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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-09-2011

Mirta Yaez
Sangrando por la herida

Margarita Mateo
La jiribilla


"qu seras en el antes, la madre, la concertista, la prostituta, la que tena el tedio, la alienada, la del amor platnico, la asexual, la torpe, la que no tuvo continuacin? Lina de Feria: Mujer que habla sola en un parque de Calzada

 

La reiterada visin apocalptica de la mujer que habla sola en un parque del Vedado donde Poseidn, el de las guedejas petrificadas, ya que no el de tanto crespo mal lavado, contemplaba hasta hace poco el transcurrir del siglo XX habanero aparece casi desde los inicios de la novela de Mirta Yez, Sangra por la herida, texto engarzado por un denso contrapunteo de voces que responden a diversas experiencias. Muy variadas son las edades, contextos y peripecias puestos en juego a travs de la multiplicidad de personajes: pequeas ventanas abiertas a mundos diferentes, pero que confluyen en algunas coordenadas esenciales. La principal se desarrolla bajo la gida del smbolo femenino ms recurrente y universal, encarnado en La Pelona, aquella que llega a esta novela, no a imponer los reclamos del carpe diem, ni a desatar ubisnticas nostalgias, sino a pedir respuesta blandiendo el sesgo afilado de su implacable guadaa, a las difciles interrogantes de Sandor Marai citadas al comienzo por la autora:

Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son estas: Quin eres?... Qu has querido de verdad?... Qu has sabido de verdad?... Con qu y con quin te has comportado con valenta o con cobarda?... Estas son las preguntas. 1

La muerte, presencia rectora de Sangra por la herida, muestra su rostro de los ms dismiles modos: mueren los pollos entregados a la poblacin para paliar el hambre, mueren los gatos, gimen los perros en la alta madrugada de apagones, agonizan las enfermas de cncer terminal, mientras los miembros dispersos de La descuartizada de Alamar van apareciendo poco a poco en distintos sitios de La Habana del Este, y la sombra de La Difunta suicida contina danzando desde la sutil acrobacia de su vuelo mortal, sobre una ciudad que tambin se est muriendo.

 

Dedicada A los amigos que dejaron de pintar, de tocar el piano, de hacer teatro, de escribir un poema, de soar sus sueos, por las razones que fuesen, esta novela de Mirta Yez constituye una dolorosa recuperacin de la memoria, implacable y valerosa revisin de los hechos del pasado a travs de una mirada que no teme poner el dedo sobre la llaga, ni hurgar en las heridas del corazn. El examen de conciencia realizado por el personaje de Gertrudis, cuyos recuerdos no tienen de Cancerbero un palacio, ni desembocan en el hueco negro de la anciana desquiciada, parte de la siguiente reflexin:

A veces los muertos preguntan qu fue de nosotros?, nadie se acuerda?, quin va a hacer la historia? Basta apenas un poco de olvido para que los muertos y las muertas acudan impacientes a pasar la cuenta. 2

La visin infernal y brbara de uno de los ejes espaciales de Sangra por la herida se sita en el levante de la capital, donde las hordas musicalsimas, bailadoras y vocingleras parecen haber tomado el mando lo marginal convertido en mainstream, aduendose de los espacios pblicos. Una vocacin, diramos costumbrista o apegada al color local (si utilizsemos los trminos de la doctora Yez en su ensayo El matadero: un modelo para desarmar) puede apreciarse tanto en la voz de los narradores como de los personajes de su novela. Sin embargo, sera ms exacto hacer referencia a su profundo apego a lo popular que no hay que ser muy sagaz para advertir en ttulos como Todos los negros tomamos caf, El diablo son las cosas, Una memoria de elefante, Del azafrn al lirio o La hora de los mameyes. Por descontado, la barbarie citadina representada por antonomasia en algunas de las tribus que habitan la enorme ciudadela del este de la capital poco tiene que ver con lo genuinamente popular y confluencia de diversas tradiciones de lo cual s sern exponentes en la novela personajes como Yuya agraciada devota de Sanfancn a travs del Chino de la Charada, quien, en una muestra de la ms rancia vecinera criolla, es la que asiste a Lola, la anciana solitaria.

Ese apego a lo popular, sazonado con la cotidiana prctica de un choteo insular ingeniosamente matizado por el toque irnico, era rasgo caracterizador de aquella joven y delirante profesora de la Escuela de Letras que, respondiendo a las claves ocultas que tanta acumulacin de desgracias haba codificado entre nosotras, dio la respuesta esperada por m cuando le comuniqu la muerte de mi abuela: una estentrea carcajada que provoc el estupor casi indignado del claustro departamental, ajeno a nuestros macabros cdigos, puro mecanismo de defensa ante la adversidad. No se trataba, por supuesto, de una burla por la suerte de mi abuela, sino del humor para enfrentar el mal destino que depositaba sobre nosotras tantas tribulaciones a la vez.

La literatura est llena de espejos, afirma el narrador de uno de los breves relatos de Falsos documentos 3 , cuando Ludovicus Borg y Adolfina Casares se dan a la tarea de reproducir la estirpe abominable del refractario cristal. En Sangra por la herida aparecern, con frecuencia, algunas variantes del espejo literario. El denominado tema del doble, por ejemplo, marcar la relacin de Herminia y Tristn, los homnimos ibeyis que ponen en jaque las identidades tradicionales, y en arriesgados camuflajes, transgreden los lmites genricos.

Como en un espejo deteriorado por el tiempo, del que la ptina de azogue se ha ido desprendiendo para mostrar agujeros, ya no negros, sino transparentemente vacos, se desarrollan las escenas del entierro del cadver de La Difunta y el de la exhumacin, aos despus de los restos de Toms. Los dos rituales, a pesar del tiempo transcurrido y del diferente signo que presentan inhumacin y exhumacin de mortales despojos confluyen en la soledad y, en ambos, un amigo cercano quedar excluido de la ceremonia, mudo testigo del abandono que acompaa a estos muertos suicidas.

Por ltimo, tambin como una duplicacin, es narrado el momento estremecedor en que Lola no la que muriendo pidi ver al hombre que le haba quitado la vida, sino la anciana que contina an, como la novela toda, sangrando por las heridas abiertas aos atrs, luego de una larga caminata por el Vedado, donde los paisajes de la memoria se superponen a las ruinas del presente paseo dominical tornado expiatoria peregrinacin, se encuentra con la mujer que habla sola en el parque del Carmelo, rplica de aquella del conocido poema de los 60, convertida por Mirta Yez en personaje de ficcin, y halla en sus ojos el reflejo de su propia mirada. En esta escena lo especular parece diluirse para dar paso a una cortazariana figura cuando el recuerdo de La Difunta complete la desgarrada trada femenina que finalmente desencadena el reconocimiento de la culpa, abismada anagnrisis que conduce al arrepentimiento.

Si me fuera dado dialogar con un personaje de ficcin atravesando la raya del To Flix que ilusoriamente separa la vida de la muerte, lo testimonial de la fantasa lindero entre realidad y sueos, me gustara decirle a Gertrudis, ese personaje muy cercano al espritu de Todas las negras tomamos caf, que a pesar de los fluidos que junto con los leones desatados del Prado, los comejenes, las auras tiosas y el remeneo y empuja empuja de los edificios, que amenazan la ciudad, las memorias dolorosamente evocadas por ella no se han borrado. Por el contrario, hallan expresin en un ejercicio de saneamiento escritural, necesario exorcismo limpieza que se lleva lo malo, trovadoresco rabo de nube, huracn carpenteriano que ahuyente los temores lapidarios que an puedan acechar.

Con una fecunda obra literaria que ha transitado por diversos gneros y obtenido, entre otros reconocimientos, tres Premios Nacionales de la Crtica Literaria, Mirta Yez, empeo de escritura defendido a capa y espada, da fe, con esta novela, de una sostenida vocacin que comenzara a expresarse pblicamente muchos aos atrs en un pequeo libro de poemas editado por la Imprenta Universitaria. Como escribiera entonces Jos Antonio Portuondo:

Cuando Mirta Yez escribi Las visitas era una nerviosa, sensible estudiante de Letras Hispnicas, que acababa de hacer el peregrinaje de La Habana Vieja con sus compaeros de la asignatura de Historia del Arte. [] La ciudad, para todos fue un muestrario, vitrina de museo puesta al examen de un grupo de estudiantes que aprendan a mirar, y a ver, con ojos crticos su ciudad. Para Mirta fue, adems, el hallazgo de una vida profunda, latente entre las piedras y los cristales, [] tendida del ayer hasta el maana, anticipando recuerdos futuros. 4

Esos futuros recuerdos se tienden ahora, en Sangra por la herida, en un arco dirigido del hoy al ayer a travs de una mirada que aprendi, desde entonces, a mirar y ver crticamente la ciudad amada, pero tambin vislumbran un camino que hay que transitar limpio de abrojos.

 

Texto de presentacin de Sangra por la herida, Mirta Yez, Ediciones UNIN y Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010, 219 pp. Publicado en La Siempreviva.

Notas:

1- Mirta Yez: Sangra por la herida, Ediciones UNIN y Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010, p. s/n

2- dem, p. 9.

3- Mirta Yez: Falsos documentos, Ediciones UNIN, La Habana, 2005.

4- Mirta Yez: Las visitas. La Habana, Comisin de Extensin Universitaria, Imprenta Universitaria, 1971, p. 7.

Fuente: http://www.lajiribilla.cu/2011/n542_09/542_17.html



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