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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-06-2011

La antielitizacin latinoamericana

Amlcar Salas Oroo
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1 Buena parte de las fuerzas polticas opositoras latinoamericanas evidencian hoy una crisis de identidad. Se encuentran en un pantano de ideas, una frustracin frente a ciertas propuestas polticas impulsadas por algunos gobiernos de la regin. Se trata de una situacin que no es simplemente de superficie: en el fondo, sucede que las elites latinoamericanas estn viendo acorralada su capacidad ideolgica para transfigurar sus intereses privados en proyectos polticos mayoritarios propios o afines. En ese sentido, un proceso de antielitizacin latinoamericana pareciera tambin estar constituyendo la escena contempornea.

2 El dilema para estas fuerzas opositoras es que stas han incorporado casi como nico y relevante principio de accin aquello que resulta indispensable para las elites: reeditar una posible armona de los intereses sociales, ser los garantes de una sociedad desconflictuada en la que primen los mecanismos naturales de resolucin de demandas, junto con las posiciones de privilegio. Frente a las desmesuras de los gobiernos, la importancia prctica de un equilibrio. Puede decirse que elites y fuerzas opositoras se mimetizan o, ms bien, se complementan: los sectores opositores funcionan como descarga discursiva de las elites, con el apoyo de los medios masivos de comunicacin. Pero esa misma pretensin del fin de los conflictos presenta hoy en da serios problemas para relanzarse retricamente en algunos pases.

3 No es en el nivel concreto de la generacin de riqueza o como factores de poder que las elites han perdido terreno; es en una dimensin que, tambin, resulta clave para la dialctica social: los imaginarios colectivos. Las elites no estn logrando atravesar y organizar discursivamente como hace un tiempo los diferentes niveles del lenguaje de las sociedades; como dato elocuente, hay que advertir que la injerencia de los titulares de Clarn y La Nacin, del ABC de Paraguay o del Estado y Folha de Sao Paulo, por mencionar algunos, ya no generan la misma conmocin en la opinin pblica. En ese sentido, la capacidad de las elites para promover una extensin de sus (auto) principios de legitimacin con sus valores, modelos de relaciones sociales y metas colectivas se est viendo fuertemente afectada; como si entre sus interpretaciones y los imaginarios colectivos se abriera una brecha. Esta circunstancia se debe, fundamentalmente, a que las elites perifricas han perdido sus puntos de referencia: siempre se han refugiado y legitimado en sus vnculos con los pases centrales y en la promesa de traer lo exterior hacia el continente como modelo para la modernizacin de lo arcaico y perifrico. Pero mirar hacia afuera hoy en da resulta francamente poco entusiasta: crisis especulativas que se llevan las casas de millones, traslado forzoso de contingentes de inmigrantes, persecuciones religiosas, modelos de sociedad basados en la reduccin salarial y la devaluacin de los derechos adquiridos, o bien el avance de valores como los que impulsa el Tea Party o los partidos de derecha desde Suecia a Hungra.

4 Esta desorientacin habilita, a su vez, el giro antielitista: se arraigan otros principios ordenadores en los imaginarios latinoamericanos. Hay nuevos sentidos comunes y otras dinmicas y otras maneras de describirlas vinculados con las agendas pblicas de ciertos pases: si en Brasil, quizs por primera vez en su historia, se percibe colectivamente la posibilidad de una movilidad social para los sectores subalternos, esto se debe al impacto de determinadas polticas, como la reversin de la primaca del trabajo informal sobre el formal o bien los millones de nuevos estudiantes que han accedido a la universidad; en Venezuela, el declarado antiimperialismo cultural e institucional ha construido, como lo muestran algunos estudiosos, otros tipos de interaccin y modelos de relaciones sociales, incluso domsticas, respecto de lo que implica una sociedad del consumo; lo mismo podra decirse del buen vivir en Ecuador o Bolivia, captulos constitucionales que, burocrticamente, colocan reparos prcticos a las tentaciones neoextractivistas y, al mismo tiempo, reaseguran su particularidad poltica histrica: la inclusin de identidad indgena en sus proyectos; o bien en Argentina, donde la democratizacin de ciertos aspectos cotidianos, como el matrimonio igualitario o la pluralidad de la informacin, reconfigura el carcter de lo que implica el progreso personal.

5 Estas frmulas, que luchan espiritualmente con otras no tan auspiciosas y tambin debitables a los gobiernos en cuestin, atraviesan los imaginarios sociales y se incorporan a los universos simblicos de la ciudadana, orientan y organizan la absorcin de las interpretaciones circulantes: de alguna manera, se constituyen en las barreras ideolgicas que encuentran las elites para imponer sus ideas. No se trata, como dice Beatriz Sarlo, de una simple batalla cultural; debe reconocerse como un avance poltico el hecho de que los modelos societales de las elites estn sin posibilidades de despliegue y capilaridad. Esto no anula la debilidad y la inorganicidad con que se dan los cambios, o que aparezcan fricciones al interior de las coaliciones gubernamentales: sucede en Ecuador con Alianza Pas y los movimientos sociales, con Dilma Rousseff y la bancada parlamentaria del PMDB, o entre el Gobierno y la CGT en Argentina. Pero estas fricciones no son en torno de otros mapas conceptuales, como quisieran los medios de comunicacin conservadores y las elites, sino al interior de un mismo cuadro de ideas asumidos con mayor o menor honestidad por los actores, precisamente aquel que, puesto en movimiento, genera una antielitizacin de los lenguajes por lo bajo.

6 Los imaginarios sociales no son realidades secundarias: all tambin se anudan cuestiones clave para el porvenir. Est claro que no hay condiciones objetivas para un radical cambio de poca en Amrica latina. Sin embargo, hay ciertas condiciones subjetivas, en el plano de los imaginarios, que parecen haber dado un salto optimista, y que son consecuencia de la interaccin con ciertas polticas pblicas; de all la crisis de identidad y de perspectiva de ciertas elites y fuerzas opositoras. La regin presenta una diferencia respecto de otras latitudes: en lugar de levantar muros entre comunidades, quizs sea momento para asumir en su verdadera dimensin conceptual aquello que est comprometido socialmente en la originalidad latinoamericana; como insista Jos Carlos Maritegui: ni calco, ni copia... creacin heroica.

Amlcar Salas Oroo del Instituto de Estudios de Amrica Latina y el Caribe (UBA).

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-169184-2011-05-31.html



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