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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-06-2011

Las revoluciones rabes

Carlos Varea
Rebelin


Mark Zuckerberg, el creador de Facebook (el antiptico protagonista de la pelcula La red social), sealaba en un encuentro en Pars en mayo de 2011 lo siguiente: Las revoluciones rabes recientes no han existido gracias a Facebook. Se han producido porque la gente de all se ha hecho con las riendas de su destino, aunque Internet ha ayudado, claro est. Quien bien pudiera apuntarse el xito de las revueltas sociales rabes da en el clavo: Pensar eso sera arrogante e irreal. Las redes sociales han posibilitado lo que la represin de los regmenes rabes impeda: articular fuera de las desarboladas estructuras polticas tradicionales las perennes reivindicaciones colectivas. Tambin se ha afirmado que las revoluciones rabes han sido alentadas por Al-Yazira, arrojando con ello una duda sobre su espontaneidad y objetivos. Ciertamente Qatar, cuya familia real es propietaria de la cadena, rentabiliza polticamente su capacidad meditica, tambin en relacin con las protestas ciudadanas rabes (por ejemplo, albergando la primera cumbre internacional sobre el conflicto en Libia en abril de 2011), pero ello no cuestiona su radicalidad germinal y su genuino carcter.

Si el vehculo de propagacin de las revueltas en los pases rabes puede sorprender (la modernidad inimaginable en un mundo que imaginamos paralizado y arcaico), su desencadenante es muy significativo, aparentemente antittico al recurso utilizado: la inmolacin de Tariq Tayyib Mohammed Bouazizi, un joven tunecino, vendedor ambulante de la localidad costera de Sidi Bouaziz, a quien la polica haba humillado y golpeado tras confiscarle su carricoche de vendedor ambulante. Qu hay tras esta extrema accin? No el ideario regresivo de los suicidas islamistas, sino la expresin inerme de toda la impotencia y la desesperacin de este mundo. Este es el combustible de las revueltas rabes y, como yesca acumulada, fcil de inflamarse. Como Zuckerberg, sin duda el joven Bouazizi afirmara que su ejemplo tuvo la simple virtualidad de prender una mecha ya tendida hacia la explosin rabe, el ms inesperado y esperanzador acontecimiento de la primera dcada del siglo XXI.

As ha sido. Desde entonces, el gesto simblico del indignado Bouazizi ha desencadenado revueltas en la gran mayora de los pases rabes, tanto en el Magreb como en el Maxreq, e incluso en alguna petromonarqua del Golfo. Las revueltas rabes se han llevado por delante ya a dos dictadores Ben Ali primero y Mubarak despus y quizs ya a un tercero, Ali Abdalah Saleh, presidente de Yemen, quien en estos momentos se encuentra en Arabia Saud. Siempre pacficas, tras su inicial triunfo en Tnez y Egipto, en otros pases han derivado en abierto conflicto armado o estn siendo reprimidas con un gradiente de violencia que va desde la moderada de Marruecos a la sangrienta de Siria. En Bahrin y en Libia han motivado intervenciones armadas exteriores que, interesadas en ambos casos, expresan la complejidad y el carcter impredecible que pueden tomar los acontecimientos. Tambin ha habido convocatorias y manifestaciones en Gaza y en Cisjordania, que en esto s se ponen de acuerdo han sido reprimidas con igual brutalidad por Hamas y por la Autoridad Palestina, respectivamente. La reconciliacin de ambas facciones palestinas en El Cairo se debe al cambio interno que la revuelta de la Plaza Tahrir ha producido en Egipto, pero tambin a la creciente indignacin de la poblacin palestina, cautiva por partida doble.

La arabista Luz Gmez Garca lo ha recordado con acierto: nos sorprenden estos hechos porque desconocemos la realidad rabe, de la que tan solo nos llega el srdido reflejo de sus gobernantes. Las poblaciones rabes se movilizaron masivamente contra la invasin de Iraq en 2003, y la rapidez, el dinamismo, la profundidad y el aguante de las revueltas rabes solo pueden entenderse porque se han producido en sociedades mucho ms articuladas y politizadas de lo que imaginamos. Ello es particularmente cierto respecto a las dos primeras, la tunecina y la egipcia, en las que sectores sindicales y asociaciones civiles fueron las que pudieron anclar en la calle las convocatorias lanzadas por redes sociales virtuales. Son estos sectores sindicales y sociales los que en ambos pases estn procurando articular polticamente el movimiento de cara a las elecciones prometidas por los gobiernos transicionales establecidos.

No cabe especular sobre si las revueltas rabes estn alentadas desde el exterior, como todos los regmenes amenazados afirman que ocurre. Es falso: las revueltas son genuinas. Otra cuestin es que la injerencia de actores locales o externos logre manipularlas y desvirtuarlas. De nuevo, como en casi todos los momentos crticos de la Historia de la regin, la clave est en lo que ocurra en Egipto, si en este pas, gozne geogrfico, humano y poltico del Mundo rabe, prevalece o no la revolucin. El motor de las revueltas rabes es el hartazgo colectivo ante regmenes que, ya sin matiz poltico alguno que pueda distinguirlos, han hecho de los pases que gobiernan su cortijo privado, y de sus ciudadanos, sbditos sin derecho alguno. Si las reivindicaciones de todas las revueltas rabes son sencillas, directas e idnticas, la naturaleza de los regmenes que pretenden derrocar pacficamente tambin es nica: el poso inmundo de dcadas de impunidad y corrupcin. Todos los regmenes rabes o son monarquas formales o se han convertido en republicas hereditarias. Corrupcin, cinismo y represin son el trpode sobre el que se sustentan; la cuarta pata, claro est, es la tolerancia del Occidente, pero tambin de China y de Rusia, que se aprestan a sacar provecho de las revueltas y de la cada o pervivencia de sus dictadores. Condenable es que la OTAN intervenga en Libia para mantener su control sobre un territorio y unos recursos que Gadafi ya puso a sus pies tiempo atrs (Libia es el pas que ha acogido ms vuelos secretos de la CIA); pero ello ni le quita un pice de legitimidad a una revuelta iniciada por un plante de abogados ante una crcel de Trpoli, ni le otorga a Gadafi un pice de legitimidad, como algunos (incluido, lamentablemente, Fidel Castro) han pretendido apreciar. Como Gadafi, Al-Asad recurre (tambin lo hicieron Ben Ali y Mubarak) al guio fcil ante Occidente: somos un baluarte frente a Al-Qaeda afirma o, alternativamente, con nuestra cada, el caos. Lo cierto es que el rgimen sirio asesina sin pudor a sus ciudadanos ante la pasividad inquieta de los gobiernos de Europa y EEUU, que siempre han comprendido junto con Israel la funcionalidad regional de la dinasta Al-Asad desde 1970: controlar, a beneficio de todos ellos, manu militari si es preciso (recurdese la ocupacin militar de Lbano en 1976 bajo paraguas de la Liga rabe y con respaldo occidental), al movimiento nacionalista rabe (y palestino). Pero lo ms sorprende es que, si la intervencin en Libia ha motivado manifestaciones de protesta en nuestro pas, la muerte de ms de un millar de ciudadanos sirios a manos de los francotiradores, los tanques y los helicpteros del rgimen no haya activado nuestra solidaridad. No hay regmenes rabes progresistas.

El cinismo del rgimen sirio (y de algn apologeta local despistado) es ofensivo: contraponer su supuesto laicismo a la fragmentacin sectaria, justificando el mantenimiento de la dictadura oligrquica que representa frente a la reivindicacin de democracia real que su pueblo reclama. Nos es casual que la ocupacin de Iraq haya trado la implosin sectaria, que en Egipto detone la violencia entre coptos y musulmanes, que Yemen se precipite en una guerra tribal, que se advierta sobre la ruptura confesional en Siria, que en Marruecos Al-Qaeda d la rplica al movimiento con el atentado de Marraquech. La alternativa no es el sometimiento neocolonial o la dictadura nativa. Ms all de la cada de los regmenes rabes, lo que est en juego es la propia identidad rabe, que emerge integradora y plural, que quiere articular modernidad y esencia, democracia y soberana. Triunfen o fracasen, las movilizaciones ciudadanas de 2011 de Marruecos a Iraq nos han ofrecido una imagen indita la real, la posible de estas sociedades y de sus ms dinmicos sectores.

Las revoluciones rabes se estn produciendo tras dos dcadas en las que se ha procurado identificar a la resistencia rabe con Al-Qaeda o el confesionalismo poltico. Pero sus protagonistas son jvenes formados, mujeres, profesionales en paro y trabajadores fabriles, que tienen nuestras mismas aspiraciones, no seguidores de Bin Laden o de algn ayatol. Democracia real, Democracia participativa, Fin a la corrupcin, Fin al enriquecimiento especulativo, Derechos sociales: es que acaso no nos suenan estos lemas? Efectivamente, son los escuchados en las plazas Tahrir de cualquier ciudad rabe y son tambin los del movimiento 15-M. Indignacin: no es tambin ste nuestro propio sentimiento? Nuestra lucha se entrelaza y terminar por alcanzar un objetivo comn: un mundo mejor, ms justo y pacfico, concluye el mensaje enviado por los jvenes revolucionarios tunecinos a los acampados del 15-M. Que as sea.

Carlos Varea es miembro de la CEOSI. Este texto ha sido redactado para la Agenda de la Solidaridad 2012 de CEDSALA, http://www.nodo50.org/cedsala/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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