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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-09-2011

La normalidad, no es una catstrofe?

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII/La Calle del Medio


Entelequia, para Aristteles, no era una forma de nombrar lo ideal o inexistente. Era, en algn sentido, todo lo contrario: una ilusin de realidad completa, el procedimiento mental abusivo en virtud del cual podemos pensar retrospectivamente las cosas como si hubiesen sido desde el principio lo que llegarn a ser slo al final. Cuando pensamos en Napolon de nio, por ejemplo, lo imaginamos ya, desde la cuna, dotado de un carcter imperioso y decidido y buscamos en sus pequeas travesuras infantiles al conquistador de Egipto y al emperador de Europa. Eso es una entelequia. Lo mismo pasa cuando pensamos en la crisis de entreguerras que llev a las matanzas de la segunda guerra mundial. Temblamos al recordar la ascensin de los fascismos sin comprender que eran muy pocos los que en 1922 o en 1933 temblaban ante Mussolini o Hitler. En los aos 30 del pasado siglo Mussolini no era Mussolini, encarnacin del totalitarismo, ni Hitler era Hitler, representacin viva del Mal; tampoco el fascismo o el nazismo eran otra cosa que ideologas legtimas, apoyadas por amplsimos sectores de la poblacin, de cuyo peligro no se percataban ni siquiera -como denunci alarmada la filsofa Simone Weil- los liberales o los comunistas.

Eso es una entelequia: pensar que Hitler fue siempre para todos el monstruo en que lo convirtieron sus crmenes y que el nazismo fue visiblemente, desde el comienzo, la atrocidad que tantos libros y pelculas han fijado en nuestra memoria como lmite demonaco de la humanidad. Nada de eso. Incluso despus de las leyes de Nuremberg, mientras los judos eran conducidos a campos de concentracin, los propios judos beban caf, abran sus tiendas, celebraban sus bodas, sucumbiendo a esa ilusin de normalidad que es el umbral, al mismo tiempo, de la normalidad y de la catstrofe. An ms: incluso los propios fascistas y nazis sucumban a la misma ilusin; ninguno de ellos -o muy pocos entre ellos- tenan conciencia de ser fascistas y nazis. Eran hombres y mujeres de su poca que aceptaban como buenas o como tolerables o, al menos, como necesarias las medidas racistas y los impulsos liberticidas de los gobiernos que en muchos casos ellos mismos haban elegido. Tengamos mucho cuidado en Europa: nadie nos va a avisar cuando llegue el fascismo porque ni siquiera se va a presentar -sera absurdo- con ese nombre. Tengamos cuidado: no vamos a reconocer al nazismo cuando regrese porque hablar de nuevo, como entonces, de paz y civilizacin, de valores y moralidad.

Los fascismos europeos del siglo pasado pueden ser definidos como una contrarrevolucin radical contra la revolucin socialista que desde 1917 amenazaba Europa. No podemos establecer un paralelismo exacto entre la crisis de entreguerras y la que estamos viviendo ahora -la derrota del comunismo y la dictadura tecnolgica lo impiden-, pero ello no debe llevarnos a ignorar las similitudes. Y hay una a la que deberamos prestar alarmada atencin a fin de que sus consecuencias no vuelvan a sorprendernos completamente desprevenidos. Hoy se prepara tambin una contrarrevolucin radical, una contrarrevolucin preventiva que combina, como en los aos 30 del siglo XX, las leyes, la movilizacin y la violencia. En el marco de la crisis capitalista y de las resistencias sordas ya efervescentes, esta contrarrevolucin implica a gobiernos democrticos, medios de comunicacin, grandes multinacionales y organizaciones para-institucionales o militantes. Breyvik, el terrorista de Oslo, es el resultado de esta combinacin.

No es una provocacin sino una simple constatacin: como en el pasado, la Iglesia catlica forma parte de esta contrarrevolucin, a igual ttulo que las leyes migratorias, las medidas econmicas de la UE y el terrorismo ultraderechista. Chesterton tena razn quizs al sealar la belleza del cristianismo, una religin que exiga a la humanidad adulta inclinarse ante un nio. Pero lo cierto es que el catolicismo ofreci en el mes de agosto en Espaa, durante las llamadas Jornadas Mundiales de la Juventud, la imagen inquietante de una movilizacin que es inevitable oponer a la del movimiento 15-M y que oblig a miles de jvenes fanticos, al contrario, a inclinarse ante un viejo ambicioso y reaccionario, muy inteligente, que ha decidido poner toda su poderosa organizacin (tan admirada por Gramsci) al servicio de los fuertes, los ricos y los injustos. Prueba evidente de esta complicidad entre la iglesia, los gobiernos, las empresas y los medios de comunicacin, es la composicin de la Fundacin Madrid Vivo, responsable de la organizacin y financiacin del evento; tal y como denuncia un colectivo de curas progresistas de la capital de Espaa, basta recordar algunos de los nombres para comprender el alcance poltico y econmico de la ofensiva papal: Iberdrola, Telefnica, Banco de Santander, BBVA, Endesa, junto a poderosos medios de comunicacin de la extrema derecha como ABC o la COPE. Mucho cuidado. A diferencia de lo que ocurri en el siglo pasado, la contrarrevolucin se adelanta a la revolucin. Esta vez no se llamar Hitler ni usar la cruz gamada, pero la contrarrevolucion ya en marcha, si no estamos ms atentos que hace 80 aos, nos llevar a un lugar an peor. Porque toda repeticin del mismo mal -en un contexto de permanente perfeccionamiento destructivo- es siempre un empeoramiento.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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