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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-07-2011

A vueltas con Stalin. Una crtica

Jordi Torrent
Rebelin


Es el lado malo el que impulsa el movimiento de la Historia. El conocido aserto marxiano es reproducido por Domenico Losurdo (DL para sucesivas alusiones) en Stalin. Historia y crtica de una leyenda negra (p.309)1 , libro del que es autor. A mi ver, la frase se erige en una de las divisas mayores de sus pginas; no obstante, finalizada su lectura, uno casi se siente inclinado a pensar que llevan por igual audibles resonancias teodiceas de otra divisa no exactamente equivalente y que, para ir rpido, me permito resumir en trminos ms aristotlicos que leibnizianos: el mal es el bien que no alcanzamos a comprender. De ser as, bien pudiera conjeturarse que entre las razones que han impulsado a DL a concebir y a escribir este ensayo tambin ha figurado la de tratar de desvelar el bien en el mal entraado en uno de los segmentos sociales y polticos ms oscuros y trgicos de la contemporaneidad. Las presentes notas tienen por objeto focalizar la atencin crtica en algunos -tan slo algunos- de los procedimientos metodolgicos y dispositivos explicativos utilizados a tal fin por el autor, procedimientos y dispositivos derivados de una intencionalidad ideolgica cuya omnipresencia en las pginas del ensayo debilita considerablemente la probidad historiogrfica del mismo.

De algn modo aproximado a la antinomia libertad/necesidad, la relacin dialctica entre lo bueno y lo malo ha sido terreno frtil donde se han ido asentando mltiples especulaciones filosfico-polticas no exentas, en algn caso, de adherencias metafsicas. No en el de Lukcs, por cierto, quien la estimaba cuestin ineliminable de la realidad estudiada por DL. El filsofo hngaro incluso discerna en dicha relacin uno de los dilemas morales del bolchevismo. Me demorar ms adelante en el motivo nada inocente en virtud del cual un hegelianismo de brocha gorda hace su aparicin en no pocos pasos del libro. Por el momento, me limito a sealar que la reconstruccin de los hechos histricos efectuada en sus pginas, as como la correlativa interpretacin ofrecida de los mismos, est supeditada a necesidades de demostracin que transitan por caminos en los cuales no cuesta advertir una de las aspiraciones metafisicizantes de mayor incardinacin en los variados discursos legitimadores de la heterenoma: la que pretende hacernos ms llevaderas las pesadumbres generadas por procesos histricos contingentes, presentados, no obstante, bajo el inapelable signo de la ineluctabilidad.

DL se propone cuestionar, problematizndolas (p. 24), todas las imgenes que han venido dominando por lo comn las distintas valoraciones de que ha sido objeto hasta el presente la figura poltica de Stalin, valoraciones movidas segn l por la intencin de deslizar la historia hacia, en propia expresin, la mitologa poltica (p. 321). Se trata, pues, de un propsito irreprochable: contribuir a un mejor conocimiento de la realidad histrica desbaratando los idola fori que lo entorpecen .

Conviene sealar de inmediato, sin embargo, que tal propsito viene acompaado por otro, mucho menos aireado, pero en modo alguno accesorio, desplegado a guisa de derivacin o, mejor, de inferencia lgica del primero: restituir al dictador el reconocimiento poltico del que goz en tiempos menos cicateros, rescatndolo del lgubre desvn donde le ha ido confinando una malevolencia interpretativa tan repleta de ostensibles calumnias como de interesados desenfoques. Desde cualquier perspectiva metodolgica mnimamente respetuosa de las premisas que han de prevalecer en todo trabajo de investigacin historiogrfica -la de la objetividad en primersimo lugar-, dista mucho de ser evidente que ambos propsitos sean de textura fcilmente conciliable.

En efecto, cabe abrigar alguna duda razonable acerca de que un entreverado semejante de intenciones pueda efectuarse a salvo de conflictos de envergadura variable, sobre todo si se deja de avivar la prudencia -la frnesis- requerida por una operacin acechada en permanencia por el desequilibrio al que le expone el propsito de mayor impronta ideolgica. En Stalin. Historia y crtica de una leyenda negra son varios los pasos en los cuales se pone de manifiesto cuan escasamente lo ha hecho su autor; no en grado suficiente, al menos, para dejar hurfana de todo fundamento la impresin de que los dficits de autocontrol ideolgico impiden al proceso histrico -a su deseable veracidad- alcanzar autonoma propia. Muy al contrario, esta ltima es anegada una y otra vez en un mar de pseudo-racionalizaciones poblado de remisiones al supuesto origen remoto de los hechos, as como de paralogismos, afirmaciones equvocas y conclusiones aventuradas. Dirase que el parti pris inicial asumido por DL en trminos sartreanos: la idea verdadera es la accin eficaz- le impide alcanzar el distanciamiento y la cautela con los que debe pertrecharse todo aquel que se proponga penetrar en una de las secuencias ms complejas y prolongadas de la historia de la Unin Sovitica, historia en la que, adems, no siempre resulta fcil establecer la frontera ntida entre utilidad y verdad -entre necesidad y libertad-, como corresponde a un universo que, sin casualidad alguna, ha podido ser denominado por M. Lewin reino de lo arbitrario 2.

La falta de frnesis de DL alcanza una de sus expresiones ms notorias en el reiterado empleo del tu quoque. Como es sabido, el t tambin es recurso defensivo de bajo nivel argumentativo. En este caso, constituye uno de los dispositivos que, utilizado ad nauseam, contribuye no poco al desequilibrio ideologizante aludido. Apunto subsidiariamente que el recurso es manejado de forma tan pugnaz como desprovista del menor sentido de proporcin comparativa, precisamente dos de los aspectos que, no sin irona, tanto reprocha DL al grueso de la bisutera amanuense surgida de los talleres anticomunistas de la Guerra Fra.

La especifidad del hecho histrico, esto es, su singularidad como realidad engendrada por la capacidad creativa y/o destructiva de un individuo o de un colectivo, no puede ms que desdibujarse cuando se la sita en el interior de un marco de relativismo integral (por lo dems incoherente, como suele serlo todo relativismo integral) donde el culto a la personalidad rendido a Stalin ser equiparado al que rode a F.D. Roosevelt (p. 51); o donde el Gulag ser equivalente al internamiento de japoneses al que procedi el gobierno estadounidense a raz de la II G.M. (p. 177); o donde la poltica represiva de Stalin ser vecinada con la persecucin de cristianos emprendida por Diocleciano, interpretadas ambas como expresin de una preocupacin real por el futuro del Estado (p. 363). Probablemente convencido de que el papel lo soporta todo, el autor del libro reitera hasta la saciedad tales analogas sin perder siquiera un minuto en interrogarse acerca del grado de consistencia existente en la mayora de ellas.

No menos significativo del proceder de DL es el hurao desdn con el que son tratados de forma sistemtica en su ensayo los grupos y personas que, desde el interior mismo del movimiento comunista -y desde poca bien temprana- intentaron dar a conocer (en la URSS y fuera de ella) la impostura burocrtico-autoritaria que iba aduendose crecientemente del Estado y la sociedad soviticos. Digo hurao desdn; debiera precisar: cuando lo hay. Pues en las ms de las ocasiones el procedimiento efectivo utilizado consiste en silenciar la existencia de los mismos, en nueva y no menos curiosa coincidencia con alguno de los autores anticomunistas con los que DL pretende confrontarse (pienso, por ejemplo, en El pasado de una ilusin de F. Furet). Cierto es que de ello queda a salvo Trotsky por lo dems, autntica bte noire del autor-, de cuya trayectoria, as como de sus posiciones polticas, se ofrece una descripcin -una parodia- al ms puro estilo vychinskiano - no exagero- desbordante de conspiraciones y traiciones, descripcin que movera a franca hilaridad de no mediar un conocimiento documentado del movimiento trotskista, as como del siniestro destino en el que finalmente sucumbiran tanto el propio Trotsky como infinidad de sus seguidores (una vez ms: en la URSS y fuera de ella).

La memoria elige lo que olvida, escribi en algn lugar J.L Borges. Como sea que resultara ofensivo para DL suponerle ignorante de las incontables aportaciones crticas surgidas del antiestalinismo de izquierdas ajeno a las corrientes trotskistas o en ruptura con ellas (por dejar de lado ahora, y es mucho dejar, la ingente bibliografa de procedencia anarquista existente al respecto), parece razonable atribuir a deliberada intencin el silencio al que las condena. Por mi parte, no me resulta difcil vislumbrar en el hecho una nueva muestra del pragmatismo vulgar hacia el cual suele tender el discurso losurdiano, empeado por lo comn, como he indicado ya, en asociar de forma indisoluble verdad y accin eficaz, asociacin sobrecargada de enormes implicaciones historiogrficas (y epistemolgicas), dirase que inadvertidas por el autor del libro.

Antes de proseguir, vale la pena sealar a ttulo incidental que el apego que parece experimentar DL por la accin eficaz -en definitiva: por el xito- quizs sea la causa del arrobo no exento de puerilidad (cmo si la lisonja y adulacin del tirano moderno, de Napolen a Gadafi, pasando por Mussolini, Hitler y Franco, no fueran componentes intrnsecos del cnico realismo de sus adversarios!) con el que son reproducidos los elogios de la variopinta galera de personalidades que mostraron hacia Stalin durante todo un perodo histrico inters, simpata y admiracin (p. 19). El variado repertorio incluye a W. Churchill, Lloyd George, B. Croce, A. Toynbee, N. Bobbio, H. Laski, A. Kojve, S. Webb, De Gasperi, J. Davies, etc.

El informe secreto de N. Kruschov (XX Congreso del PCUS, 1956) es el punto de arranque del ensayo de DL. Al propiciar un giro radical en la historia de la imagen de Stalin (p. 13), el informe fue factor ms que decisivo en el proceso de arrojar un dios al infierno (p.25). Preguntmonos: dios y giro radical para quines?. Para millones de comunistas bona fide de todo el mundo, sin duda3; para una masa considerable de ciudadanos rusos, tambin; para algunas de las figuras de relumbrn intelectual y poltico citadas, tal vez; para los innumerables compaeros de viaje, puede ser4. Pero no, desde luego, para V. Serge, P. Monatte, A. Rosmer, B. Souvarine, A. Pannekoek, A. Ciliga, K. Korsch, P. Mattick, O. Ruhle, M. Rubel, C. Castoriadis y tantos otros marxistas revolucionarios, conocidos o menos conocidos. Todos ellos -conviene insistir en el extremo- no tuvieron necesidad de aguardar los fuegos artificiales del XX Congreso para explicitar, mediante anlisis inspirados en el mejor pensamiento de Marx -elaborados en ocasiones en medio de penosas condiciones materiales y teniendo que hacer frente a toda clase de hostilidades-, la naturaleza aberrante del Estado sovitico, as como el papel desempeado por el propio Stalin en la creacin y ulterior desarrollo de un sistema de dominio poltico y de explotacin econmica histricamente indito.

Sin embargo, salvo el de A. Pannekoek y el de B. Souvarine, objeto ambos de alusin tangencial (pp. 77 y 87 respectivamente), ninguno de los nombres acabados de mencionar merece mnima atencin en el libro de DL. No debiera de extraarnos. Las aportaciones crticas del marxismo hertico, en su mayora asentadas en recursos y valores creativos intrnsecamente ligados a la actividad autnoma de las masas y, como tales, situados en las antpodas de la autobeatificacin estaliniana5, resultaban de problemtico encaje en un ensayo entre cuyas pretensiones de ms hondo calado figura la de hurtar cualquier validez a las diferentes vas que en el transcurso del proceso revolucionario se ofrecan a los bolcheviques, as como tambin la de apuntalar el carcter ineluctable de la victoria de Stalin en las luchas internas del partido. Siendo as, quizs sea llegado el momento de recuperar una de las cuestiones apuntadas al inicio de las presentes notas: la del peculiar trato recibido por la dialctica a lo largo de las pginas de Stalin. Historia y crtica d una leyenda negra.

Nada menos que tres apartados enteros de ellas (127-143) estn dedicados a un expos -algo asilvestrado- de los peligros nada ficticios que para la dictadura desarrollista estaliniana (p. 191) representaban todos aquellos y aquellas que incurrieron en un universalismo abstracto incapaz de subsumir y respetar lo particular (p. 139). Subproducto de las elucidaciones hegelianas sobre la Revolucin Francesa, esta cantinela acompaa indefectiblemente cualquiera de los anlisis relacionados con los planteamientos crticos de la heterognea oposicin antiestalinista de orientacin revolucionaria. DL parece creer que vehicular la descalificacin de los mismos bajo respetable cobertura filosfica -de hecho: ideolgica- bastar para dotarla de justificacin. En mi opinin, el recurso no es ms que una nueva exhibicin de furor ingenii desplegada con nimo de hacer ms convincente el (falso) objetivismo con el que se intenta explicar y contextualizar tanto la configuracin de la realidad burocrtica como, sobre todo, las atrocidades alumbradas por su Gua supremo (la colectivizacin forzosa, la aniquilacin fsica de los camaradas de primera hora, las grandes purgas, el universo concentracionario).

Intil precisar que Hegel no es en modo alguno responsable de la respuesta insatisfactoria dada por DL a interrogantes ineliminables desde la perspectiva del materialismo histrico, justamente, digmoslo de pasada, la clase de interrogantes que podemos hallar mucho mejor atendidos en el mbito del comunismo heterodoxo. De entre los ms pertinentes, destaco uno: cul fue en definitiva el papel histrico de Stalin y en qu medida correspondi a las exigencias de una situacin social determinada?. Abusando de la cita textual, alargar el comentario en torno al discutible papel ancilar desempeado por la dialctica hegeliana en los pasos en que es convocada por el autor del ensayo.

Para DL, hay que juzgar el universalismo abstracto mximo responsable de que las masas, sin duda poco dadas al conocimiento cabal de ciertas sutilezas filosficas, se pusieran a reivindicar a partir de Octubre no solamente la libertad y la igualdad sino tambin la participacin en la vida pblica y en cada fase del proceso de toma de decisiones (p.133). Un escndalo. Stalin, cual redivivo Cromwell aplastando a los levellers (p. 337), se hallaba comprometido en una difcil lucha contra la utopa abstracta (p.142), y dispona de una visin mucho ms amplia (as pues, no es descartable que hubiera ledo la Fenomenologa del Espritu). Al enfrentarse al problema de la construccin de una nueva sociedad, seala DL, los intentos de hacer que el universal abrace la riqueza del particular se han encontrado con la acusacin de traicin. Y se comprende bien que tal acusacin haya golpeado de manera especial a Stalin, pues gobern durante ms tiempo que cualquier otro lder el pas de la Revolucin de octubre y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesinica por la disolucin del Estado, de las naciones, de la religin, del mercado, del dinero, y experiment directamente el efecto paralizante de una visin del universal inclinada a etiquetar como una contaminacin la atencin prestada a las necesidades e intereses particulares de un Estado, de una nacin, de una familia, de un individuo determinado. (p. 143). La larga cita puede servir para ilustrar el vuelo hegelianizante emprendido en ocasiones por la argumentacin losurdiana. Veamos una pocas muestras ms de la amalgama.

El mesianismo anarcoide (p.133, en tres ocasiones), el culto de la universalidad y de la utopa abstracta (p. 135) y el radicalismo y mesianismo anarcoide (p. 140), son arborescencias derivadas del desatroso mito de una voluntad universal (), de una democracia directa, una direccin colectiva que sin mediaciones ni obstculos burocrticos se exprese directa e inmediatamente en las fbricas, en los lugares de trabajo, en los organismos polticos. (p.139). Tales objetivos estaban destinados a fracasar por razones tanto internas (utopa abstracta y mesianismo que impiden reconocerse en los resultados conseguidos) como internacionales (la amenaza permanente que se cierne sobre el pas de Octubre) o bien por la suma de unos y otras (p.157). Stalin, remacha una y otra vez DL, posea de todo ello un conocimiento infinitamente superior al mostrado por cuantos fueron insensibles a las mediaciones concretas y particulares indispensables para no obstaculizar la accin del grupo dirigente y acaba(r) provocando su fractura interna (p.135).

Con tales esmaltaciones de realismo, apenas habr de sorprender que por las pginas del libro desfilen en un momento u otro algunos ilusos habitantes del planeta de la abstraccin y de la utopa llamados L. Trotsky (en numerosos pasos), N. Bujarin (dem.)6, A. Kollontai (p. 131), R. Luxemburg (p. 137) o K. Kautski (b.). Anotemos, en fin, que ni el propio K. Marx quedar exonerado de haber incurrido en deletrea esperanza mesinica (p. 308), actitud que comparti con el mismsimoPol Not! (p. 337).

Tras la lectura del libro, no es difcil concluir que el propsito de problematizar todas las imgenes que hasta el presente se han venido dando de Stalin requera una visin mucho ms amplia que la mostrada por su autor. Al fin y al cabo, pretender hacerlo desde la premisa de que la categora de estalinismo no es convincente (pues) parece presuponer un conjunto homogneo de doctrinas y comportamientos que no existe (p. 308) puede simplificar la tarea desmitificadora, pero no parece ser la opcin metodolgica ms idnea para abordar las cuestiones de mayor pertinencia que se desprenden del estudio de la realidad sovitica configurada por Stalin, una realidad que no puede ser entendida en clave exclusivamente personal. De hecho, la opcin elegida por DL tan slo adquiere pleno sentido si se la ana a la voluntad de diluir las catastrficas consecuencias que ha representado y prosigue representando para el proyecto de emancipacin cuanto se ira legalizando al amparo de la frmula socialismo en un solo pas: la separacin Estado/masas, la concentracin de toda la autoridad entre las manos de una nica direccin, la acentuacin de los privilegios y desigualdades sociales y la correlativa formacin de un aparato colectivo de apropiacin, etc.7

La verdadera objetividad, seal hace aos E.P. Thompson, conducir al historiador al corazn de la situacin humana real y, una vez all, si es digno de ese nombre, har juicios y extraer conclusiones8. DL, al tratar de presentar e interpretar la teratologa estaliniana como la nica respuesta susceptible de poder hacer frente a los retos gigantescos planteados por la construccin del socialismo en un solo pas, relativiza hasta lo indecible la responsabilidad poltica y moral de quien fue su mximo artfice. A tal fin, ensambla de forma harto deficiente objetividad, juicios y conclusiones alcanzadas mediante el filtro y la omisin (en vano se buscar en el ensayo de DL, por ejemplo, una sola palabra relativa a la eliminacin de las vanguardias artsticas que florecieron en la URSS durante la dcada de los aos veinte).

Los latidos del corazn de la situacin humana real son inaudibles en este libro. Han sido sustituidos por el silencio con el que se pretende acallar no pocas realidades incmodas, realidades que hacen insostenible la tesis mayor que ha inspirado a su autor, esto es, que el mal causado por Stalin y por el estalinismo, en la medida que contena los grmenes de un generalizado bien materializado en sucesivas epifanas (la modernizacin de la URSS, la derrota del nazi-fascismo), debe ser aceptado como histricamente necesario. En definitiva, a mi juicio el esfuerzo de DL ha dado lugar a un artefacto ideolgico poco convincente, a la par que a una aportacin historiogrfica fallida. No obstante, como contribucin a la extendida creencia -variante positivista del post-modernismo en boga- de que el pensamiento poltico no puede mantener una relacin estable con la verdad, Stalin. Historia y crtica de una leyenda quizs pueda valorarse de manera menos negativa, aunque, ciertamente, no por ello ms agradecible.

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NOTAS

1.- Domenico Losurdo, Stalin. Historia y crtica de una leyenda negra, Barcelona, El Viejo Topo, 2011. Con un ensayo final de Luciano Canfora, 399 pginas. Traduccin de A. Antn Fernndez. Los nmeros entre parntesis que figuran al final de cada una de las citas textuales remiten a la correspondiente pgina de esta edicin.

2.- Moshe Lewin, Le sicle sovitique, Pars, Fayard/Le Monde Diplomatique, 2011 (Versin espaola en Crtica, 2006), p. 101. El historiador utiliza asimismo la expresin paranoia sistmica para referirse a los componentes irracionales que animaban la poltica estalinista, componentes derivados de los rencores, la perversidad, y los accesos de furor de la turbia personalidad de Stalin, p. 113

3.- Entre otras muchas aducibles a ese respecto, la reaccin de Anna Pauker, miembro rumana de la Comintern, resulta muy representativa: Llor cuando se enter de la muerte de Stalin, a pesar de que no le gustaba, de que tena miedo de l y de que por aquel entonces se estaba planeando arrojarla a los lobos por supuesta burguesa nacionalista, agente de Truman y del sionismo.(No llore - le dijo el encargado de interrogarla-. Si Stalin siguiera vivo, Vd.estara muerta). Extraigo el episodio de E.Hobsbawm, Aos interesantes. Una vida del siglo XX, Barcelona, Crtica, 2003, p. 192. Traduccin de J. Rabasseda-Gascn

4.- Aparte de A. Kojve y S. Webb, en el libro no se alude a algunos de los compaeros de viaje de mayor notoriedad, tal vez consciente su autor de la complejidad de un universo poco manejable en clave simplista. Por otra parte, las ambigedades analticas en relacin a Stalin y al estalinismo de I. Deutscher, cuya trayectoria personal y poltica no corresponde, desde luego, a la de un compaero de viaje, son caractersticas del movimiento trotskista en general. Consecuente con el propsito perseguido en su libro, DL, an citando a Deutscher, muestra nulo inters hacia ellas.

5.- M. Lewin, op. cit. p. 112

6.- N. Bujarin es, junto a Trotsky, uno de los bolcheviques objeto de una particular inquina en las pginas del libro. Tan pronto lo vemos tramando golpes de Estado contra Lenin como aterrorizado ante la eventualidad de que se reproduzca una Noche de San Bartolom. Basta consultar cualquier monografa seria sobre la trayectoria poltica de Bujarin para advertir la inexistente base emprica sobre la que DL asienta sus insidias. Vanse, por ejemplo, A.G. Lwy, El comunismo de Bujarin, Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1973. Traduccin de M. Sacristn; asimismo, S. F. Cohen, Bujarin y la revolucin bolchevique, Madrid, Siglo XXI, 1976. Traduccin de V. Romano Garca. Este ltimo estudio es citado por DL; no obstante, cabe sospechar que ha procedido a descontextualizar la cita, una prctica que dista de ser excepcional en el libro. Las fuentes de informacin utilizadas en ste son invariablemente secundarias. No me es posible entrar a discutir aqu el dudoso criterio mediante el cual han sido seleccionadas.

7.- Sobre los aspectos relativos a la configuracin de la burocracia como clase dominante en la URSS, as como sobre el carcter de las relaciones de produccin en las que se basaba tal dominio, siguen siendo imprescindibles los numerosos anlisis efectuados por C. Castoriadis y C. Lefort en las pginas de la revista marxista Socialisme ou Barbarie (creada en 1949). Del primero, puede destacarse Les rapports de production en Russie, in La socit bureaucratique, vol. 1, Pars, UGE, 1973, pp. 205-281 (traduccin espaola en Tusquets, 1976); del segundo, Le totalitarisme sans Staline, in Elments dune critique de la bureaucratie, Genve/Paris, Librairie Droz, 1971, pp. 130-190. (La versin espaola de Le totalitarisme sans Staline fue editada en Ruedo Ibrico, 1970, a partir del texto publicado inicialmente en Socialisme ou Barbarie, n 19, julio-septiembre, 1956.)

8.- B. D. Palmer, E.P. Thompson. Objeciones y oposiciones, Valncia, PUV, 2004, p. 94. Traduccin de P. Salomn Chliz.

Jordi Torrent Bestit

Barcelona, junio, 2011

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Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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