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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-09-2011

Libia, el caos y nosotros

Santiago Alba Rico
Gara/Rebelin


La ltima semana de agosto, tras la entrada de los rebeldes en Trpoli, el mundo rabe estall en un grito de alivio y jbilo. En Yemen y Siria las manifestaciones populares contra las dictaduras de Ali Saleh y Bachar Al-Assad multiplicaron su nmero e intensidad al calor de esta victoria que todos los pueblos de la regin vivieron como propia. En Tnez, los das 22 y 23 de agosto, refugiados libios y ciudadanos tunecinos celebraron en las calles de la capital, pero tambin en Sfax, Gabes y Jerba, la cada de Gadafi. Los propios partidos de izquierda se sumaron a la celebracin. As el Partido Comunista Obrero de Tnez, de Hama Hamami, uno de los opositores ms perseguidos por el rgimen de Ben Ali, difunda el 24 de agosto un comunicado en el que felicitaba al hermano pueblo de Libia por su victoria sobre el desptico y corrupto rgimen de Gadafi, confiando en que ahora el pueblo libio pueda decidir su propio destino, recuperar sus libertades y derechos y construir un sistema poltico basado en la soberana que le permita regenerar su pas, movilizar sus riquezas en favor de todos los ciudadanos y establecer profundas relaciones de hermandad con los pueblos vecinos. Durante los ltimos seis meses, en todas las capitales rabes donde la gente protestaba contra los dictadores locales, a menudo jugndose la vida, se han celebrado manifestaciones de solidaridad con el pueblo libio; nos guste o no, an tratndose de una de las zonas ms anti-imperialistas del mundo, no ha habido ninguna protesta contra la intervencin de la OTAN.

Durante estos ltimos meses he tenido a veces la impresin de que mientras la derecha coloniza y bombardea el mundo rabe, la izquierda (una parte de la izquierda europea y latinoamericana) le indica cundo, cmo y de quin debe liberarse. No voy a entrar en una polmica muy pugnaz que ha fracturado el campo anti-imperialista; slo quiero dejar constancia de que el nico lugar donde esa polmica no ha existido ha sido curiosamente el lugar donde se producan los acontecimientos. Mientras la izquierda occidental se intercambiaba bofetadas en torno a la intervencin de la OTAN, los pueblos rabes, acompaados por una izquierda regional a la que ni Europa ni Amrica Latina han escuchado, se dedicaban y se dedican a combatir las dictaduras con medios y en condiciones que ningn anlisis marxista habra previsto y probablemente tampoco deseado. El caso es que tampoco las potencias occidentales haban previsto ni deseado lo ocurrido y el resultado de su improvisacin chapucera, tan hipcrita como diligente, es an una incgnita.

Uno de los errores del esquemtico anlisis de un sector de la izquierda occidental (tan occidental en esto como occidentales son las bombas de la Alianza Atlntica) es el de llamar la atencin sobre los intereses euro-estadounidenses en Libia, como si esos intereses no hubieran estado asegurados bajo Gadafi y como si, en cualquier caso, de una enumeracin de intereses se desprendiese necesariamente una intervencin. No se interviene donde y cuando se quiere sino donde y cuando se puede. Los intereses interesan, sin duda, pero no hacen posible una intervencin militar. En el caso de Libia, a mi juicio, son dos los factores que la han hecho posible.

El primero es que se trataba, como reconocieron enseguida los pueblos y las izquierdas rabes, de una causa justa. La rebelin popular comenzada en Bengasi y abortada en el barrio de Fashlum de Trpoli el 17 de febrero prolongaba, con igual legitimidad y espontaneidad, las revoluciones de Tnez y Egipto. Escriba Jean-Paul Sartre en 1972 que el poder utiliza la verdad cuando no hay una mentira mejor. En este caso ninguna mentira era mejor que la verdad misma: el monstruoso tirano Gadafi era un monstruoso tirano y los rebeldes libios eran realmente rebeldes libios. Al convertir occidente la verdad en propaganda, la izquierda esquemtica -muy alejada o con poco conocimiento de la zona- cay en la trampa y se puso a repetir ingenuamente, frente a ella, un montn de mentiras o medias verdades, regalando a los bombardeadores una causa justa y asumiendo la ignominia de defender una injusticia.

El segundo factor tiene que ver con el aislamiento del rgimen de Gadafi. Aparte de Nicaragua y Venezuela, muy alejados del escenario, los nicos amigos que tena Gadafi en el mundo eran unos cuantos dictadores africanos y unos cuantos imperialistas occidentales. Abandonado por estos ltimos, ningn Estado con autoridad geoestratgica -ni la Liga Arabe ni China ni Rusia- iban a oponer resistencia a la intervencin de la OTAN. Al contrario de lo que ocurre en Siria, un avispero de equilibrios muy sensibles en el que Bachar Al-Assad vende en todas direcciones la carta de la estabilidad mientras mata impunemente a miles de revolucionarios, Gadafi y su rgimen no representaba nada en la regin. Al contrario, todos los intereses, tambin los polticos, lo volvan vulnerable: ms que el petrleo, entre los factores desencadenantes de la intervencin de la OTAN hay que incluir las presiones de Arabia Saud sobre unos EEUU muy renuentes y la oportunidad para Francia de "represtigiarse" en su patio trasero natural, el norte de Africa, tras el batacazo sufrido en Tnez y Egipto, donde el apoyo a Ben Al y a Moubarak (con el escndalo de las vacaciones pagadas de sus ministros) haban dejado a Sarkozy completamente fuera de juego.

El otro error en el que ha incurrido un cierto sector de la izquierda tiene que ver precisamente con su esquematismo o, mejor dicho, con su monismo. Los pueblos y las izquierdas rabes, jugndose la vida sobre el terreno, han comprendido enseguida la imposibilidad de escapar a la incomodidad analtica si queran derrocar a sus dictadores. Han sabido que haba que afirmar muchos hechos al mismo tiempo, algunos contradictorios entre s. En el caso de Libia, esos cinco o seis hechos son los que siguen: Gadafi es un dictador; la revuelta libia es popular, legtima y espontnea; la revuelta es enseguida infiltrada por oportunistas, liberales pro-occidentales e islamistas; la intervencin de la OTAN nunca tuvo vocacin humanitaria; la intervencin de la OTAN salv vidas; la intervencin de la OTAN provoc muertes de civiles; la intervencin de la OTAN amenaza con convertir Libia en un protectorado occidental. Qu hacemos con todo esto? Podemos dejar a un lado la realpolitik, acudir al realismo y tratar de analizar la nueva relacin de fuerzas en el contexto de un mundo rabe en pleno proceso de transformacin. O podemos afirmar Un Solo Hecho -monismo- y someter todos los dems a sus latigazos negacionistas. As, si slo afirmamos la intervencin de la OTAN, con sus crmenes y amenazas, nos vemos enseguida obligados, por una pendiente lgica que nos aleja cada vez ms de la realidad, a negar el carcter dictatorial de Gadafi y afirmar, an ms, su potencial emancipatorio y anti-imperialista; a negar el derecho y espontaneidad de la revuelta libia y afirmar, an ms, su dependencia mercenaria de una conspiracin occidental. Lo malo de este ejercicio de monismo es que deja fuera precisamente los datos que ms importan a los pueblos rabes y a las izquierdas rabes y los que ms deberan importar a los anti-imperialistas de todo el mundo: la injusticia de un tirano y la reclamacin de justicia del pueblo libio.

El monismo simplifica las cosas all donde son muy -muy- complicadas. La OTAN misma es consciente de esta complejidad, como lo demuestra el hecho de que -tal y como recuerda Gilbert Achcar- ha bombardeado muy poco Libia con el propsito de alargar la guerra y tratar de gestionar una derrota del rgimen sin verdadera ruptura con l; lo contrario, es decir, de lo que demanda el pueblo libio. El conflicto entre la OTAN y una parte de los rebeldes es manifiesto, como lo es entre los rebeldes y la cpula dirigente del CNT. Hemos escuchado en los ltimos das las denuncias muy agresivas -dirigidas tanto a EEUU e Inglaterra como a Mustaf Abdul Jalil y Mahmud Jibril- de Abdelhakim Belhaj e Ismail Salabi, comandantes rebeldes vinculados al islamismo militante. Como en Tnez y en Egipto, los islamistas estn bien organizados y tienen fuerza, pero no son ellos los que comenzaron las revueltas. Es muy triste ver de pronto a un cierto sector de la izquierda unirse al coro de la guerra contra el terrorismo y la amenaza de Al-Qaeda, precisamente cuando las revoluciones rabes demuestran su escassimo ascendiente sobre la juventud rabe. Cualquiera que sea o haya sido la relacin entre Al-Qaeda y el Grupo Combatiente Musulmn Libio, las declaraciones pblicas de sus lderes en favor de un Estado civil y una verdadera democracia, muy poco crebles, demuestran un gran conocimiento de la corriente que empuja en estos momentos la regin. Desde la izquierda tenemos quizs que aceptar la idea de que el mundo rabe inevitablemente ser gobernado por el islamismo en los prximos aos -si se le hubiese dejado gobernar hace veinte hoy se habran librado ya de ellos-, pero la triunfal visita de Erdogan a Egipto, Tnez y Libia indica que ese islamismo ya no ser el de la yihad y el atentado suicida, como interesaba a la UE y EEUU, sino un islamismo democrtico cuyos lmites, en todo caso, se revelarn tambin enseguida a los ojos de una poblacin juvenil excedentaria crecientemente integrada en las redes de informacin global.

Como quiera que sea, la izquierda, que carece de armas y dinero, slo debera atreverse hablar despus de haber imaginado qu hara con ellas -armas y dinero- si las tuviera. Se las habra dado a Gadafi? Se las habra dado a los rebeldes anticipndose a la OTAN? Lo que debe saber la izquierda occidental es que apoyando a Gadafi, no apoya a Chvez (contrapunto democrtico del tirano libio, no obstante sus absurdas declaraciones) sino a Aznar y a Berlusconi y, an peor, a Ben Ali y Moubarak. La izquierda rabe, muy realista, sabe lo que habra significado una victoria de Gadafi para la Primavera Arabe an en curso. No hay que olvidar que Gadafi apoy al dictador tunecino tras su salida del pas, amenaz a su pueblo y trat de desestabilizar sus nuevas instituciones para restablecer a la familia Trabelsi en el poder hasta que -precisamente- la rebelin popular libia del 17 de febrero frustr todos sus planes. El sofocamiento a sangre y fuego de la revuelta libia hubiera puesto en peligro los logros revolucionarios de Tnez y Egipto, alentado una represin an mayor en Yemen y Siria y congelado todas las protestas que retoan de nuevo en Marruecos, Jordania y Bahrein. No se puede -no se puede, no- estar a favor de las revoluciones rabes y de Gadafi al mismo tiempo. Paradjicamente, los que apoyan a Gadafi apoyan sin darse cuenta la ofensiva contrarrevolucionaria de la OTAN en el norte de Africa.

Quizs prefiramos un orden malo, con tal de que sea invencible, mejor que un desorden ambiguo en el que existe alguna posibilidad de vencer, aunque sea a largo plazo; quizs hubiramos preferido que el metepatas de Mohamed Bouazizi no se hubiera inmolado incendiando toda la regin (con lo tranquilos que estbamos); quizs hubiramos preferido que los pueblos rabes no se hubieran levantado si no podan ser marxistas y si al final no va a servir para nada o slo para que gobierne el islam o para que un puado de humillados y ofendidos respiren un poco. Pero no somos nosotros quienes decidimos. Lo cierto es que los pueblos rabes, incluido el libio, han decidido desembarazarse de las dictaduras ms largas del planeta, descongelando una regin del mundo petrificada desde la primera guerra mundial y condenada a servir una y otra vez intereses ajenos; y con esa decisin la han devuelto a la corriente central de la historia. Podemos dejarnos llevar por nostalgias de guerra fra; podemos ver tranquilizadoras conspiraciones de los mismos malos de siempre, ahorrndonos as el esfuerzo de acercarnos a nuestros afines sobre el terreno y de analizar con cuidado los nuevos actores que intervienen en el escenario global; podemos hacer discursos en lugar de hacer poltica; y regaar a los rabes en lugar de aprender de ellos. O podemos solidarizarnos con los pueblos que en estos momentos estn tratando de terminar una historia o de empezar una nueva; con los que, como Siria, Yemen, Bahrein, tratan de sacudirse el yugo de sus dictadores y con los que, como Tnez, Egipto y Libia, tienen que intentar librarse, a partir de ahora, de distintas modalidades de intervencin extranjera.

http://www.gara.net/paperezkoa/20110919/291607/es/Libia-caos-nosotros

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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