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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-06-2011

Ms all de un proyecto de bienestar cercado: refugiados y desplazados en el mundo

Arturo Borra
Rebelin


-I-

El 20 de junio de 2011 se conmemor el Sexagsimo Da Mundial del Refugiado, como forma de recordar la drstica realidad que padecen ms de 43 millones de personas forzadas a desplazarse de sus lugares de origen, aunque jurdicamente apenas 15 millones cuenten con la proteccin internacional de la condicin de refugiadas. Segn la Convencin de Ginebra, refugiada es la persona que sufre algn tipo de persecucin por motivos de raza, religin, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones polticas. A esos motivos hay sumar recientemente la orientacin sexual como factor de persecucin . En trminos ms concretos: un refugiado es una persona obligada a desplazarse fuera de su pas o su ciudad natal, al peligrar su vida o su integridad fsica y psquica. Ninguno de nosotros debera permanecer indiferente a esos desplazamientos forzosos. Europa los conoce bien: los ha sufrido en varias ocasiones, especialmente en el siglo XX, incluyendo el xodo de millones de espaolas y espaoles a otros pases de Europa y Amrica Latina.

El olvido, sin embargo, merodea en el Estado espaol. En 2009, a pesar del aumento del nmero de personas refugiadas y desplazadas, en Espaa apenas hubo 3.000 peticiones de proteccin, un 33% menos que en 2008. Esta cifra la ms baja que se conoce en Espaa desde que existen estadsticas al respecto- seala una restriccin grave del derecho de asilo. Al nmero ya reducido de peticiones, hay que sumar el hecho de que cada 100 solicitudes de asilo, slo 3 se admiten a trmite. Eso equivale a decir que apenas el 3% de las personas que solicitan asilo tienen alguna posibilidad de obtener la condicin de refugiada en territorio espaol (1).

La conclusin es inequvoca: el Estado espaol est implementando una poltica de asilo de signo claramente restrictivo, que desconoce de hecho la realidad de cientos de miles de personas desplazadas de forma obligada. Las consecuencias de estas restricciones son mltiples. La primera es que la amplia mayora de personas desplazadas no acceden a ningn tipo de proteccin internacional, pasando a formar parte del ejrcito de inmigrantes irregulares que subsisten malamente en la economa sumergida espaola, siempre y cuando no sean confinados en un CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros), recluidos en campos de desplazados o, en una medida que no sabemos, expulsados a los mismos pases donde sus vidas peligran. La segunda consecuencia, no menos drstica: al impedir los accesos legales a esta masa de personas desplazadas, se crean las condiciones propicias para que las redes de trfico y trata de personas se instalen como realidades paralelas a los ya mermados estados de bienestar. Que estas redes mafiosas viven de la extrema vulnerabilidad de estas personas para lucrarse (violando los derechos humanos ms elementales) ya lo sabemos. Lo que es menos evidente es que esa industria se nutra de las polticas de control de fronteras cada vez ms rgidas e impermeables.

La historia de los refugiados y desplazados se repite en el presente, bajo formas diversas, en numerosos pases. Segn ACNUR, la lista est encabezada por Afganistn, Irak, Afganistn, Somalia, R. D. Congo, Myanmar, Colombia, Sudn, Vietnam, Eritrea y Serbia, sin contabilizar los 5 millones de refugiados palestinos. A esa lista hay que sumar los desplazados de Costa de Marfil, Libia, Tnez, Siria y la lista se modifica cada vez que, en algn rincn ignoto del planeta, reaparecen los conflictos armados, las guerras intertnicas, las teocracias, las dictaduras militares y, en definitiva, la supresin de libertades fundamentales. Borrar de nuestra memoria esa historia sangrante no ayuda en absoluto a solucionar este drama colectivo.

La poltica de avestruz que la Unin Europea ha asumido no slo es vergonzante: agrava el problema, entre otras cuestiones, porque de un plumazo convierte a esos cientos de miles de personas en inmigrantes irregulares susceptibles de expulsin y repatriacin, privados de todo acceso a la ciudadana y, por lo tanto, excluidos de derechos bsicos tales como el derecho a trabajar o a disponer de una atencin sanitaria satisfactoria.

-II-

A pesar de los prejuicios extendidos en esta materia, las personas refugiadas tienen serias dificultades de acceder a la proteccin internacional en los pases industrializados: slo el 20% es acogida por estas naciones. Eso significa que cuatro de cada cinco damnificados o bien deambulan por pases econmicamente subdesarrollados (improbablemente, en vas de desarrollo) o bien terminan en algn campo de desplazados en condiciones infrahumanas.

La creciente reticencia, cuando no hostilidad, de las sociedades y Estados europeos hacia los refugiados, atizada por la fbrica de estereotipos que circulan en los medios de comunicacin, contrasta con su presunta defensa incondicional de los derechos humanos. En particular, la poltica europea de asilo entierra la historia de sus sociedades ligadas a movimientos forzados. Lo que es igualmente grave: anticipa un porvenir en el que los muros blancos terminan siendo la realidad ms consistente.

Si, por lo dems, los Estados europeos (y estadounidense) buscaran la democratizacin de pases gobernados despticamente, sea apoyando revueltas populares o incluso interviniendo de forma militar, tal como ocurre en Libia, cmo pueden desentenderse de uno de sus efectos inmediatos, como es la dispora forzosa de miles de personas que quieren salvar sus vidas? En el terreno, la preocupacin de Unin Europea es menos por el fenmeno que por sus efectos: asegurarse que no llegue ninguna avalancha a sus costas. Y si llega, dosificarla por la cuadrcula del vallado policial. Los que logran atravesar esa cuadrcula, desde luego, no tienen demasiadas garantas. Con suerte, estarn en ese irrisorio porcentaje del 3% a los que se les acepta a trmite la solicitud de asilo; con algo menos de suerte, terminarn formando parte de la cuadrilla de indocumentados que no slo estn expuestos a una segura sobreexplotacin laboral, sino tambin a una nueva criminalizacin: ser uno ms de los sin papeles susceptibles de ser confinados hasta 18 meses en un centro de internamiento, segn dicta la directiva de retorno de los inmigrantes (conocida como directiva de la vergenza), aprobada en 2008 (2).

Volvamos, sin embargo, a los que quedan en el camino. A los cientos de miles que terminan en los campos de refugiados. Para formularlo con una pregunta tan penosa como necesaria: cul es la distancia que separa los campos de refugiados de los campos de concentracin? No sugiero, desde luego, que sean idnticos. Sin embargo, si consideramos que en ambos casos se produce la suspensin temporal de derechos bsicos, la privacin de libertades no menos bsicas, as como el hacinamiento y la precariedad material, la brecha se reduce de forma escandalosa.

Quizs debamos tomar ms en serio lo que sugiere Agamben sobre la filiacin entre campos de internamiento, campos de concentracin y campos de exterminio. Incluso si planteramos que no hay una lnea de continuidad inexorable entre unos y otros, es innegable que en los tres espacios se constituyen espacios de control en las que el sujeto, al ser estigmatizado, est bajo sospecha permanente. Hasta el nazismo aleg como motivo de estos campos la necesidad de una custodia protectora, esto es, el desarrollo de una polica preventiva con independencia de cualquier contenido penal significativo que pudiera imputarse a una persona (3). Sin negar la existencia de especificidades irreductibles, en el interior de cualquiera de esos campos -tal como Hannah Arendt advirti hace dcadas en referencia al totalitarismo- todo es posible a plena luz del da. Si esto es cierto, no estamos tan lejos como quisiramos de un ncleo totalitario en el corazn mismo de las democracias parlamentarias de Europa y EEUU.

Pero, no eran precisamente esas potencias las garantes ltimas de un rgimen que iba a protegernos, precisamente, del riesgo totalitario? En la economa binaria del discurso hegemnico ese ncleo totalitario no puede ser concebido: es un impensable que no impide la produccin de experiencias como Auschwitz, Guantnamo o. de forma ms prxima, los C.I.E. Puede que no haya un encadenamiento necesario entre estas experiencias, pero incluso si no lo hubiera, la mcula de cualquiera de estas variantes sobre una formacin social democrtica es tan inaceptable como indeleble.

Lo dicho, por lo dems, tampoco niega la distincin entre democracia y totalitarismo. Ms bien, socava las bases de un discurso hegemnico que se representa como encarnacin plena de un rgimen poltico democrtico, amenazado de hecho tanto por los Estados policiales como por los mercados econmicos-financieros que se desentienden del excedente de refugiados y desplazados que han fabricado.


-III-

Para explicar esta situacin inaceptable, no es preciso poner el nfasis en la mala fe -o alguna otra falta tica- de los agentes estatales y econmicos. Con lo que nos enfrentamos, en ltima instancia, es con la incapacidad crnica de las polticas europeas para dar una solucin global a un problema que, sin lugar a dudas, los pases industrializados han contribuido a crear. La realidad-lmite de los refugiados pone de manifiesto el fracaso radical de los organismos internacionales en particular, la Unin Europea, EEUU y la ONU- para dar una respuesta efectiva a un fenmeno de masas. La existencia de organizaciones humanitarias (compensando parcialmente las carencias de una gestin policial de estos flujos de personas) no refuta lo dicho; por el contrario, es producto de la constatacin ms directa de este fracaso.

Mientras no cambiemos las condiciones de sufrimiento y persecucin en las que viven esos millones de personas, lo que una fecha conmemorativa nos recuerda no es ms que nuestra actual incapacidad para impedir que todo sea posible a la luz del da. Duplicar nuestros esfuerzos para dar notoriedad pblica a esta realidad injusta -en la que un ejrcito invisible debe abandonar sus hogares, sus patrias, sus gentes, con la incertidumbre a cuestas y el dolor del destierro- es un primer paso, insuficiente y necesario. Insuficiente, desde luego, porque la notoriedad pblica no necesariamente se traduce en polticas transformadoras de esas injusticias. Necesario, asimismo, porque a pesar del incremento del nmero total de desplazados y refugiados en el mundo, la visibilidad de esta problemtica no ha aumentado en nuestras sociedades europeas.

Lo que es peor: los discursos y prcticas racistas, xenfobas y discriminatorias en los ltimos aos se han propagado de forma alarmante, en consonancia con una crisis econmica grave, pero tambin con una crisis tica-poltica en la que la actitud dominante es soltar la mano a los otros, reducidos a deshechos de los derechos humanos. Alguien nos recordar con razn que sustraernos del sufrimiento de los dems presagia que otros se desentendern, a su debido momento, de nuestro propio sufrimiento. El punto decisivo, sin embargo, no es defender una poltica de reciprocidad en nombre de esa anticipacin negativa, sino de reivindicar la solidaridad y la justicia como valores universales que tenemos que respetar ms all de las conveniencias coyunturales.

Pretender resolver problemas globales con soluciones locales no es otra cosa que querer apagar un incendio con gasolina. Del mismo modo, construir nuevos campos de internamiento no revierte en absoluto la proliferacin de sujetos humanos fuera de campo -en el sentido cinematogrfico del trmino-, excluidos de toda ciudadana. La consecuencia de esta exclusin es grave: impedir que esos sujetos puedan vivir ms all de los umbrales de supervivencia.

En ese sentido, el da mundial del refugiado es ms que una conmemoracin: es una oportunidad para reflexionar sobre esta injusticia histrica y hacer un llamamiento a cambiar ese ncleo inaceptable. El proyecto del bienestar cercado, rodeado de muros, est destinado al desastre. No podemos ser dignos mientras otros padecen una vida indigna. Apenas somos conscientes de la travesa que emprenden aquellos que ya no tienen lugar. Comprender esa travesa es mirar lo desapercibido, en particular, a quienes se embarcan en una aventura donde se est dispuesto a dar la muerte por otra vida. Conmemorar el da de los refugiados, para que no se convierta en un gesto hipcrita, debera ser tambin un grito colectivo, grito que no puede silenciarse incluso si no se escucha, porque detrs estn los cuerpos despojados que lo sostienen. Es ese grito lo que nos interpela en el centro de nuestra responsabilidad poltica y tica. Porque hay que recordarlo- nuestras sociedades opulentas crecen bajo la sombra de miles de vidas desperdiciadas como lanza con dureza Zigmun Bauman: () la nueva plenitud del planeta significa, en esencia, una aguda crisis de la industria de eliminacin de residuos humanos. Mientras que la produccin de residuos humanos persiste en sus avances y alcanza nuevas cotas, en el planeta escasean los vertederos y el instrumental para el reciclaje de residuos (4).

La realidad de los refugiados debe analizarse no slo teniendo en cuenta las crecientes desigualdades Norte-Sur o la inadecuacin de las polticas de asilo predominantes, sino tambin con el anlisis de los actuales vertederos humanos que el primer mundo produce, convirtiendo una multitud "des-rostrada" en recurso superfluo. Paradjicamente, esa referencia al otro contribuye a interrogar ese nosotros del que formamos parte, en la responsabilidad de lo que sabemos y de lo que preferimos no saber para evitar la responsabilidad que tenemos ante los dems. A esa responsabilidad infinita con el otro Emanuel Levinas lo llamaba justicia.

Puesto que no hay neutralidad posible, tomar parte por los sin-parte es enfrentar, en primer lugar, el miedo ante otros sujetos culturales, construidos de forma reduccionista -desde una perspectiva etnocntrica- como barbarie. A ese prejuicio hay que replicar con Todorov: El miedo a los brbaros es lo que amenaza con convertirnos en brbaros (5). A pesar de los repudios, al otro lado slo hay sujetos semejantes demandando lo que les han usurpado. Contra toda naturalizacin de ese sufrimiento annimo, tenemos que recordar que ninguna de estas situaciones, que han convertido lo excepcional en norma, es inevitable. Y puesto que no cedemos a la amnesia que termina haciendo del naufragio de muchos el espectculo de pocos, no podemos sino volver a preguntar: cmo gestionamos nuestra disconformidad para que esta geografa de la fractura no sea nuestra ltima residencia?

Notas:

(1) Para un anlisis de la poltica de asilo en Espaa, puede consultarse el Informe Refugiados CEAR 2010, disponible en http://issuu.com/movicecapesp/docs/cearnforme2010

(2) Conviene recordar que la Comisin Europea en la directiva mencionada, adems de unificar las regulaciones sobre inmigracin ilegal, endureci sus condiciones de retencin, ampliando el tiempo de confinamiento de las personas en situacin irregular. Puede consultarse el texto completo de la Resolucin legislativa del Parlamento Europeo, de 18 junio de 2008, sobre la propuesta de Directiva del Parlamento Europeo y del Consejo relativa a procedimientos y normas comunes en los Estados miembros para el retorno de los nacionales de terceros pases que se encuentren ilegalmente en su territorio, en http://register.consilium.europa.eu/pdf/es/08/st03/st03653-re03.es08.pdf

(3) Agamben, G., Medios sin fin, Pretextos, 2010, p. 27 y siguientes. Con rotundidad, seala Agamben: El campo es el espacio que se abre cuando el estado de excepcin empieza a convertirse en regla. En l el estado de excepcin, que era esencialmente una suspensin temporal del orden jurdico, adquiere un sustrato espacial permanente que como tal, se mantiene, sin embargo, de forma constante fuera del orden jurdico normal (op.cit., p. 38).

(4) Bauman, S., Vidas desperdiciadas, Debate, Espaa, 2008, p.17.

(5) Todorov, T., El miedo a los brbaros, Galaxia Gutenberg, Espaa, 2008, p.18.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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