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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-08-2011

Visita del Papa: lo que esperaba

Manuel Marrero Morales
Rebelin


En una sociedad plural y democrtica como la nuestra, en un Estado de Derecho en el que una de sus caracterticas es la aconfesionalidad, la controvertida visita a Madrid del Jefe de Estado del Vaticano y mximo dirigente del catolicismo, ha dejado en evidencia las posturas enfrentadas que coexisten entre la ciudadana, ante un acontecimiento que a nadie deja indiferente.

Efectivamente, yo esperaba que el Sr. Ratzinger, en calidad de Jefe de Estado del Vaticano visitara este pas, con el mismo tratamiento que se le da a cualquier otro Jefe de Estado, incluso con algn trato deferente, pues para eso hay firmado un acuerdo preferencial, el Concordato de 1978, entre ambos pases.

Yo esperaba que, dado que llevamos ms de tres dcadas desarrollando la Constitucin, y que ya las imposiciones fcticas de la Transicin haban quedado superadas y la democracia estabilizada, hubiera sido el momento de la modificacin del Concordato, de su denuncia por parte del Estado Espaol, y se hubieran dejado sin efecto las diversas prebendas concedidas a la Iglesia Catlica a costa del erario pblico, de la aconfesionaliad constitucional y del laicismo que practicamos una parte importante de la sociedad.

Pero no ha sido as y en los centros educativos, en horario lectivo, se va a seguir ofreciendo la asignatura de Religin Catlica como plataforma de adoctrinamiento, y cuyo profesorado sigue siendo seleccionado y controlado, desde lo ideolgico hasta lo laboral, por la Iglesia y financiado con fondos pblicos. Los religiosos y sacerdotes, las monjas y los obispos van a seguir recibiendo una parte importante de fondos pblicos como profesionales de la prctica religiosa catlica. Y, adems, los colegios religiosos de titularidad privada, -el negocio privado de la educacin-, van a seguir siendo concertados y financiados desde el erario pblico y pudiendo imponer su carcter propio confesional y por tanto discriminatorio. Mientras, los centros pblicos no pueden declararse laicos.

Yo esperaba que la visita de un Jefe de Estado de un pas extranjero no fuera financiada ni con fondos pblicos ni con exenciones fiscales a las empresas y particulares que, desde su prctica de creyentes, quisieran cooperar en el mantenimiento de la Iglesia Catlica y sus manifestaciones externas. Lo que se destina de las arcas pblicas y lo que se deja de ingresar por las exenciones es dinero de todos. Por tanto, no debiera utilizarse para fines privados confesionales.

Yo esperaba que, dadas las normas y costumbres diplomticas de lo polticamente correcto y el respeto debido entre las instituciones de los diversos pases, un Jefe de Estado extranjero no se inmiscuyera en la poltica interna del pas anfitrin que lo acoge, ms all de alguna opinin en materia de Derechos Humanos (que alguna vez suele hacerse en los lugares donde se transgreden) y ah tena un inmenso repertorio: poblacin bajo el umbral de la pobreza, paro galopante, marginacin y exclusin social, como consecuencia de la dictadura legal, poltica y econmica del capitalismo salvaje sobre la clase trabajadora; pero nunca en ningunear y criticar a un Gobierno y a unas instituciones democrticas que se han dado leyes como la del aborto, o la de los matrimonios entre homosexuales, o la del respeto a los contenidos educativos.

Pensaba que, desde el siglo XVIII, habamos avanzado en nuestras sociedades, en la clara separacin entre fe y razn, entre creencias y conocimiento. Sin embargo, observo con estupefaccin que en la vida pblica de nuestro pas se siguen entremezclando los conceptos, tanto en las palabras como en los hechos, y sigue habiendo una interesada e imprecisa frontera que mantiene revueltos a los poderes y a los conceptos.

Yo esperaba un reconocimiento sobre que la transmisin de valores democrticos, los Derechos Humanos, puede realizarse desde una tica universal, laica y respetuosa con la totalidad de la ciudadana y no iba a continuar la apropiacin indebida por parte de la Iglesia Catlica de que el nico punto de vista es el filtrado por el tamiz de su Moral privada.

Yo esperaba una separacin clara de poderes y de funciones por parte de las instituciones del Estado del que soy ciudadano: que ninguna autoridad ni cargo alguno poltico acudiera a los actos pblicos de la Iglesia Catlica en representacin de los votantes, y lo hicieran, de forma particular e individual, los que voluntariamente as lo decidieran.

Yo esperaba que nadie se opusiera a que , en un pas plural, libre y democrtico, y con el debido respeto a los derechos del conjunto de la ciudadana, cualquiera pudiera manifestarse libremente, bien para exponer su privacidad en materia de creencias religiosas y exponer ante el mundo que profesa el catolicismo o cualquier otra opcin religiosa, bien para manifestar sus opciones sexuales de forma libre y responsable, bien para exigir respeto a las normas que nos hemos dado a travs de las instituciones. Ni autorizaciones ni prohibiciones: la calle es de todos.

Todo eso que yo esperaba, seguramente se hubiera dado, en un pas donde hay muchas tareas pendientes y poca voluntad de acometerlas, por los costes electorales de los que son rehenes los partidos mayoritarios: el Concordato, la nonata Ley de Libertad Religiosa, la clara separacin de poderes, el desarrollo del criterio de laicidad con todas sus consecuencias socioeconmicas, el acabar con el uso torticero y difuso entre el conocimiento y las creencias, potenciar la educacin cientfica y laica, y decidir la finalizacin del destino de los fondos pblicos para los fines privados.

En definitiva, que primen los intereses generales.

Manuel Marrero Morales. Miembro del Secretariado Nacional de Intersindical Canaria.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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