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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-10-2011

Sala de espera en Trieste

Higinio Polo
Rebelin


Trieste es una extraa y decadente ciudad, recluida en los confines de Italia. Dice Claudio Magris que la exposicin barcelonesa que le han dedicado a l y a su ciudad (La Trieste de Magris, en el CCCB), es la ficcin de un lugar, un decorado, y tambin un arca, que navega, como si estuviramos en los das en que el Lloyd Triestino viajaba a la China con buques de pasajeros y mercancas, como el clebre espresso Italia-Bombay-Shanghai. Trieste est en una lengua de tierra de apenas cuatro kilmetros de profundidad volcada al golfo, entre el mar y el territorio de Eslovenia a su espalda, aunque tambin este pequeo pas, fruto amargo de las luchas fratricidas de Yugoslavia, tan relevante para muchos triestinos, se asoma a la pennsula de Istria y al mar Adritico, con apenas quince kilmetros de costa, porque el resto de Istria pertenece a Croacia.

Sin embargo, pese a las palabras del autor de Microcosmos, tengo la impresin de que al escritor triestino le han montado una carpa de circo, llena de malabaristas y acrbatas, donde l mismo oficia como maestro; una carpa donde vemos la historia de Trieste en blanco y negro, para que la nostalgia ajena nos alcance. Es una magnfica exposicin, aunque casi no nos ensea el enfrentamiento, la vida de sus trabajadores, la lucha por el espacio entre sus habitantes, que ignora, no s si deliberadamente, que la ciudad es un espacio social, y se recrea en una idea biologista de la urbe, como si fuera un ser, ignorando que la ciudad es, sobre todo, el escenario de la lucha poltica. As, Trieste parece una obra de arte site-specific, hecha para un lugar, que no puede entenderse sin un contexto que se quiere frtil, pero que es tambin dramtico y angustioso. Tal vez, esa ciudad no existe, o es una sala de espera circunstancial, que cambia y envejece, temerosa de la decadencia definitiva, observadora del temor que atenaza a Europa.

La irrealidad de Trieste, de la que habl el escritor Hermann Bahr, es la ficcin de esta carpa de circo, con sus diferentes espectculos, con sus decorados de ocasin, con sus maletas apiladas, con la voz de Magris o de ciudadanos annimos perdindose en las salas, con sus personajes amargos o tiernos. Bajo la carpa, vemos un tranva cremallera que sube desde la ciudad a las colinas, sentimos la bora, escuchamos a los desocupados parroquianos de caf, imaginamos la Piazza Unit con las motocicletas nazis de la Wehrmacht o con los jeeps norteamericanos de posguerra, pero apenas percibimos el mpetu de las luchas obreras; y los amables gestores de la muestra nos acompaan tambin a un paseo por el ro, y, de esa forma, Magris nos hace recorrer los meandros del Danubio, claro, y vamos a Ulm, la de Einstein y la del sastre de Brecht; llegamos a Mauthausen, a Budapest, a Viena; escuchando a veces la Internacional, avistamos la Belgrado de los bombardeos de la OTAN, aunque Magris no lo sospechase cuando la calificaba como el escenario de un carrusel de las desilusiones, y no pudiese imaginar que los viejos nacionalismos y el civilizado Occidente competiran para ahogar en el horror a la vieja Yugoslavia de la que Belgrado es una vctima ms.

Dicen que Trieste es un mito italiano. Es posible. La ciudad ha pasado por muchas manos, y fue, incluso, el Estado libre de Trieste entre 1947 y 1954, a semejanza de otros molestos enclaves internacionales, como Tnger, o como el Stato libero de Fiume que forz DAnnunzio con su ocupacin militar en 1919. El Tratado de Paz de 1919 hizo que Trieste pasase a ser territorio italiano, abandonando la potestad de la casa de Habsburg-Lothringen despus de aos de irredentismo, de forma que se incorpor a la regin italiana de Venezia-Giulia, convirtindose en su capital. No fue su ltima transformacin: incluso se anexion al Reich alemn en 1943. Pero Viena est a cuatrocientos sesenta kilmetros de Trieste, de forma que casi podemos or los rumores de los teatros vieneses, notar el recuerdo del imperio, atisbar los excesos de la secesin. En las calles de Trieste se encuentran tambin los refugiados, los trasvases de poblacin, la identidad perdida de tantos istrianos, y, adems, la condicin extraa de los eslovenos, croatas, alemanes, albaneses, griegos, que permanecieron en ella.

Se ha especulado con la condicin de Trieste, con su peculiar forma de ser un no-lugar (nowhere, como quieren los britanos) debido a la mezcla de alemanes, italianos, eslavos, griegos, judos, exagerando incluso y llamndola el laboratorio de Europa, olvidando que esa caracterstica era propia de muchas ciudades centroeuropeas, y de Oriente Medio, en los dos ltimos siglos. El entusiasmo excesivo de los montadores de la carpa les lleva a decirnos que Trieste es uno de esos no-lugares, donde podemos preguntarnos si estamos en China o Japn, tal vez en frica, pero, aunque es evidente que all se han mezclado poblaciones, Trieste est muy lejos de parecer Oriente, o frica. Pero la dinmica Trieste que enviaba buques a medio mundo ha cambiado mucho, y, desde los aos cincuenta, la ciudad sigue perdiendo habitantes, y no es extrao que se perciba la decadencia.

Al entrar en la muestra, me golpe el viento de la ciudad, la bora, que sopla tan fuerte que el municipio instala cuerdas en las calles para que los ciudadanos se agarren a ellas, para no ser arrastrados hasta el mar. Ese viento baja desde los Alpes, desde el altiplano que los eslovenos llaman Trnovski gozd (al fin y al cabo, est en su territorio) y los triestinos Selva di Tarnova, y se precipita sobre sus vas; en ocasiones, llega a alcanzar ciento ochenta kilmetros por hora. Se ha repetido muchas veces: es una ciudad de frontera, italiana, eslava y germnica, porque cruza esos tres mundos, puerto franco (como Fiume, Rijeka) del imperio austrohngaro que se convirti en la primera Babel de Europa, en palabras de Giorgio Pressburger, quien nos asegura que esa exposicin es un viaje, para sentir el cielo, y el agua del mar Adritico, y el viento que nos arrastra.

Estamos acostumbrados a entrar en los lugares de la ficcin, y eso es este espacio que han construido, esta carpa, este simulacro de una ciudad inexistente, con su caf y su librera, con el viento arrastrando los recuerdos del pasado. La gente y las calles de Trieste, los paisajes abruptos del Adritico, son su pueblo Potemkin?, se interroga Magris, que se sabe oculto, perdido, entre la gente apresurada o tranquila que se mueve, entre los paisajes familiares, en ese punto donde tantos creen, equivocadamente, que empieza el mundo oriental, los Balcanes y el Turco, la tierra desconocida; tal vez, el peligro. Es una ciudad extraa, cuyo nombre, en esloveno, Trst, no tiene ninguna vocal y parece un palndromo herido, agujereado como las piedras krsticas de su costa. Cuenta, incluso, con un Orto lapidario (un lugar con un preciso y buclico significado para un italiano, pero ms equvoco para un argentino) de columnas, escudos e inscripciones, e incluso con un cenotafio de Winckelmann, que, no en vano, fue asesinado en la ciudad y su cadver enterrado en el cementerio de la cercana catedral de San Giusto.

As, Magris nos acompaa, y vamos de las piedras del Carso, trabajadas, pacientes, casi chinas, como quiere la sabia tradicin de la jardinera oriental, a la Risiera, la arrocera atroz, y llegamos, perdidos, a la reunin de Berln, de 1922, tan relevante para el psicoanlisis, donde vemos a Freud con un puro en la mano, fotografiado junto a Sndor Ferenczi, Ernest Jones, Karl Abraham, Otto Rank, Max Eitingon y Hans Sachs. Magris incluso nos deja ver los dibujos de un pintor encerrado en el hospital psiquitrico San Giovanni, cuyos cuadros miro de forma apresurada, pasando por ese da de febrero de 1973 en que los internos fueron a las calles de Trieste con un caballo, y un Cavallo, azul, para pedir un lugar en el mundo. Y vemos a Italo Svevo, que muri en un accidente de coche en 1928, y que le prestaba dinero a Joyce, siempre en dificultades, pasndolas magras, hablando entre ellos en el dialecto triestino, con fluidez. Y nos acerca a la librera Antiquaria, cuyo propietario fue Umberto Saba, o Poli, y que se reproduce bajo la carpa del circo con estantes repletos y mesas revueltas de volmenes, que se duplican en los espejos, una librera de viejo que sigue abierta, para esperar tal vez a Federico Almansi, aquel poeta amigo de Saba que se volvi loco o, si no fue as, lo tomaron por tal encerrndolo en un hospital psiquitrico, o esperando a Vittorio Bolaffio, un pintor que dej listo el retrato de Saba.

Ese Saba (poeta como Montale, amigo suyo, quien fue adems el descubridor de Italo Svevo), que viva de su modesta librera de lance, y que tuvo que abandonar Italia a causa de las leyes raciales de Mussolini cuando era ya un hombre mayor (tena casi sesenta aos: el paisaje de la Segunda Guerra Mundial se apoder de sus ltimos aos), es uno de los escritores que han creado el mito de Trieste. Otro de los ms relevantes, Stendhal, vino para ser cnsul en Trieste (como, en otros lugares, lo hicieron Neruda y Paz, Morand y Saint-John Perse), contribuyendo a la imaginera literaria de la ciudad, que llega hasta Joyce, Magris y Wu Ming. El mismo Stendhal dej escrito en unas hojas sueltas que en septiembre de 1830, fue nombrado cnsul en Trieste; [pero] monsieur de Metternich estaba furioso por Roma, Npoles y Florencia y neg el exequatur. Por esa circunstancia, Stendhal fue enviado como cnsul francs a Civita Vecchia, en el Estado del Papa, puesto que conservara hasta su muerte. Trieste lo recuerda: no hace mucho, la municipalidad promovi el espectculo Viaggio a Trieste: Stendhal, il carbonaro che amava le donne. Pero es Joyce quien ms ha contribuido a la gloria literaria de Trieste, con permiso de Svevo, Saba y del propio Magris. Joyce, doliente, se paseaba por las calles, agobiado por su falta de recursos, se emborrachaba como un marinero hasta caer por los suelos, construa el Ulises y, de vez en cuando, escriba algunas cartas a Nora Barnacle que la gente de orden tildara despus de pornogrficas.

Los rincones nos hablan de Claudio Magris, claro, y tambin de Italo Svevo, Umberto Saba, Rainer Maria Rilke, James Joyce, Scipio Slataper. Dice Magris que la ciudad es un escondite, y a m, sin embargo, me parece un artefacto, aunque no por eso menos atractivo. Cerca, en Duino, se instal Rilke en 1912, para empezar a escribir sus elegas en el castillo de la princesa Marie von Thurn und Taxis, a quien se las dedic, y que, a su vez, aos despus, escribira sus recuerdos del poeta praguense. Cuando Rilke estaba en Duino, en los primeros meses de 1912, cabalgando el palacio sobre las rocas mirando el Adritico, Joyce viva en Trieste, en un modesto apartamento del 32 de Via Barriera Vecchia. Podemos imaginar a Rilke bajando por la escalera del Palladio y mirando la Dama blanca que se adentra en el mar, mientras Joyce merodeaba por los callejones de mala nota de Trieste. Ese palacio, que fue destruido en la gran guerra y despus reconstruido, cuenta con un bnker nazi de la Segunda Guerra Mundial, de impresionantes galeras excavadas en la roca, puertas blindadas devoradas por el xido, cascos con la svstica, insignias, condecoraciones, pistolas, en un pequeo museo donde se muestran fotografas de los aos de Hitler, y objetos de la Wehrmacht. La huella nazi queda incluso en la playa formada con los materiales que arrojaron durante la excavacin del bnker.

Magris nos permite curiosear por su vida, y la de Trieste. De hecho, me he sentado en su saln, hojeando un libro, y he estado tentado de estirarme en el sof para esperar a Edoardo Weiss, aquel discpulo de Freud que introdujo en Italia, desde Trieste, el mundo repentino y confuso del psicoanlisis, a ver qu me dice. Umberto Saba cay en sus manos como paciente, adems de otros muchos personajes inquietos de la poca, como la traductora Amalia Popper (que fue alumna de Joyce y una de sus modelos para Molly Bloom) o Roberto Bazlen, un insatisfecho escritor tan amante de la literatura que no lleg a publicar nunca un libro, aunque, a su muerte, dej una novela inacabada en la que llevaba trabajando ms de veinte aos. Por lo visto, la salita de la casa de Magris es igual que sta, y el curioso impertinente puede ver algunos objetos, libros, preguntarse por su existencia con Marisa Madieri, con quien se cas en 1964, y que muri en 1996. Madieri fue una refugiada de la Segunda Guerra Mundial, oriunda de Fiume, Rijeka, que, de nia, acab con su familia en un campo de refugiados instalado en un viejo almacn de trigo triestino.

Magris nos fuerza a pasear entre las rocas krsticas, y nos parece or el rumor del mar Adritico: han trado esas enormes piedras calcreas, agujereadas por la accin del agua, como si fueran chinas, desde Trieste hasta Barcelona, y por ellas pasean y suean algunos de los fantasmas que la furia histrica ha desatado sobre la ciudad, desde los aos de la gran guerra hasta las luchas fratricidas de la guerra civil yugoslava. La guerra ha pasado por aqu muchas veces, y, tal vez por eso, la pennsula de Istria parece una lgrima a punto de caer en el Adritico; no en vano, al otro lado de la pennsula se encuentra la isla de Krk y, junto a ella, Goli Otok, donde Tito encerraba a quienes se le oponan, entre ellos muchos comunistas. Varios miles murieron, torturados o por el hambre. La Segunda Guerra Mundial ha marcado la ciudad, y Magris nos acompaa tambin a la Risiera, un gran edificio construido poco antes del estallido de la gran guerra, destinado a limpiar y preparar el arroz que consuman los triestinos. Igual que construyeron un gigantesco bnker bajo el castillo de Duino, los alemanes crearon en 1943, en el barrio de San Sabba, en la Risiera, un campo de concentracin para agrupar a los deportados que iban a ser enviados a los campos de exterminio. Ms tarde, incluso llegaron a levantar un horno crematorio, que es el nico que se construy en Italia; de hecho, la Risiera se convirti en el nico campo de exterminio nazi fuera del territorio alemn o polaco. Entre sus paredes, los nazis torturaron hasta la muerte, disolvieron en cido los cuerpos de muchos prisioneros, convirtieron a otros en humo y ceniza. Sirvi de lugar para clasificar a los judos que iban a ser enviados a los campos de exterminio, y para eliminar a los partisanos: el horno crematorio, similar a los construidos en Polonia, sirvi para deshacerse de los cuerpos de miles de personas asesinadas.

Cuando los alemanes se retiraron de la ciudad, quisieron destruir los hornos de la Risiera, como en Auschwitz. Aqu, en este infierno, podramos encontrar a Boris Pahor, un escritor casi centenario (naci en 1913) que fue internado en un campo de concentracin nazi y cuyas experiencias volc en su novela Necrpolis. De ese libro es la reveladora y atroz escena que explica por qu pudo triunfar el nazismo: dos chicas que pasean, simulan que no ven ni oyen a seiscientos prisioneros conducidos por los nazis que pasan encadenados por la misma calle haciendo un ruido ensordecedor con sus zapatos de madera que golpean el suelo. En esa indiferencia cmplice, en esa ceguera voluntaria, creci el fascismo. Tambin podramos encontrar a Gianni Stuparich, un oscuro escritor que ya conoci los campos de concentracin durante la gran guerra como prisionero del imperio austrohngaro, y que fue recluido en la Risiera al finalizar la Segunda Guerra Mundial, aunque fue puesto en libertad gracias a los partisanos del Comitato di Liberazione Nazionale. El final de la guerra fue muy complejo y confuso en Trieste. El primer comit de la resistencia se haba constituido en 1943, pero sus miembros fueron detenidos y enviados a Dachau, donde murieron Gabriele Foschiatti, del Partito dAzione y Zeffirino Pisone, del Partido Comunista. El siguiente comit se dividi por la cuestin de si deban participar en l los guerrilleros comunistas eslovenos, opinin que el PCI defenda y el resto de los partidos rechazaba. Por ello, en 1945, el organismo triestino de la resistencia, donde no participaban los comunistas, estaba aislado dentro del Comitato di Liberazione Naciozale de la Alta Italia, donde los comunistas jugaban un papel determinante. Para complicar ms las cosas, a diferencia del resto de Italia, al final de la guerra no se produjo una insurreccin, sino dos: una dirigida por el Comitato di Liberazione Nazionale, CLN; y la otra, por Unit Operaia, el organismo de la resistencia dirigido por los comunistas. El 29 de abril de 1945, las tropas alemanas del Gauleiter Friedrich Rainer y del general Odilo Globocnik (un triestino que lleg a ser general de las SS, furioso perseguidor de los judos, y uno de los organizadores de la solucin final) marchan hacia Austria, y, al da siguiente, el CLN comienza la insurreccin, aunque el 1 de mayo entran en la ciudad los partisanos comunistas de Tito. En 1945, las disputas son duras. Son los das en que Trieste vive en el terrible dilema entre la anexin a Yugoslavia o el retorno a Italia, que se resolver de forma provisional con la lnea Morgan, y con la ocupacin anglo-norteamericana. En el fondo del escenario, la disputa entre Londres y Washington contra Mosc, con el mariscal Tito impulsando la revolucin en toda la regin triestina. Por eso, aunque hoy se olvide, la disputa por Trieste es la primera crisis entre los aliados de la Segunda Guerra Mundial. Cuando los militares norteamericanos y britnicos pasan a controlar la ciudad, otorgarn el privilegio de la representacin de Trieste al CLN, en detrimento de los comunistas.

En la muestra, han reproducido el Caff San Marco, el establecimiento ms famoso de la ciudad, donde Magris ha escrito muchas pginas. Si se enfila la va Cesare Battisti, en Trieste, se ve enseguida, en el nmero 18, la puerta del Caff San Marco, que levanta el cerrojo a las ocho de la maana y permanece abierto hasta medianoche, y que aqu tenemos reconstruido bajo la carpa del circo. Me siento en una de las mesitas, donde los amables organizadores han dispuesto obras de autores diversos, para leer un rato, e imagino el tiempo en que conspiraban en estos veladores contra el Imperio austrohngaro, y falsificaban pasaportes. Cuentan que el caf est igual que en 1914, cuando lo inauguraron. Dentro, puede verse una placa dorada, Poeti e scrittori dellAntico Caff San Marco. In onore di Joyce, Rilke, Svevo, Saba ed inoltre Voghera, Tomizza, Weiss, e Magris, i quali, con la loro presenza, ne hanno arricchito latmosfera. Aqu se relacionaban algunos escritores, y otros sujetos parecidos, y aunque no sabemos el flujo de su clientela, podemos interrogarnos sobre la frecuencia de su relacin, sobre la cantidad de personas, tal vez por encima del nmero de Dunbar, que interactuaban con mayor o menor provecho. Existi tambin el Caff Garibaldi, que frecuentaban muchos intelectuales, empezando por Saba, Svevo y Joyce, y pervive otro caf relevante en la ciudad, el Caff degli Specchi, en el Palazzo Stratti sito en la Piazza Unit dItalia. Es casi un siglo ms antiguo que el San Marco, y tiene una magnfica terraza en la plaza, ante el mar, cubierta con toldos blancos, donde los marinos de la Royal Navy britnica instalaron su cuartel general en 1945: parece mentira, pero los triestinos slo podan visitarlo si eran acompaados por un marino ingls. Los britnicos estaban con los norteamericanos de las TRUST, Trieste United States Troops: en total, ms de diez mil soldados, que, en una pequea ciudad que no llegaba a trescientos mil habitantes, se convirtieron en protagonistas de la vida callejera. Finalmente, la ciudad pas a ser italiana en 1954.

Dice tambin Claudio Magris que sentados en el caf, estamos de viaje, y todos sabemos que hay muchas formas de viajar. En efecto, desde aqu, podemos trasladarnos al instante en que, el 22 de abril de 1944, dos ciudadanos soviticos, del Azerbeijn, pusieron una bomba en el comedor del palacio Rittmeyer donde coman los militares alemanes ocupantes. Murieron cinco de ellos. Los nazis reaccionaron de forma sanguinaria: eligieron a cincuenta y un rehenes, partisanos, y los llevaron ante el palacio. All, los fusilaron, y colgaron sus cadveres de ventanas y escaleras, en la fachada, para aterrorizar a la poblacin. Podemos viajar tambin a los ltimos das de abril de 1945, cuando los partisanos de Tito y los soldados al mando del general britnico Harold Alexander pugnaban por aumentar el territorio bajo su control, que terminara con el trazado de esa lnea Morgan, mientras se sucedan las ejecuciones, las venganzas y el encarcelamiento de sospechosos de complicidad con los nazis. Tambin, podemos viajar para escuchar los disparos de las tropas anglo-norteamericanas que, en 1953, dispararon a matar, a la cabeza, contra los manifestantes triestinos que reclamaban el fin de la ocupacin aliada y el retorno de Trieste a Italia, causando una matanza con numerosos muertos y heridos. Despus, los soldados de Infantera de la Ochenta y ocho divisin norteamericana y del Royal Regiment britnico ocuparon la ciudad instalando nidos de ametralladora en muchos lugares. Eran los mismos aos en que la polica militar mandada por el general Winterton disolva sin contemplaciones las manifestaciones de desempleados organizadas por los comunistas.

Esa era la Trieste que tanto atrae, y que tanto ha cambiado. En el caff San Marco, la correccin es grata; la cortesa, un signo de civilidad, pero la clientela parece condenada al aburrimiento, a la sofisticada vida del tedio inacabable en una ciudad que esconde a otra, al temor a nuevas oleadas de refugiados, as que la extrema correccin de los clientes lleva a echar en falta un cierto riesgo, alguna accin ideada por gente como Jeff Stark, editor de Nonsense NYC, que lleva a los ociosos y a los artistas inquietos a cenas secretas en lugares imposibles, o a subterrneos siniestros en estaciones de metro abandonadas, como hizo en The Underbelly Project. Pero todo eso son delirios de alguien que observa el miedo y la parlisis de Europa, de Italia, de Trieste. Escucho a un visitante, sentado en una de las mesitas mientras sostiene entre las manos Alamut, de Vladimir Bartol, aquel triestino esloveno preocupado por la secta de los asesinos: cuando todo te da miedo, es que te has hecho viejo, como si lo dijese pensando en la ciudad de Magris, y en Italia; y, mirando distrado algunos libros, me doy cuenta de que en el caf, escuchamos a Svevo, o Ettore Schmitz, que trabaj durante toda su vida en una fbrica de barnices industriales, la Veneziani, y que, mientras tanto, segua cultivando su pasin por las palabras, por la literatura, y que conoci a Joyce, siempre a punto de caer en la miseria, con quien le uni una gran amistad. Ese Svevo, en La conciencia de Zeno, dej escrito: Lo recuerdo todo, pero no entiendo nada, como si estuviera hablando de Trieste, y de Europa.

Sentado en este Caff San Marco mirando los naufragios europeos Kosovo, por ejemplo, hojeo los libros de los veladores. Y pienso en Blanqui, vayan a saber por qu; tal vez por la Comuna, aunque, con ms probabilidad, por su panfleto Instruccin para tomar las armas, y por su libro La eternidad a travs de los astros, donde conjetura la idea de mundos paralelos, porque, cree, si el tiempo y el universo son infinitos, tambin lo sern los mundos posibles, de tal forma que, aplicada a esta ciudad de Magris, la historia de Trieste que conocemos no sera la nica posible, como hoy nos parece, y encontraramos otros destinos con los mismos personajes convertidos en otros: un Joyce sin penurias, sin temor a la ceguera; un Svevo esquivando la muerte; unos partisanos izando la bandera roja en la Piazza Unit dItalia. Pero esta Trieste que Magris nos ha enseado se encierra en s misma, y parece no creer en otros mundos factibles. Un siglo de luchas y certezas con italianos, eslavos y germnicos, para acabar formando parte de la misma vieja Europa, que, adems, ignora hacia dnde va. Veo que, bajo la carpa del circo, existe una ciudad falsa, que se esconde entre las calles de Trieste; una ciudad sospechosa, atada a las penurias y delirios de Joyce, a la inquietud de Saba, a la confusin idiomtica y al rigor burocrtico de Svevo, al horror de la Risiera, a la tolerancia religiosa pero tambin al recuerdo de las leyes raciales de Mussolini, al amanecer luminoso del Adritico, al temor de las guerras balcnicas, al desasosiego por el porvenir de Europa, y me doy cuenta de que, en realidad, no estamos bajo la carpa de un circo sino en una sala de espera para atisbar el futuro que se acerca, guardando nuestros miedos, recordando los proyectos fallidos, soportando la fatiga, esperando que alguien nos indique.


*Publicado originalmente en El Viejo Topo.



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