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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-08-2011

La brutalidad policial como sntoma del empobrecimiento de las clases medias
Lleg nuestro turno

Jorge Armesto Rodrguez
Rebelin


Castoriadis cita en uno de sus textos la definicin de ciudadana que ofrece un estudiante norteamericano quien la reduce a: Es el derecho de no ser perseguido por la polica. Como el propio Castoriadis apunta, esta definicin implica, entendida en sentido inverso, que la polica s puede perseguir a los no-ciudadanos, es decir, transentes, inmigrantes clandestinos o incluso extranjeros y simples turistas. Tambin a aquellos colocados en los mrgenes de la ciudadana, es decir, los marginales, trmino que engloba sin distinciones a los sin techo, mendigos, inmigrantes ilegales, miembros de pandillas juveniles, dependientes de los subsidios sociales, adictos al alcohol y drogas o pequeos criminales callejeros.

Sin embargo, en los ltimos das, vemos imgenes, cada vez ms con ms frecuencia, de la polica cargando violentamente contra ciudadanos y, an peor, exhibiendo unos modales despectivos y desdeosos en el ejercicio de su ferocidad que se muestra con altanera y soberbia. Tales modos, no son desde luego ninguna sorpresa para cualquiera de los grupos de marginales a los que antes hice referencia. Tampoco son sorprendentes para organizaciones como Amnista Internacional que lleva aos denunciando la tortura y los malos tratos de las fuerzas de orden pblico espaolas, describiendo en su informe Sal en la herida, una situacin de impunidad generalizada, complicidad y encubrimiento de los dems policas por un corporativismo mal entendido (que se manifiesta tristemente en las delirantes autojustificaciones que afloran en sus foros y ofrecen una idea precisa de lo extendida que est esa cultura de violencia), dificultad para denunciar, indefensin judicial para las vctimas, inexistencia de investigaciones y sanciones, etc. El informe relata que cuando excepcionalmente se produce alguna sancin, esta suele ser leve, acostumbrndose a indultar y recompensar posteriormente con ascensos a los funcionarios expedientados. Aade adems que aunque no se puede hablar de un comportamiento violento rutinario, s dista mucho de ser excepcional, ni se circunscribe nicamente a algunos elementos minoritarios de las fuerzas de seguridad.

Esta situacin, por ms que fuese dramtica, era visible nicamente por los que estaban situados al otro lado de la frontera de esa ciudadana que funcionaba como islote defensivo vigilado estos perros de presa. Aconteca detrs de nuestros muros y era, por tanto, invisible para nosotros, los ciudadanos, que la tolerbamos por esa inconsciencia egosta de no querer mirar. Hasta que de repente, un da, se manifiesta ntidamente en toda su obscena barbarie, dejndonos en una especie de mezcla de sentimientos entre la indignacin, el espanto y la sorpresa. La sorpresa porque se ha roto una de las reglas del juego, aquella que nos colocaba a salvo de nuestros propios guardianes. Que ahora nos agreden a nosotros, a quienes deban proteger.

En realidad, sin embargo, no se ha roto ninguna regla. El juego contina tal cual. Simplemente es nuestra posicin en l la que ha cambiado. Nos hemos desplazado. Dice Bauman que los pobres en realidad son consumidores defectuosos o frustrados, expulsados del mercado. O lo que es lo mismo, el grado de marginalidad de una persona en el sistema se mide nicamente por su capacidad de consumo. Los adictos a drogas o alcohol, los criminales, los inmigrantes, forman parte de la bolsa de marginales solo en tanto que no consumidores. Cuando se da el caso contrario, su integracin es absoluta. Qu otorga entonces la carta de ciudadana? nicamente nuestra posicin en la sociedad de consumo.

En las ltimas tres dcadas asistimos al cada vez ms frentico aumento de la desigualdad, con un crecimiento imparable de las rentas altas a costa, no tanto de las ms bajas cuyo saqueo no tena ya mucho ms recorrido, como de las rentas medianas. Segn Kerbo, Sennet y otros, la zona central de las rentas se reduce, aumentando los empleos de altsimos salarios, pero sobre todo aquellos otros de sueldos bajos. Este empobrecimiento de la clase media, cada vez ms visible, lleva a que por primera vez en la historia, un porcentaje elevadsimo de ciudadanos estn viviendo por debajo de las expectativas que su formacin acadmica o profesional les vena ofreciendo histricamente. Aquellos estudios o prcticas profesionales que garantizaban en el pasado el acceso a un nivel de vida medio o medio alto han dejado de hacerlo y son vctimas ya tambin del subempleo, la precariedad, cuando no directamente del subsidio. O lo que es lo mismo, se han quebrado las seguridades que ofreca la sociedad capitalista y por primera vez la marginalidad, entendiendo esta como el destierro del consumo, no est inseparablemente unida a los bajos estudios y la falta de calificacin, sino que acoge a cualquiera, independientemente de su formacin y su capacidad profesional.

Por supuesto, como en cualquier proceso de exclusin, la tica y el discurso imperante tiende a disfrazarlo como auto-exclusin. Para que los pobres pierdan su condicin simblica de ciudadanos a los efectos de la retrica imperante, no basta con que sean pobres sino que su pobreza debe ser elegida. En una sociedad de consumidores libres no es concebible la pobreza ms que como un uso (corrompido) de esa libertad. Y los pobres son aquellos que no se esfuerzan, que gustan vivir del subsidio, incapaces para cualquier otra vida que no sea parasitaria y ociosa, viciosos que prefieren ser adictos al alcohol o a las drogas. Es decir, aquellos que voluntariamente se colocan en la marginalidad de esa ciudadana que s gana su sustento con merecimiento. Incluso ahora, con unos datos tan abrumadoramente enormes de desempleo y precariedad, el discurso dominante no tiene reparos en, al tiempo que reconoce a regaadientes ciertos desarreglos del sistema productivo, culpar a los jvenes y a los parados de falta de iniciativa, de ser acomodaticios y de no tener espritu emprendedor.

En el proceso de prdida de la ciudadana, hay que sealar la nada casual denominacin de perroflautas que utilizan tanto los elementos ms comprometidos con el status quo como, sobre todo, las fuerzas policiales represivas. No importa que, contra toda evidencia, se aplique a miles de personas que no tienen nada que ver ni social ni estticamente con esta tribu minoritaria vagamente hippie. Lo que importa es que el perroflauta es un auto-excluido vocacional del sistema, y por tanto, un antagonista de la sociedad (de consumo), o lo que es lo mismo, un No-ciudadano por eleccin. As, nuestra conversin en perroflautas nos coloca, en el imaginario policial, en el mismo bando que aquellos a los que tradicionalmente maltrata y tortura con la tolerancia de los verdaderos ciudadanos (nosotros tambin, hasta ahora) y, no lo olvidemos, una casi total impunidad legal. Y as, el proceso de empobrecimiento vertiginoso de la clase media trae irremediablemente aparejado otro de desnaturalizacin, de prdida de influencia ciudadana (pues la influencia se mide en trminos de consumo) y, por tanto, de des-ciudadanizacin.

Hubo unos aos, en que todos compartimos ilusoriamente los intereses de las rentas ms altas. Se hablaba de un capitalismo burstil popular, todos nos hicimos expertos en vuelos low cost y en gadgets electrnicos. Los saberes tradicionalmente constreidos a los ricos se nos abran y en casas de turismo rural se ofrecan cursillos de cata de vinos. Hoy, ese sueo se ha convertido en una visin tenebrosa de precariedad, prdida de derechos, sub-trabajos sometidos a una permanente amenaza de exclusin del sistema, horarios abusivos y reduccin de salarios. Aquellos que en el pasado, por su educacin y su extraccin social, ocupaban las clases medias se hayan ya en un estado, no tanto de proletarizacin como de franco empobrecimiento. El feliz continente que habitbamos compartiendo (en su versin low cost) intereses y deseos con los millonarios se ha quebrado y las placas tectnicas se separan velozmente. En la nuestra, los desclasados del sistema, los de siempre y nosotros, los nuevos, que empezaremos a catar el sabor de una vida de subsidios y asistencia social en un estado social que se diluye. En la tierra contraria, los ricos en su fiesta perpetua. Alejndonos de su tierra prometida, escuchamos el sonido de la msica y las risas que se desvanecen. En su orilla, los policas nos saludan con las porras. Lleg nuestro turno.

http://territoriovacio.blogspot.com/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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