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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-01-2012

En la muerte de un enemigo
Un hombre de este Estado

Miguel Romero
Rebelin


Hay das en los que los medios de comunicacin lanzan conjuntamente, con rarsimas disonancias, un humo que te ensucia las manos, los odos y los ojos. Ms que de costumbre.

Hay noticias que invitan a apagar la radio. Es fcil imaginar lo que se escuchar a continuacin: ser indignante y la indignacin se te quedar dentro, compartida slo con amigos, sin poder convertirla en alguna forma de grito o accin colectiva, con un sabor amargo de derrota o de recuerdo de una derrota. Pero no apagu la radio la maana del lunes da 16 despus de escuchar la noticia de la muerte de Fraga. Y lo que vino despus, no por esperado, fue menos nauseabundo. El hombre que organiz odiosas campaas de difamacin contra la memoria de torturados y asesinados por la dictadura, como Julin Grimau y Enrique Ruano; el modernizador del aparato de propaganda y encubrimiento del franquismo; el responsable poltico de las matanzas de Vitoria y Montejurra; el referente y aglutinador del franquismo sociolgico en los primeros tiempos de la Transicin; el autor de la reconversin del caciquismo gallego en un aparato de poder; el fundador de un partido que representa un xito pstumo del atado y bien atado de la herencia franquista En fin, este personaje odioso cuyo justo destino hubiera sido la condena por colaboracin necesaria en los crmenes del franquismo, ha sido presentado por polticos y periodistas de los ms variados perfiles del establishment como un padre de la patria al que sus excelsas virtudes disculpan sobradamente de lo que, finalmente, no fueron ms que expresiones de su carcter volcnico (sic); un tipo adems lleno de nobles sentimientos, amante del jamn ibrico y de la empanada de berberechos, experto jugador de domin En medio de esta porquera, termin sonando digno el recuerdo de Carrillo a Grimau, envuelto eso s en los tradicionales elogios de velatorio de la hermandad parlamentaria. Y destac por lo ridculo una ancdota que cont Alfonso Guerra y que vale la pena resumir: el da de constitucin del primer Parlamento democrtico, Guerra vio venir por el pasillo de las Cortes a Fraga y pens: Este se me echa al cuello!. Consciente de que su imagen quedaba poco aguerrida, se apresur a aadir: O yo me echo al cuello de l!. Pero hete aqu que cuando se encontraron, Fraga le dijo: Buenos das. A lo que Guerra respondi: Buenos das. Y en ese instante mgico, esta figura emblemtica del socialismo espaol concluy: Entonces pens: esto va a funcionar!. Pues efectivamente, esto ha funcionado y de qu manera. Sin ir ms lejos, el pasado 20-N.

Toda esta hagiografa funeraria no es en absoluto banal. La historia oficial sirve para ocultar la historia real. Fraga embalsamado desplaza al Fraga despiadado, vengativo especialmente con quienes combatan a su rgimen. Uno de ellos, el psicoanalista Francisco Perea, que fue militante del FLP, escribe en su ltimo libro, Incongruencias , lo siguiente: ... me enter de que Fraga Iribarne haba escrito un editorial o comunicado, que nunca tuve ocasin de leer, en el peridico falangista Arriba, en el que no slo me desmenta sino que me calumniaba por el uso que yo haca sobre la falsa denuncia o el falso testimonio de mi tortura. Este personaje, al que se me puede permitir calificar de desvergonzado, no slo negaba que yo hubiese sido torturado, sino que lo denunciaba por no s qu consigna o estrategia de destruccin y calumnia ma a la polica espaola. La polica me haba torturado con impunidad, impunidad consagrada y sancionada por un juez, y ahora encima un canalla me calumniaba en pblico por haber manifestado a un abogado que fui torturado. El odio a este seor, a Fraga Iribarne, representante genuino de la desfachatez y la desvergenza franquistas, se instal en m de modo permanente como protesta contra ese ejercicio, en el que se empe Fraga Iribarne, por acallar los gritos que surgieran de algn corazn dolorido a fin de que no llegaran a odos de nadie. El grito del paria, al que se refera Heinrich Heine, deba ahogarse en esa mudez. Esa era la tarea de ese siniestro personaje.

ste es un pequeo retazo de la historia real de Fraga Iribarne. Una historia, como tantas otras, amputada de la memoria colectiva, al servicio de un rasgo constituyente de la Espaa franquista que forma parte del legado transmitido por la Transicin y que el propio Perea define as: Este pas qued desposedo de mala conciencia. Y aade: No hay aberracin social mayor. Ante cualquier riesgo que turbe la conformidad establecida sobre el dogma de que la historia ha funcionado de la mejor, y en realidad nica, manera posible, se produce inmediatamente un movimiento de consenso reactivo que restablece el orden. Aqu tambin, "no hay alternativa".

Gregorio Peces Barba, que exhibe cuando le conviene su condicin de amigo de Enrique Ruano, ha pasado de puntillas sobre su memoria en el elogio fnebre a Fraga Iribarne. El recuerdo hubiera estropeado la peana en la que le coloca como hombre de Estado. Esplndida definicin. Est perfecta as, en singular, sancionando la equivalencia entre el Estado del franquismo y el Estado de la Transicin: Fraga pudo servir sin mayores contradicciones y en puestos de alta responsabilidad a esos dos Estados precisamente porque tienen fundamentos comunes, porque el Estado democrtico naci contaminado del barro y la sangre de la dictadura.

Un demcrata canta el coro plaidero. Y es que en el discurso del poder hombre de Estado y demcrata son trminos equivalentes. Cunta razn lleva Jacques Rancire cuando en una entrevista en Pblico (15/01/2011) reclama la necesidad de repensar completamente lo que democracia, en el sentido fuerte del trmino, significa. Y aade: La democracia no es una forma de Estado. Es la realidad de un poder del pueblo que no puede coincidir jams con una forma de Estado. El lenguaje del 15-M viene a decir lo mismo a ras de tierra: Lo llaman democracia y no lo es. Hace tiempo que no lo escuchamos masivamente. La exaltacin pstuma de Fraga nos recuerda hasta qu punto es necesario volver a ocupar las calles que deberan ser nuestras.

El odio es un sentimiento inquietante, incluso cuando est justificado. An con esa inquietud, odio a Manuel Fraga Iribarne. Mientras han estado y estn en el poder esa gente, esos hombres (y mujeres) de Estado que se han unido en comunin democrtica en homenaje a uno de los suyos, nuestros muertos no descansarn en paz.

Miguel Romero es editor de VIENTO SUR


P.D: He escrito esta nota recordando a Enrique Ruano, amigo y camarada, sinnimos en aquellos tiempos.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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