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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-09-2011

Dficits y trampas: gobernantes culpables

Carlos Taibo
Rebelin


1. Cuando nuestros gobernantes, lejos de los micrfonos, se refieren a las numerosas y draconianas medidas de ajuste que han desplegado en el ltimo ao y medio suelen echar mano casi siempre del mismo argumento: un eventual desplome de bancos e instituciones financieras provocara un escenario de caos y de ausencia dramtica de expectativas que hara que aorsemos una situacin como la presente. El argumento en cuestin suele verse acompaado de otro de perfil similar: hay que hacer lo imposible para evitar un programa de rescate de la UE, y ello aun cuando los deberes consiguientes recuerden poderosamente a ese programa de rescate.

Importa subrayar lo que hay por detrs de semejante trama argumental: un manifiesto olvido de cmo esos mismos gobernantes han tolerado -mejor sera decir que han estimulado- conductas econmicas lamentables que nos han situado al borde del precipicio. Primero nos colocan junto a ste para despus contarnos que no queda ms remedio que acatar unas medidas de ajuste que, por aadidura, son ms de lo mismo, esto es, ratifican el acercamiento al precipicio. No slo eso: ni siquiera han demostrado su utilidad en trminos de las claves mentales que maneja la economa dominante en un escenario en el que -sobran los datos para confirmarlo- ninguna de las concesiones realizadas a la lgica de los mercados ha servido para frenar un pice la codicia de stos.  

Es verdad que en repetidas ocasiones habamos pronosticado que todo esto iba a ocurrir. Debemos reconocer, sin embargo, que nunca pensamos que nuestros gobernantes iban a llegar tan lejos en su complicidad con obscenos intereses privados. El hecho de que algunos de ellos, y bien que con palabras cautelosas, se hayan atrevido a reconocer que la mayora de las reglas del juego las determinan esos intereses retrata fidedignamente a dnde hemos llegado.

2. Tiene su sentido examinar tres de las manifestaciones precisas de todo lo anterior. Vaya la primera de ellas. Semanas atrs nuestros peridicos acogieron, a menudo en los titulares de portada, una noticia vanamente esperanzadora: los Gobiernos de varios de los Estados miembros de la Unin Europea, y entre ellos el espaol, haban decidido proscribir, para defender a los bancos, determinado tipo de operaciones de cortsimo plazo que inequvocamente escondan infumables prcticas especulativas.

La riqueza de la noticia era doble. En primer lugar, el lector descubra que al alcance de nuestros dirigentes estaba, en virtud de una decisin estrictamente legal, prohibir prcticas que haban daado de forma visible el quehacer cotidiano de las economas de los pases afectados, y que con certeza, y dicho sea de paso, haban acrecentado los dficits pblicos de aqullos. La pregunta estaba, entonces, servida: cmo es posible que durante aos se haya transigido, inopinadamente, con esas prcticas? Hasta dnde no habr llegado la idolatra dispensada al dios mercado que este ltimo ha quedado, siempre, por encima de lo que caba entender que era el bien comn? De la noche a la maana descubramos, para descrdito de quienes nos gobiernan, que, frente al que ha sido su discurso monocorde, s era posible -era fcil- establecer reglas del juego que frenasen la especulacin.

Hay que prestar atencin, aun as, a otra cara de la cuestin: tal y como los hechos se nos explicaban, los beneficiarios principales de la medida adoptada no eran sino los bancos. Caramba! Ahora resulta que estos ltimos nada tenan que ver con esas prcticas especulativas que repentinamente se trataba de combatir... Obligado est uno a certificar lo que a estas alturas se antoja evidente: nuestros gobernantes, que se han desentendido por completo de lo que sucede al ciudadano de a pie, siguen empeados en rescatar a los bancos del abismo en que ellos mismos, voluntaria y gustosamente, nos han emplazado.

3. Rescatemos un segundo hecho de inters, que no puede ser otro que la decisin asumida por socialistas y populares en el sentido de reformar la Constitucin para incluir en ella una mencin expresa a lmites infranqueables en lo que se refiere al dficit de las diferentes administraciones pblicas. Como suele ocurrir con estas cosas, a primera vista el criterio abrazado parece muy razonable: qu mejor que alentar la austeridad y el equilibrio en esas administraciones. Pena es que, por detrs, todas las miserias exploten.

Por lo pronto, se nos invita a eludir cualquier consideracin sobre el entorno de la medida en cuestin. Para qu plantear una discusin seria en lo que se refiere a quin paga impuestos entre nosotros, al fraude fiscal o a la evaporacin de recursos en exticos parasos? Para qu formular alguna pregunta en lo relativo a cul es -cul ha de ser- el destino de los recursos pblicos en un lugar que, indeleblemente lastrado por la corrupcin y las obras faranicas, se caracteriza por la ausencia de noticias que den cuenta de la apertura de causas legales contra quienes no han actuado como deban?

Por detrs lo que ms llama la atencin es, con todo, el designio de esquivar cualquier juicio relativo a los hechos que han conducido a una situacin muy delicada como resulta ser, al cabo, la presente. Pienso al respecto en unas prcticas especulativas que en el mejor de los casos son condenadas retricamente, en una burbuja inmobiliaria alentada por todos nuestros gobernantes, tirios y troyanos, o, en suma, en la tolerancia sin lmites, cuando no el estmulo, con que esos mismos gobernantes han obsequiado el negocio fcil y la inmoralidad de las transacciones.

Nada de lo anterior tiene, con todo, el mismo relieve que corresponde a un hecho principal: encubierta tras sus nfulas de saludable austeridad, la reforma constitucional que nos ocupa obedece al cristalino propsito de acometer impresentables recortes en un gasto social ya de por s claramente por debajo del existente en los miembros de la UE a los que decimos querer homologarnos, y de alentar, al tiempo, nuevas privatizaciones. En su esencia lo que despunta es el designio de garantizar que gozarn de absoluta prioridad, en cuanto al pago, las deudas contradas por las administraciones pblicas con las instituciones financieras, de tal suerte que si ello implica -y lo implica- reducir sensiblemente el gasto en sanidad y en educacin habr que acatar sumisamente esta consecuencia. El escenario es dantesco: luego de haber asistido en los ltimos aos a formidables operaciones de inyeccin de recursos pblicos en el sistema financiero, los beneficiarios de esas operaciones reciben, adems, garantas de que sus intereses seguirn estando en primera lnea, y ello sin que conste que hayan abandonado las prcticas a las que nos tienen acostumbrados. Y es que conviene agregar que son esas instituciones financieras las que muy a menudo se ocultan tras esos ignotos mercados que en la propaganda oficial nos estaran haciendo tanto dao.

En otras palabras, y para resumir lo que se avecina, quienes nos han emplazado en una crisis delicadsima se aprestan a obtener beneficios adicionales de la mano de la aplicacin de las mismas recetas que nos han colocado en ese escenario. Curioso es, por cierto, que quienes tan remisos se han mostrado de siempre a la hora de reformar una Constitucin que no tuvieron la oportunidad de refrendar la mayora de quienes hoy disfrutan del derecho a voto se muestren ahora dispuestos a hacerlo con tanta prisa y sigilo en provecho, por aadidura, de la franca incorporacin a la carta magna de una regla de oro que nace de una ideolgica percepcin de los hechos econmicos. De poco consuelo parece al respecto la certificacin de que son muchos los mbitos en los que la Constitucin no es objeto de respeto: a buen seguro que no ser ste -el de los techos de dficit- uno de ellos.

4. No quiero dejar en el olvido una tercera manifestacin de las miserias contemporneas: la que se revela a travs de las omnipresentes declaraciones del ministro Blanco. No acierto a entender quines han aupado a puestos de relieve a un personaje de semejante condicin: cuando lo que se trata es de engaar a la ciudadana lo suyo es que se pongan en funcionamiento las estrategias ms sagaces desplegadas por las personas ms inteligentes

Blanco nos cuenta el lunes que mantiene en pie todas las promesas de finalizacin de las obras de nuevas lneas de alta velocidad ferroviaria. Nuestros gobernantes llevan dos decenios dilapidando recursos faranicos para pertrechar un sistema de transporte pblico claramente volcado al servicio de las capas pudientes de la sociedad, y claramente encaminado a reducir las posibilidades de transporte al alcance de todos los dems. Para esto, y al parecer, ha habido y hay recursos, como si las obras correspondientes nada tuviesen que ver con el crecimiento espectacular del dficit de unas y otras administraciones.

El martes, en cambio, a Blanco le toca llamar a captulo para que esas administraciones asuman draconianas estrategias de recorte del gasto que en algo coinciden, eso s, con el proyecto maestro defendido el primer da de la semana: su traduccin inmediata lo es, de nuevo, en provecho de reducciones en lo que se refiere al gasto social, en franco detrimento, una vez ms, de las posibilidades al alcance de las clases populares. Si alguien se pregunta que hay por detrs de la obsesin de nuestros gobernantes por la alta velocidad ferroviaria, responder rpidamente: el designio de no fallar a un puado de grandes empresas de la construccin.

5. Tengo que volver sobre algo de lo que he hablado de manera demasiado rpida. Me refiero a la singularsima y metafsica condicin que corresponde a los mercados . stos se nos presentan como nebulosas realidades detrs de las cuales no habra personas ni beneficiarios. Se tratara de una suerte de extraterrestres que operaran como virus por completo fuera de control. Nada se podra hacer contra ellos porque no parecen estar en ningn lugar y porque, dada su apersonal condicin, en el hipottico caso de que la enfermedad que provocan se tradujese en eventuales delitos ninguna causa legal podra abrirse.

Salta a la vista que todo lo anterior es una ficcin interesada e inteligentemente construida. Detrs de los mercados hay personas e instituciones de nombre conocido. Obligado parece aportar una explicacin, urgente, de por qu conductas impresentables como las asumidas por esas personas e instituciones no han sido objeto de persecucin alguna. Nos hallamos al respecto ante una de las secuelas inesperadas de la desregulacin que lo ha marcado todo al calor de la globalizacin capitalista: si desaparecen las normas reguladoras que en el pasado -vamos a suponer que fue as- establecieron lmites en la accin de capitales y capitalistas, desaparece el propio fundamento de un imaginable delito. No es, por una vez, que los jueces no estn haciendo su trabajo: es que no hay leyes en las cuales fundamentar el encausamiento legal de quienes moralmente no pueden describirse sino como genuinos delincuentes. Claro que al efecto es inevitable atribuir una responsabilidad central, de nuevo, a nuestros gobernantes, que son los que, al fin y al cabo, han dado alas a la desregulacin de la que hablamos.

6. Lo dejo para el final y le dedico bien poco espacio, pese a que, acaso, es ms importante que todo lo anterior. Las discusiones relativas a la trama de la crisis financiera en curso, o a la responsabilidad que al respecto recae sobre nuestros gobernantes, arrastran siempre una inquietante condicin de corto plazo. Enfangados como estamos en la miseria del da a da, no acertamos a ver ms all. Y esto nos sucede a menudo tambin -no lo olvidemos- a quienes queremos contestar radicalmente el orden existente.

Digmoslo con rotundidad: cualquier anlisis que merezca crdito, y cualquier propuesta alternativa al desorden que padecemos, adems de colocar en primer plano, por lgica, el designio general de hacer frente a la explotacin y a la alienacin, tiene por fuerza que prestar atencin a tres dimensiones inexcusables. Hablo de las que hacen referencia a las mujeres y su secular postracin, a los derechos de las generaciones venideras --y a los de las otras especies que nos acompaan en el planeta-- y a los habitantes de los pases del Sur. No vaya a ser que, sin contestar los cimientos de la miseria que rodea al crecimiento, a la competitividad y a la productividad, nos empeemos en reconstruir nuestros maltrechos Estados del bienestar en franco olvido de todo lo dems.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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