| Traducido por S. Seguí |
Hay una pugna dentro del capitalismo, no sólo ideológica: todos están convencidos de su superioridad, pero la viven de manera diferente y las diferencias están también influenciadas, en parte, por los ámbitos en los que operan los contendientes. Para Berlusconi y Murdoch el sistema productivo es la comunicación, en el que, entre otras cosas, no hay grandes problemas salariales pero sí de acopio de cerebros. A diferencia del caso de la persona que se enfrenta al mercado con productos que incorporan un producto social que se tiende a sustraer al trabajo. Quien consigue hacerlo más y mejor es un óptimo capitalista, pero cuando todos los capitalistas tienden a expropiar el trabajo es inevitable que estalle la crisis por la desproporción entre el exceso de capacidad productiva y la baja capacidad de consumo.
Sucedió en 2008, a pesar de que el detonante fue la burbuja financiera, y está pasando ahora, porque todos o la mayoría de recursos de los Estados los recursos han sido desviados al salvamento de las finanzas mismas. Es decir a la conservación de las relaciones de clase y no a la ayuda al empleo y los ingresos de aquellos que fueron expulsados del sistema de producción. El número de desempleados, en EE.UU. como en Italia, es superior a la tasa oficial de desempleo.
En este contexto, con el fin de salvar el capitalismo hay personas que están dispuestas a compromisos como la introducción de la Tasa Tobin. La ideología no tiene nada que ver, lo que cuenta es ser pragmático. He aquí el impuesto sobre el patrimonio y la Tasa Tobin, que la izquierda propone en vano desde hace 40 años y que ahora tal vez imponga el eje París-Berlín. Pero, mucha atención: al volver la esquina de este redescubrimiento “reformista” de exaltación de la producción y de absoluta condena de la especulación financiera, es probable que se oculte una consecuencia fatal para el trabajo: un capitalismo progresista en lucha contra la especulación y que hace que los ricos paguen más impuestos, pero que somete el trabajo de modo que no discuta las opciones de inversión, el aumento de la productividad y la flexibilidad de un sistema salarial subordinado. Un retorno al capitalismo puro y duro, no sujeto a las sacudidas financieras.
Federico Caffè (2) escribió sobre la “soledad del reformista”, de su ridiculización por la opción por los pequeños pasos. El reformismo y los pequeños pasos en el corto plazo pueden estar bien, pero con una condición: no molestar al maquinista.
Notas del traductor:
(1) Una de las mayores fortunas de Italia y del mundo, aristócrata y ex propietario de Martini-Rossi, vendida a Bacardi en 1994 por 1.400 millones de dólares.
(2) Economista y profesor italiano, ya fallecido, representante del reformismo keynesiano en el pensamiento económico italiano de posguerra. Fue columnista en Il Manifesto.
Fuente: http://www.ilmanifesto.it/archivi/commento/anno/2011/mese/08/articolo/5206/