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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-06-2011

Lo poco que podemos, lo mucho que queremos

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio*


En los aos 50, el filsofo alemn Gunther Anders llam la atencin sobre una contradiccin asociada a las tecnologas de la destruccin que a su juicio estaba llamada a cambiar por completo nuestra relacin con el mundo y con la conciencia de nuestros lmites. El lo llamaba desnivel prometeico y lo defina como la desproporcin existente entre la accin y la representacin; es decir, entre lo que somos capaces de hacer y lo que somos capaces de representarnos. El ejemplo ms evidente y brutal es el del bombardero y, an ms, el del bombardero atmico: la imaginacin no tiene recursos para establecer ninguna relacin entre el simple gesto de un dedo aplicado sobre un cuadro de mandos y la muerte, miles de metros ms abajo, de 180.000 personas. Es demasiado fcil -digamos- destruir tecnolgicamente el planeta y demasiado difcil representarse su destruccin. El Coronel Thibets, en efecto, comandante del avin que descarg la primera bomba atmica sobre Hiroshima en agosto de 1945, nunca se sinti responsable de esas muertes: era un ser humano normal con una imaginacin normal, incapaz por tanto de imaginarse el efecto apocalptico que haba causado -a tanta distancia de su cuerpo- con una sola mano. Claude Eattherly, el oficial que localiz desde el aire el objetivo, tuvo que ser encerrado, en cambio, en un hospital psiquitrico militar: se volvi loco, pero nadie pudo aceptar, ni siquiera l -al menos al principio-, que su sufrimiento moral tuviese ninguna relacin con esa gesto facilsimo, banal, insignificante, de abrir una compuerta con un elegante giro de mueca. Lo que la tecnologa puede materialmente hacer es tan portentoso, tan descomunal, tan fuera de toda medida, que escapa a la limitadsima imaginacin de los seres humanos.

Pero hay otro desnivel prometeico, an sin explorar, que invierte de hecho los trminos de la contradiccin. Me refiero a la desproporcin que existe entre la miseria vital de la mayor parte de los seres humanos que pueblan el planeta y su sobreabundancia simblica. Hay cientos de millones de personas -quizs miles de millones- que no tienen acceso a alimentacin suficiente o a agua potable o a atencin sanitaria o a trabajo remunerado; hay miles de millones de personas excluidos de las instituciones, de los centros de decisin poltica, de los medios de comunicacin; hay miles de millones de personas cuya existencia se reduce a la de cuerpos mantenidos con vida, incapaces de introducir ningn efecto en la realidad, cuyos dedos y manos y piernas son redundantes e intiles y que sin embargo tienen acceso a los circuitos globales de intercambio de datos e imgenes. Es la desproporcin entre lo poco que puede hacer un cuerpo y lo mucho que puede representarse; entre la impotencia de la vida desnuda y la potencia inaudita de las tecnologas de la representacin. Lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en el mundo rabe y amenaza con extenderse por todo el planeta tiene que ver, junto a la demanda de democracia, con este nuevo desnivel prometeico invertido. Jvenes social, econmica, polticamente excluidos, estn al mismo tiempo incluidos en un universo simblico sin barreras. Jvenes encerrados en cuerpos desactivados, jvenes encerrados en territorios de los que no son dueos, participan de una mente comn transfronteriza que no encaja en ningn sistema sostenible: ni en el capitalismo que la ha puesto en marcha para ponerle ahora lmites ni en ningn otro mundo posible que pretenda conjugar al mismo tiempo los deseos individuales, forjados en el mercado, y la supervivencia de la especie.

Los que dicen que las revoluciones rabes son consecuencia de las nuevas tecnologas tienen razn. Los que dicen que son consecuencia de la exclusin econmica y social tambin la tienen. Es necesario enunciar la relacin explosiva entre exclusin corporal e inclusin tecnolgica para comprender lo que est pasando. En la ltima dcada, mientras los precios de los alimentos no han dejado de aumentar, los precios de las tecnologas de la representacin no han dejado de bajar. En Tnez, por ejemplo, el 100% de las familias tiene cobertura televisiva; hay 96 telfonos mviles por cada 100 habitantes; y si el nmero de ordenadores personales sigue siendo bajo, el nmero de jvenes con un perfil abierto en Facebook es muy alto. Las cifras para el resto del mundo rabe son similares y pueden generalizarse a la mayor parte del mundo. Gente que apenas come, ve en cambio la televisin; gente sin trabajo tiene telfono mvil; gente que no puede acceder a bienes de consumo elementales, accede a las llamadas redes sociales. Incluso si desigualmente repartidos, hay que recordar que en el mundo hay casi tantos aparatos de televisin como seres humanos, que son ya 5.000 millones el nmero de telfonos celulares y que ms de 1000 millones de personas forman parte de Facebook, Twitters o MySpace. En el modelo de Anders, es casi infinito lo que un cuerpo puede tecnolgicamente destruir y muy pobre y limitado lo que puede imaginar; y esa fractura tiene consecuencias morales y polticas pavorosas para la humanidad. Pero conviene no olvidar tampoco la otra fractura. Porque bajo el capitalismo es muy poco lo que los jvenes pueden construir con sus propios cuerpos, desprovistos de medios, y es casi infinito lo que pueden tecnolgicamente imaginar. Esta desproporcin tambin tiene consecuencias polticas y morales difciles todava de evaluar, pero que obligan sin duda a repensar las relaciones entre libertad y democracia y entre derecho y supervivencia.

La verdadera contradiccin no es hoy, como pretenda el marxismo ortodoxo, entre fuerzas productivas y relaciones de produccin sino entre, por un lado, fuerzas destructivas y antropologa humana; y entre -por otro lado- fuerzas representativas y recursos humanos. El capitalismo ha creado tecnologas incompatibles con la compasin, la ternura y la solidaridad. Pero el capitalismo ha creado tambin tecnologas incompatibles con la exclusin social que le es indisociable -con la pobreza, las fronteras y la marginacin poltica- y que ponen en peligro, al mismo tiempo, el capitalismo y la humanidad. Los que bombardean y consumen son incapaces de imaginar los efectos de sus acciones y por lo tanto el dolor de sus vctimas; los que no pueden ni bombardear ni consumir, repartidos en las zonas ms pobres del planeta, pueden querer tanto y tanto y tanto, tan por encima de las posibilidades del mercado y del planeta, que cuando se pongan a reclamarlo no habr ms que dos alternativas: o cambiar dolorosamente de modelo o inventar bombas mejores.

* Una versin reducida de este artculo fue publicada en el nmero de mayo de la revista asturiana Atlntica XXII: http://www.atlanticaxxii.com/

 



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