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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-10-2011

Espaa
Sindicalismo y 15-M

Carlos Taibo
Diagonal


La extensin de la protesta al mundo del trabajo no es una necesidad slo para el 15-M: es una demanda general entre quienes aspiran a cambiar radicalmente las reglas del juego. Y lo es tanto ms cuanto que el capitalismo que padecemos est retornando a muchas de las frmulas ms abrasivas que utiliz en el pasado. Cualquier proyecto consecuentemente anticapitalista tiene que hacerse valer entonces, en lugar central, en el mundo del trabajo, en el que hoy por hoy, y al amparo de lo que hacen los sindicatos mayoritarios, falta dramticamente el espritu de rebelin que nace de un impulso como el del 15 de mayo.

Es verdad, con todo, que las dos instancias que estaran llamadas a relacionarse -el propio 15-M y los sindicatos- arrastran problemas no precisamente menores. Por lo que al movimiento se refiere, lo suyo es recordar que exhibe una condicin interclasista -en sus filas se dan cita ante todo miembros de las clases medias eventualmente desclasados, con una ausencia llamativa de trabajadores asalariados- y que su presencia en fbricas, oficinas y comercios resulta menor. Parece innegable, aun as, que con el paso de los meses en el 15-M ha ido perdiendo terreno el discurso ciudadanista en provecho de frmulas que beben con claridad de la protesta activa, y con vocacin de permanecer, del capitalismo. El se va a acabar, se va a acabar, se va a acabar la paz social, tantas veces coreado en las manifestaciones, retrata bien esa deriva.

Por lo que respecta a los sindicatos, es sencillo zanjar la cuestin si estamos pensando en lo que suponen CCOO y UGT: dramticamente instalados en la lgica del sistema, dependientes del erario pblico y burocratizados, los sindicatos mayoritarios muestran hoy una nula capacidad y una nula voluntad de respuesta ante agresiones sin cuento. No puede decirse lo mismo, por fortuna, del sindicalismo resistente, empeado a menudo en superar muchas de las cortedades de miras caractersticas de las propuestas estrictamente sindicales. En ese sindicalismo resistente, que tiene una condicin minoritaria, no falta, con todo, cierto conservadurismo encaminado a preservar los logros orgnicos alcanzados y remiso a grandes aventuras que puedan poner aqullos en peligro. Ello es as por mucho que sea cierto que mantiene con el 15-M una sintona general que bebe de la comn defensa de la asamblea y la autogestin.

Aunque las disonancias no escasean, conviene subrayar, sin embargo, que hay tambin vas de acercamiento: el espritu del 15-M se hace valer, sin duda, en determinados segmentos del mundo del trabajo, al tiempo que el sindicalismo resistente transmite al movimiento una dimensin obrera y anticapitalista. En estas horas el principal instrumento de permeabilizacin mutua lo aporta, sin duda, la posibilidad de convocatoria de una huelga general. Aunque uno entienda el proyecto de sindicalismo sin sindicatos que defienden determinados sectores del 15-M, el criterio ms extendido sugiere que al respecto, y descartada por completo la sintona con CCOO y UGT, parece ms razonable ir de la mano del sindicalismo resistente.

No est de ms que prestemos atencin a un puado de elementos que rodean esa eventual convocatoria que acabo de mencionar. El primero es el hecho, palpable en los ltimos meses, de que dentro del sindicalismo resistente se estn registrando esperanzadoras aproximaciones entre fuerzas que tiempo atrs se daban la espalda. Ello sucede ante todo en el mundo anarcosindicalista, que configura a buen seguro un ncleo importantsimo de la resistencia sindical. Sobran las razones para concluir, por lo dems, que esta ltima tiene mucho que ganar y poco que perder. Lo que hoy por hoy parece indiscutible es que el sindicalismo alternativo slo pierde si no mueve pieza y no aprovecha una tesitura tan singular como la que atravesamos.

En un terreno prximo hay que recordar que la convocatoria de una huelga general colocara en una situacin delicada, e interesante, a los sectores crticos que trabajan dentro de CCOO y UGT, obligados a asumir decisiones contra la posicin que con certeza defendern -tambin en situacin delicada- las direcciones de esos dos sindicatos. No se olvide al respecto que todo hace pensar que, habida cuenta de las agresiones que padecen muchos derechos laborales y sociales, hay una mayora de la poblacin que simpatizara con la perspectiva de una huelga general, tanto ms cuanto que parece evidente que nuestros gobernantes no van a abandonar en ningn momento el guin que nace de su supeditacin al capital y sus intereses.

No parece razonable, en fin, valorar el xito o el fracaso de una huelga general sobre la base exclusiva del nmero de trabajadores asalariados que se suman a aqulla. Tanto relieve como ese nmero tienen otros dos factores: el efecto disruptivo de la actividad econmica que puede derivarse de la accin de muchos de los jvenes desempleados o precarios que se mueven en la rbita del 15-M, por un lado, y el horizonte de que la huelga, a tono con muchas de las querencias de este ltimo, lo sea tambin de consumo, por el otro.

Las cosas como fueren, y dado que las huelgas anteriores no se han caracterizado precisamente por xitos rutilantes, es difcil que la palabra fracaso tenga que aplicarse, una vez verificada, a la que ahora nos ocupa. Ya he adelantado que lo que a los ojos de muchos sera un fracaso es no convocar esa huelga. No olvidemos que estamos hablando de un fenmeno de dimensin fundamentalmente simblica que constituye antes el inicio de un proceso que su objetivo final. Un proceso, dicho sea de paso, en el que el movimiento del 15 de mayo debe cimentar su expansin orgullosa en el mundo del trabajo y, con ella, un horizonte que los ms ambiciosos tienen, sin duda, en la cabeza: el de una huelga general indefinida.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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