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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-01-2012

Entrevista al poeta Eduardo Miln
Diez preguntas sobre la urgencia

Arturo Borra
Rebelin


Para muchas personas la poesa se ha convertido en un lujo que -habida cuenta de sus urgencias vitales- consideran que no pueden permitirse. Qu cabe esperar de quienes consideramos ms bien que la produccin potica forma parte de esas urgencias? O, para repetir la pregunta de Hlderlin: para qu la poesa en tiempos de penuria?

La pregunta de Holderlin es fundamental no slo para la modernidad en que se conceptualiza. A quien se sirve? Los dioses de Holderlin son el orden, la explicacin, la trascendencia, la posibilidad Otra. Pero tambin lo que escucha, lo que oye. Con quien se dialoga. Para Holderlin se sirve a ese condensado de atributos. Pero en plena secularizacin, para un poeta, un dios se parece a un lector. O sea, el verdadero poeta -y es difcil esta categora- no sirve a nadie. Es lo bueno. Pero hay poetas -y eso no quiere decir que sean falsos sino que para m quiere decir que no cumplen con la dignidad de la poesa- que sirven al lector. El sueo de la mercadotecnia, el sueo del espectculo -eso propio de ciertos novelistas, de actores, polticos y cantantes de rock: celebrities-- no escapa a nadie. Por otra parte, dira que no cabe esperar nada de quienes consideramos -yo al menos- a la poesa no como una urgencia sino como una necesidad luego de un azar, como un destino aceptado luego de ciertas contingencias que sealan rumbos. Pero decir o preguntarse qu cabe esperar es como creer que hay algo de elegidos -secretamente, en voz baja, murmurado porque carece de prestigio en el mundo real- en los que escribimos poesa y somos poetas. Lo que est en juego hace tiempo es lo humano. Y luego, de ah, lo mejor de lo humano que puede ser la creacin. Pero hay que precisar: la creacin de buena calidad. Tambin abunda la mala. En esta poca es dominante.

En el contexto del presente, marcado por la masacre y el estado de excepcin, cmo podramos contribuir a transformar desde el campo potico lo extrapotico? En qu sentido la poesa podra tener eficacia poltica, en unas condiciones culturales que la marginan de forma radical?

Es una cuestin tica. La poesa juega a partir de la tica del poeta, no juega sola. Me cans de aquellas voces que salvan por anticipado a la poesa, que la salvaron siempre, que, de alguna manera, le otorgaron un lugar tan especial. Alguna vez - en Resistir creo que fue- arrincon ese argumento contra las cuerdas -no slo contra las vocales: contra las del ring- y habl de un mundo donde la poesa se salvaba y se hundan los humanos. A esa paradoja lleva decretar la salvacin de la poesa por anticipado. La poesa es poltica como todo acto humano. Y puede ser poltica como forma de resistencia. En la medida en que se acepte que la palabra est gastada porque la poesa es gasto ejercido, no ahorro, no capitalizable. De modo que hay un deseo. El deseo no preserva su gasto. Que lo hiciera sera como hablar de un capitalismo del espritu. Lo que quiero decir es que la poesa no es el ejercicio de un deber ser, de un supery. Es un acto de libertad. Y depende del alcance que se le d al concepto y al trmino. Una sociedad donde todo se consigue no es una sociedad de libre deseo sino de libre condicionamiento, valga la contradiccin. Cuando uno empieza a decir: la palabra potica es la contencin frente a la, etc, uno ya condicion la cosa. La poesa puede ser un acto de contencin ante la emisin moldeadora de opinin de ciertos medios dirigidos y orientados para controlar. Puede ser una forma de contencin ante la emisin meramente contactual (de hacer contacto) del habla comn y cotidiana que son formas de ejercer y poner a funcionar un cdigo. Pero uno puede tambin comprobar luego que ciertos poetas que rodean la palabra de silencio luego rodean un libro de mutismo y luego esperan en la fila del Nbel sin hablar de lo que pasa. Insisto: un poema tiene que ser lo que yo quiero, no lo que los pueblos que sufren. A los pueblos que sufren puede o no interesarles la poesa. Y luego veremos qu poesa les interesa. Fabricamos equivalencias con la facilidad de la necesidad. Cules pueblos? La parte que se levanta contra el capitalismo o la parte que busca un lugar en el capitalismo? Volviendo a tu pregunta anterior: si algo cabra esperar de nosotros los poetas es que sepamos caminar por este borde difcil, en este equilibrio difcil. Hoy todo est en juego. Hay que preguntarse si ese mundo extrapotico o ese afuera -esa gente, esos lectores- quieren mejorar o quieren cambiar. Si todo est en juego, insisto, la poesa tambin est en juego. Es insostenible la complicidad de los poetas alrededor de la poesa como si la poesa fuera la misma cosa. Hace mucho que la poesa no es esa cosa esencial que nos vuelve hermanos.

En conexin con lo anterior, qu puentes podramos y quizs deberamos construir quienes participamos en el campo potico con respecto a movimientos sociales crticos, como por ejemplo el movimiento de indignados que, en los ltimos meses, se ha expandido a escala mundial?

Indignarse es llenarse de dignidad y desbordarse. Cuando Gngora dice escribo para pocos est en el ncleo de la dignidad, no desbordado. Habita pleno la dignidad. La poesa ah es esa cosa que ocupa su propio lugar, brilla como un insecto que ocupa su propio lugar. Es el momento de alta calidad, o sea: donde contiene su novedad autoabastecida, sin ms mercado que el paso de la oreja, los ojos, la sensibilidad y la conciencia, los cuatro pasos del placer en poesa. Pero ese nivel es difcil de mantener. Y empieza el negociado. La indignacin de la poesa es no aceptar el negociado. Como la indignacin del indignado de la Puerta del Sol o de la Plaza Libertad es no aceptar el ser negociado, el que le roben, secuestren o vendan su futuro y el de los suyos. Pero hay que ver lo que te deca antes: saber si lo que se quiere es no perder la dignidad ante lo intolerable -esa venta, ese negocio de la vida, esa biopoltica del aire- o la demanda de un lugar en el espacio del capital, que ya es bien otra cosa. Queremos cambiar -mantener la dignidad de la poesa en lo que la poesa significa para uno- o queremos reivindicacin -acomodarla a cmo d lugar al deseo o a la necesidad de un lector, de un mundo. O sea, hacerla posible. Lo ms hermoso de la poesa, lo que yo considero belleza, es la imposibilidad que esa cosa contiene, su incomunicable intrnseco, su exhibicin y defensa de ese incomunicable. Ese efecto que crea de no estar y estar ah, de no haber estado nunca, de nunca haber sido, de poder ser por no haber sido. Pero jams volver a ser. Y jams volver a ser igual, lo mismo siempre. Esto ltimo negara lo esencial para m, lo que ms quiero. Y creo que es lo que est en juego en la relacin dignidad de la poesa-indignados.

Lo otro que me parece de primera importancia de los indignados -que parecieron mucho tiempo dormidos, en verdad, o confiando en un estado de cosas que no era, esa ingenuidad que se parece a los latinoamericanos fascinados con Obama porque se opona tanto en imagen como en contenido a la bestialidad de Bush- es el riesgo que eso asume en relacin a su estado de permanencia en la indignacin. El que despert del sueo de esta sociedad saqueada dirigida por saqueadores - en el capitalismo actual, no vale la pena -aunque no todo es lo mismo, no es lo mismo el sur que el norte- hablar de pases o de gobiernos bajo la lgica dominante de las corporaciones- difcilmente pueda volver a soar aquel sueo. Podr dormir con la conciencia tranquila en la medida en que acte. Y los poetas tienen palabra. El problema es el uso de esa palabra. Ese es el gran problema. Ya lo sabemos: esto va para largo. Y esto contradice la nocin de urgencia. Urgencia, en realidad, no hay. Yo apoyo a los indignados como ser humano. Yo me indigno. Eso marca mi escritura. Pero no es una receta ni un mandato. Todo poeta debe indignarse. Todo ser humano debe indignarse. Se juega la vida en eso. Como poeta no s si es necesario proclamarse. En la modernidad la poesa no ha sido una suerte de indignacin ms o menos estentrea? No era Rimbaud un indignado? Lautramont? Baudelaire? Mallarm? Artaud? Duchamp? Satie? Martnez Rivas? Nicanor Parra? Dcio Pignatari? Y sigue la lista. La creacin artstica que yo valoro viva en el punto de indignacin. Otra no. El problema es que esa que no se volvi mayoritaria y dominante. Tampoco se volvi celebratoria como un Perse o un Guilln. Se volvi pasiva, acompaante, expectante de los resultados de la Academia. Eso tambin indigna. La dignidad de la poesa pasa por no esperar nada. Y eso es dificilsimo en este mundo.

Ante el devenir secta de los grupos poticos dominantes, una estrategia tpica para hacerse hueco en el campo es la apelacin al pluralismo esttico (lo que a menudo se convierte en una forma de desentenderse del ejercicio de la crtica a esos grupos). Cmo articular si cabe- una cierta forma de pluralismo con la elucidacin de los lmites de una determinada escritura y de las prcticas ms o menos legtimas que la posibilitaron?

Lo nico es respetar una frontera. No se puede dejar de creer en lo que uno cree por convivir en forma pacfica. Eso es suicida. Tambin empezar a conceder mediante espacios de silencio -no decir nada ante lo que uno no puede soportar porque considera mal hecho, mal pensando, o, como digo: entregado al lector- termina siendo autoaniquilante. Hay que acordar las diferencias. Delimitar los bordes. No se puede renunciar a la crtica. Los grandes maestros de la negacin -como los grandes maestros de la Nada en Oriente- fueron los que formaron el concepto que manejamos de la conciencia, sobre todo la crtica. Renunciar a la conciencia crtica es enfermarse. El mayor sntoma de salud que conozco es denunciar los abusos del Poder, Y eso est considerado, precisamente, una especie de enfermedad negativa. Los cansados de negacin son los que ahora vienen con el abrazo hermano y con la poesa para mirarse a los ojos. Conmovedor de veras. Equivale en trminos polticos a la negacin de la justicia. Viva la hermandad caritativa del beso. A m que me cuenten fuera.

Decas en otra ocasin que la poesa exige trabajar con la prdida. Ante esa sombra que remite a la melancola, quizs sea preciso repreguntar: qu es lo que perdemos en la escritura? Tambin podra reformularse la pregunta de forma paradjica: tuvimos alguna vez aquello que la poesa supone que pierde?

Se relaciona con el ser. El ser pierde por ah. Toda la poesa es un ejercicio de esa prdida, de ese dejarse ir del ser. O sea: lo contrario de esa sobre-potencializacin atribuida a los grandes metafricos -no Quevedo ni Gngora- a los grandes poderosos de la poesa, creadores de grandes universos. No es el ejercicio de una debilidad: es el de una prdida en el sentido de algo ya constituido. Una prdida no en el sentido que deja un hueco, un buraco: en el sentido que va hacia otra cosa. Toda la poesa -esto no tiene que ver, por una vez, con la cantidad en el sentido de una industrializacin de la cosa- es un gran movimiento hacia la prdida, una trashumancia hacia la prdida de s misma. Nada sacrificial, nada en nombre de otra cosa, ninguna hoguera, ningn quemarse: esos siguen siendo los enemigos. Pero esa hereja frente a lo institucionalizado del ser, primero, y luego frente a lo institucionalizado del olvido del ser como dice Heidegger, toda esa glaciacin, todo ese imprevisible de la vida -que pudo haber sido otra cosa radicalmente distinta-, eso lo lleva la poesa en s misma. Una nostalgia de su ausencia, si quieres. Eso es lo que quiero decir. Todo arte tiene para m la emanacin de esa nostalgia de no haber sido y no de haber sido otra cosa como un caballo que llora por dejar de haber sido grifo, una almendra por haber dejado de ser ojo egipcio o dos combas tocadas en sus inicios sobre el cielo. O mucho menos imaginaria y como me gusta a m: una pobreza que lamenta su ser riqueza ya perdida. No esa aristocracia. Algo ms libre. Se trata de algo que lleva lo de la vida, ese movimiento. No ponerse dramtico. La cosa es compleja. Alain Badiou hablaba en ese libro magistral El siglo de las posibilidades todava del arte a travs de lo que l llama sustraccin -como francs lo puede decir: aqu sustraer es robar, hay que decir tal vez restar, o en trminos de accin sustraer (se) es omitirse, no estar all. Hay una enseanza total en esto. Los poetas complejos y paradjicos (Guillaume de Poitiers, Juan de la Cruz, Garcilaso, Gngora, Quevedo, Lope, John Donne, Holderlin, Von Kleist, Rimbaud, Laforgue, Augusto de Campos, John Cage, Lpez Velarde, Rulfo) lo saban. Por qu lo olvidamos nosotros? Porque no hablamos de lo mismo cuando decimos poesa.

La concepcin del poema como erizo, que lleva en su superficie lo incomunicable, suele toparse con el reclamo de ms claridad y sencillez, exigiendo algunas certidumbres poticas para atemperar nuestra perplejidad. De hecho, uno de los sealamientos habituales es que ese tipo de poema espanta al lector Qu presupuestos sobre lo potico y lo poltico implican posturas semejantes? Y como contraparte, cmo replicar a una posicin as, erigida en presunta portavoz de lo popular?

Si la implicacin poltica del erizo-poema es la incomunicacin bienvenida sea. La comunicacin es para los comunicadores. Si un poema espanta hoy en da todava hay esperanza. El problema es precisamente que ningn poema espanta. El adormecimiento que da lo previsible necesita de vampiros, das despus de maana, sequas, hambrunas de radical suelo rajado. Hoy la incomunicacin es poltica porque acta como alternativa a la sobre-comunicacin. Seamos contingentes. Esto es hoy, poltica es hoy. No ayer ni maana. Hay que decirle -si uno quiere decirle- a esa masa, a ese pueblo que tanto haba a principios del siglo XX, a ese movimiento de gente pendular que vela -cuando vela- o reacciona solamente por sus intereses que tiene que aprender a no comunicarse. Tiene que aprender re-individualizarse y no andar por ah en patota esperando la promesa despus de las urnas -o sea, la post-vida, la ultratumba. Indignado es el que renunci a la promesa de la falsa democracia. Eso es lo que interesa. Si uno renuncia en la vida a esa falsa democracia va a pedir verdadera democracia para la existencia en sociedad del poema? Qu locura tan fea es esa? De lo contrario cmo va a distinguir a Bob Dylan de Palito Ortega o del bueno de Joselito?

En varios ensayos tuyos has contrapuesto una lengua del exilio a un exilio de la lengua. Qu supone esa lengua de la que nos exiliamos y qu lugar (ms o menos inestable) traza o promete nuestra escritura? En ese desplazamiento, cules seran sus fronteras infranqueables, en caso de que existieran?

Esa lengua del exilio de la lengua no existe como lugar, no hay eso, supone una posicin y una creacin. No hay un lugar en la lengua llamado exilio de la lengua. Hay que crearlo en la escritura. Significa agarrar el lenguaje por los cuernos de la luna que no tiene. Ah s no hay fronteras, en la medida en que siga siendo exilio. La condicin exiliar -as me gusta decir eso- no se pierde nunca. Es la utopa personal en mi hbitat, lo que yo me comprometo a hacer. De todos modos significa adems no intentar crear ninguna lengua del exilio, eso que hablaramos todos en esa situacin. La mayora de los exiliados intenta regresar a casa. Y no hay reproche de ningn tipo de mi parte. Regresar de noche con los focos prendidos o sin los focos prendidos, recin orillado el barco o desmontado el caballo, con los ojos fijos de plato de la liebre sobre ti o sin sus ojos, los del vecino detrs de la cortina. Slo que ya no se puede intentar escribir en posicin de un exiliado de la lengua. Uno vuelve para volver -valga la redundancia- no para seguir afuera.

En tu crtica a la claustrofobia del presente, en una entrevista anterior sealaste que el poema es, precisamente, la instancia que abre la puerta (lo que no significa que los pjaros salgan necesariamente). Una vez ms: forjar salidas hacia dnde, en qu direccin, para que no se conviertan en nuevas trampas? En particular, qu poticas contemporneas contribuyen a crear esas salidas?

Bueno, ahora hay que aguantar esto: forjar salidas hacia el afuera. Y luego vemos. Porque adentro se muere sofocado. Lamento la falta de garanta. Pero es un problema de integridad. La direccin se ve en la marcha. De nuevo lo del exilio. Cuando uno se exilia muchas veces no tiene la seguridad de la meta -en realidad, slo transitoriamente se le presenta, en general. Nunca fue lo mismo salir a Mxico que a Noruega -y eso que Mxico estaba muy bien en el 79. O mucho mejor que ahora. Vivimos este mientras tanto que posibilita alguna accin sin saber hasta cundo ni hacia dnde. En cuanto a las poticas, vivimos el tiempo de las variables. No s si una variacin mnima puede sealar un rumbo. Aqu la teora del diminutivo no ayuda mucho. Una lucecita que nos gue y devuelva el esplendor, deca el extraordinario Ezra Pound en traduccin de Vzquez Amaral. O apostar por la reversibilidad catastrfica. De cualquier manera es cuestin de tiempo. El capitalismo tambin es cuestin de tiempo. La eternidad, si existiera, expulsara al capitalismo asqueada.

Puesto que toda produccin potica est situada en condiciones sociales e histricas determinadas, qu huellas ms o menos reconocibles deja en tu discurso tu estancia prolongada en Mxico? Como contraparte, qu persiste de ese Uruguay del que te exiliaste?


Mxico es la cultura que tiene el mayor componente mtico que conozco en Amrica Latina. En algunas partes se toca con un Brasil que quiero, ese Brasil del sertao de Glauber Rocha y de Joao Guimaraes Rosa, que coexiste con esa otra grandeza que representa -antmitica por cierto- la de los poetas concretos de Sau Paulo, Augusto de Campos, Dcio Pignatari, Haroldo de Campos, toda esa herencia que me viene de mi madre brasilea. Mxico practicaba en su cultura una gran coexistencia cultural. Pero faltaba, en los ochenta, prctica crtica. Yo no haca crtica literaria ni de poesa en Uruguay. Estudi Letras. Empec por invitacin de Octavio Paz a escribir una columna de poesa en Vuelta alrededor de 1987. Ya escriba poesa en Uruguay, tena tres libros publicados antes de salir a Mxico. En 1991 publiqu un libro, Errar, con el que fui reconocido como poeta, no unnimemente. Tengo el orgullo de no haber sido un xito en nada. Una de las huellas que en mi discurso se pueden notar es la resonancia de los que me quieren y la resistencia a una buena cantidad de gente que no me quiere y detesta lo que hago. En cuanto a Uruguay, persiste lo esencial. Me siento un uruguayo en Mxico, nunca dej, salvo en perodos de flotacin amorosa, de sentirme uruguayo. Hablando de dignidad, Uruguay para m es una leccin, en cuanto a su sociedad -algo que viene de Artigas- de dignidad y resistencia. La figura de mi padre -que alcanza una dimensin muy particular con su prisin poltica de 12 aos- es una presencia permanente en mi vida, difcil, constitutiva.

Para terminar, en una realidad drstica en la que todo parece naufragar, cul es la tarea ms urgente para una poesa que no se conforma con sobrevivir entre los escombros?

Hay que tratar de ser buenos fenicios. No mercantes: navegantes. Navegar, no en internet slo, no precisamente. Navegar en la conciencia. Crear posibilidades. No todo est cerrado. Hace diez aos cuando todo pareca ms abierto -en Europa, sobre todo- no s si no estaba ms cerrado. El poder-no de los indignados es una esperanza. Se puede ir todo al demonio. Es posible. Pero insisto en que despertar a un cierto grado de conciencia vuelve imposible soar el mismo sueo. En todo caso, profundizar en los grados de conciencia. No aceptar la homologacin: Nosotros, los poetas, la poesa, que para nosotros nosotros quines? Esto no es separar: esto es discernir. Hay una gran confusin en todo esto. La clase dominante no s si est en riesgo. Pero la clase dominante no discierne entre poesa y poesa.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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