Portada :: Palestina y Oriente Prximo :: Revoluciones en el mundo rabe
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-01-2012

Las revoluciones rabes del 2011

Josep Maria Antentas
Anuario de Movimientos Sociales 2011


El ascenso de la ola de protestas que recorre el mundo rabe[2] desde finales de 2010 cogi a todo el mundo por sorpresa por su magnitud, extensin geogrfica, profundidad, y por su arranque en un pas aparentemente estable y relativamente prspero como Tnez. Retrospectivamente tenemos que considerar la ola revolucionaria que se ha extendido por toda la regin durante este recin finalizado 2011 como el desencadenante de un nuevo ciclo internacional de protesta, cuyas dos expresiones ms visibles han sido las revoluciones rabes y la rebelin de l@s indignad@s iniciada primero en el sur de Europa para cruzar despus el Atlntico.

Esta ola revolucionaria, an imprevista, no nace de la nada. Sus razones de fondo son el impacto prolongado de tres dcadas de neoliberalismo, las dificultades en la supervivencia cotidiana agravadas por el aumento del precio de los bienes bsicos, y el cansancio ante la represin y la falta de libertades y el dominio de regmenes corruptos, en un contexto de falta absoluta de cualquier modelo de desarrollo creble capaz de integrar a las nuevas generaciones[3]. El colapso de los proyectos postcoloniales desarrollistas dio paso a un progresivo giro neoliberal que socav las conquistas sociales del periodo anterior (ms o menos relevantes en cada pas en funcin de su particular trayectoria) dando lugar a regmenes serviles de Occidente sin proyecto poltico alguno, ms all de su permanencia en el poder y el enriquecimiento de su elite dirigente y a un retroceso de las condiciones de vida del grueso de la poblacin de toda el rea.

Contrariamente a otros levantamientos anteriores, desde la revuelta en El Cairo contra la ocupacin francesa en 1800 hasta las insurrecciones anticoloniales de la segunda mitad del siglo XX, el objetivo de la actual ola revolucionaria en el mundo rabe no es directamente el imperialismo occidental, sino los propios regmenes domsticos del mundo rabe[4], aunque su existencia y permanencia en el tiempo es claramente identificada por las sociedades rabes como consecuencia del apoyo del imperialismo a los mismos.

A diferencia de otras regiones como Amrica Latina el mundo rabe no vivi un proceso de democratizacin controlada a comienzos de los noventa en el marco del nuevo orden mundial. Dichos regmenes dictatoriales practicaron una poltica del vaco [5] basada en la consolidacin de una ausencia total de alternativas mediante la represin poltica y social, bajo el amparo de las justificaciones intelectuales forjadas en Occidente sobre el atraso rabe y su falta de madurez para la democracia.

Tras su independencia en 1956 el rgimen de Bourguiba impuls en Tnez un modelo de capitalismo autoritario con fuerte intervencin estatal, bajo el cual el pas experimento un proceso de modernizacin, urbanizacin, aumento de la asalarizacin y mejoras en la condicin de la mujer, pero con un muy limitado reparto de la renta. A comienzos de los aos ochenta, a raz de la crisis de la deuda externa en 1982, la situacin social empeor ostensiblemente. Las bases del rgimen se tambalearon y en 1984 estallaron fuertes revueltas del hambre. El autogolpe de 1987 dio paso al periodo de Ben Ali que impuls la reestructuracin neoliberal de la economa tunecina y su insercin dependiente en la economa global, consolidando un modelo de capitalismo neoliberal basado en la dominacin de su clan familiar sobre la economa del pas, con vnculos dbiles con la propia burguesa tradicional. El ajuste neoliberal provoc prdida de poder adquisitivo de los asalariados, un fuerte nivel de desempleo (oficialmente del 147% en 2009), sobretodo entre la juventud, y el aumento de subocupacn y la informalizacin del empleo, que afecta a un 60% de los trabajadores. En estos aos Tnez retrocedi repetidamente en el ndice de Desarrollo Humando (IDH), pasando del puesto 78 en 1993 al 98 en 2007. Las desigualdades sociales fueron acompaadas tambin de polarizacin regional entre las zonas costeras orientadas al turismo y el interior ms empobrecido.[6]

En Egipto las reformas neoliberales auspiciadas por el rgimen de Mubarak desde los ochenta, acentuando el proceso de apertura econmica (infitah) iniciado por Sadat en 1974, y sobretodo su aceleracin en los noventa, minaron el modelo desarrollista autoritario establecido por Nasser desde 1952. Dejaron tras de s una estela de polarizacin social (un 3% de la poblacin realiza el 50% del gasto en consumo), de concentracin de la riqueza (en manos de una elite millonaria conectada orgnicamente con el poder, de miembros del partido gobernante y el ejrcito) y de hundimiento de las condiciones de existencia del grueso de la poblacin. Se generalizaron la subocupacin y el desempleo, que golpea particularmente a la juventud entre ella la universitaria, con un 30% de paro. La inseguridad alimentaria se convirti en un fenmeno estructural y la crisis alimentaria de 2008 provoc el aumento del 50% del precio de los alimentos bsicos, afectando en particular al 40% de la poblacin del pas vive por debajo del nivel de pobreza absoluta de 2 dlares por da establecido por la ONU[7], e iniciando un ascenso del precio de la comida que continuara en 2009 y 2010.

El impacto del ajuste neoliberal gener en ambos pases el progresivo ascenso de las luchas sociales. En Tnez una fuerte revuelta en la cuenca minera de Gafsa estall en 2008, como reaccin al fraude en las nuevas contrataciones anunciadas por la empresa de fosfato que constituye el centro de la economa regional. Aplastada brutalmente y sin capacidad para extenderse por el conjunto del pas, la revuelta en Gafsa fue una primera seal del descontento larvado. En paralelo, las corrientes de izquierda fueron ganando durante los ltimos aos peso creciente en muchas federaciones locales y sectoriales del sindicato oficial del rgimen, la Unin General de Trabajadores Tunecinos (UGTT), autonomizndolas de facto de su direccin oficial central.

Ms perceptible an fue el renacer de la protesta en Egipto. Desde el ao 2000 emergi un movimiento de solidaridad con la segunda intifada Palestina y, posteriormente, contra la guerra de Irak. Justo despus, en 2004 emergi el potente movimiento pro-democracia Kifaya, que desafi las pretensiones de Mubarak de presentarse a un nuevo mandato en las presidenciales de 2005. En 2006 estall una huelga en Mahalla, el mayor ncleo industrial de oriente medio. Su victoria estimul la propagacin de conflictos en todo el sector. Dos aos ms tarde, en abril de 2008, otra revuelta sacudi de nuevo la ciudad, motivada por el aumento del precio del pan. La crisis alimentaria del mismo ao, an sin causar un estallido dramtico como las revueltas del hambre de 1977, provoc una multiplicidad de protestas y desrdenes locales. Las luchas en Mahalla en 2008 marcaban en cierta forma la culminacin de diez aos de ascenso progresivo de las protestas obreras, en los que ms de 2.000.000 de trabajadores participaron en unas 3000 huelgas ilegales. En su apoyo naci el llamado movimiento 6 de abril lanzado a travs de Facebook por jvenes universitarios, luego motor del da de la ira del 25 de enero de 2011, generando un embrin de alianza entre estudiantes urbanos y trabajadores. El mismo ao 2008 los trabajadores de hacienda consiguieron crear su propio sindicato autnomo. Aunque sin adquirir una dimensin nacional, se forj un nuevo movimiento obrero en los centros industriales del pas, que obtuvo algunas victorias que fueron cimentando confianza en la accin colectiva[8].

Retrospectivamente, pues, es posible identificar la gestacin de una dinmica de acumulacin de fuerzas en ambos pases (y en otros de la regin). Quizs imperceptibles en su verdadera dimensin, aunque no invisibles para los observadores atentos, las luchas de los ltimos aos, prepararon a modo del topo, metfora de quien camina obstinadamente, de las resistencias subterrneas y de las irrupciones repentinas[9], este ascenso sbito de la protesta popular que hoy sacude la regin.

Un proceso en marcha

El rpido derrocamiento de Ben Ali abri una ola de movilizaciones que alcanza la prctica totalidad del mundo rabe, a travs de una lgica de difusin e imitacin. La concatenacin de levantamientos populares en toda la zona, como seala Anderson[10] puede compararse slo, por su magnitud y relevancia, a los episodios de las guerras de liberacin de la Amrica hispana, de 1810 a 1825, las revoluciones europeas de 1848-49 y la cada de los regmenes del bloque del Este de 1989-1991.

Hay que entender la ola revolucionaria desencadenada en el mundo rabe como un proceso que tiene unas caractersticas generales y que debe interpretarse en su globalidad y, al mismo tiempo, una concrecin especfica en cada pas, cuya realidad especfica es bastante divergente. Se trata de ni disolver las particularidades de cada situacin nacional en un esquema generalizador, ni tener una visin fragmentaria del proceso. Su significado global ha comportado, en cualquier caso, el retorno del concepto revolucin rabe que desde el fin del ciclo de radicalizacin de los aos sesenta-setenta haba ido apagndose[11].

El rasgo caracterstico ms indiscutible de las revoluciones es la intervencin directa de las masas en los acontecimientos histricos. En tiempos normales, el Estado, sea monrquico o democrtico, est por encima de la nacin; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burcratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, estas rompen las barreras que las separan de la palestra poltica, (....). La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupcin violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos" sealaba Trotsky[12]. Asimismo, para Mandel una revolucin es el derrocamiento radical en poco tiempo de las estructuras econmicas y/o polticas de poder, por la accin tumultuosa de amplias masas. Es tambin la transformacin brusca de la masa del pueblo de objeto ms o menos pasivo en actor decisivo de la vida poltica (...).[13]

Lo acontecido en Tnez y Egipto es, bajo este punto de vista, una verdadera revolucin en el que las masas irrumpen abruptamente en la vida pblica, desestabilizando el funcionamiento cotidiano del viejo orden y desafiando sus mecanismos de dominacin. Al mismo tiempo la ruptura conseguida respecto al antiguo rgimen en ambos pases es muy parcial y tiene todava fuertes carencias que muestran los lmites de la propia fuerza disruptiva de las masas y de su capacidad para socavar el orden prerevolucionario. Por ello puede resultar conveniente utilizar de forma ms precisa el trmino proceso revolucionario para definir a los acontecimientos en curso y sealar as el carcter inacabado y an superficial respecto a los cambios obtenidos. El Proceso, as es como la izquierda venezolana ha venido refirindose a la Revolucin Bolivariana, con ms o menos entusiasmo en funcin de sus avatares.

El carcter democrtico y social de la primavera rabe (sin que el uso del trmino primavera implique tener visiones naif que minusvaloran las dificultades y sufrimientos que conlleva la conquista de derechos y libertades) ha hecho que las comparaciones con las revoluciones europeas de 1848 hayan sido frecuentes. El 1848 rabe[14] tiene esta doble dimensin democrtica y social entrelazada que se expresa en una aspiracin simultnia a la democracia y la libertad y a la justicia social. Detrs de estos anhelos subyace un fuerte sentimiento de lucha por la dignidad, que tiene un componente individual, el deseo de una vida decente frente a las humillaciones cotidianas, y tambin un aspecto colectivo[15], de dignidad en tanto que pueblo o en tanto que "egipcio" o "tunecino", como reaccin ante la desvalorizacin colectiva del propio mundo rabe y de sus naciones sumidas en un estado de decadencia y ocaso.

Un anlisis serio de lo ocurrido en el mundo rabe debe tomar distancias con las teoras conspirativas que ven la mano de la CIA detrs de las movilizaciones. Las conspiraciones existen, pero no puede leerse la historia en clave conspirativa. La tesis conspirativa sobre las revueltas rabes carece de plausibilidad: por qu los Estados Unidos y Occidente conspiraran contra sus propios guardianes, abriendo paso a un periodo de incertidumbre que puede escapar a su control? Y puede drsele la vuelta utilizando su propia lgica: por qu no sostener que es el imperialismo quien conspira para sostener que las revoluciones son conspiraciones del imperialismo y as desacreditarlas? Podra afirmarse, por esta va, como seala correctamente Alba Rico[16] que: las conspiraciones imperialistas conspiran tambin con el propsito de volver paranoicos a los revolucionarios; es decir, para que acaben completamente absorbidos en la idea no revolucionaria de la omnipotencia del enemigo.

Jvenes, clases medias y trabajadores

El papel de la juventud en los levantamientos populares, en particular de clase media y con estudios, ha sido ampliamente sealado. Ms en general, su rol entronca tambin con el protagonismo en las protestas de las clases medias urbanas y de sectores profesionales (como los abogados en Tnez) favorables a un cambio democrtico y modernizador.

El peso de la juventud, ms all de su relevancia habitual en muchos procesos populares, concuerda bien con la pirmide de edad de la mayora de pases del mundo rabe. La juventud con estudios encarna y simboliza el sentimiento de frustracin personal y colectiva ante la falta de libertades, la ausencia de perspectivas y el hasto por la vida cotidiana bajo regmenes corruptos y neoliberales. El movimiento estudiantil, en particular de bachilleres, jug tambin un rol decisivo en Tnez, con su entrada en escena el 10 de enero. Fueron los jvenes, sin duda, los iniciadores y desencadenantes de la cada de ambos dictadores y los impulsores de las protestas en los otros pases de la regin. Sin la chispa de la juventud no habra habido revolucin.

El componente principal del movimiento juvenil est formado por jvenes de clase media que encarna un proyecto liberal-progresista, partidario de las transformaciones democrticas y de la justicia social del que, por ejemplo, el conocido movimiento 6 de abril en Egipto sera su mejor exponente. Sin embargo, dentro del activismo juvenil tienen tambin un peso importante las corrientes radicales de izquierda, relevantes en movimientos, como el de los jvenes por la libertad y la justicia cuyo horizonte revolucionario va mucho ms all de una mera revolucin democrtica y de algunas polticas redistributivas.

Pero junto con el componente generacional juvenil y el papel de las clases medias hay que remarcar tambin el papel de los trabajadores en el proceso revolucionario, olvidado en muchos relatos superficiales de los acontecimientos que buscan interesadamente presentarlos slo como una rebelin juvenil y de las clases medias. Existe, sin duda, en este punto una verdadera lucha por la interpretacin de las revoluciones en ambos pases y por establecer su relato oficial.

En el caso tunecino destaca el papel de la UGTT, que actu a menudo como palanca para la movilizacin a escala local, a travs de muchas de sus federaciones y ramas locales controladas por la izquierda, quien consigui en pleno proceso revolucionario que la central sindical abandonara su apoyo tcito a Ben Ali. En Egipto, la entrada de los trabajadores en la protesta con el inicio de una oleada de huelgas despus de das de movilizaciones callejeras fue el factor decisivo para precipitar la cada de Mubarak. Ms de 200.000 trabajadores participaron en la jornada de huelga del 8 de febrero en unos das cruciales en los que emergi un creciente movimiento huelgustico, involucrando a un amplio abanico de trabajadores, como los de la Autoridad del Canal de Suez, los empleados de Abul Sebae Textiles en Mahalla, las enfermeras del hospital de Kafr al-Zayyat, los empleados del autobs en El Cairo, de la industria farmacutica y muchos ms[17]. La creacin de la Federacin Egpcia de Sindicatos Independientes tras el levantamiento popular, como alternativa a la oficialista y corrupta Federacin Sindical Egipcia, marc un paso relevante en el desarrollo del movimiento obrero, si bien ste se encuentra con muchas dificultades y gran parte de los nuevos sindicatos independientes (ms de 140 han sido fundados desde febrero, frente a slo tres en el perodo de Mubarak) se han constituido ms por una dinmica de arriba a bajo que por una creacin de abajo arriba como consecuencia de luchas laborales.

Los trabajadores no fueron los iniciadores del proceso revolucionario ni quienes tuvieron el protagonismo central, pero su intervencin fue decisiva en la cada de ambos tiranos.

Mujeres en revolucin

Las mujeres tuvieron un papel significativo en las luchas contra Ben Ali, en la Plaza Tahrir o en las movilizaciones en Yemen, a menudo jugando un rol dirigente.

La posicin subalterna en el seno de la sociedad de la mujer en el mundo rabe est reflejada por una amplia variedad de indicadores. Las mujeres representan un 25-30% de la fuerza de trabajo asalariada en la regin (286% en Tnez y 201% en Egipto), frente a una media mundial del 45%. Slo un 65% de los empleados del sector pblico son mujeres (31% en el caso egipcio), bastante menos del 157% mundial. Los salarios de las trabajadoras son sensiblemente inferiores a los de los hombres. As, la ratio salarial hombre-mujer es, por ejemplo, de un 35 en Tnez o 43 en Egipto. La presencia de la mujer en la vida poltica es tambin sensiblemente dbil. Por ejemplo, el porcentaje de mujeres diputadas va del 0% en Arabia Saudi (donde no tienen derecho a voto) o el 03 del Yemen, al 228% en Tnez, pasando por un 108% en Marruecos o un 2% en Egipto[18].

La condicin de la mujer es, sin embargo, muy distinta pas por pas. Tnez destaca en particular como el pas con una mejor situacin para las mujeres. Tras la independencia, el nuevo rgimen impuls medidas favorables a la emancipacin femenina, con la aprobacin del Cogido del Estatuto Personal (1956) que abola la poligamia y legalizaba el divorcio, el derecho a voto (1957) y la planificacin familiar (1964). Hoy en da el 60% de los universitarios son mujeres, aunque la tasa de actividad femenina es inferior a la masculina. Y, por ejemplo, el 40% de los mdicos y el 70% de los farmacuticos son mujeres.[19]

Asimismo conviene sealar que en las ltimas dcadas las sociedades de los pases del mundo rabe, aunque en grados distintos, han experimentado importantes transformaciones socioeconmicas que han modificado favorablemente la posicin de la mujer, como la urbanizacin, la feminizacin del mercado de trabajo, la disminucin de las diferencias de escolarizacin entre nios y nias, la reduccin de la natalidad, y la evolucin progresiva del modelo de familia extensa hacia un modelo de familia nuclear[20].

El papel jugado por las mujeres en las protestas en curso rompe los estereotipos habituales sobre la mujer rabe, presentada como sumisa y sin poder alguno y recluida en el mbito privado. La emergencia de un liderazgo femenino en las luchas en ascenso desafa, como seala Soumaya Ghannoushi, dos narrativas comunes sobre la mujer rabe: la dominante en los mbitos islamistas conservadores que la concibe como devota esposa, madre y sexualmente pura, y la del discurso neo y social-liberal euronorteamericano, que la presenta como una pobre vctima que necesita la ayuda occidental y sus valores liberal-democrticos. Para la autora: Este no es el tipo de mujer que ha emergido de Tnez y Egipto en las ltimas semanas (...). Las mujeres rabes se rebelan contra ambas narrativas (...). Estn tomando en mano de sus propios destinos, determinadas a liberarse a s mismas mientras liberan a sus sociedades de la dictadura[21].

El ascenso de la movilizacin popular, como es habitual, provoca cambios en la vida cotidiana de las personas y modificaciones en las relaciones entre hombres y mujeres. Varios comentaristas han sealado como el acoso sexual, un fenmeno frecuente en el espacio pblico en Egipto, desapareci durante los das lgidos de la ocupacin de la Plaza Tahrir, y como las mujeres tuvieron un rol activo en la plaza.

Pasado el momento lgido inicial, sin embargo, la incertidumbre ha planeado sobre el futuro de las mujeres en la nueva situacin. As, la dbil movilizacin del 8 de marzo en El Cairo termin con un asalto de matones que instaban a las mujeres a volver al hogar. El ejrcito ha protagonizado episodios represivos de signo claramente machista como la realizacin forzada de tests de virginidad a mujeres arrestadas el 9 de marzo. La importante manifestacin de mujeres del pasado 20 de diciembre, en protesta por la represin y el maltrato recibidos por muchas mujeres en la nueva ocupacin de Tahrir marca, sin embargo, un punto de inflexin importante y supone la irrupcin pblica de las mujeres en tanto que mujeres como actor poltico visible y con reivindicaciones propias en el proceso revolucionario.

La ola revolucionaria en curso marca el despertar de un nuevo feminismo, todava contradictorio, en el mundo rabe y la posibilidad de un cambio ms slido de los roles tradicionales de gnero. En cierta medida, el avance de las transformaciones en este mbito ser un termmetro (imperfecto) de la profundidad del propio proceso general de cambio social. Al igual que el conjunto de las conquistas sociales y democrticas, los avances en los derechos de las mujeres en los nuevos Tnez, Egipto o Lbia permanecen inciertos y los riesgos de involucin, en un escenario de mayoras electorales islamistas y de colisin entre stos y los restos del viejo orden como en Egipto, son muy importantes.

Revolucin 2.0?

El papel de internet, y en particular de Facebook y Twitter, y la telefona mvil ha sido sealado como crucial para el desarrollo de las protestas. Muchos testimonios han explicado como el rgimen de Ben Ali asisti impotente a la propagacin de las imgenes de las primeras protestas locales a travs de Facebook y Youtube, como los jvenes se coordinaban entre s por las redes sociales en el ascenso de las movilizaciones en Egipto, o como a travs de los videos en Youtube se divulgaron las primeras movilizaciones en Siria. Junto con las nuevas tecnologas hay que remarcar tambin la importancia de un medio de comunicacin de masas tradicional, la televisin, va Al Jazeera. La decisin del gobierno Mubarak de desconectar los proveedores de servicio de internet, las redes mviles y los receptores de la seal de Al Yazeera muestra la comprensin por parte del poder de la relevancia de estos medios como forma de propagacin de las protestas. Durante las mismas Internet y la televisin por cable se retroalimentaron, emergiendo as, en palabras de Castells[22]: un nuevo sistema de comunicacin de masas construido como mezcla interactiva y multimodal entre televisin, internet, radio y plataformas de comunicacin mvil.

El tratamiento meditico habitual sobre las nuevas tecnologas es, sin embargo, muy superficial. Transmite la idea que la revolucin se hace simplemente va redes sociales y que slo con comunicarse por la red ya basta. La generalizacin del uso de las nuevas tecnologas de la informacin en Egipto y Tnez y el peso de la juventud en las protestas suelen alimentar esta visin esquemtica. En Egipto el 40% de los mayores de 16 aos est conectado a internet (en el hogar, cybercafs o centros de estudios), cifra que alcanza el 60% entre los jvenes urbanos, el 80% de los cuales tiene mvil. En Tnez 36 de sus 103 millones de habitantes usan internet, hay 14 millones de cuentas de Facebook y existen 85 millones de mviles en uso[23].

La realidad es ms compleja. Las nuevas tecnologas facilitan segn Castells[24] la autocomunicacin de masas esencial para la movilizacin social y para cortocircuitar los mecanismos de control del poder. Pueden tener un rol decisivo para dinamizar la movilizacin social en un contexto donde cada vez ms, nos hace notar Sadaba[25], los movimientos sociales o alternativos actuales son cada vez ms tecno-dependientes o comunicativo-dependientes (y ms an en sociedades cada vez ms fragmentadas como las europeas o con un espacio pblico reducido por la represin como las rabes). Pero Internet (y Al Jazeera) no han creado estas revoluciones. Han actuado como aceleradores y precipitadores, facilitando el xito y la propagacin de las movilizaciones, contribuyendo a definir su propia configuracin y forma (en particular favoreciendo una dinmica de funcionamiento horizontal en red y con formas organizativas flexibles) y actuando tambin como espacios de politizacin y de formacin de identidades movilizadas.

Sdaba remarca como la versin meditica convencional tiende a enfatizar el componente tecnolgico de las nuevas formas de comunicacin de masas. En realidad, para al autor: deberamos intentar comprender la hibridacin conjunta entre tecnologas y personas (...). O, el solapamiento y la sinergia entre las redes sociales alternativas (culturales y polticas) y las redes mediticas digitales. (...) Son las redes simultneas de activistas y tecnologa o la conjuncin de revuelta popular con usos estratgicos de los nuevos medios digitales los protagonistas reales de los motines que hemos presenciado. Esta es, creo, la adecuada forma de abordar las estrategias de comunicacin de masas para los movimientos revolucionarios del siglo XXI, para quienes la importancia de las redes sociales y los medios electrnicos ha quedado una vez ms patente en el caso del movimiento del 15M en el Estado espaol.

Una historia con final abierto

Un ao despus de su comienzo el proceso revolucionario sigue en pie. As lo confirman las recientes movilizaciones en Egipto, el estallido de nuevas protestas en la cuenca minera tunecina de Gafsa y las movilizaciones en la capital despus de las elecciones a la Asamblea Constituyente, la persistencia de las luchas en Yemen para el derrocamiento definitivo del rgimen de Saleh, las movilizaciones en Libia contra de la dominacin extranjera y de la labor del Consejo Nacional de Transicin despus de la cada de Gadafi o la cada vez ms fuerte y valiente rebelin contra el rgimen de Al-Assad en Sria.

Pero los levantamientos populares tienen que hacer frente a una feroz represin en aquellos pases donde los regmenes todava siguen en pie, como Siria, Bahrein o Yemen. Y donde las tiranas han sido derrocadas existen crecientes dificultades para profundizar el proceso revolucionario, para conseguir transformaciones econmicas y sociales profundas, as como para contrarrestar desde el campo de la izquierda la fuerza del islamismo.

Como las elecciones en Tnez y en Egipto van mostrando, son las corrientes islamistas como Ennahdha y los Hermanos Musulmanes quienes, ante la inexistencia de otras alternativas competidoras con suficiente arraigo social, pueden capitalizar a corto plazo la situacin abierta tras la cada de los rgimenes anteriores y articular una nueva hegemona que combine una poltica muy conservadora en el terreno de los valores, la famlia y la religin (ms en el caso egpcio que en el tunecino), con un programa econmico neoliberal sin ambajes. Por primera vez, sin embargo, ha emergido una corriente de radicalizacin social significativa en los pises rabes que escapa al islamismo quien, a pesar de su fortaleza, tiene dificultad para dar una respuesta convincente a las ansias de libertad y justicia social expresadas por la juventud movilizada. Su programa de corte neoliberal podra erosionar su base social una vez en el poder y mostrar los lmites y contradicciones de su proyecto poltico y de modelo social. Despus de dcadas de agudo declive[26], la apertura del actual ciclo revolucionario abre la puerta por primera vez desde los aos sesenta-setenta para la reconstruccin de una izquierda anticapitalista laica, aunque partiendo de un nivel de gran debilidad .

En ambos pases estamos en un escenario donde se "enmaraan numerosa contradicciones complejas"[27] que pueden debilitar el potencial de los procesos en curso y facilitar su reconduccin por parte de las elites dominantes. Existe una fractura significativa entre el grueso de las clases medias urbanas y de parte de la juventud movilizada, cuyo horizonte de cambio social puede limitarse al terreno democrtico formal y al liberalismo, y las masas obreras y campesinas ms pobres la satisfaccin de cuyas aspiraciones requiere una transformacin social profunda.

En esta situacin un aspecto crucial de la estrategia de las clases dominantes y del imperialismo occidental que buscan frenar y controlar los cambios en marcha es alentar los conflictos religiosos, los enfrentamientos sectarios y los miedos identitarios, a travs de estrategias distintas en funcin de cada contexto nacional, y ensombrecer as las aspiraciones y demandas democrticas y las reivindicaciones sociales y de clase. En Tnez esta poltica se traduce en la agitacin por parte de muchos sectores de la burguesa liberal tunecina del miedo al islamismo entre las clases medias y los trabajadores para redefinir el debate poltico en un conflicto entre islamistas y fuerzas seculares y diluir as los antagonismos de clase y la dimensin social del proceso revolucionario. Tambin se traduce en potenciar conflictos tribales y regionales en algunas partes del pas. En Egipto esta estrategia se concreta en la complicidad de varios sectores del aparato de Estado egipcio con la violencia salafista contra la minora cristiana copta. Esta lgica de enfrentamiento sectario inter-religioso choca abiertamente con el espritu de las movilizaciones en Tahrir en las que todos los observadores[28] coinciden en destacar la ausencia absoluta de cualquier tensin entre musulmanes y cristianos. As, ver a grupos de cristianos protegiendo a musulmanes en las horas de pregaria y viceversa, fue algo habitual en los das de ocupacin de la plaza.

Dar por terminada la revolucion o continuarla. Este es el dilema que recorre los procesos abiertos en Tnez y Egipto donde las fuerzas conservadoras buscan reconducir la dinmica abierta con la cada de los dictadores hacia una transicin ordenada a rgimenes semi-democrticos formales pero sin cambios sociales profundos en el terreno econmico.

En Tnez despus de la segunda ocupacin de la Kasbah que consigui durante febrero y marzo la dimisin del gobierno continuista de Ganoushi, la disolucin del partido de Ben Ali, la confiscacin de los bienes acaparados por su camarilla, y la convocatoria de elecciones para una Asamblea Constituyente, el nuevo gobierno consigui recuperar una cierta iniciativa poltica con la creacin de una Alta Instancia para preparar las elecciones que integraba el grueso de las fuerzas poltica y sociales del pas. Con ello canalizaba parte de la dinmica popular hacia una lgica institucional, haca entrar la revolucin en el marco del Estado[29] y vaciaba de contenido al Consejo Nacional de Salvaguarda de la Revolucin, creado en febrero por las fuerzas que se haban movilizado para la cada de Ben Ali a modo de organismo de coordinacin de los comits locales y regionales surgidos durante el proceso revolucionario que representaban un embrin de poder popular alternativo a la institucionalidad oficial. El Frente 14 de enero, que agrupaba a varias organizaciones polticas de izquierda radical y nacionalistas fue perdiendo empuje, sufriendo divisiones internas sobre la orientacin a tener, en un contexto donde los partidos integrantes tuvieron que dedicar cada vez ms energas a la preparacin de sus campaas electorales con vistas a las elecciones del 23 de octubre. Muchos de los comits locales de defensa de la revolucin se fueron debilitando y vaciando. La participacin popular disminuy, algunos sectores los abandonaron en beneficio del trabajo institucional y en otros casos pasaron a ser controlados por el partido islamista Ennahdha.

El discurso gubernamental alimenta las ilusiones constitucionales y alienta a la desmovilizacin con un mensaje claro: la revolucin popular termin, es hora de volver a casa y dejar que la Asamblea Constituyente trabaje. sta est dominada por fuerzas, los islamistas de Ennahdha y los partidos de centro-izquierda del Congreso por la Repblica (CPR) y Ettakol, favorables a las reglas bsicas del capitalismo neoliberal y a una ruptura democrtica efectiva con el viejo rgimen pero dentro de una transicin ordenada. Sin embargo en todos estos meses las luchas sociales, en un contexto de deterioro de la situacin econmica marcado por la persistencia y aumento del desempleo y del precio de los alimentos bsicos, han seguido en pie. Muchas han sido las huelgas que han estallado, bajo el impulso de la izquierda sindical y poltica, pero en un escenario de aislamiento recproco, con demandas muy sectoriales y en ausencia de consignas sociopolticas generales unificadoras. La crtica a la poltica econmica neoliberal, pero tambin las respuestas a las amenazas que pesan sobre los derechos de las mujeres y las libertades artsticas y acadmicas constituyen los ejes bsicos de la protesta popular que busca continuar la revolucin y evitar que el proceso se congele[30].

En Egipto, despus de la cada de Mubarak, la estrategia del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), en alianza con los Hermanos Musulmanes, ha consistido en buscar una transicin ordenada y dar por terminada la revolucin, combinando los llamamientos a la vuelta a la normalidad y la desautorizacin de cualquier protesta (en particular las huelgas) con la firme represin a los ncleos activistas (ms de 12.000 personas fueron juzgados por tribunales militares en el 2011). Las nuevas protestas en Tahrir y la represin en noviembre y diciembre marcan el inicio de una segunda revolucin o la entrada en una segunda fase de la revolucin en la que la diana es ya directamente la autoridad de la junta militar. Si bien los ncleos activistas nunca tuvieron confianza en el ejrcito, que controla ms de un 20% de la economa del pas, gran parte de la poblacin s lo vea en febrero como un aliado y un garante del cambio. Las protestas de noviembre, que condensaron el malestar larvado y las luchas acontecidas durante meses, suponen un salto adelante en la conciencia poltica de un sector amplio del pueblo egipcio y de su comprensin de los mecanismos de poder y del verdadero rol de las fuerzas armadas. Tienen lugar, conviene tenerlo presente, en un escenario de marcada crisis econmica, una de cuyas manifestaciones ms visibles es la inflacin (el precio de la comida era en abril de 2011 un 20% ms alto que un ao antes), el aumento del desempleo y la prdida de ingresos por el descenso del turismo.

La historia de las revoluciones muestra que los cambios sociales no son rpidos, ni acontecen sin una feroz reaccin de las clases dominantes. El desarrollo de los proceso revolucionarios no es lineal y rectilneo. Est plagado de retrocesos y avances, frenazos y acelerones, giros imprevistos y paradojas inesperadas. Las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a s mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que pareca terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que slo derriban su adversario para que ste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse ms gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situacin que no permite volverse atrs y las circunstancias mismas gritan: Hic Rodhus, hic Salta! Aqu est la rosa, baila aqu! escriba Marx en el 18 Brumario[31].

El desenlace de los procesos revolucionarios en marcha en el mundo rabe es absolutamente incierto y el balance de lo obtenido hasta ahora es contradictorio e inestable. No hay que embellecerlos obviando sus lmites, ni desautorizarlos por no ser autnticas revoluciones socialistas. Involucin y frenazo a los cambios democrticos, revolucin democrtica, y revolucin social, son escenarios alternativos que compiten entre s y que marcan futuros posibles distintos.

Junto con la ampliacin de las libertades democrticas bsicas en Tnez y Egipto y la cada de Gadafi, el principal logro de la primavera rabe es la recuperacin de la confianza en la accin y poder colectivo, poniendo fin al sentimiento de impotencia y marginalizacin del grueso de la poblacin y de los trabajadores..El desafo de la ola protestataria en curso es, como seala Achcar: la profundizacin y la consolidacin de las conquistas democrticas de forma que se pueda proseguir la construccin de un movimiento obrero social y poltico capaz de emprender una nueva fase de radicalizacin del proceso, sobre una base de clase[32]. Se trata de que los procesos revolucionarios abiertos vayan hasta al final con todas las consecuencias provocando modificaciones sustanciales en el terreno econmico y social, terminando en cierto modo las revoluciones incompletas iniciadas hace ahora un ao. Aunque el avance hacia la transformacin socialista de la sociedad no est hoy en el orden del da, si las lites dirigentes de todo el mundo rabe tienen como hoja de ruta la mxima gatopardiana de que todo debe cambiar para que no cambie nada, las fuerzas populares deben tener en mente el dilema crucial planteado por el Che en su mensaje a la Tricontinental: o revolucin socialista o caricatura de revolucin.

Libia y los dilemas internacionalistas

Libia ha sido el eslabn dbil del proceso abierto con el derrocamiento de Ben Ali en Tnez por una triple razn: primero, las dificultades de los sublevados para derrocar al rgimen y por la evolucin de la revuelta en guerra civil, que ralentiz el imparable efecto domin de la ola revolucionaria; segundo, por las controversias en la izquierda internacional sobre la caracterizacin del rgimen de Gadafi; tercero, por la irrupcin del imperialismo a travs de la intervencin militar auspiciada por la ONU.

El debate sobre Lbia en la izquierda internacional revela la necesidad de desarrollar una posicin internacionalista consecuente, ajena tanto a la claudicacin frente al imperialismo y a sus guerras humanitarias como a la vieja mentalidad campista que tan nociva ha sido en la historia del internacionalismo militante y que contradice los fundamentos de una prctica internacionalista genuina que requiere la capacidad de pensar en trminos dialcticos y huir de simplismos.

Una posicin favorable a la defensa de las libertades y la justicia social en Libia implica tanto la oposicin sin titubeos al rgimen desptico de Gadafi como a la intervencin imperialista. Supone el apoyo genrico a la rebelin popular, sin que esto signifique tener simpatas o identificarse polticamente con la direccin de las fuerzas rebeldes agrupadas en el Consejo Nacional de Transicin, formado en su mayora por sectores que poco tienen que ver con un proyecto de transformacin solidaria de la sociedad.

Ms all de Libia la necesidad de un internacionalismo consecuente aparece de nuevo en el caso sirio en el cual es necesario apoyar sin fisuras a la rebelin popular contra un rgimen tirnico cuyo enfrentamiento con Occidente no le convierte en absoluto en progresista y favorable a los trabajadores y, al mismo tiempo, oponerse a cualquier eventual intervencin imperialista militar (para ello la toma por parte de la propia oposicin siria de una posicin hostil a la intervencin es algo fundamental para evitar proporcionar excusas justificadoras al imperialismo[33]).

Algunos sectores de la izquierda, en particular en Amrica Latina bajo el impulso de Chvez, sostuvieron que Gadafi representaba un rgimen anti-imperialista y progesista vctima de un complot imperialista. Dicha caracterizacin carece de fundamento. A pesar que en sus comienzos el rgimen realiz medidas de redistribucin de la riqueza stas tuvieron siempre un alcance limitado y su impulso tras la llegada al poder del coronel en 1969 se agot muy rpidamente. Durante sus cuarenta aos de existencia fue una dictadura desptica y represiva, que abraz el neoliberalismo como doctrina econmica y restableci relaciones subalternas con el imperialismo norteamericano y europeo desde 2003[34]. La posicin de Chvez tuvo varias consecuencias negativas: contribuy a desorientar a parte de la izquierda internacional, a desgastar su propia credibilidad entre la opinin pblica de los pases rabes (hasta ahora grande por su oposicin a la guerra de Irak, al ataque de Gaza, al enfrentamiento con Estados Unidos) y a impedir una conexin poltica y simblica entre los procesos latinoamericanos y rabes y, finalmente, dio municin a la derecha internacional que ha buscado siempre presentar a Chvez como un dictador y que se sinti encantada que ste se erigiera en defensor de un personaje como Gadafi[35].

La intervencin militar al amparo de la resolucin 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU ha generado un importante debate internacional y ha marcado el renacer de los argumentos tramposos a favor de la guerra humanitaria que ya tuvieron su momento estelar durante las guerras de los Balcanes a finales de los noventa. Aunque posiblemente esta vez las justificaciones ideolgicas del humanitarismo militar, an siendo fuertes, hayan tenido menos fuerza que entonces, quiz porque la motivacin imperialista por el petrleo libio y las ganas de protagonismo de Sarkozy y Cameron saltaban demasiado a la vista para adornarlas en exceso con cantos lricos en defensa de los derechos humanos y porque la crisis ha debilitado los mecanismos de legitimacin ideolgica del poder y de los amos del mundo y las pretensiones civilizadoras de Occidente, a pesar de la pompa grandilocuente de un Sarkozy en horas bajas.

Pero, ms all de los apologetas del humanitarismo militar, en el propio campo del anticapitalismo surgieron dudas reales sobre como posicionarse frente la intervencin, ante la falta aparente de alternativas para defender a los rebeldes en Bengasi. Qu otras opciones haba si no queramos que Gadafi ganara? era la gran cuestin que se plante[36]. Responder adecuadamente a esta inquietud era una tarea necesaria para evitar dar alas a quienes defienden desde la izquierda, como Los Verdes Europeos, la doctrina de las guerras humanitarias.

El hecho que la intervencin fuera requerida por los rebeldes apareci con fuerza como un argumento a favor de la misma a los ojos de muchos activistas. Sin embargo, aunque su peticin fuera perfectamente comprensible ante una situacin desesperada esto no significa que haya que asumirla incondicionalmente. Los apoyos acrticos a partidos, fuerzas o gobiernos revolucionarios nunca ha sido patrimonio del internacionalismo consecuente. La solidaridad va acompaada del derecho a la crtica, de las discusiones fraternales y de la asuncin de divergencias.

Las razones de la intervencin internacional auspiciada por Francia y Gran Bretaa, una intervencin militar improvisada y de muy bajo nivel en trminos del nmero de operaciones areas si se compara con la de Kosovo y no digamos con las dos guerras de Irak, fueron diversas. Por un lado, estuvo la voluntad de recuperar el protagonismo perdido en la zona despus del estallido imprevisto de las revoluciones en Tnez y Egipto, que en particular haban dejado en muy mala posicin a la Francia de un Sarkozy muy interesado en una guerra para reforzar su dbil posicin interna y en encabezar una cruzada humanitaria destinada a intentar recuperar credibilidad entre la opinin pblica rabe y francesa.

Por otro lado, la intervencin buscaba asegurarse el mantenimiento del control del petrleo libio en un triple sentido. Primero, ante una posible cada de Gadafi se trataba de asegurarse el control de la futura Libia y una influencia decisiva en el nuevo rgimen. Segundo, cuando se previ un escenario de guerra civil larga, se temi que sta desestabilizara duraderamente el subministro petrolero. Tercero, despus ante la creciente evidencia que Gadafi iba a vencer, creci el temor a que tras una masacre salvaje de la oposicin fuera inevitable imponer sanciones comerciales al rgimen[37]. En estas condiciones Gadafi dej de ser ya til a los intereses occidentales. La intervencin militar busc un cambio de rgimen y la formacin de un gobierno libio bajo tutela occidental.

Aunque la intervencin en Libia se justific en nombre de la defensa de los derechos humanos, coincidi, y no por casualidad, con la intensificacin de la represin en el Golfo Prsico, en particular en Bahrein, cuyos Estados se han aprovechado del desplazamiento de la atencin internacional hacia Libia durante meses y obtuvieron carta blanca de Occidente para la represin a cambio de su apoyo a la guerra.

La alternativa internacionalista a la guerra humanitaria, lejos de un apoyo al dictador, pasaba por exigir el embargo de todos los bienes en el exterior de Gadafi y la entrega de stos a los rebeldes, la adopcin inmediata de sanciones comerciales y embargo econmico contra Libia, incluyendo el cese de todas las explotaciones petroleras, la exigencia del suministro incondicional de armas a los rebeldes libios, y la posibilidad de algn tipo de mediacin internacional, en caso de fin de la represin por parte de Gadafi ante la presin de las sanciones, para favorecer su salida del poder.

La victoria rebelde, a pesar de todas las contradicciones derivadas de un triunfo facilitado paradjicamente por la intervencin imperialista de la OTAN y de los lmites polticos evidentes del CNT, no slo comport la cada de un rgimen desptico y brutal. Permiti dar un nuevo impulso a la ola democratizadora y al espritu rebelde en todo el mundo rabe. No en vano una victoria gadafista hubiera supuesto un frenazo brutal al domin revolucionario que avanza por la regin desde el hundimiento de Ben Ali. Combatir ahora los intentos occidentales de tutelar la Libia postgadafi y pelear por un rgimen independiente y verdaderamente democrtico son los grandes desafos para el futuro de Libia, donde las movilizaciones recientes contra el propio CNT muestran que la rebelin popular y los aspiraciones democrticas siguen en vivas.

El terremoto rabe y Occidente

Aun es pronto para definir las consecuencias del terremoto poltico y social que ha sacudido la regin, pues su desenlace es todava incierto, pero su importancia geopoltica y significado histrico es de primer orden. La primavera rabe desestabiliza los cimientos de la economa del petrleo: El antiguo orden se hunde y con su desaparicin asistiremos al final de la era del petrleo barato y abundante (...). Aunque la rebelin no llegue a Arabia Saud, el viejo orden petrolero de Oriente Medio ya no podr reconstruirse. El resultado, sin duda, ser un declive a largo plazo de la futura disponibilidad de petrleo exportable[38]. Y debilita enormemente los mecanismos de dominacin imperialistas de la regin, en particular por la cada de Mubarak en Egipto, pas clave en el dispositivo de control imperial desde la cada del Sha en Irn en 1979 y aliado fundamental de Israel. Abre con ello nuevas posibilidades para la lucha del pueblo palestino.

En su conjunto, los Estados Unidos y la Unin Europea transmiten una imagen de debilidad ante los acontecimientos en el mundo rabe que se enmarca en su trayectoria declinante en la geopoltica y la economa mundial, a pesar que todava conserven mltiples resortes para no perder su influencia en una regin clave, y que a travs de la guerra en Libia hayan intentado ganar un nuevo protagonismo y asegurarse el control de un pas relevante por sus recursos petroleros. Finalizada la etapa donde los Estados Unidos ejercan su dominio en todo el mundo rabe slo a travs de regmenes despticos ahora el imperialismo norteamericano se ve obligado a compaginar el control de la regin a travs de los regmenes dictatoriales que subsisten, en particular los del Golfo, con la necesidad de atar en corto a las nuevas democracias, simultneamente reforzando a las fuerzas liberales prooccidentales y forjando alianzas de inters con las fuerzas islamistas con apoyo popular, como es el caso de los Hermanos Musulmanes en Egipto, que garanticen la gobernabilidad de la regin.

Las revoluciones en el mundo rabe fueron el aguijn que inici la ola de indignacin global que ha marcado el ao 2011, un ao que, sin duda, ser recordado como el de las revoluciones rabes y del ascenso del movimiento de l@s indignad@s. Mediante un efecto de emulacin e imitacin, la protesta lleg del norte de frica a la periferia de Europa (si bien en el caso griego sta haba empezado ya anteriormente, recobrando ahora nueva vitalidad). El Mediterrneo se situaba as en el corazn de esta nueva oleada de contestacin social, en un momento donde entrbamos en una segunda fase de la crisis que tiene en la zona euro su punto focal.

La cada de Ben Ali y Mubarak transmiti un mensaje muy claro: la idea de que la accin colectiva es til. Los levantamientos de Tnez y Egipto tienen una significacin universal. Crean posibilidades nuevas cuyo valor es internacional seal certeramente Alain Badiou[39]. Del terremoto rabe no se desprende mecnicamente un tsunami social en Europa, debido a las grandes distancias culturales. El impacto en las conciencias de los trabajadores europeos es limitado pero el ejemplo rabe es un contrapunto importante a la acumulacin domstica de derrotas y un buen antdoto a la resignacin. A falta de una cultura internacionalista slida las victorias frente a los tiranos en Tnez y Egipto no son percibidas hoy por hoy por el grueso de los trabajadores europeos como victorias propias. Pero a pesar de su exterioridad estas victorias ajenas difunden un mensaje muy claro, S se puede, que ha calado entre sectores de la juventud europea y los crculos activistas. Un mensaje que ha sido crucial para el arranque de la rebelion de l@s indignad@s. Sin una Plaza Tahrir no hubiera habido un Sol o una Plaza Catalunya.

Hemos asistido as a la emergencia de un nuevo ciclo internacional de protesta que tiene su elemento motriz en la lucha contra los efectos de la crisis y ha tenido en la indignacin su sea principal de identidad compartida y en la frmula acampada+ocupacin de plaza su palanca movilizadora inicial. En trminos histricos representa el segundo gran ciclo movilizador posterior al fin de la guerra fra y a la proclamacin del nuevo orden mundial a comienzos de los aos noventa[40].

Junto con el desencadenante de las movilizaciones indignadas los acontecimientos en el mundo rabe tienen otra consecuencia para las sociedades y la izquierda europea. As, en una UE marcada por un ascenso imparable de la xenofobia y, en particular la islamofobia, contribuyen a romper la asociacin interesada entre inmigracin de origen musulmn e integrismo religioso. Nada mejor que las luchas a favor de la democracia, la justicia social, las libertades personales, la emancipacin de la mujer...para combatir los perjuicios culturales y la falacia del discurso del choque de civilizaciones. Al mismo tiempo, la efervescencia poltica en la regin favorece una creciente politizacin de la poblacin inmigrante residente en la UE, facilitando la confluencia entre sta y la izquierda autctona.

Revolution Reloaded?

En un mundo donde el horizonte de lo posible se ha ido estrechando cada vez ms desde hace tres dcadas a medida que avanzaba el rodillo neoliberal, el trmino revolucin se ha movido entre el olvido en el terreno poltico y la banalizacin comercial. La irrupcin sbita de las revoluciones en el mundo rabe lo ha colocado de nuevo en el centro del debate poltico y lo ha rescatado de usos exclusivamente publicitarios. Haca aos que no escuchbamos eslganes como aqu empieza la revolucin proferidos en las movilizaciones post 15M.

De hecho una de las paradojas del ciclo internacional actual en los pases Europeos es el retorno de la nocin de revolucin a raz de las revoluciones en Egipto y Tnez, pero en un contexto marcado por la ausencia de expectativas fuertes de cambio social, como consecuencia de la acumulacin de derrotas y retrocesos en las ltimas dcadas y la falta de victorias concretas significativas.

Es pronto para calibrar el alcance de este regreso de la revolucin. Su fuerza depender de la profundidad final que adquieran las revoluciones rabes en curso. Ellas, con el permiso de la peculiar revolucin bolivariana (cuyos lmites no corresponde en este artculo analizar) y del ciclo de luchas abierto en Bolivia en el ao 2000, constituyen las imprevistas primeras revoluciones del siglo XXI. Siempre anacrnica, inactual, intempestiva, la revolucin llega entre el ya no y el todava no, nunca a punto, nunca a tiempo. La puntualidad no es su fuerte. Le gustan la improvisacin y las sorpresas. Slo puede llegar, y sta no es su menor paradoja, si (ya) no se la espera sealaba Daniel Bensad[41].

Aunque todas tengan puntos en comn, no hay dos revoluciones iguales. Las revoluciones del siglo XXI sern nuevas y maravillosamente imprevisibles escriba Michael Lwy[42] a comienzos de este siglo en la estela del ascenso del movimiento antiglobalizacin tras Seattle. Tras el huracn que recorre el mundo rabe tenemos ya experiencias prcticas revolucionarias que permitan un debate estratgico sobre acontecimientos reales del presente, en base a la memoria acumulada de las revoluciones pasadas. Hacer un esfuerzo por comprender estas revoluciones contemporneas en marcha, conocerlas desde dentro y aprender de ellas es nuestra primera tarea para poder desarrollar una efectiva labor de solidaridad internacionalista y contribuir a fortalecer este tan imprevisto como esperanzador impulso revolucionario.

No se puede explicar lo que es Matrix. Hay que verla rezaba la publicidad de este conocido film. No se puede explicar lo que es una revolucin, hay que verla, diramos nosotros. O mejor an, vivirla.

Notas

Este artculo es una versin actualizada, ampliada y reformulada del publicado en Viento Sur 111 bajo el ttulo 2011: el ao de las revoluciones en el mundo rabe. Josep Mara Antentas, profesor de Sociologa de la UAB. Miembro del Centre dEstudis Sociolgics sobre la Vida Quotidiana i el Treball (QUIT)-Institut dEstudis del Treball (IET). Miembro de la redaccin de Viento Sur

[2] Voy a utilizar el trmino mundo rabe de forma general al ser el convencionalmente usado, aunque convendra sealar que sera polticamente ms preciso hablar de mundo rabe, rabe-berber (o amazigh) y africano.Ver en este sentido: Achcar, G. "Las revoluciones rabes en perspectiva" (entrevista), Viento Sur, 08/08/2011 (disponible: http://www.vientosur.info/articulos...) y Khelifa, H Los amazighs de frica del Norte, Viento Sur, 17/04/11 (disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...). Tambin varias voces han sealado la necesidad de africanizar el anlisis de los procesos en curso, remarcando que el epicentro de los mismos est en tres pases africanos.

[3] Anderson, P On the concatenation in the arab world, New Left Review, n 68, marzo-abril 2011.

[4] Khalidi, R. Observaciones histricas para entender las revoluciones rabes de 2011, Sin Permiso, 26/03/11, disponible en: http://www.sinpermiso.info/articulo...

[5] Chahal, N. Lo que ocurre en el mundo rabe son revoluciones, Viento Sur, 12/03/11, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...

[6] Chamki, F. Dgage, degage, degage! Du pass faisons table rase!, Inprecor 569/570, febrero-marzo 2011

[7] Ajl, M. Egyptian Protests, Grounded in decades of struggle, portend regional transformation, MRZine, 04/02/11 disponible en: http://mrzine.monthlyreview.org/201...; Ben Nafissa, S. Egipto: crisis alimentaria y mutaciones del espacio pblico en Delcourt, L (coord.). La crisis alimentaria. Madrid: Popular, 2009. p.109-116.

[8]Beinin, J. "Workers Protest in Egypt: Neo-liberalism and Class Struggle in 21st Century", Social Movement Studies, Vol. 8 n 4, 2009. p. 449-454; El-Hamalawy, H. "La revolucin egipcia, diez aos de gestacin", Sin Permiso, 20/03/11, disponible en: http://www.sinpermiso.info/textos/i...

[9] Bensaid, D. Resistencias. Ensayo de topologa general. Barcelona: El Viejo Topo, 2006.

[10] Anderson, P. Op. Cit.

[11]Achcar, G., intervencin en la conferencia Ni dictaduras ni guerras imperialistas. Tnez, Egipto, Libia...Viva la Revolucin (Barcelona, 31/03/11) disponible en video: http://www.revoltaglobal.cat/articl...). Habra que utilizar el concepto revolucin rabe teniendo en cuenta las consideraciones sobre la cuestin nacional en el mundo rabe sealadas en la nota 2 del presente artculo

[12] Trotsky, L. Historia de la Revolucin Rusa. Madrid: Sarpe, 1985;

[13] Mandel, E. "Pourquoi sommes-nous rvolutionnaires aujourdhui ?", La Gauche, 10/01/89, disponible en: http://www.europe-solidaire.org/spi...

[14] Ali, T. El 1848 rabe: los dspotas se tambalean y caen, en Sin Permiso, 06/02/11 (http://www.sinpermiso.info/textos/i...)

[15] Khalidi, R. Observaciones histricas para entender las revoluciones rabes de 2011, Sin Permiso, 26/03/11, disponible en: http://www.sinpermiso.info/articulo...

[16] Alba Rico, S y Alma Allende. Principios e incertidumbres, Rebelin, 04/03/11, disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php...

[17] McNaly, D. Mubaraks Folly: The Rising of Egypts workers, 11/02/ 2011, disponible en: http://davidmcnally.org/?p=354

[18] Datos proporcionados por el Arab Human Development Report 2010 y por Deiros, T, Centera, M, Abou-Kassem, O. La revolucin de las mujeres impulsalas revueltas rabes, Pblico, 17/04/11

[19] Chamki, F. op. cit; Achour, S.B. Ya no tenemos miedo, ya no hay ese silencio de plomo (entrevista), Diagonal, enero 2011; Knidiri, M "Women in the arab societies: the case of Moroco", Optiones Mditerranennes, 87, 2009.

[20] Martin Muoz, G. La revolucin silenciosa de las mujeres rabes, El Pas, 22/12/10

[21] Ghannoushi, S. Arab woman: the powers that be, The Guardian, 11/03/11

[22] Castells, M. La wikirevolucin del jazmn, La Vanguardia, 29/01/2011

[23]Castells, M Las insurrecciones rabes que Internet ha inducido y facilitado, disponible en: http://manuelgross.bligoo.com/conte...; Sdaba, I, Redes sociales Redes alternativas, Viento Sur, disponible en: http://www.vientosur.info/documento...

[24] Castells, M op cit.

[25] Sdaba, I, op cit.

[26] Achcar, G. Sobre la izquierda rabe (entrevista a la revista libanesa Al-Adab a comienzos de 2010) en http://www.kaosenlared.net/noticia/...

[27] Beaudet, P. La revolucin (an) no ha llegado, Viento Sur, 01/02/11, disponible: http://www.vientosur.info/articulos...

[28] Kandil, H. "Revolt in Egypt" (entrevista), New Left Review 68, marzo-abril 2011.

[29] Khiari, S. Tunisie: commentaires sur la rvolution loccasion des lections, Contre-temps, octubre 2011, disponible en: http://www.contretemps.eu/intervent...

[30] Baron, A "Un ao despus del comienzo de la primavera", Viento Sur, 31/12/2011, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...; Alba Rico, S. "Tunez, accidente y revolucin", Viento Sur 115 p. 5-11;

[31] Marx, K. El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Madrid: Espasa Calpe, 1992

[32] Achcar, G. Las revoluciones rabes en perspectiva (entrevista), Viento Sur, 05/08/11, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...

[33] Achcar, G. Militarizacin, intervencin militar y ausencia de estrategia, Viento Sur, 21/11/2011, disponible en http://www.vientosur.info/articulos...

[34] Para una sntesis de la historia del rgimen de Gadafi ver: Alba Rico, S. En Lbia se ha producido una rebelin popular (entrevista), Rebelin, 22/09/11, disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php...

[35] Riera, A. Amrica Latina y la revolucin rabe: bancarrota del chavismo?, PuntodeVistaInternaciona, 13/03/11, disponible: http://www.puntodevistainternaciona...

[36] Este es el sentido del debate planteado por Gilbert Achcar (con independencia de si se comparten sus posiciones o no). Ver: All la gente no quiere que vayan tropas extranjeras (entrevista), Viento Sur, 20/03/11, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos... Un debate legtimo y necesario desde una perspectiva anti-imperialista, Viento Sur, 25/03/11, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...; y El discurso de Obama sobre Libia y las tareas de los anti-imperialistas, Viento Sur, 03/04/11, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...

[37] Achcar, G. Un debate legtimo y necesario desde una perspectiva anti-imperialista, Viento Sur, 25/03/11, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...

[38] Klare, M.T. Las revueltas en el mundo rabe y el fin del antiguo orden petrolero, Viento Sur, 08/03/11, disponible en: http://www.vientosur.info/articulos...

[39] Badiou. A. Tunisie, Egypte:quand un vent dest balaie larrogance de lOccident, Le Monde, 18/02/11

[40] Antentas, JM y Vivas, E El nuevo internacionalismo de la indignacin en AAVV.Indignados del mundo unos! Barcelona: Icaria, 2012 (prxima aparicin)

[41] Bensad, D. La discordance des temps. Paris: Les ditions de la Pasin, 1995.

[42] Lwy, M. Revolucin, Viento Sur 50, junio 2000. p. 134-136



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter