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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-11-2011

Nuestra rebelin urgente: entre las asimetras de hecho y el derecho

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin

Jornadas Situacin en el mundo del derecho a la rebelin. Tenerife, 28-29 de octubre de 2011


1. Su rebelin/contrarrevolucin: nuestro presente

El capitalismo es una rebelin contra los lmites de la condicin humana, un proceso que es constituyente y al tiempo destituyente.
Si usamos correctamente esos trminos e ideas ac expuestas por el compaero Santiago Alba Rico (1), podemos reconocer una prueba de ello en las famosas palabras de Sarkozy en 2008 cuando invitaba a refundar el capitalismo. En ese orden, lo fundado constituyente es destituyente en su refundacin prctica. Tambin podra expresarse que lo revolucionario que instituy lmites formales hace no ms de tres siglos, hoy es contrarrevolucionario. Lo demuestra la violacin de esos lmites, en forma de derechos, que somos los seres humanos y nuestro habitar planetario, es decir finito.

De ese modo, Sarkozy, como Merkel u Obama - da igual quin de ellos-, nos ponen de presente que un movimiento de profundizacin capitalista en la historia tiene ya no slo lugar real sino que busca su plataforma mitolgica. De hecho es un anuncio dirigido a la mente, como el disparo que apunta a la cabeza. Parecido al Fin de la historia que hace ms de veinte aos plante Francis Fukuyama. Es una vuelta de tuerca de lo que ya fue enarbolado; la convalidacin de su rebelin, que, puesta ya en marcha, espera ser reconocida como destino nico de la humanidad. Su rebelin en sus tiempos y espacios, bajo sus leyes. No la nuestra.

Otros dijeron lo mismo antes que Fukuyama, como Friedrich Hayek. Y despus. Como lo repiten hoy no slo intelectuales y polticos del orden de la desigualdad sino nuestros vecinos, sus vctimas: desde el desempleado griego o el precario trabajador espaol, cuyas entrevistas multiplicadas nos enrostran en ms de un programa de televisin. Dicen que estn dispuestos a aceptar las reglas y a defenderlas. Que las normas del ms despiadado neoliberalismo nos regulan y que no tiene posibilidad ningn otro sistema. De ah que parcialmente podamos concluir que la ms honda rebelin capitalista es la que ha traspasado eficazmente lmites ticos de subjetividades, enraizndose como conviccin o resignacin, moldeando y mutilando franjas y revelaciones nerviosas, reas de la sensibilidad y capacidades de nuestro cerebro y de nuestro atlas moral, del mismo modo que ha vaciado de resistencias y alternativas zonas enteras del mundo. Esa contrarrevolucin ha materializado conquistas. Pero evidentemente no es completa ni puede perpetuarse.

As, se han sucedido diversas etapas o ciclos en parte ya caracterizados, de una prolongada rebelin capitalista que est conformada de contrarrevoluciones (en plural), no siempre posteriores sino anteriores y preventivas, frente a los fantasmas de otras rebeliones o revoluciones que lgicamente el capitalismo asume como enemigas, combatiendo sus representaciones culturales, sociales y polticas para poder expoliar o saquear sin oposiciones.

Las estrategias conservadoras nacen, se reproducen y no mueren. Se transforman apenas un poco. No desperdician su experiencia o acumulados. Justo modifican lo que requiera la defensa del statu quo y el pillaje. En el caso de la presente es as. Estamos ante una contrarrevolucin vieja que se renueva, que ha iniciado su carrera de fondo mucho antes que las rebeliones de hoy anidaran sus conatos. Si la comprobbamos paralela a las utopas socialistas, hoy la vemos francamente arquearse para dirigirse contra stas mucho antes que lo sean y superen el embrin de inconformismo, no slo colonizando revueltas apenas signatarias de valores liberales sino usurpando sus beligerancias y logros, codiciando y asegurando las riquezas y necesidades de sus pobladores y territorios fsicos e inmateriales.

Estamos hoy frente a una suma de corrientes reactivas, que se agitan inteligentemente ante las perspectivas de ganancias y ante las amenazas que todava no existen, pero que se predicen importantes, surgidas abajo, de luchas en diferentes frentes de batalla. De gente que entre s ni se conoce ni se presiente; de colectivos en ciernes que desde hace dcadas y hoy bajo el rtulo de la indignacin se enfrentan en algn nivel a la misma lgica de barbarie; humanos y humanas que tratan de contestar de modo diverso a las diversas opresiones del mundo de hoy, en el marco del capitalismo real, en cuya revolucin contra los lmites no cabemos ms que como vctimas y victimarios. La rebelin capitalista contra los lmites no slo acaba a sus enemigos: mata tambin a los hijos de sus gestores, depreda la naturaleza y destruye nuestra comn potencia. En cambio, desde la esperanza y la lucha ejemplarizante de una transformadora rebelin que viene, como resistencia de los lmites, por definicin en su construccin cabemos todas y todos como creadores. Abarcara tambin idealmente de los de arriba sus vidas sin opulencias y el futuro sin privilegios de sus hijos.

Esta utopa lleva no obstante una pesada carga. Hace 65 aos George Orwell escribi la Rebelin en la granja para satirizar y criticar la alternativa de quienes luchando por la libertad, terminaban convirtindose en brutales tiranos. No slo la incoherencia sino la corrupcin del poder era el objeto de su fbula/denuncia. Hoy esta invectiva tiene algn vigor. Basta ver cmo se actualiza en parte por los silencios ante regmenes y prcticas que deberan ser objeto de repulsa, pero que son condescendidas por la conveniencia de alianzas. Histricamente, esa prevencin/reaccin (hoy neoconservadora y neoliberal), se ha alimentado de los errores y horrores de los intentos de revolucin. No hay slo calumnia, es decir mentira. Tambin hay injuria. O sea descrdito a partir de los hechos.

Contra esa acusacin estamos reunidos reflexionando sobre el derecho a la rebelin. Contra el estigma de ser los cerdos en esa granja, seguimos profesando una especie de fe pueril en la liberacin o en la emancipacin del ser humano y en la mejora sustancial de nuestro habitar en el planeta, respetando la Madre Tierra. En este ejercicio, podemos ser ingenuos e ingenuas al especular puristamente sobre el nuevo movimiento de la historia a partir de las nuevas rebeliones conciliadas, o al pensar stas sin las contradicciones propias, ms cuando implican violencias explcitas, o al pensarlas sin las contradicciones que justamente impugna el ser rebelde, de las que se defiende y a las que por lo mismo ataca. Esto no significa cinismo sino reconocer la complejidad no slo fctica sino moral de este tema que repensamos en esta isla, simblica, en la que nos hemos convertido los que creemos desafiar ticamente un orden, en medio de un ocano de realismo, de clculo, de fatiga.


2. La banalizacin de la rebelin y el filtro de las alianzas

Compartida la conjugacin sealada por Santiago Alba Rico, se insiste en ella para ahondar en un debate. Efectivamente, los dos conceptos del derecho a la rebelin se hacen uno, se enlazan los dos trminos, y al tiempo por su naturaleza se distinguen de cualquier otro fenmeno, por constituir en s misma una fuente de rebelin y de derechos, superadora de opresiones estructuradas. Ese carcter de fuente es por lo tanto irrebatible. Por ello, quedan comprendidas en su horizonte las luchas que buscan hoy garantas reales de poder democrtico de pueblos histricamente violentados y marginados, es decir tienen derecho a rebelarse cuantos pueblos sean objeto de servidumbres y violencias sistmicas que burlan su libertad real, su futuro, sus aspiraciones de igualdad y bienestar. Si tales procesos de remocin de regmenes injustos expresan el valor de la rebelin, en Egipto este ao, por ejemplo, lo es con igual razn, a la luz de las necesidades y las implicaciones de su ejercicio, el derecho a resistir a la ocupacin en Palestina o a rebelarse contra el terrorismo de Estado o contra la lgica homicida y suicida del capitalismo global que objetivamente mata a miles de seres humanos cada da y que condena a mayor miseria a la mayor parte de la humanidad, vivida como se vive la opresin en extremas condiciones.

La rebelin, nuestra rebelin, contra la rebelin del capitalismo destructivo, es por tanto la resistencia de los lmites ante lo que nos esclaviza. Por definicin, ese derecho a rebelarnos tiene y contiene lmites. Su potencia est demarcada por el principio conocido de no todo vale. Contra eso se rebela. Contra la sentencia de que todo vale y de que todo tiene precio. Mandamiento ste que nos domina sin contemplaciones, es decir sin lmites, traducido en el tambin conocido axioma endilgado a Maquiavelo: el fin justifica los medios. Si su rebelin capitalista mata hasta el suicidio, la nuestra se defiende. No sin dilemas y sin discernimiento de los mismos, sobre medios y fines. Se resiste en nombre de los lmites, a partir de los lmites. Nuestra rebelin es y debe ser vidente y certero lmite material y moral frente a lo que mata. En otras palabras, copiando a Mario Benedetti en su poema Contraofensiva: Si a uno le dan palos de ciego, la nica respuesta eficaz es dar palos de vidente.

Compartida tambin la impugnacin que retoma la palabra rebelin para sealar el orden capitalista que se rebela destructivamente contra los lmites, definida su rebelin dominante y cerrada frente a la nuestra, dominada y abierta, debe no obstante advertirse que hablamos de rebeliones no slo diferenciadas sino opuestas. Ese deslinde es fundamental. Reitero por eso la referencia a otro gran escritor del Sur. Vuelvo a recordar a Cortzar (2). Slo para decir que el concepto de rebelin, siempre un paso adelante de nosotros, vuelve a enfermarse y a ser robado. En consecuencia, debemos mantenernos alerta, ms ahora de cara a las alianzas que se suponen liberadoras y un mal menor, no slo aceptadas sino promovidas hipcritamente en nombre de la defensa de los derechos humanos.

Tal es el caso de posiciones como la de Vicen Fisas, que se presuma era un autor pacifista. Mientras no pide lo mismo para situaciones como la colombiana, que conoce, y en la que funge como asesor, explicaba en relacin con Libia: No todas las intervenciones militares son defendibles, pero algunas tienen razn de ser. Y ahora lo que toca es apoyar a todas las revueltas populares de los pases rabes, con medios polticos, sociales y econmicos, y si alguna de estas revueltas es ahogada por las armas de un tirano, es menester darle respuesta con otros medios, para frenar la embestida y crear una situacin donde luego sean los medios polticos los que discurran. Es la doctrina del mal menor lo que justifico, siempre y cuando no sea convertido en exponente de todas las virtudes, porque la guerra, siempre, es lo contrario de la virtud. No se olvide. Pero tampoco podemos dejar de ver que Gadafi ya realiza una guerra contra sus ciudadanos, y eso hay que pararlo como sea y con rapidez, aunque nos crea contradicciones y malestar interno (3).

Esas alianzas son aprobadas abstrayndose de una realidad poltica y moral, no solamente a partir de un historial sino de una proyeccin estratgica, pues resultan tejidas como coaliciones con el imperialismo (y sus aristas de neofascismo y sionismo), nada menos!, cuya impronta se dispensa o excusa, arguyndose excepcionalidad, oportunidad y temporalidad, en tanto aquel imperialismo y su fuerza bruta es condicin de posibilidad o motor de eficacia y realismo de las denominadas nuevas rebeliones, as hipotecadas, colonizadas, envenenadas y desvirtuadas por criminales ms poderosos que los que aquellas rebeliones pretenden derrocar. Libia es un clarsimo ejemplo.

En septiembre de 2011 vimos a Sarkozy y a Cameron all, en la primera lnea del triunfo revolucionario junto a los jefes rebeldes, cuyas hordas sodomizaron un mes despus a Gadafi antes de ejecutarlo. Ah quedaron representados los valores de esa alianza civilizatoria, de la que particip Espaa, parte de ese conjunto que en nombre de la rebelin se reclam en la prctica como garante de un nuevo orden de libertad, progreso y democracia. Tal francs no es en absoluto ni Robespierre ni Danton, y tal ingls no es Cromwell, el controvertido poltico y militar ingls que es recordado como regicida y como genocida de irlandeses. Sarkozy y Cameron, a partir del alegato utpico de los valores de la rebelin como humanismo, deben quedar en nuestra retina del mismo modo que los inspiradores de esa intervencin, junto a los brbaros que torturaron y asesinaron al ya destronado tirano libio, que al menos muri rivalizando.

Un simple repaso a diarios y libros de este convulsionado 2011, por ejemplo en Espaa, nos ensea a la derecha de los partidos PP y PSOE tratndose como rebelde. Antes se mostraba igualmente como indignada. No es una caricatura. En tanto la indignacin es una implosin en la esfera subjetiva, el rechazo que supone o expresa a algo injusto puede llegar a ser tan ordinario o comn como factible es el gesto en una cada, sin comprometer ms all. Pero no debera ser as con la rebelin, que no es lo mismo que rebelda a secas. La rebelin en su dimensin objetiva y colectiva no puede ser trivial. Sin embargo nos la tratan de confundir como si se tratara de una alharaca. Nuestra y de ellos. Basta ver atentamente la realidad para comprobar la banalizacin del trmino rebelin, tergiversado y abusado por la prensa, por ONGs y artistas tambin triviales, por los llamados formadores de opinin y por personas con acceso a cualquier micrfono y tribuna, muy lejos de los sufrimientos que causa el capitalismo y sus guerras. Tal hurto hace parte sutilmente de la estrategia de contrarrevoluciones que estn en curso. Los ladrones del nombre rebelin son adems dirigentes homicidas. Con sus decisiones matan hombres y mujeres, por lo general muy pobres y en estado de indefensin. Sus violencias no son juegos de nios. Producen letales resultados cada hora.

Ha sido as estos meses en los que verdaderos gritos de rebelda se han asimilado como rebeliones, sin serlo del todo o estrictamente, no porque aquellos que protestan se hayan propuesto falsear o engaarnos, sino en tanto el concepto se ha usado sin distincin, cuando corresponda el trmino en su mayor profundidad y autenticidad a la idea de revuelta, con vocacin de ruptura, no de renovacin; en situacin de inferioridad manifiesta; no mediante alianzas con el poder. No era necesariamente una revolucin, en la mxima representacin que podemos hacernos. Pero tampoco la rebelin era un simple tumulto, por ms serio que ste sea, si esa convulsin no logra trastocar instrucciones del Capital. Por eso vale considerar a la defensiva que el concepto de rebelin debemos cuidarlo de su vaciamiento o de su vaguedad.

En ese sentido, nos ayuda poner el dedo en la llaga, que es ponerlo primero sobre las lneas de cientos de proposiciones semejantes erigidas a lo largo de siglos como fundamento de la rebelin en diversas culturas e ideas polticas o en tradiciones humanistas, condensadas en un texto sobre el que hay que poner el dedo y la mirada. Una clusula elaborada en parte por signatarios de poderes que llegaron a reconocer o considerar esencial que los derechos humanos sean protegidos por un rgimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelin contra la tirana y la opresin (Prembulo de la Declaracin Universal de Derechos Humanos. 1948). Otro pasaje del mismo espritu, de siglo y medio antes (1793), nos lo recuerdan hace unas semanas los llamados indignados en Madrid en su manifiesto de una nueva dignidad rebelde (ver rebelin.org): Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo la Insurreccin es para el pueblo y para cada porcin del pueblo, el ms sagrado de sus derechos y el ms indispensable de sus deberes (Declaracin de los derechos del hombre y del ciudadano).

Ac debe hacerse una aclaracin polmica. Si bien el derecho a la rebelin comprende o incumbe muchas formas de disidencia llamadas no violentas, ciudadanas o civiles, tambin concierne directamente al derecho a la lucha armada en cualquiera de sus escalas, del modo que sta sea en ese horizonte y espritu de defensa, resistencias y construccin de alternativas ante la opresin. Hace unos meses decamos: en un mundo de violencias, ser pacifistas no debe ser de ningn modo un requisito ni para el respeto ni para el razonamiento entre las fuerzas de Izquierda. La pregunta que debe nacer con el dilogo es otra: qu injusticias estn en la base de ese sufrimiento que lleva a mujeres y a hombres a decir ya basta!, no ms!

Negar estas preguntas hace parte de ese vaciamiento y filtro de las alianzas que pretenden anular el ejercicio de la rebelin por parte de unos y admitir su eventual recurso slo por otros. Nos vienen otra vez a decir los Obama y la OTAN: rebeliones?, las justas, las nuestras. Es decir las adecuadas, las que ellos puedan colonizar: las que en su concepto son justicieras y las que son apenas precisas. En nmero, razn y arquetipo. Rebeliones de diseo frente a rebeliones autnticas. Se admiten las del Capital. No las del grito desesperado y esperanzador de alteridades rebeldes post-capitalistas.

Vale por lo tanto exponer una tesis que puede verse como maximalista y purista, que persevera fuera de toda vanidad tica sin que el clculo instrumental de eficacia pueda imponerse como razn: una rebelin de la mano de los mayores responsables del sufrimiento en el mundo, como lo aconsej Fisas - entre otros que se reclaman de Izquierda -, representada su entidad criminal en el capitalismo global armado que encarna la OTAN, es una rebelin contrahecha o suplantada. Es de nuevo la rebelin del capital que usa los lmites y los derechos humanos para traspasarlos ahora mismo y ms adelante. Si bien siempre asiste el derecho a la rebelin de los pueblos contra la injusticia estructurada, se revistan o no de soberanos y progresistas los regmenes tirnicos que las fomentan y ante los que se levantan legtimamente esos pueblos, como era el caso de la Libia de Gadafi, ese derecho a rebelarse de los pueblos sufrientes lo es tambin contra el Imperio cmplice de esos regmenes. Por lo tanto, no debera ser el proceso de revuelta el acelerador o justificante de una pretensin y de una operacin imperial, de la proporcin que sta sea, por ms civilizado y razonable que se nos venda ahora su discurso, como sucede con el llamado derecho a proteger.

Por el contrario, nuestra rebelin trata de otra cosa: de la aspiracin de elemental coherencia, sin la cual se paga un precio ante el que efectivamente espera una oferta. El lmite ante la rebelin capitalista es no tener ni pagar ningn precio ante ella, sino combatirla. Por lo tanto, las reflexiones sobre lo que acontece y puede sobrevenir con las alianzas, sobre sus caractersticas y alcances, deben constituir una tensin permanente para ser resuelta en la Izquierda con posiciones congruentes. Si el vale todo excepcional manda, y manda en la alianza quien nos subordina, pues ellos ponen las condiciones, la rebelin de los lmites se desdice. No tiene que ser nuestra encrucijada la de los que caminos que marque el Imperio. Habr otros caminos entre el realismo y el idealismo. No slo est en ello nuestra creatividad o inteligencia sino nuestra razn de ser moral o nuestro testimonio.

Si tal tensin se pierde o se resuelve a favor del Imperio y de otras redes criminales, con qu autoridad se va a exigir ahora y en el futuro que una insurgencia no se ale para ganar fuerza por ejemplo con el narcotrfico? La rebelin si bien impone un realismo y movimientos en una praxis histrica, lo impone no como pragmtica promiscuidad sino como dialgica y negociacin en el marco de unos valores de emancipacin, de una exposicin idealista, de un memorial utpico, superador de negaciones, miserias y perversiones. Esa lnea de continuidad y no de antagonismo entre rebelin armada y solucin poltica, como ac lo seal el periodista Unai Aranzadi recordando a Nelson Mandela, se explica en ese horizonte. Y puede ser lo que dilucide el fin de la actividad armada de algunas organizaciones poltico-militares. Es lo que buscamos en Colombia: que los valores de la rebelin como necesidad histrica sean los que configuren una salida poltica con reformas urgentes a favor de las grandes mayoras hoy despojadas de un futuro de dignidad.


3. Apuntes crticos sobre el derecho humanitario

Se ha mencionado en estas Jornadas el papel del derecho internacional. Del Derecho en general. Ciertamente es una cuestin clave en la lucha no slo contra polticas que niegan la rebelin sino que la persiguen como terrorismo. Hay sin embargo un quiebre a asumir, en relacin con la crtica a la supuesta neutralidad de tal derecho internacional en particular, pues existe un punto de vista basado en la falsedad, desde el cual no importaran los orgenes de tal derecho, ni la manipulacin de la que es objeto ni su inclinacin a determinadas formas e intereses, en el contexto de las relaciones de poder global. Es la norma; se considera sagrada y punto. En cuanto a la guerra, de esa idea se desprende otra: sean o no iguales los contendientes, a ambos se les prohbe actos de barbarie. Esa sera la justificacin virtuosa.

No obstante, otra es nuestra visin, sin que signifique el menosprecio de lo logrado en el Derecho en general, y especficamente en el derecho internacional como intento de regulacin y lmite a los poderes y relaciones de gobiernos e instituciones derivadas. No puede asumirse cautamente el estudio sobre las resistencias o rebeliones sin desarrollar siquiera en un bsico nivel la crtica a tal ADN o gentica del Derecho, la actualizacin del ius communications producido en el transcurso de siglos de institucionalizacin del capitalismo, como legitimacin y empleo de los resultados del derecho a la conquista, es decir de la lgica del genocidio y del saqueo, que es la historia del sistema de avasallamiento que nos somete.

Nadie puede negar tal naturaleza selectiva del derecho internacional, dentro del cual est el derecho que denominamos humanitario, que es, sin embargo, un conjunto de enunciados que se nos convierten marginalmente en resquicios progresistas, que nos sirven para refutar agresiones contra los pueblos. Por eso cuando sealamos qu hace Israel en Palestina, como lo ha analizado de forma cabal la compaera Lidn Soriano en estas Jornadas, o qu estrategia ejecuta el gobierno colombiano, como lo ha ilustrado ac mismo el compaero Javier Orozco, o qu hace Estados Unidos o la OTAN, en esos cuadros, acudimos a esa normativa, acusando con razn de crmenes a tales poderes. Y lo seguiremos haciendo. Al usarlo no renunciamos a una hermenutica desde las narrativas de los pueblos, que signifique reinterpretar idealmente el papel del Derecho, del derecho a la lucha y a los lmites de esas luchas, de tal modo que puedan sujetarse y ser constructivas. En suma, la aspiracin de cimentar un derecho menos torcido, para establecer garantas de derechos (como ac lo ha analizado lcidamente Enrique Santiago (4) y Santiago Alba Rico), ms cuando hablamos de leyes y costumbres de la guerra, cuyo sentido ha sido tan costoso siempre a los seres humanos ms desarmados y sufrientes.

Dar valor a un Derecho que en sus instituciones progresistas nos pertenece, no debe sin embargo soslayar una tremenda verdad, que queda dicha en la parbola que cito, contada en 1928 por Winston Churchill (referida por Negri y Hardt en Multitud): rase una vez que todos los animales del zoolgico decidieron desarmarse y renunciar a la violencia. El rinoceronte proclam que el uso de colmillos era una barbarie y debera prohibirse; en cambio, el uso de los cuernos era bsicamente defensivo y debera estar permitido. El ciervo y el puerco espn estuvieron de acuerdo con eso. El tigre, en cambio, se manifest en contra de los cuernos, y defendi los colmillos e incluso las garras como instrumentos honorables y pacficos. Por ultimo, el oso se pronunci en contra de los colmillos, las garras y los cuernos, y propuso que siempre que hubiese desacuerdo entre los animales se resolviese con un buen abrazo.

Si bien el derecho humanitario ha sido impulsado por iniciativas basadas en la indignacin, en el repudio de la indolencia, en sentimientos de solidaridad, tambin es en gran medida fruto del clculo del poder, no slo de lo que conviene reglamentar en la contienda de David contra Goliat, legislando este ltimo, sino entre contendientes ms o menos similares, digamos simtricos. Doy una referencia:

Preocupado (el zar Alejandro II) por el hecho de que los britnicos, con los que el imperio ruso estaba entonces en un estado de guerra larvada por la posesin de Asia central y el acceso al Ocano ndico, haban desarrollado un tipo de balas huecas llenas de material inflamable y, ms tarde, de balas explosivas, el emperador pens en prohibir el empleo de tales balas por sus ejrcitos. Sin embargo, por temor a que sus tropas estuvieran en inferioridad de condiciones si las privaba de esa temible arma, decidi que prohibira su empleo slo si los otros soberanos tambin se comprometan a hacerlo. As pues, el Gabinete Imperial convoc a una conferencia, en la que se aprob la Declaracin de San Petersburgo del 29 de noviembre - 11 de diciembre de 1868. En sta se establecen los principios fundamentales del derecho relativo a la conduccin de las hostilidades y se prohbe el empleo de proyectiles explosivos de menos de 400 gramos.

As se ha construido gran parte del llamado derecho de los conflictos armados y en particular del derecho internacional humanitario, cuyos valores formales podemos suscribir, desde el lado de las vctimas, de quienes tienen derecho a su integridad y seguridad, a su desarrollo y a la paz, como tambin tienen derecho a luchar por las justicias posibles para la reproduccin de la vida. Una y otra vez conminamos y contaminamos as de visin desde los pueblos, y diramos, por qu no, de una visin de clase, ms amplia y expuesta, por supuesto, para desmitificar y desacralizar el derecho humanitario, para deconstruirlo, segn hemos propuesto.

El derecho internacional humanitario en su lgica tendencia ha tratado de englobar, homogeneizar o uniformar en los ltimos 100 aos, no slo contra la diversidad de contextos y conflictos sino contra el verdadero desequilibrio de las partes contendientes en muchas de las confrontaciones. Ese desequilibrio no es un dato marginal. Es central. Es lo que explica que una parte acuda a recursos no convencionales, a medios o formas irregulares y por lo general ilegales a la luz de la visin oficial, como la llamada guerra de guerrillas, que va hasta la Antigedad, nominalmente fijada en nuestra cultura jurdica occidental y registro histrico desde la guerra de resistencia espaola a la ocupacin francesa a comienzos del siglo XIX, por ejemplo. Forma de guerra que est plenamente vigente en la Colombia de hoy.

Ahora bien, parte de la ofensiva que antes califiqu como contrarrevolucionaria, de largo plazo, bulliciosa como ha sido en las guerras explosivas y de rapia (en escenarios sin sujeto revolucionario o revolucin alguna en marcha, como en Afganistn o Irak), o silenciosa como en los amplios procesos de criminalizacin que se viven en pases de todas las latitudes, ha sido no slo burlar ese derecho internacional, desdibujando sus escasas posibilidades vinculantes, sino reorientndolo hacia la matriz de su denominado anti-terrorismo, de tal modo que resulten condenables por todo el pblico espectador los medios y modos que son propios de la rebelin, de la desobediencia, de las luchas de los de abajo, en inferioridad de condiciones, y que no necesariamente o por definicin son salvajes, que no son en s mismas oposiciones perversas. Nos resultan ahora automticamente condenables por una inversin aguda, por una compleja transferencia de desvalores que se nos ha hecho.


4. Desigualdad de fuerzas que transcurren, asimetras declaradas y asumidas

Siendo cada vez mayores las ventajas de una parte, no slo las militares (armas), sino las jurdico-polticas (instituciones de control social), as como las econmicas (desde el mercenarismo hasta la ecuacin fiscal), se nos viene a decir normalmente que es el poder opresor el que est sufriendo la desigualdad, la disparidad, el que est en desventaja. Por eso se nos dice que la rebelin, ante democracias atacadas y no ante tiranas, no puede ser ms que terrorismo, y a su vez se nos traslada que ste, el terrorismo, no es ms que una amenaza asimtrica. Daniel Innerarity, profesor vasco de filosofa social y poltica, se refiri hace unos aos (2004) a la nueva asimetra del mundo (ver en la Web) destacando lo siguiente:

Las constelaciones simtricas se caracterizan porque en ellas la capacidad de matar y ser matado est tendencialmente repartida por igual. La asimetra suprime radicalmente este equilibrio: una parte pretende llevar a la otra a una posicin de completa inferioridad, incluso indefensin. Donde mejor se ejemplifica esta asimetra es en el desequilibrio que representan los atentados suicidas. Y es que forma parte de la simetra del combate suponer que el enemigo, aunque realice acciones que ponen en peligro su vida, no quiere morir. Ahora bien, quien no se contenta con el riesgo normal del combate y decide morir obtiene unas ventajas estratgicas que le convierten en un enemigo muy difcil de neutralizar. La conducta de un combatiente del que se supone que no quiere perder su vida en el intento es calculable; un enemigo suicida introduce un desequilibrio imponderable, una asimetra radical. Agrega ms adelante que las sociedades menos desarrolladas o heroicas estn en condiciones de sostener una guerra de guerrillas. Contra la capacidad de aceleracin de un enemigo tecnolgicamente superior lo nico que pueden hacer es desacelerar el curso de la guerra. Incapaces de decidir la guerra a su favor por medios militares, la transforman en un proceso de desgaste y desestimiento. Las formas recientes de terrorismo son variantes de dicha estrategia para transformar la desigualdad en una ventaja.

Visto as, podran ser compartidas algunas conclusiones, pero no rotundamente la que asigna o asocia la carga de terrorismo sin distincin con el derecho a la rebelin. Tal conexin que deviene de una abstraccin nos resulta repudiable. Hay otras dimensiones ms graves que no podemos omitir. Jos Vidal-Beneyto afirmaba acertadamente tambin en 2004:

Desde la vieja perspectiva de la moral de la violencia, qu es ms reprobable, servirse de la propia superioridad en armamento para conseguir la victoria mediante el exterminio, totalmente impune (tctica del cero muertos de las fuerzas de EE UU), de una poblacin enemiga de militares y civiles o utilizar el propio cuerpo como arma letal, decidiendo morir para matar (agresiones suicidas de Hamas)?... cul de los dos comportamientos es ms propiamente terrorista? El hecho de que la agresin provenga de fuerzas formalmente militarizadas, reduce o aumenta el perfil terrorista de este tipo de acciones? ...la tecnociencia y sus avances borran la distincin entre guerra y terrorismo (cuando los bombardeos masivos son gracias al desarrollo tecnolgico, indetectables y los efectos de intimidacin / terror que originan en la poblacin civil son irresistibles, estamos o no estamos, por muy colaterales que se declaren los muertos civiles que causan, en territorio terrorista? (6).

Continuemos en la consideracin de las guerras asimtricas, como Hardt y Negri nos lo pusieron de presente hace unos aos, pensando cmo es que una guerra en cuya espiral se ponen a salvo sectores de poder, se degrada al punto de no ser conscientes stos del sufrimiento generado, por lo tanto de la necesidad de superarla racionalmente. Nos explican acertadamente: Con la insistencia en una guerra sin bajas, y en la asimetra tecnolgica de las fuerzas armadas predominantes con respecto a las dems, el arte de la guerra queda privado de su rostro social y omite el problema de los cuerpos y de su poder. Afirman: Cuando los lderes de Estados Unidos imaginan una guerra sin cuerpos, o sin soldados, naturalmente se refieren solo a los cuerpos de los soldados estadounidenses. Los de los enemigos ciertamente estn destinados a morir (y a menudo, no se informa de las bajas enemigas civiles y militares, o ni siquiera se calculan). Con esa asimetra, cada vez resulta ms difcil abordar la contradiccin, porque solo uno de los bandos carece de incentivo para poner fin a la guerra. Qu incentivo para concluir la guerra tiene la potencia que no la padece? (Ver Multitud).

El poderoso, emplazado formalmente a limitarse en lo que hace, no suele actuar regulndose. Dispara siempre que puede su ferocidad y sus pertrechos. Sin lmites, sin tica de reproduccin de la vida, sin orientacin utpica del bien comn. Su inters no es pblico sino privado. A ms poder menos lmites. Como la globalizacin capitalista, en la que se inscriben las guerras hoy da con su asimetra tcnica y formal, que es dramtica, objetivamente mortal para las vctimas ms indefensas. No slo para quienes combaten de ese lado precario. Tal asimetra en la guerra se alimenta de asimetras causales. De la economa neoliberal entre otras fuentes. La que hoy produce ms indignacin y ms luchas, ms pobres y ms pueblos empobrecidos.

Esos sujetos en pie de indignacin vienen de la derrota. Cuando combatieron y cuando combaten hoy, una doble pero ineludible desventaja les marc, les marca y les marcar. Nace de su demostrada inferioridad fsica material y de su factible auto-contencin. Resisten impugnando ese orden y, bajo esa sujecin, al contrario de la impunidad e inmunidad de los de arriba, se ven severamente coartados y expuestos a las sanciones; quedan los rebeldes involuntaria o forzosamente cercados, tanto por su escaso alcance en lo militar, como subordinados por una situacin poltica y jurdica que les sentencia. Existen as supeditados por lo de afuera, pero adems limitados dentro: por mandato o voluntad conforme a un ideario y a su propuesta de moralidad. Desenvuelven sus alternativas, todo un nudo que deben discernir, que les conmina a no traspasar normas cardinales. No vale una declaracin formal. Los rebeldes deben recobrar y enfrentar con lucidez y honradez la tensin y los dilemas de sus hechos. Pueden decaer, como su enemigo, en actores cnicos, y su proyecto de transformacin habr acabado. O pueden luchar comprometidos con lmites.

Se regulan; es cierto. Una exhortacin y una tensin ticas les atraviesan. Sin duda. Diramos que hace parte de su figurada naturaleza, pues incumbe a su declarado ser rebelde. Esto no es retrica. Ni es retrico decir tampoco que la desventaja, en la dilatacin de sus resistencias, puede convertirse en potencia, en probable y probada superioridad.

Pero digmoslo sin idealismos o mentiras. El rebelde tratar de hallar contrapartidas. No podemos llamarnos a engaos. Si se acusa a la lucha rebelde, cuando no de injusta moralmente, de ser ineficaz, no podemos esperar que tal ineficacia sea todava mayor renunciando a esos posibles contrapesos, como ha sido, es y ser su lgica actuacin irregular o no convencional, sin que de por s esto sea ilegtimo. Como no lo fueron las violentas actuaciones de la resistencia francesa, por poner un ejemplo, contra la ocupacin nazi.

Saramago advirti de una engaosa mistificacin sobre la desigualdad de fuerzas y no saber apreciar o interpretar los sentidos de tal diferencia, como la que haba segn la tradicin bblica entre los brutales cuatro metros de altura de Goliat y la frgil complexin fsica del rubio y delicado David. Escribi:Dicha desigualdad, enorme segn todas las apariencias, quedaba compensada e invertida a favor del israelita gracias a que David era un muchacho astuto, y Goliat, una estpida masa de carne; tan astuto era el primero que, antes de ir a enfrentarse al filisteo, encontr en la orilla de un riachuelo que haba por all cerca cinco piedras lisas, que meti en la alforja; tan estpido el otro, que no se dio cuenta de que David llegaba armado con una pistola no pareca una pistola, no tena can, no tena culata, no tena gatillo, no tena cartuchos; lo que tena eran dos cuerdas finas y resistentes, atadas por los extremos a un pequeo pedazo de cuero flexible, en cuyo hueco la mano experta de David coloc la piedra que, desde lejos, parti veloz y poderosa como una bala contra la cabeza de Goliat () Las piedras de David han cambiado de manos, ahora son los palestinos los que las arrojan. Goliat est al otro lado, armado y equipado como nunca lo ha estado soldado alguno en la historia de las guerras, aparte, claro est, del amigo norteamericano. Ah, s, las horrendas matanzas de civiles causadas por los llamados terroristas suicidas... Horrendas, s, sin duda; condenables, s, sin duda, pero a Israel le queda an mucho que aprender si no es capaz de entender las razones que pueden llevar a un ser humano a transformarse en una bomba (7).

Esto resulta crucial para el planteamiento que pretendo recalcar: debemos admitir que una parte fuerte tendr unas ventajas considerables, como las tiene la OTAN, y que quiz otra parte, una insurgencia del tipo que sea, supongamos los zapatistas, tiene o tendr otra clase de ventajas. Es absurdo aspirar a una simetra material, en la hiptesis como en la realidad. Es fatal y suicida. Es inalcanzable el poder blico que ostentan las potencias a nivel global, y en los mapas regionales, nacionales y locales, con sus alianzas, de gobiernos, castas, empresas, ejrcitos y regmenes opresores. Siempre tenemos la opcin de denunciar esa asimetra, ese desequilibrio, ese mortal acumulado de poder.

Es lo que resulta de una personal y mecnica reaccin ante tal desigualdad de fuerzas: demandar simetras como ideal de equidad y equivalencia. Como tradiciones revolucionarias lo ensayaban y proyectaban: ejrcitos anlogos, armas semejantes, magnitudes parejas, cuerpos similares. Mejor es, en el terreno de las luchas rebeldes y sus utopas, asumir esa asimetra, quedarnos en ella, no como condena, sino como marco de referencia, para que otras formas de lucha popular se produzcan e incorporen, para que sea ms amplia la resistencia, donde quepamos todos-as, para que in/surjan nuevos modos de defensa y poder social en el conjunto de las fuerzas de un arquetipo no militarista, para que puedan desplegarse desde la racionalidad de la vida y su dignificacin.

A sofisticado armamento y volumen de un ejrcito que domina, la rebelin debe oponer inteligencia y otros instrumentos. Cuba no podra tener la capacidad de fuego de USA, pero invadida no se quedara de brazos cruzados. Por supuesto que la fuerza obliga. Estamos en medio de vectores coercitivos. Entre recursos que no son slo polticos o morales. Son de orden material o fsico, para neutralizar, inutilizar, confundir o destruir al menos parte del entramado de ese gran aparato militar y los sofismas en que se sostiene su alegada legitimidad, sostenida su validez para millones de seres que suscriben un sistema de indolencia.


5. Acumulacin e irrupcin de fuerzas mltiples y diversas de la rebelin entre la desproporcin

Tal asimetra/debilidad que en principio carga negativamente a la parte insurgente, es dialctica. O mejor: no es total. Es relativa, dinmica o contingente. La aparente fragilidad de la rebelin, la asimetra que le cruza, se vincula as a las potencialidades de sus alianzas desde abajo, ms amplias y al tiempo ms slidas. Catalizan de tal forma que en lugar de doblegarse realista o pragmticamente ante las condiciones de estructuras como la OTAN o empresas de mercenarios, rastrean bajo su derecho las alteridades rebeldes que le dan empuje estratgico y sentido tico.

sta es nuestra clave de hoy da. Para acompaar en nuestra reflexin y accin las alteridades rebeldes por un mundo mejor. Saber que la rebelin tiene derecho a ser, expresndose materialmente en las formas en que los pueblos son obligados a responder. Que histricamente ha generado as su potencia emancipadora. Cuando se interpone materialmente a la opresin y cuando no se separa, en esa interposicin, de la produccin de esa conciencia liberadora y de sus sujetos y subjetividades.

Acontece hoy da en muchos puntos del planeta, encarnada la rebelin en pobladores, en campesinas-os, en estudiantes, en desempleados, en mujeres, en obreros, en colectivos, en indgenas. Tambin en guerrillas, en milicias. En pueblos. Y en gente en gobiernos y ejrcitos. As no sean mil millones sino miles y miles. Lo que est claro es que es y debe ser ms amplia, ms creativa, ms creadora y tambin es ms urgente e inapelable. Pues la rebelin de hoy no slo es el grito localizado de un humanismo de reforma.

Decamos que abogbamos por una rebelin que (re)construya el humanismo social y por un humanismo social que (re)construya la rebelin. Ese humanismo, esa rebelin, hoy no pueden ser a espaldas del planeta. Es por eso un grito de la Tierra, de nuestro habitar en ella. Hemos traspasado el lmite de lo que el globo se restituye y nos proporciona. Por eso una lucha por la simetra industrial en la guerra, es de nuevo irracional. Es insostenible en el cuadro de los recursos que requiere un tal equilibrio de poderos. Supone ms desgaste colectivo y una trama envolvente que detiene transformaciones creadoras. Esa simetra inducida, como acaba de pasar en Libia, es voraz, es demoledora, es catastrfica.

Esto tiene que ver con lo dicho antes respecto al derecho humanitario y el ideal de humanizar los conflictos armados. Hacerlo con las normas existentes o abogar por nuevas reglas, es distinto segn estemos en la perspectiva de la dominacin, que si estamos mirando a los sujetos articulados a las supuestas alternativas de resistencia. A las rebeliones de abajo no podemos juzgarlas con la lgica de las ventajas o los privilegios de los de arriba. No significa esto que a las resistencias se les excuse por la inferioridad de medios. Al contrario: por su razn de ser no pueden ni deben contestar o compensar indiscriminadamente en la conmutatividad de las contrapartidas blicas, quebrantando lmites ticos que son sus valores. No puede ser su enemigo. No puede hacer y ser una copia de sus mtodos. Sus medios deben transformar relaciones objetivas y subjetividades.

Con la concepcin de una tensin de lmites ticos y materiales en la lucha rebelde por un mundo para todos y todas, debemos reivindicar o respetar en consecuencia o atender crticamente los modos en que deben resistir los pueblos organizados, sin denigrar los gneros insurgentes, ms ahora ante el descomunal desequilibrio o desigualdad de fuerzas. De ah la vieja y nueva presencia irregular y la acumulacin precisamente de fuerzas mltiples entre la desproporcin; de ah su irrupcin y acontecimiento diverso, con nuevas pautas y estrategias que no se excluyen sino que dialogan y deben complementarse.

T. E. Lawrence (8), el del mito de Lawrence de Arabia, siendo un colonizador-descolonizador, realiz hace ochenta aos planteamientos hoy da razonables sobre la sustraccin, indicando adems acciones de profundidad en la denominada geometra de la revuelta: La victoria se debe sobre todo a una accin intelectiva, a un cambio arbitrario de perspectiva, que no desafa la fuerza del enemigo, sino que la hace vana, la sortea y la vuelve intil.

Junto a estas proposiciones y las reflexiones de revolucionarios como Che Guevara; o las formulaciones de tericos de la poltica; o desde experiencias de confrontacin y desarrollo de nuevos movimientos sociales y polticos, nos quedan los conceptos que muchas organizaciones han empleado, referidas a la movilidad ms que a la fuerza, a la desorientacin del enemigo, a la no-batalla, al ahorro de fuerzas y su dislocacin, al contagio de las ideas de dignidad personal y colectiva, a la invisibilidad, a la irregularidad, a la guerrilla nmada y diversa, de pensamiento y accin transformadora, de auto-contencin y auto-constitucin, de xodo y creatividad, de mutacin social, de autonoma, de asalto, de emboscada, de poblamiento heterogneo, por redes comunicativas no controlables por el adversario. Ensayos con narraciones alternativas que buscan erosionar un sistema enemigo. En ese nudo es por ello urgente, para nuestra urgente rebelin, trabajar de nuevo por una confluencia de acciones, por dilogos en la transformacin, entre las diversas expresiones de rebelda ante el enemigo comn. De ah que cobre importancia trascendental el encuentro entre las diferentes pensamientos y escuelas de la Izquierda.

Dicho sistema de muerte, en esta crisis y ante los efectos por venir, est tejiendo escenarios de extermino de poblaciones, incentivando guerras fratricidas, y el espejismo en ellas de simetras y asimetras para el consumo de armas o para compensaciones desesperadas. Sistema que ltimamente rentabiliza la alucinacin o la emergencia de revueltas para que algo se mude y nada esencial cambie. Pese a esas sombras aplastantes, vuelve ahora la rebelin. Retorna en estado de necesidad y con cierta pasin entre el pesimismo.


6. De la Comuna de 1871 a nuestros das

Si las revueltas rabes de 2011 nos indicaron un devenir de convulsiones que conjugan modelos; si asomos de revuelta simblica en Madrid o New York as como la contestacin de estudiantes en Chile, nos traducen posibilidades ms all de las protestas, hacia caminos de ruptura; si hay quienes no slo salen a las calles sino a los campos como Guevara; si hay honrados esfuerzos de intelectuales por construir una crtica y auto-crtica del pensamiento frente a la injusticia del capitalismo, frente a la falta de democracia y frente al imperialismo, nuestro oficio ac tiene pleno sentido. Al menos por el universo que representa una sola rebelde, un solo rebelde, ante la opresin. Donde se hallen esos resistentes y cualesquiera sean sus condiciones de inferioridad material y de superioridad moral de sus luchas.

Ante esto, nuestra posible mirada al derecho humanitario, emanado como normas que dictan centros de poder excluyente, un polo legislador-agresor-incumplidor, local, internacional y global, puede apoyarse esa visin nuestra que pretendemos alternativa, en la necesidad de una deconstruccin crtica de ese derecho que es parte del derecho internacional, sin dejar de sealar cmo es un instrumento incompleto y manipulado (como es evidentemente la figura en alza denominada derecho a proteger, ridcula donde las haya si no asomamos a realidades como las de Colombia o Palestina). Derecho que se ha dejado de cumplir, de principios y fines loables desmontados por la mano de sus ms poderosos operadores, con formalismos que no corresponden al contexto, con falsas premisas de neutralidad e imparcialidad, que encubre asimetras con una alegrica igualdad entre sujetos que no son lo mismo. Tal derecho, producto humano de representacin y fuerza simblica que est en proceso de conformacin, idealmente para tender al equilibrio, debe por lo mismo reflejar la realidad, su entendimiento, la inteligibilidad de los conflictos y su reconstruccin.

Levantar espacios sin muros para una tensin de ese derecho, que sea reveladora de su estado, y de los blindajes para los de arriba y su lgica de despojo, es posible, slo si recuperamos perspectivas distintas, de sujetos en complejos itinerarios de emancipacin, y si somos capaces de sustentar desde abajo otros contenidos jurdicos, de regulacin, de apremio poltico y tico en un marco ms apropiado que conecte causas y consecuencias de las confrontaciones, que reconozca un orden de desigualdad y los derechos comunes o equivalentes a juridicidades de los contendientes, as como los derechos y las juridicidades posibles de los sectores populares empobrecidos que adems son victimizados.

Para todo ello, es imprescindible y urgente descolonizar las rebeliones que hoy se nos venden tuteladas por los centros de poder. De ah que la otra parte de nuestra tarea sea ayudar a elaborar nuevas coordenadas, mapas con y desde los y las de abajo, una geopoltica de las alteridades rebeldes, como una gran Comuna global que se compone de comunas por doquier. Descollando la de Pars en 1871, puede ir ms all de 60 das, para revolucionar lo que alcance en su proceso de autogestin, de sabotaje al Capital y sus gestores, de creacin, de insurreccin.

La Comuna de Pars hace 140 aos, cruelmente reprimida, fue no slo un epicentro de entonces, cuando ya se habl del no pago de alquileres ni de los intereses de deudas injustas, sino tambin de medidas revolucionarias contra la propiedad privada, de la necesidad de crear servicios sociales y de un sentido emancipador de justicia y de paz. De nuevo vivimos tiempos de mltiples combates y demandas en un mismo cuerpo, cuyas razones debemos comprender o al menos cuyas preguntas debemos atender y acompaar desde nuestras posibilidades.

Podemos al menos realizar ac su defensa con ideas, porque nos comprometen en saber reconocer a los sujetos en los que se encarna esa praxis histrica de transformacin. Es el camino de la utopa por la dignidad, por resistencias, liberaciones y felicidades. Sabemos que la rebelda es ahora un grito lejano. Ese conservar antropolgico al que se refiere Santiago Alba Rico. Pero nadie puede dejar de escuchar ese grito del sujeto, del que nos habla Franz Hinkelammert, ni negar que es ms inevitable entre mayor sea el reino de la injusticia, que debemos evidenciar, y entre mayores sean la vergenza y la lucidez, que debemos encender tambin nosotros-as con la conciencia de los lmites y del derecho a la lucha contra la humillacin y la postracin.


(*) Carlos Alberto Ruiz Socha es autor del libro La rebelin de los lmites (quimeras y porvenir de derechos y resistencias ante la opresin), Edit. Desde Abajo, Bogot, 2008.

 

(*) Ponencia revisada y ampliada, con referencias a otros autores y aportes surgidos en el mbito de las Jornadas.

REFERENCIAS:

 

[1] Santiago Alba Rico. Condicin humana, derecho a la rebelin y alternativas post-capitalistas. Ver http://www.rebelion.org/noticia.php?id=138553

[2] Carlos Alberto Ruiz. Revueltas colonizadas y geopoltica de las alteridades rebeldes. Preguntas para el comandante Chvez, el 15-M y la Izquierda en general. Ver http://www.rebelion.org/noticia.php?id=130468

[3] Vicen Fisas. La izquierda y la intervencin militar en Libia. El Pas, 22/03/2011.

[4] Enrique Santiago Romero. Terrorismo o rebelin. Aspectos jurdicos globales. Ver http://www.rebelion.org/noticia.php?id=138578

[5] Pierre Boissier. Historia del Comit Internacional de la Cruz Roja. De Solferino a Tsushima. Instituto Henri Dunant, Ginebra, 1997, pp. 299-303. Citado por Franois Bugnion: El derecho de Ginebra y el derecho de La Haya. En Revista Internacional de la Cruz Roja, 31-12-2001.

[6] J os Vidal-Beneyto. Del terrorismo y la guerra. El Pas, 21 de febrero de 2004.

[7] Jos Saramago. De las piedras de David a los tanques de Goliat Parlamento Internacional de Escritores. En El Pas, 21 de abril de 2002, Secc. Opinin, pg. 13.

[8] Ver Guerrilla, de T. E. Lawrence, seguido de Junto a los ros de Babilonia, los comentarios de Wu Ming 4. Acuarela & A. Machado Edit., Madrid, 2008.



Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.







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