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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-08-2011

Prlogo a "El discurso antillano" de douard Glissant

Michael Dash
La Ventana


douard Glissant abre su monumental obra de ensayos de 1981 El discurso antillano con una osada declaracin: Martinica no es una isla de la Polinesia. Con ello, insiste en la importancia de la especificidad de Martinica ante la extincin cultural con que amenazaba la Departamentalizacin. Tambin conoca que con anterioridad, en Cuaderno de un retorno al pas natal, Aim Csaire haba interpretado el lugar de ese pas en el Caribe en trminos de una Polinesia acosada por la agona.

La referencia de Csaire a la Polinesia le haca imposible a Glissant asir la complejidad geogrfica e histrica de lo real antillano, porque la metfora polinesia vea la esencia del Caribe en funcin de otro archipilago. La referencia de Csaire al Caribe como una Polinesia pudiera muy bien guardar relacin con la pasin de los surrealistas por el Pacfico como zona de lo mgico y lo irracional.

No se olvide que Andr Breton, en su construccin del otro extico, elevaba la condicin del arte de Oceana por encima de todos los dems. Breton senta que el material de Oceana brindaba prueba de la universalidad del inconsciente surrealista y transgresivo. Nunca lleg a la Polinesia de sus sueos, pero pudo haber encontrado su utopa primitivista en Martinica cuando en 1941 huy de la Francia de Vichy y se exili en los EE.UU. Los trpicos constituyeron un sustituto perfecto a su romantizada Oceana.

Csaire y su grupo de Tropiques parecieron estar de acuerdo con esta idea de que el paisaje tropical concordaba con la flora imaginaria de la fantasa surrealista. En 1941, en las pginas de Tropiques, afirmaban: No fue como turista que Andr Breton vio a Martinica.

Es ante todo una reaccin contra la colusin potica de Csaire con el primitivismo surrealista lo que provoca la oracin inicial de El discurso antillano. Desde la perspectiva de Glissant, Breton, en su bsqueda de otredad absoluta en Martinica, era sin duda el tipo de turista intelectual a la manera de Paul Gauguin en Tahit o Lafcadio Hearn en Japn. El surrealista parisino se equivocaba, porque ni el Caribe ni Oceana podan concebirse como un extico lugar otro, ya que la esfera de la alteridad radical se haba reducido gravemente con la propagacin globalizadora de Occidente. Toda la obra de Glissant puede interpretarse como un esfuerzo por recuperar la especificidad antillana de la otredad absoluta generada por un discurso colonialista reductor o anticolonialista esencialista.

Este libro es, sin duda, un intento por concebir un discurso caracterstico de las Antillas francesas, que les permite definirse en funcin de sus contextos regionales y hemisfricos. Ni francesas, ni africanas, ni polinesias: son islas dentro del espacio del archipilago del Nuevo Mundo, no aisladas, sino partes de un conjunto que constituye un sistema fluido, geogrficamente cimentado de relaciones mltiples. Es, pues, un esfuerzo concienzudo de explorar y no de sistematizar una especificidad caribea, cuya opacidad resiste a un tiempo la erosin y la comprensin.

La cita de Fanon, uno de los exergos iniciales, es muy elocuente en este sentido. Tarea colosal la de inventariar lo real. Acumulamos hechos, los comentamos, pero ante cada lnea escrita, ante cada proposicin enunciada, tenemos una impresin de insuficiencia. Esta sensacin de insuficiencia es inevitable, porque la realidad caribea no es esttica, sino que est compuesta por una red de relevos siempre crecientes. Por tanto, el proyecto de Glissant de dar razn de lo real en el Caribe est destinado, de inicio, a ser incompleto. En realidad, es hacia lo incompleto que apunta, porque desconfa tanto de las ideologas nacionalistas que simplifican la heterogeneidad del espacio caribeo como de la reproduccin ingenua de estereotipos primitivistas.

En vez de ello, insiste en que el lugar es tan imposible de sortear (tan imposible de acotar) en funcin de cimentar el tema, como inagotable, puesto que sus contornos nunca podrn ser explicados. Sus primeros escritos de viaje se centraron en las posibilidades de una insularidad abierta, de proyectar el espacio del archipilago en lugares comunes mundiales. Fue precisamente la incapacidad de restaurar continuidades histricas y orgenes ausentes lo que para Glissant representaba el potencial caribeo de establecer nuevas conexiones transversales y concebir las ricas posibilidades del espacio del archipilago.

La concepcin del Caribe como espacio ambivalente de oposicin en El discurso antillano, se prefigura dcadas antes en el diario de viajes de 1955, Soleil de la conscience, donde las ambigedades y tensiones de la identidad individual se dramatizan en funcin de un mundo finito, del que no queda nada que explorar en el sentido convencional. Los viajes de descubrimiento ya no son posibles, pues no queda ningn lugar otro, porque, como observ clarividentemente en 1955, estamos, todos, reunidos en una nica ribera. El sol de la conciencia del ttulo arroja luz sobre la imposibilidad de diferencia absoluta que no puede existir en un mundo en el que los encuentros entre uno mismo y el otro se producen en lugares de archipilago marcados por contacto incesante.

Soleil de la conscience trata sobre la des construccin de un orden mundial dado, impuesto por Occidente. Europa, con sus llanuras de tablero de ajedrez, simetra espacial y orden de las estaciones, se repiensa en funcin de un mundo hibridado de relaciones transculturales, donde las islas tienen ventaja sobre los continentes, puesto que siempre se encuentran en el proceso de ser transformadas en algo distinto a lo que fueron. Al desafiar el concepto de identidad unitaria, a Glissant le interesaba menos la isla como territorio exclusivo, sagrado. El concepto de antillanidad, que ms tarde introducira en El discurso antillano, se basa en liberar al espacio insular de una particularidad claustrofbica y abrir el proceso transcultural de creolizacin.

El discurso antillano, sin embargo, no es una celebracin ciega de la cultura creol en el Caribe. Despus de muchos aos de vivir en Martinica y tras su regreso de Francia en 1965, Glissant estaba dolorosamente consciente del peligro que la asimilacin representaba para la identidad creol martiniquea. La experiencia de siglos de asimilacin casi ininterrumpida encierra a Martinica en una desigual relacin neocolonial con la Francia metropolitana y la separa del Caribe, el archipilago que constituye su contexto. A Martinica, por tanto, se le niega tanto su derecho a la diferencia como su capacidad de entrar en el terreno de las islas, que es el lugar que le corresponde.

Como lamenta en su ensayo La desposesin: Algunos (en Martinica) creemos que quiz no haya en el mundo una comunidad tan alienada como la nuestra, tan amenazada por la dilucin. La pulsin mimtica es tal vez la violencia ms extrema que pueda imponerse a un pueblo (60).[1]

Los ensayos aqu reunidos contienen ejemplos perturbadores de las formas en que la vinculacin sostenida de los Departamentos franceses de Ultramar a la metrpoli conduce al estancamiento cultural y la dependencia econmica. Una serie de detalles reveladores de la vida diaria martiniquea revela niveles alarmantes de alienacin psicolgica, resultante de la pulsin mimtica. El uso de las estaciones para anunciar eventos en una isla caribea, el incidente cmico en que un vagabundo blanco es tomado por inspector escolar, el del hombre que no deseaba donar sangre para su esposa que estaba de parto porque pensaba que el gobierno francs suministraba la sangre, son todos ejemplos de una dependencia crnica en un estado paternalista francs. Los ensayos tambin terminan con la secta religiosa Dogma de Cham, cuyo lenguaje delirante indica el pattico resultado de la impotencia econmica. Los tratados de Suffrin son una respuesta pattica e incontrolable a una erradicacin econmica. El delirio verbal consuetudinario es sustituto del poder econmico aniquilado (457).

El estancamiento econmico y la falta de productividad local han creado una conversin general hacia el sector de los servicios, con lo que Martinica se ha convertido en una colonia de consumo. Por ende, Martinica ha adquirido hbitos de consumo europeos en un contexto de sociedad de plantacin no productiva, que la experiencia prolongada del dominio colonial ha hecho pasiva. Las consecuencias de esta vinculacin unilateral a una metrpoli son visibles en el divorcio entre la colectividad y la lengua.

Como seala Glissant, el creol, que est fuera de lugar en el mundo de los centros comerciales y el consumismo desenfrenado, ha perdido su dinamismo. l demuestra esta degradacin del creol con el ejemplo del pescador martiniqueo, cuyo creol se ha convertido en un dialecto del francs. El pescador martiniqueo dice man achet an amson [en lugar de J'ai achet un hameon], porque ya no controla las tcnicas de su oficio (338).

La prctica del francs, la lengua oficial, difcilmente sea mejor que el delirio verbal de Suffrin: La lengua oficial, el francs, no es la del pueblo. Tal vez por ello, nosotros, las elites, la hablamos tan correctamente (268). Existen, sin embargo, algunas excepciones a la falta de creatividad que Glissant ve en el uso de la lengua. Detecta una estrategia instintiva de contrapotica en la aceleracin, cacofona o estratagemas de la lengua cotidiana, as como en la ofensiva burlona de los cuentos populares.

La subversin lingstica se hace tambin potencialmente evidente en la reorganizacin burlona de las palabras de las pegatinas Ne roulez pas trop pres! [No manejen demasiado cerca] en los carros de los automovilistas martiniqueos. Glissant recuerda tambin a sus lectores que hubo un tiempo en que los martiniqueos eran productivos y se autoabastecan. Con su inventiva y su propia capacidad de improvisacin, sobrevivieron con xito al bloqueo durante la Segunda Guerra Mundial. Aislados de la metrpoli, en aquel momento ocupada por Alemania, la creatividad se liber temporalmente porque estaban por su cuenta: [...] el pueblo martiniqueo resisti y tuvo entonces una unanimidad que indudablemente ha perdido. La departamentalizacin de 1946 poco a poco ahog este impulso creativo.

Al demostrar que la iniciativa de Csaire en 1946 de transformar a las Antillas francesas en Departamentos de Ultramar fue un fracaso, Glissant, sin embargo, en El discurso antillano no aboga por la soberana nacional ni se coloca a favor de la liberacin mediante una revolucin. A este respecto, se distancia del nacionalismo revolucionario de Frantz Fanon. Aunque no examina directamente el tema en estos ensayos, en las posibilidades emancipadoras de la dimensin caribea de la identidad martiniquea pudiera estar proponiendo un proceso alterno de descolonizacin. Martinica, a su entender, carece de identidad fuera de su contexto caribeo. Y si el martiniqueo presiente la ambigedad de su relacin con el francs [...] y con el creol [...], quiz sea porque tiene la vaga sensacin de que le falta en su espacio-tiempo real una dimensin fundamental, que es la relacin antillana (268).

En El discurso antillano, la alienacin del espacio propio es tan perturbadora como la alienacin lingstica. La traumatizada psiquis martiniquea no puede abandonar nunca su soada identidad europea y alcanzar una conciencia propia, completa, a no ser que se reinserte en su contexto caribeo. Glissant describe la condicin franco-antillana en funcin de la morbidez general como paralizada por una identidad reprimida. Las siguientes declaraciones lo dicen todo: El martiniqueo es un americano real pero contrariado [...]. El martiniqueo es un europeo imposible pero satisfecho (275). Atrapados en una situacin traicionera, donde han perseguido una serie de espejismos, como la ciudadana y la departamentalizacin, los antillanos franceses terminan viviendo complacidos con la amenaza del olvido, que Glissant describe como una situacin de lo horrible sin horrores (12).

Si El discurso antillano recomienda cautela al advertir los peligros que encaran los martiniqueos por su petulante apego a la Francia metropolitana, tambin brinda esperanza, cuando declara en ms de una ocasin: Creo en el porvenir de los pases pequeos (10).

Martinica no es solo una mota de polvo en el ocano, como cuentan que dijo De Gaulle, sino parte integrante de la rica diversidad del Caribe. Por ende, estos ensayos exploran tambin el lugar ineludible de Martinica: el Caribe. Contra lo universal generalizador, el primer recurso es la recia voluntad de permanecer en el lugar. Pero, en lo que nos atae, no se trata solamente de la tierra adonde fue deportado nuestro pueblo, sino tambin de la historia que ha compartido (vivindola como no-historia) con otras comunidades, cuya convergencia se revela hoy. Nuestro lugar son las Antillas (236).

Lo que para Glissant se hace evidente de inmediato en el espacio caribeo es la forma en que enreda binarios como lo mismo y lo otro, persona de adentro y persona de afuera. Estas rgidas polaridades se sustituyen mediante un proceso inclusivo de interculturacin que hace obsoletos los modelos rgidos de identidad. Efectivamente, qu son las Antillas? Una multirrelacin (237). El inconsciente colectivo reprimido de los martiniqueos se ubica en esta zona de historias compartidas. Ser martiniqueo es, por tanto, no un asunto de anclar una raz nica, exclusiva, en territorio soberano, sino una convergencia submarina de races ramificadas, races submarinas: es decir, derivadas, no implantadas con un nico mstil en un nico limo (128). Si la identidad antillana se basa en algo, es en esta impredecible ribera siempre cambiante, constantemente influida por la zona central y el horizonte, por los interiores opacos y la relacionalidad centrfuga.

La visin de Glissant acerca de la historia caribea est profundamente influida por esta imagen de convergencia submarina. La historia no es el mito lineal providencial de una historia nica y trascendental. Ella, ms bien, es solo contacto, ms sincrnico que diacrnico. Glissant aboga por una visin de la historia mltiple, con fisuras: Las historias agrietan la Historia (416). De hecho, es deber del artista hacer estas perspectivas asequibles al Caribe en su conjunto. Si la historia caribea se vive como trauma, las experiencias del momento pueden despertar el significado reprimido latente y el pasado puede verse de modo proftico.

Por ejemplo, Glissant sugiere que el ataque al cuartel Moncada por Fidel Castro puede restituir el recuerdo olvidado del Fuerte Matouba, donde Louis Delgrs y sus hombres se suicidaron en masa en 1802 para no ser capturados por los franceses. Su experiencia de Carifesta 1976, en Jamaica, lo lleva a sentir por un momento lo que pudo haber sido para un martiniqueo estar ubicado en el espacio caribeo y recordar que las victorias de Toussaint Louverture y Jos Mart no se limitaron a sus territorios individuales, sino que tuvieron repercusin regional y hemisfrica. Postula a Hait como la nueva tierra madre y a Toussaint, Mart, Bolvar, Jurez y Garvey como los hroes de la regin. Esta es una visin de antillanidad que cobra fugazmente vida. Aquel da de Carifesta, en el estadio de Kingston, miles de antillanos venidos de todos los horizontes aclamaron los nombres que he citado. [...] aquellos hroes que hicieron la verdadera historia de las Antillas surgieron de una vez por todas en la conciencia colectiva (129).

En ltima instancia, El discurso antillano presenta argumentos fuertes y persuasivos a favor de ver el Caribe como la Otra Amrica. Del mismo modo que no es posible captar la identidad martiniquea sin su contexto caribeo, la identidad caribea no puede comprenderse sin su contexto hemisfrico. Glissant cita con aprobacin las tres Amricas identificadas por tericos como Darcy Ribeiro y Rex Nettleford: Euroamrica, Mesoamrica y Plantacin-Amrica. El Caribe est situado en la tercera y es el campo de fuerzas de la creolizacin de las Amricas. No es un lago americano, sino el estuario de las Amricas, la regin depositaria del potencial ms rico de las Amricas.

A este respecto, los ensayos exploran la potica del imaginario del nuevo mundo, tanto en la literatura como en la msica, la escultura y la pintura. Las formas de representar el paisaje americano son centrales para su examen de las obras de escritores de las Amricas como Jacques Roumain, Alejo Carpentier, William Faulkner y Gabriel Garca Mrquez. En todos estos novelistas, Glissant identifica una potica del espacio americano cuyo paisaje no es un simple decorado y cuyos escritores no solo describen realsticamente el mundo exterior. En lugar de ello, usan lo real metafricamente, como medio de explorar las especificidades del tiempo y el espacio americanos.

La naturaleza ignota y polismica de la realidad del nuevo mundo se expresa en el lenguaje del paisaje, que es principalmente el de la selva. No es la selva de la fuga cimarrona ni tampoco un Edn ancestral anterior a la Cada. La selva es una zona de opacidad que opone resistencia a la descripcin o iluminacin. Es precisamente esta zona de particularidad opaca lo que permite que el espacio insular establezca relaciones con el archipilago y el hemisferio. Lo que queda de la opacidad particularizante de Martinica. Despus de siglos de asimilacin, le permite resonar con otros espacios no regimentados del continente americano en que se secreta ese elemento de desmesura que se opone a la sistematizacin. El desafo a la novela de las Amricas es cmo representar esta desmesura. El espacio de la novela americana me parece abierto, fragmentado, irruido. [...] Por ello, el realismo, es decir, la relacin lgica y consecutiva con lo visible, traicionara aqu, ms que en otras partes, la cosa significada (242).

En Martinica, existe en miniatura el discurso espacio-temporal completo de las Amricas. La palabra que emana del paisaje de esa isla es la del lenguaje del espacio americano. Paradjicamente, solo sintiendo la especificidad intraducible de ser martiniqueo es que este ser consciente de los indicios de fenmenos similares en otros lugares del hemisferio. De este modo, una potica de opacidad conduce a una poltica de relacionalidad.

Incluso, ms que la literatura, son la pintura y la escultura las que manifiestan la potica de la Otra Amrica. En estos ensayos se ve a Wifredo Lam y a Roberto Matta como pintores ejemplares, cuyo lenguaje visual es el de la ingente multiplicidad del simblico espacio selvtico de Glissant. Este vio la obra de ambos artistas, quienes tenan fuertes vnculos con los surrealistas, como esencialmente potica desde los aos cincuenta. En estos ensayos repite su admiracin por la transparencia e inventiva de la imaginera de estos pintores de la Otra Amrica. Con Wifredo Lam, la potica del paisaje americano (acumulacin, dilatacin, carga del pasado, conexin africana, presencia de los ttems) se dibuja. [ ... ] Roberto Matta figura los conflictos candentes donde hoy da se forja la psiquis de los hombres. Pintura de la multiplicidad; me atrevo a decir: pintura del multilingismo (217).

Glissant dedica atencin especial a la escultura de Agustn Crdenas, que lo haba atrado desde los 60, cuando el artista cubano expuso en Pars. Su obra apareci en la cubierta de la edicin original de este volumen. Sus figuras totmicas, que toman de la sintaxis de Brancusi y Arp, son para Glissant la memoria esculpida que vincula pasado y presente, luz y oscuridad. En ese sentido, ve a este escultor como una fuerza que nos da energa, situando en la confluencia de estas obras lo que l denomina la retrica de la duracin (428), no un grito de protesta, sino un discurso de relacionalidad. De hecho, el discurso antillano se manifiesta materialmente en la obra de Crdenas de una manera ms completa de lo que podra hacerla cualquier exposicin terica.

En Siete paisajes para las esculturas de Crdenas, Glissant narra la visita del artista a Martinica y la forma en que esculpe la caoba que all encuentra. Para Glissant, Crdenas traduce el lenguaje del paisaje tan bien como cualquier cuentero del lugar. En una visita a la familia del escultor en La Habana, Glissant encuentra el eco relacional de la misma potica ms all de la barrera del lenguaje.

douard Glissant nunca ha incluido este volumen en sus Poticas ni en sus Estticas. Se supona que estos ensayos fueran independientes y pudieran ser fundamentales en la creacin final de una visin filosfica aplicada a todas las culturas, pero que emana del espacio caribeo. Marca el cambio final de la antillanidad a la mundialidad, de lo especfico multirrelacional a una multiplicidad totalizadora. En esa medida, Glissant se cuida de no caer en el pensamiento identitario, que convierte la identidad criolla en una categora o la antillanidad en ideologa, como la negritud de Csaire o la conciencia nacional de Fanon.

Independientemente del movimiento que haya intentado aduearse de sus ideas, sea el de la Crolit o el de la Litterature monde, Glissant ha mantenido su distancia. Ha permanecido, parafrasendolo, igualmente solitario y solidario.

Estos ensayos, pues, no se supone que se lean de modo sistemtico o lineal. La forma escrita se pone en duda desde el inicio, en el primer epgrafe: Describir es transformar. Los ensayos siguen el principio de combinar lo oral y lo escrito, de ser abstractos y, sin embargo, concretos, especficamente locales, pero parte de sistemas de archipilago. Nos invitan a perdernos en la palabra serpenteante y divagante del narrador, que no tiene verdad ltima que revelar. Debe ser por eso que el libro termina con el trmino odo. Glissant se dirige directamente a los lectores resistentes, que se han abierto paso por la maraa de mis enfoques de lo real antillano (444) y tiene la esperanza de que sus ensayos no hayan sido ledos tanto como oda su voz.

Nueva York, abril de 2010 Tomado de douard Glissant, El discurso antillano. Coleccin Nuestros pases, Serie Estudios, Fondo Editorial Casa de las Amricas, La Habana, 2010.

Nota:

1. Las pginas de las citas de El discurso antillano se indicarn entre parntesis, y corresponden a esta edicin. Nota del editor.


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