace falta ms disciplina que para dejarse llevar por la disciplina.

Y est el amor. No hablo de la comisin de Espiritualidad ni de la subcomisin de Abrazos Forzados, de la que hay que huir como de la peste. La nica cosa que debe ser verdaderamente espontnea es un abrazo y no hay ninguna diferencia entre imponer una caricia o imponer un ltigo. Pero el amor es central en la acampada de Sol, como lo fue en la plaza de Tahrir en El Cairo o en la Qasba de Tnez. Lo espontneo es, s, la organizacin; y lo espontneo, apenas uno se siente parte de otro cuerpo, es la solidaridad, la paciencia, la delicadeza, la atencin, el cuidado, el sacrificio, los buenos modales. Lo dijo Aristteles hace 23 siglos: lo propio del enamorado es sentirse y querer ser bueno. Hay que cambiar el mundo, desordenarlo mucho, para que nos volvamos organizados; hay que cambiar el mundo, desordenarlo mucho, para que nos sintamos y queramos ser buenos. Toda revolucin es un enamoramiento colectivo que, al mismo tiempo que transforma las formas de gobierno, transforma el marco de la sensibilidad comn. Eso tambin es poltica. De ese hombre nuevo que preconizan los revolucionarios todos los hombres viejos han tenido un atisbo aislado -un chispazo- dos o tres veces en su vida. Es lo ms viejo del mundo y slo se trata, paradjicamente tambin, de crear las instituciones que lo desmientan y lo conserven. Estar enamorado de todos al mismo tiempo es algo que un cuerpo humano slo puede hacer durante quince das; bendito sea el amor que demuestra que el amor es posible; bendito sea el amor que impugna en una plaza el pesimismo antropolgico de los liberales y los banqueros; bendito sea el amor que se presenta, cuando menos se lo espera, como el logos primero. Pero no basta. Hay que ir ms all. Ahora de lo que se trata es de derrocar el gobierno, los gobiernos capitalistas, para que gobierne el amor. Cuando gobierne, es verdad, ya no ser nuestro amor sino nuestro gobierno y no estaremos enamorados de l (Dios nos libre!), pero podremos exigirle que deje madurar las frutas, que permita encontrarse a los amantes en una cama limpia y libre y que garantice a los trabajadores el uso de sus brazos y de su inteligencia. Cada cierto tiempo, en una sacudida, todos debemos recordar el amor, lo ms antiguo y generador que existe; pero nuestra bondad de enamorados, nuestra libertad de adultos ilustrados, si quiere decidir el destino del mundo, debe volcarse y olvidarse en un buen gobierno. A ese gobierno, cuando lo hayamos constituido, habr que recordarle de vez en cuando -porque ser reformable- que el nico tirano ante el que nos inclinamos, y ante el que deben inclinarse todos los poderes, son el amor primero y la razn comn.

Para conservar el amor y el deseo de ser buenos, para conservar el asamblesmo y la democracia real -amenazadas ya por la fatigossima espontaneidad organizadora- quizs ha llegado el momento de abandonar la Puerta del Sol. Quines estn all? Un poco todos: desempleados que por primera vez se sienten tiles, hippies enganchados a la felicidad del instante, militantes de todos los colores aferrados a la oportunidad de su vida, jvenes sin futuro que pasaban por all y quedaron absorbidos para siempre en el agujero blanco. Todos sienten lo mismo. Son los nuestros; somos nosotros. Es difcil renunciar al nico lugar del mundo; es difcil renunciar al amor; es difcil renunciar a una experiencia que nadie prepar y que nadie puede asegurar que se repita. Es un riesgo partir; pero es un riesgo quedarse. Como extranjero de paso, yo mismo siento la fortsima nostalgia -como me ocurri en la Qasba- de esta inversin espacial, material, tangible, diminuta, de la marcha mental del mundo; de esta costura de realidad intensa en un inmenso desgarrn sin sentido; de este punto suelto a partir del cual se podra poner del revs -del izquierdo- el calcetn del universo. Pero la victoria ha sido tan grande -el poder fundacional de otra legitimidad que decolora el Parlamento y El Corte Ingls- que quizs, si se quiere seguir adelante, radicalizar y politizar de verdad el movimiento y fundamentar una alternativa, es necesario apostar por los Soles de los barrios y los pueblos, por el trabajo constituyente de las comisiones y los grupos de trabajo y por la coordinacin a nivel estatal e internacional. El momento antropolgico fundacional -el recuerdo de ese amor primero, el poder de los muchos- debe dejar paso ya, an a riesgo de perderse, si no quiere perderse, a una poltica que plantee las modalidades y las estrategias de la inevitable confrontacin. Porque lo que es seguro es que habr que volver, quizs todos los meses, como ya se ha propuesto; y entonces necesitaremos ms poder, ms amor y ms propuestas.

Es increble. Incluso en los tiempos de facebook y twitter, lo que caracteriza a una revolucin es que sacraliza los nombres; es decir, los convierte en espacio. Los pone en el espacio. En la poca de los no-lugares -los pasillos rpidos de las mercancas y los turistas- las revueltas contra la tirana reconstruyen rpidamente los lugares, esas decisiones colectivas de tres dimensiones. Muchos pasillos han vuelto a ser lugares en los ltimos meses: Tahrir, La Qasba, La Perla, Puerta del Sol, Plaza de Catalunya, Plaza Sintagma, La Bastilla.

El sol es un agujero blanco; sigamos agujereando de luz las noches del mundo.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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