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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-11-2011

El 15-M despus del 20-N
La revuelta como porvenir

Arturo Borra
Rebelin


En la Europa saqueada del presente, sobran razones para la indignacin, empezando por la referencia ubicua a la crisis que, en ciertos discursos dominantes, suele usarse como pretexto para disipar la referencia ms concreta a una escandalosa concentracin de la propiedad y la renta y, en particular, para ocultar a los grandes beneficiarios de esta reestructuracin sistmica.

A pesar de ese discurso de la crisis que todo lo explica, para muchos de nosotros resulta indisimulable el actual proceso de apropiacin ilegtima de riqueza por parte de las oligarquas econmico-financieras y polticas a nivel trasnacional. De forma similar, ya no les resulta tan fcil ocultar el autismo del sistema poltico ante las reivindicaciones ciudadanas, la estructura fiscal regresiva (en la que se desgrava a los propietarios y se grava sin miramientos a los asalariados), la indita transferencia de recursos de las clases medias al sistema financiero, la destruccin del ya recortado estado de bienestar, el desempleo extendido y la precarizacin laboral generalizada, as como niveles de corrupcin institucional y empresarial con pocos precedentes en las ltimas dcadas, la actuacin delictiva de la banca, los privilegios de la monarqua y la institucin catlica, el uso demaggico de la xenofobia y el racismo, la poltica desinformativa de los medios masivos con respecto a las violencias sistmicas (y la amplificacin de formas espontneas de violencia callejera), por mencionar algunas cuestiones.

De ah que en las condiciones actuales ninguna referencia genrica a la grave situacin (lo cual es indudable para muchas personas y grupos) debera hacernos perder de vista que lo que est en juego es una reestructuracin de largo alcance: la institucionalizacin de un rgimen de excepcionalidad que da carta blanca a la arbitrariedad poltica. Si por un lado las autoridades polticas dominantes dan por presupuesta la necesidad de unas polticas de ajuste (reformas de pensiones, reformas laborales y constitucionales, recortes salariales, despidos en diferentes sectores pblicos, etc.), por otro aceptan la legitimidad de unas polticas de salvataje al sistema financiero y a las grandes empresas, sin olvidar los subsidios millonarios a instituciones anacrnicas como la monarqua o representativas slo de un credo particular como es el caso de la iglesia catlica.

Lo excepcional en esta fase del capitalismo no es la parodia al estado democrtico (invocado cnicamente para garantizar la impunidad a los responsables de la masacre diaria), sino la generalizacin de una lgica poltica binaria, en la que cualquier sujeto disidente se convierte en blanco de una vigilancia permanente por parte del estado policial, con independencia a los procedimientos jurdicos del declamado (pero no menos fallido) estado de derecho. La frmula de este rgimen podra ser: Hago lo que quiero y si te opones, tanto peor para ti.

No debera sorprender la repeticin de la catstrofe (ecolgica y social) como imagen de nuestra poca: forma parte de los efectos no previstos (aunque absolutamente previsibles) de unas polticas de concentracin econmica y devastacin planetaria. Es parte de la crnica de una muerte (colectiva) anunciada. La infamia de justificar lo terrible en nombre del realismo y el sentido comn, como una suerte de destino inexorable, se ha convertido en hbito por parte de las clases dominantes. Es una buena receta para eximirse de dar cuenta (pblica) de sus actos.

Por lo dems, el desmembramiento de un ya debilitado estado de bienestar no debe leerse en trminos puramente econmicos, sino en clave poltica, como un reordenamiento que prepara las condiciones para una nueva fase de acumulacin. Puesto que, en el caso de Espaa, el negocio del ladrillo ha cumplido su ciclo, ahora toca el negocio de las privatizaciones (en primer lugar, de la sanidad y la educacin pblicas, aunque no solamente). Habra que apresurarse a sealar que la desfinanciacin del estado de bienestar es correlativa a la financiacin del estado policial y de la banca privada, requisitos indispensables para la gestin del saqueo colectivo.

Semejante cuadro situacional no puede ms que activar, en una parte significativa de la ciudadana, una indignacin creciente. La consecuencia de esa sensibilidad es la produccin de una resistencia tan activa como pacfica que ha estallado bajo el movimiento 15-M (en conmemoracin a la primera movilizacin multitudinaria realizada el 15 de mayo de 2011 en diversas ciudades espaolas). No se trata, desde luego, de un punto de arribo. Es, por el contrario,principio de una revuelta que se est gestando a nivel subterrneo, sin que sepamos en qu desembocar. En esa incertidumbre, sin embargo, una certeza se hace manifiesta: cada vez ms, en el contexto mundial actual, luchar por otro mundo posible no es un lujo sino una cuestin de supervivencia. La internacionalizacin de la revuelta aparece en esta situacin como una forma indispensable de afrontar globalmente la arremetida global del capitalismo (1). No se trata de nada remoto: es una apuesta contra la resignacin, una manera de no limitarse a constatar el desastre cotidiano.

Indignados somos todos aquellos que nos sentimos damnificados por unos poderes concentrados que han convertido el mundo en una tierra de oportunidades (de negocios); es el nombre de la multitud despojada brutalmente de buena parte de sus logros histricos y sus derechos fundamentales (vivienda, trabajo, salud y educacin, prestaciones sociales, por mencionar algunos).

Estn, desde luego, los agoreros que cuestionan el movimiento 15-M por izquierda y por derecha (2): los que reducen ese movimiento a la pequea burguesa afectada por la cada econmica, entre el escepticismo custico y la nostalgia por los buenos viejos tiempos donde el partido diriga a las masas (ms o menos alienadas); los que lo descalifican por anticapitalista, como si fuera evidente la incuestionabilidad de este orden social. Pero si algo caracteriza ese movimiento es la carencia de uniformidad ideolgica y social. Por el contrario, se trata de una pluralidad de sujetos sociales orientados por algunas percepciones crticas en comn con respecto a la realidad actual.

En este sentido, la hegemona del neoconservadurismo no debera impedirnos ver las luchas polticas que en diversos puntos del planeta se estn gestando de manera subrepticia, fuera de cmara, marginadas por los grandes medios masivos de (des)informacin. Impulsar una revuelta pacfica es, sencillamente, cosa de dignidad: no renunciar al deseo de un mundo social donde el sacrificio de masas ingentes no sea la moneda de cambio. Se trata de un deseo irrenunciable si no queremos habitar entre las ruinas (la guerra, el hambre, la explotacin, el racismo, son otros de sus tantos nombres).

Aunque por dcadas el despliegue de algunas polticas sociales permitieron atenuar las desigualdades inherentes a esta sociedad, la defensa de un capitalismo con rostro humano no deja de ser un oxmoron, esto es, una contradiccin entre los trminos. Por eso erosionar el neoliberalismo no puede ser nuestro objetivo final si lo que queremos es una sociedad justa, en la que la libertad humana no sea sistemticamente reducida a libertad de mercado.

A pesar de la represin policial de la poltica como ejercicio del disenso, la posibilidad de una poltica democrtica radical sigue intacta. Los riesgos de una restauracin autoritaria del control estn ah, pero no tenemos ms camino que quebrar el miedo en el que quieren encerrarnos. No cabe la resignacin ni el conformismo. El derecho a soar nace de la pesadilla a la que este sistema condena a millones de seres relativamente inermes y en cualquier caso desprotegidos. Nuestra tica asienta en la apuesta por un deseo razonable de que no sean los mercados globales quienes digitan nuestras formas de vida locales.

Nos movemos hacia la incertidumbre del porvenir pero desde la conocida injusticia presente. La promesa de otra vida en comn es, tambin, apuesta por lo desconocido. Pero es un desconocimiento fecundo, que nos saca del conservadurismo del ms vale malo conocido que bueno por conocer. Aceptaremos la destruccin sistemtica del planeta y millones de vidas arrasadas, en nombre del mal conocido, mientras los nuevos dioses laicos siguen montando sus festines obscenos?

Las ambigedades que atraviesan al movimiento 15-M estn ah. Quizs lleven razn quienes reprochan que entre sus filas no estn muchos de los ms de cinco millones de parados que hay en Espaa o que no haya roto con un discurso ciudadanista que evita un planteamiento abierto de clase. Pero hacer evaluaciones abstractas (no situadas) es errneo. Lo que hay que considerar es desde dnde se parte y lo cierto es que el punto de partida era una preocupante inmovilidad sociopoltica ante la arremetida neoconservadora. En esas condiciones iniciales, el impulso entusiasta del 15-M tiene suma relevancia, incluso si para articularse a nivel internacional tuviera que aceptar un proceso de desterritorializacin, transformndose en un movimiento global de indignados.

Tambin deberamos cuidarnos de las lecturas que hacen del movimiento 15-M un movimiento juvenil, como si la cuestin etaria tuviera una especial importancia en un proceso de deterioro que afecta, de manera diferencial, a todas las franjas de edad de las clases populares y medias. Pensar que se trata de una mera reaccin defensiva de una juventud acosada por el estrechamiento de sus oportunidades vitales es borrar de estas protestas todo vestigio de antagonismo social (tambin de clase). Ms ampliamente, se trata de un movimiento plural en el que la unidad no est dada por nada positivo (como un programa o una pertenencia social homognea, por ejemplo) sino por una confrontacin sostenida ante un sistema poltico, econmico e institucional incapaz de dar una respuesta satisfactoria a las demandas de una ciudadana considerada de segunda mano.

A pesar de las actuaciones represivas alrededor de los indignados de diferentes partes del mundo (desde EEUU hasta Grecia, pasando por Italia, Ucrania o Chile), la poltica del miedo ha fracasado: las calles se han convertido en el escenario de una prctica poltica impensable hace tan slo meses. Quienes pensaban que este movimiento entrara en un proceso de descomposicin o en una curva de declive se equivocaron con rotundidad: por situarme de forma exclusiva en Espaa, el 15 de octubre super toda manifestacin previa, participando ms de un milln de personas en diferentes ciudades.

Contra el giro tico (ese desplazamiento despolitizante), el movimiento de indignados ha apostado por una repolitizacin radical de la sociedad. Al desprecio a la democracia que los sujetos polticos y econmicos dominantes muestran, el movimiento replica con una democratizacin radical.

El 15-M plantea otra escena ante el espectculo siniestro de nuestros amos. Estrictamente, no escenifica nada, sino que moviliza un inconsciente poltico revolucionario que no sabemos hasta dnde llegar. No tenemos ilusiones sobredimensionadas: la invencin de una sociedad postcapitalista es algo difuso por el momento. Pero seguir sindolo si no imaginamos otras alternativas polticas. Al optimismo de la voluntad hay que sopesarlo con la memoria de las ruinas: la destruccin diaria de cientos de miles de vidas, marginadas de forma ms o menos brutal de cualquier patrn mnimo de dignidad.

La probabilidad de naufragar es alta. Lo sabemos: tanto por problemas internos como por una tendencia ya presente a criminalizar a los disidentes. Pero no hay posibilidad de cambio sin ese riesgo. Al inmovilismo indiferente preferimos el estallido pacfico de quienes luchan de forma apasionada contra el hundimiento resignado de sus esperanzas.

Al deseo de dormir cabe contraponer el deseo lcido de soar, incluso si ese sueo no desembocara en una utopa unitaria. Son mltiples las dimensiones implicadas en esta prctica emergente: la carencia de lderes, la apuesta por la no-violencia, su modalidad asamblearia y desjerarquizada, su posicionamiento extrapartidario, su capacidad de autoorganizacin y autoconvocatoria, sus aportaciones crticas a un discurso de izquierda, el despliegue de una poltica del cuerpo marcada por la proximidad, la atencin brindada a asuntos medioambientales, la pluralidad ideolgica interpretada como condicin de una democracia participativa, el uso alternativo de las tecnologas de la informacin y la comunicacin y la participacin persistente de una multiplicidad de plataformas ciudadanas, por mencionar las principales.

Suele sealarse como impugnacin el hecho de que el movimiento 15-M no ha cambiado nada de forma estructural. Pero ese sealamiento es una forma de miopa: cambiar las modalidades de la prctica poltica ya es un cambio estructural, por ms insuficiente que se considere. No slo agit las aguas del estanque; instal en la agenda pblica debates impensados meses atrs, como la reforma del sistema electoral, la relacin entre estado y economa, entre poltica y finanzas, o el vnculo entre medios de comunicacin y gobierno. Hay otras conquistas ms puntuales, pero lo decisivo es el cuestionamiento radical que est produciendo a un orden social que produce en masa excedentes humanos.

La rebelin en estas condiciones es un acto de dignidad. Nuestro porvenir se juega en esa revuelta que no acepta vivir de rodillas. Lo imprevisible lleg a nuestras vidas cotidianas, por ms que los poderes dominantes se empecinen en conjurarlo. La impotencia de esos poderes ampla nuestro (contra)poder que se gesta no de la irradiacin de una autoridad sino al abrigo de esos acontecimiento colectivos (3). No conocemos nuestro desenlace, pero lejos de ser una desventaja, pone en suspenso la certeza del desastre al que nos precipita este sistema.

Lo imprevisible est aconteciendo: si el derrotismo nunca fue nuestro aliado, el hartazgo moral y el despojamiento de oportunidades vitales pueden ser una combinacin explosiva. La economa moral de la plebe, en palabras de E. P. Thompson, ha reingresado por la puerta de atrs (de la poltica). Los sin-parte han llegado tambin en pases a los que seguimos refirindonos con el eufemismo de primer mundo. Pero como dice Naom Klein ya no hay pases ricos o pobres. Lo que hay son sujetos enriquecidos/ empobrecidos, segn las coordenadas en las que nos movamos. En los sin-parte late una revuelta; es su ltima promesa.

Es falso que tcnicamente no estemos en condiciones de construir otro mundo. Lo que falta es voluntad poltica. En vez de aceptar una (pseudo)democracia tutelada por los saqueadores, se trata de agrietar este muro blanco que nos acorrala. Nuestra oportunidad histrica se labra ah: en esa multitud que desea despertar de este mal sueo en el que nos han sumido. Est todo por hacer. En cualquier parte donde late un deseo autnomo hay una grieta que se abre, con todo su potencial emancipatorio, incluso si esas palabras resultan sospechosas en un contexto que les ha quitado en buena medida su legibilidad.

Es seguro que el 20 de noviembre no habr sorpresas en las elecciones presidenciales de Espaa. Con un nivel de abstencin y votos en blanco sin precedentes, una vez ms habr sustitucin de partido de gobierno sin que se alterne en lo ms mnimo la anatoma bipartidaria del actual sistema poltico. Eso no es motivo para la decepcin: precisamente porque seguirn empecinados en destruir cualquier vestigio de igualdad, all estaremos, desafiando la desesperanza que traen.

Notas:

(1) Para este punto, remito al lector al artculo 15 de octubre: por la internacionalizacin de la revuelta, publicado en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=137378.

(2) Puede encontrarse un anlisis detallado en Democracia y revuelta: la experiencia de ruptura del 15-M, publicado en http://www.kaosenlared.net/noticia/democracia-revuelta-experiencia-ruptura-15-m.

(3) Para un anlisis del 15-M como acontecimiento, puede consultarse Democracia y revuelta: apuntes sobre una poltica insumisa, en http://archipielagoenresistencia.blogspot.com/2011/08/democracia-y-revuelta-apuntes-sobre-una.html.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR



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