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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-12-2011

29 de diciembre 1996-2011
Guatemala: 15 aos de paz? Muy poco para festejar

Marcelo Colussi
Rebelin


El 29 de diciembre se cumple el decimoquinto aniversario de la Firma de la Paz Firme y Duradera. Quince aos han pasado desde que los comandantes del movimiento armado (la URNG: Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca) y el gobierno del por entonces presidente lvaro Arz estamparan solemnemente sus firman para dar as por terminada la segunda guerra civil ms prolongada del continente, luego de la colombiana.

Ya quince aos de paz. De paz? Las interrogantes que se abren son muchas ms que las respuestas.

Se dice y repite hasta el hartazgo que "la paz es mucho ms que la ausencia de guerra". Verdad rotunda, sin dudas. En Guatemala ello se hace patticamente evidente. Formalmente en el pas hace ya una dcada y media que termin el enfrentamiento blico, pero muy lejos se est de la paz. Es cierto que ya no existe un clima de militarizacin con fuerzas armadas ocupando todos los espacios (los geogrficos y tambin los sociales), enfrentamientos armados, zonas tomadas por la guerrilla e impuestos de guerra, estrategias contrainsurgentes con desaparicin forzada de personas y campaas de tierra arrasada. Todo eso qued en el pasado. Ahora el pas, formalmente al menos, vive en "democracia". Ninguno de los dos contrincantes antao enfrentados en el campo de batalla puramente militar ha vuelto a desarrollar acciones blicas contra el otro; el cumplimiento del cese al fuego ha sido celosamente respetado por ambas partes, y sus fuerzas desmovilizadas se han integrado a la vida civil. De ello pueden dar fe una larga lista de observadores y acompaantes internacionales del proceso de paz. Pero la paz, si es cierto que ella es ms que la ausencia puntual de guerra, es una realidad muy lejana en la cotidianeidad de la sociedad guatemalteca.

El pas sigue presentando ndices de pobreza y exclusin social alarmantes. Segn datos de Naciones Unidas, ocupa el primer lugar en Amrica Latina y el sexto a nivel mundial en desnutricin crnica (UNICEF, 2011). Por otro lado, dada la catstrofe medioambiental que se vive, el cambio climtico lo coloca en cuarto nivel a escala global en orden a la vulnerabilidad derivada de los desequilibrios ecolgicos, que golpean bsicamente a los sectores pobres. El analfabetismo sigue siendo una dura realidad, con un 25% de su poblacin que no lee y escribe (ya no digamos analfabetas digitales, donde apenas un 10% del total de sus habitantes se conecta a internet); el 51% de los guatemaltecos se encuentra por debajo de la lnea de pobreza (2 dlares diarios de ingreso), las diferencias entre lo urbano y lo rural continan tajantes, con poblacin de origen maya siempre excluida, sin mayor representacin poltica (8 diputados mayas sobre un total de 158), condenada a los peores y ms mal pagados empleos, y para una buena parte de la juventud en general, maya y no maya (70% de la poblacin tiene 30 aos o menos) la nica salida posible es marchar como inmigrante irregular a Estados Unidos en bsqueda de mejores horizontes. En otros trminos: las causas estructurales que encendieron la mecha de la guerra civil en la dcada de los 60 del siglo pasado siguen vigentes.

Para completar el paisaje social donde la paz es, ante todo, una dudosa declaracin discursiva, podra agregarse que hoy por hoy, a partir de una compleja sumatoria de motivos, la situacin de inseguridad ciudadana coloca a la sociedad en un clima de zozobra perpetua, donde la criminalidad campea impune y la sensacin de indefensin de la poblacin civil, aunque por distintos motivos, no es tan distinta de la vivida aos atrs en los momentos ms lgidos del conflicto armado interno.

No cabe ninguna duda que hoy ya no se respira un agobiante clima dictatorial, que no hay retenes policiales ni militares a cada paso, que existen garantas constitucionales desconocidas algunos aos atrs. Si se quiere hacer una lectura optimista de todo ello, sin dudas se puede concluir que hoy la guerra es algo del pasado, y el 15 aniversario de la firma de la paz da para festejar mucho. Pero quedarse slo con eso puede ser un tanto miope, o malintencionado.

Hoy no hay guerra, eso es una realidad. No hay 20 muertos diarios producto de las acciones blicas, no hay censura en los medios de comunicacin, cualquiera puede expresar bastante libremente sus ideas sin temor a los servicios de inteligencia que lo estarn persiguiendo, se puede circular sin mayores restricciones por cualquier parte del pas, pero la paz no ha llegado. Y tal como van las cosas, nada indica que ande cerca, aunque se festeje quiz con cierta pompa un nuevo aniversario (u otros ms en el futuro inmediato, porque nada indica que en el breve plazo vaya a darse un nuevo conflicto blico interno).

Dos cuestiones importantes a destacar entonces. Por un lado, si bien hoy no existe una dinmica de guerra, un abierto clima blico con combates, atentados y emboscadas, la sensacin de inseguridad generalizada as como la cantidad de muertos diarios por hechos criminales colocan a Guatemala con tasas de violencia como si se tratara de un pas en guerra. De hecho, est entre los ms violentos del mundo (en el momento de festejar este nuevo aniversario, la cantidad de muertos diarios por hechos violentos ronda las 15 personas, con una tasa de homicidios de 45 por cada 100.000 personas al ao, considerada altsima segn los patrones internacionales). Junto a ello, abonando tambin al clima de violencia generalizada, como fenmenos directamente ligados a la cultura militarizada de la post guerra se da una serie de hechos altamente cuestionables y preocupantes: la cultura de violencia y desprecio por la vida que legaron tantos aos de guerra est incorporada en la normalidad cotidiana. De ah que puedan verse como hechos cotidianos los linchamientos, la "limpieza social" de "indeseables" (rateros, pandilleros, travestis), la proliferacin de violentas pandillas juveniles con lgicas de accin y armamentos militares (lo que puede hacer pensar en agendas ocultas tras de ellas), el asesinato con posterior descuartizamiento de las vctimas, el feminicidio en curso (asesinato selectivo de mujeres con marcado sadismo, lo cual comporta mensajes polticos), y el consecuente pedido de "mano dura" por parte de la poblacin para terminar con esta explosin de violencia que se presenta como incontenible. Por lo pronto, en las recin pasadas elecciones quien acaba de ganar la presidencia es un general retirado que justamente prometa endurecimiento contra esta inseguridad, y fue lo que le llev a triunfar en la justa electoral, asentndose en el temor de la poblacin, urbana en mayor medida.

Junto a esta primera consideracin, no puede dejarse de mencionarse como otro elemento especialmente importante que conspira contra la paz, la expandida cultura de impunidad que barre toda la sociedad. En realidad, todos estos elementos se interconectan, y combinadamente son los que tornan tan difcil cuando no imposible hablar seriamente de una genuina paz en Guatemala: a) la pobreza crnica como comn denominador con diferencias irritantes entre los ms ricos y los ms excluidos (el pas tiene el promedio ms alto del mundo en tenencia de automviles Mercedes Benz per capita, as como de avionetas particulares, junto a ndices de pobreza escalofriantes, como Hait o como pases del frica sub-sahariana), combinado con b) los efectos que dej la guerra (armas en manos de civiles por doquier, legales y no legales; agencias de seguridad privada que superan en nmero en un 600% a los efectivos policiales nacionales; aceptacin normal de salidas violentas para resolver todo tipo de conflictos, estructuras del aparato contrainsurgente que no se han desmantelado y continan manteniendo cuotas de poder, muchas veces enquistadas en el mismo Estado), todo lo cual se da sobre c) un mar de fondo de absoluta impunidad (segn lo reconoce el mismo sistema de justicia oficial, 98% de los crmenes no llega jams a condena; con algunos centavos, o con un buen matn a sueldo, cualquier juez se "ablanda", con lo que el mensaje dominante es, entonces, que la justicia no funciona).

Es importante resaltar que la impunidad no es slo un efecto de los aos de guerra; el enfrentamiento armado la dej ver de un modo evidente, pero en realidad puede llegar a decirse que el mismo conflicto blico vivido por 36 aos y la modalidad que el mismo tom fueron consecuencia de una impunidad crnica que marca toda la historia del pas. Desde la constitucin del Estado-nacin moderno, en 1821, la unidad nacional no dej de ser pensada y manejada como gran finca, con una aristocracia agroexportada mirando siempre hacia el extranjero (Europa o Estados Unidos), que bas su desarrollo econmico en una inmisericorde explotacin de la mano de obra desorganizada y barata, indgena en su mayora. La cultura de impunidad recorre de cabo a rabo la formacin de la sociedad guatemalteca, haciendo posible que un finquero fuera amo y seor de su tierra, disponiendo de un modo casi feudal lo que suceda en su propiedad. A modo de ejemplo, valga decir que durante la dictadura del general Jorge Ubico, entre 1931 y 1944, exista una ley que legitimaba abiertamente esta impunidad permitiendo al finquero cometer cualquier tropela contra el empleado dscolo, eximindolo de toda responsabilidad penal. Tiempo en que se vendan las fincas con "todo lo clavado y plantado, indios incluidos". Es decir: impunidad que marca la vida cotidiana en todos sus aspectos, haciendo que las asimetras entre poderosos y desposedos sean abismales, con un Estado que no hizo sino legitimar histricamente esas diferencias, siempre pensando en la agroexportacin llevada a cabo por una escasa lite, multinacional muchas veces, y de espaldas a las grandes mayoras, rurales en lo fundamental. Impunidad que se expresa en todos los aspectos de la vida; valga como muestra la relacin entre gneros, donde hasta hace algunas dcadas la mujer que deseaba trabajar fuera de la casa necesitaba el consentimiento de su padre, esposo o tutor, o donde el varn que violaba a una mujer menor de edad, segn una normativa jurdica nacional aprobada constitucionalmente, si sta lo aceptaba luego como esposo, quedaba libre de toda responsabilidad criminal, ley que fue derogada recin despus de la Firma de los Acuerdos de Paz.

Todo esto significa que la impunidad como norma es la matriz con la que se desenvolvi la sociedad guatemalteca a travs de los aos, de los siglos. La guerra civil que enlut al pas dejando una cauda de 200.000 muertos y 45.000 personas desaparecidas y de cuya finalizacin ahora se celebra el 15 aniversario, expresa la brutalidad impune con que siempre se han manejado las cosas: el silencio y la resignacin como norma, y cuando se pretende protestar, represin feroz, sabindose que quien reprime no tendr consecuencias (de hecho, despus de terminad la guerra y con la cantidad enorme de violaciones de derechos humanos registrada, no hay prcticamente ningn juicio que condene a los responsables de estos abusos ms de 600 masacres de aldeas campesinas, por ejemplo, salvo algunos ocasionales "chivos expiatorios" (algn militar de bajo rango, algn agente de polica o algn patrullero civil, pero nunca alguien de la jerarqua castrense). Dicho en otros trminos: la impunidad es la ley imperante.

Termin la guerra, es cierto, pero las causas estructurales que la provocaron persisten, y la cultura de impunidad reinante hace que lo que se firm 15 aos atrs no haya podido, y como van las cosas, no vaya a poder concretarse nunca. Es decir que, tal como est la situacin real, los Acuerdos de Paz no pueden dejar de ser letra muerta para pasar a constituirse en hechos efectivos de la vida poltico-social en Guatemala. Los poderes reales del pas (los grupos aristocrticos tradicionales ligados a la agroexportacin o ligados a las nuevas economas globales, o las nuevas aristocracias emergentes, ligadas en muchos casos a economas no muy "santas" narcotrfico, lavado de dinero, contrabando, as como los llamados "poderes ocultos" que siguen manejndose con la lgica contrainsurgente de aos atrs), si bien aceptaron la firma de la paz, nunca se comprometieron realmente con la misma. Lo que fijan los Acuerdos de Paz no es vinculante: nunca pasaron a ser texto constitucional. Se cumplieron a cabalidad los acuerdos que fijaban la desmilitarizacin concreta, la desmovilizacin de efectivos del ejrcito y del movimiento guerrillero con su correspondiente reasentamiento y opciones para la reinsercin a una vida no militar. Pero todos aquellos acuerdos que fijaban al menos en el papel modificaciones reales a la estructura de poder en el pas (tenencia de la tierra, tributacin fiscal, polticas sociales) no pasaron de las buenas intenciones.

Podra decirse que en el nico campo donde se registraron algunos reales avances es en la presencia cultural de los pueblos mayas. Hoy da el racismo no ha desparecido de la sociedad guatemalteca; ni siquiera eso se plantea seriamente con polticas pblicas sostenibles. Pero s es cierto que las nuevas agendas abiertas luego de la Firma de la Paz en 1996 visibilizaron bastante la situacin de los pueblos originarios. No cambiaron en lo sustancial, pero al menos hoy tienen una presencia nueva con la que no contaron en la historia pasada. Esa es, quiz, la faceta ms visible como cambio social en estos 15 aos. De todos modos es preciso destacar que en ese cambio cultural hay mucho de cosmtico, de espectculo preparado en trminos de "correccin poltica" y en el que cuenta mucho el apoyo econmico de la comunidad internacional: se les permite y reivindican sus ceremonias religiosas ancestrales, por ejemplo, pero su situacin econmica real no cambia. Hace ahora un ao en que se produjo un accidente donde un camin cargado de "indios" (80, para ser exactos) volc, provocndose la muerte de alrededor de 20 de ellos. Era un camin que llevaba poblacin maya a un corte de caf igual a como se hizo histricamente, transportndolos de sus lugares de origen a las fincas de produccin en las peores condiciones: el accidente dej ver lo que contina siendo la realidad social de los pueblos originarios, ms all de algunas transformaciones mas cosmticas que sustanciales: la mano de obra barata acarreada como siempre, aunque se alienten oficialmente sus ritos religiosos en un pas de tradicin catlica a morir.

Ahora bien, si nada ha cambiado, si incluso puede pensarse que "poderes ocultos" siguen manejando metodologas contrainsurgentes fomentando el actual clima de inseguridad pblica ("en ro revuelto, ganancia de pescadores"): por qu se firm la paz entonces? Eso hay que entenderlo en el contexto regional, pero ms an, en el concierto internacional. La guerra estaba empantanada desde haca ya un buen tiempo antes que se sellara la histrica firma el 29 de diciembre de 1996. Tcnicamente ninguno de los dos contendientes poda derrotar en forma abierta al otro; de todos modos, las estrategias contrainsurgentes seguidas por las fuerzas armadas haban desmovilizado ampliamente a las bases populares, campesinas en su mayora, creando un clima de terror que no permita el crecimiento poltico de la propuesta revolucionaria. De esa cuenta, la guerrilla no creca, y mucho menos poda imponerse. Y para la derecha guatemalteca, si bien la convivencia con la guerra no le era cmoda, tampoco le era especialmente incmoda, dado que segua adelante con sus negocios (siempre lo ms importante en la lgica de acumulacin del capital), en tanto las fuerzas armadas dominantes de la escena poltica haban conseguido un espacio econmico que la guerra misma no le impeda, o ms bien favoreca. Si se firm la paz fue porque la composicin del escenario internacional, dominado por la hegemona estadounidense, no la alentaba, o dicho de otro modo: ya no necesitaba de estas guerras regionales en Centroamrica.

La Guerra Fra haba tocado a su fin y los grupos armados ya no tenan mayor espacio para seguir movindose. En Nicaragua, cada la revolucin sandinista por va electoral en 1990, para la geoestrategia imperial ya no era necesario seguir manteniendo a la Contra en el plano militar. Ese reacomodo de fuerzas y los aires de "pacificacin" que se fueron imponiendo para la regin, hicieron que la guerrilla salvadorea el Frente Farabundo Mart para la Liberacin Nacional, FMLN no pudiera seguir adelante con su lucha, llegando a una paz negociada polticamente en 1992. El escenario no permita tampoco la continuidad del proyecto revolucionario por va armada en Guatemala, con un campo socialista ya desintegrado y con Cuba atravesando su terrible "perodo especial", dificultndosele cada vez ms el apoyo a los procesos transformadores en el rea. La paz, entonces, fue ms producto de la imposibilidad de seguir adelante con una guerra que ya no tena reales posibilidades de triunfo por parte de la URNG que por un proceso genuino de transformacin que superara las diferencias histricas que la haban iniciado casi cuatro dcadas atrs.

De algn modo puede decirse que no habiendo podido triunfar en el plano militar, el movimiento revolucionario plasm en el papel de los Acuerdos buena parte de su ideal de cambio para sentar las bases de una nueva sociedad. Ahora bien: si la derecha nacional, incluidas sus fuerzas armadas y por supuesto con el aval de Washington aceptaron esa firma, fue porque la correlacin de fuerzas polticas se lo permita: se firmaba algo sabiendo que luego, en la prctica, nada cambiara. Al da de hoy es poco lo cumplido de esos histricos acuerdos. Y lo que no se cumpli en 15 aos, ya muy difcilmente pueda cumplirse de aqu en ms. El gobierno entrante del general Otto Prez Molina, que asumir el prximo 14 de enero del 2012, no augura para nada una profundizacin de esos acuerdos, sino por el contrario su paulatino olvido.

15 aos despus, la maniobra es evidente: se puso fin a un proceso militar que, sin ningn lugar a dudas, era contraproducente para muchos sectores pues no ofreca salidas, pero el genuino espritu de cambio (paz y justicia) que imponan los Acuerdos est muy lejos de haberse materializado. Se podr decir ahora, quiz con cierta grandilocuencia, que efectivamente no hay guerra, que se silenciaron las armas y que el clima democrtico prevalece. Aunque eso es muy relativo, muy engaoso incluso: no hay guerra formal, pero sigue habiendo 18 muertes diarias por inanicin, por hambre, en un pas productor de alimentos.

Las luchas sociales siguen. No hay, en todo caso, un proyecto claro y definido desde la izquierda; el movimiento guerrillero, ahora reconvertido en partido poltico, no encuentra su espacio, y su actuacin electoral es bastante pobre. Por otro lado, los movimientos sociales estn desperdigados, sin haber instancias que aglutinen todo el descontento que flota en el aire. Es cierto que no hay acciones armadas, pero la conflictividad est a la orden del da expresndose de una y mil maneras. La violencia delincuencial que azota al pas es una expresin (en muy buena medida manipulada desde las sombras) que funciona como mecanismo de control social. Por supuesto, los beneficiados de todo ello no son los ciudadanos de a pie que la experimentan da a da.

No hay guerra, es cierto, pero sigue habiendo muerte, sufrimiento, pobreza extrema, desesperanza y desmovilizacin. Si se quiere ver con objetividad: no hay guerra en trminos formales, pero el pas no est en paz ni remotamente. Por tanto, es poco lo que puede festejarse este 29 de diciembre.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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