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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-01-2012

El teatrillo de la socialdemocracia y la inocencia de la perversin
Carme Chacn y nuestro B-52

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin


1. Un apunte sobre la utopa y la situacin poltica espaola en un marco global

Es vlido aludir al ensueo de la honradez y la transformacin no mediante loas y abstracciones sino tambin a travs de impugnaciones. Sealando el mundo material y concreto como territorio de batallas de la conciencia. Nombrar la integridad que no habita en l, lo que no tiene lugar ahora ms que como fuerza del ideal contra artificios. En suma, es legtimo no aplazar el alegato de una tica que mueve a una parte vapuleada en esa sucesin de refriegas donde, ganando los que bombardean y despojan, se nos presentan enseguida como bienhechores.

Con ese aliento, en medio de un globo emplazado hacia una mayor crisis de civilizacin, propenso a ms guerras de depredacin, frente a los ajustes financieros que no estabilizan un modelo dominante y lo exponen, frente a la re-hegemona de la Derecha transnacional y su representacin corporativa, frente al neoliberalismo encolerizado, frente a los niveles de corrupcin, todo ello compartido y transado con la socialdemocracia, existe una encrucijada o potencial de articulacin de las izquierdas autnticas, para que puedan recobrar un horizonte de coherencias, para sembrar con demostraciones la apuesta por el socialismo sin concesiones a la barbarie.

En ese contexto, la socialdemocracia busca reacomodar su proyecto de mediacin, en la doble va de una lgica de rapia: participa mayoritariamente de la rapacera que el capitalismo despliega por doquier, a la vez que trata de saquear o desvalijar el descontento producido por un orden injusto re-situndose como el rbitro que nunca fue, tratando de rentabilizar la indignacin para moldearla. Revolotea para pillar y lamentablemente algunos gestos, cierta pasividad o frivolidad de sectores de Izquierda se lo facilitan.

2. La plstica del estandarte PSOE

En realidad y justicia, aunque en las lneas de este artculo se personaliza, la protagonista de la referencia puede ser no slo Carme Chacn, la ex ministra espaola de Defensa (de abril de 2008 a diciembre de 2011), sino otras y otros muchos individuos que han ocupado no slo esa cartera o responsabilidad, sino numerosos cargos de similar naturaleza, como el Ministerio de Asuntos Exteriores, que en la ltima etapa del gobierno de Rodrguez Zapatero estuvo bajo la direccin de Trinidad Jimnez, tambin de supuesta impronta progresista. Se especifica sin embargo esta crtica en Chacn, por varios motivos, ms all de sus recientes palabras de elogio al ex ministro franquista Manuel Fraga y en consecuencia su silencio sobre el rol de este poltico en aquel rgimen dictatorial y sus crmenes.

La razn es mayor, relativa a su bandern, dentro de la plstica de un estandarte vergonzoso: la renovacin de su partido, el PSOE, en momentos de relativa debacle, apelando a valores de Izquierda que no ejerce esa colectividad.

Apuntalada por ese prefigurado shock, hay una alta probabilidad de que Chacn resulte ganadora de la Secretara y futura candidatura de esa importante formacin poltica espaola, que para muchos viene a ser el partido de centro o moderado, dentro de la trillada divisin entre palomas y halcones. Adems, frente a la lnguida figura del ex ministro Rubalcaba, de ese partido que se autodenomina socialista y obrero, evidentemente la seora Chacn portara la cara amable de esa reforma. Su imagen es la de la paloma entre las palomas. Deviene con la mscara menos pattica que se representa en ese teatro, o mejor, en ese teatrillo de la socialdemocracia y sus contornos. Por eso se escribe en parte esta reflexin: por la dimensin de esa pajarota o bulo, por la mentira y apariencia que implica el hecho de creer a la ex ministra alguien sustancialmente mejor, siendo alarmante el alcance de esa ficcin, traspasando una puntual cuestin de marketing y una coyuntura tan delimitada como la presente en la intrincada poltica espaola.

Se insiste, entonces, que debe analizarse en la trama de la maniobra y el fracaso de la socialdemocracia, que de nuevo busca recomponer su interposicin, a sabiendas sus figurantes que las luchas por la justicia hoy le desbordan y que otras demandas y propuestas parecen corresponder ms al paradigma congruente de una verdadera izquierda radical anticapitalista. En otras palabras: la carrera interna en el PSOE devela ms que una clave. Pone al descubierto un fiasco, pero tambin la lamentable coartada urdida por diversidad de factores que hacen posible que millones de personas progresistas no constaten ese desfase tico, por nombrarlo de esa manera, y sigan aclamando tras un liderazgo socialista, como corderitos en el chiquero.

Que se vea atrada mucha gente que no comulga con la injusticia, por el talante de una joven mujer que se formula como solucin en la disyuntiva domstica de un partido, sin levantarse ni la sombra tmida de un dedo que siquiera le pregunte por su reciente papel, es sintomtico de la podredumbre de una sociedad enferma y decrpita de la que hacemos parte. La misma sociedad que no pregunt vigorosamente a Fraga por su trabajo como ministro de Franco, es la sociedad que cree que el rtulo de democracia exime y autoriza a sus ministros para que otros crmenes no sean vistos como tales sino como labores y lucimientos.

3. Una paradoja y una observacin

Al tenor de las anteriores aseveraciones, debe apuntarse un contrasentido aparente. Cumpliendo Chacn su labor como ministra en funcin de un proyecto y de una poltica militarista al servicio de intereses de centros dominantes en coaliciones tan protervas como la OTAN, es en parte paradjico que ella, obviamente con ms miembros destacados del PSOE, sea amonestada de forma absurda y desproporcionada por la extrema Derecha. No obstante es comprensible. Se trata de ataques vertidos por una Derecha fundamentalista contra la supuesta izquierda que el PSOE dice que es. Es en parte la consecuencia de un bipartidismo rancio. Una reaccin al hecho innegable de su condicin prctica de siameses.

Complementariamente, la observacin tiene que ver con lo que asalta (a quien esto escribe, por ejemplo) al querer construir una posicin crtica: que esta situacin de ofensiva de la Derecha conservadora contra la Derecha socialdemcrata, en este caso y otros, pueda inhibir o paralizar la mano y el pensamiento de tal modo que no pueda expresarse juicio alguno desde la Izquierda. A pesar de eso, tal opinin debe manifestarse, en el camino de una urgente tarea que se explica, no slo en primer plano sino transversalmente, por una pulsin tica. De ah que su presupuesto no es en absoluto el mismo de la recalcitrante localizacin de una Derecha desquiciada, por lo cual en nada pueden compararse las miradas. Se corre el riesgo, como siempre, de ser tildada de extremista esta lectura, por hacerse sobre alguien situado en el centro. No importa.

Igual suerte hemos corrido por desaprobar al engaoso paladn de la justicia, el juez Baltasar Garzn, por su violacin de garantas procesales (lase en la red, por ejemplo, la slida opinin del magistrado progresista Perfecto Andrs Ibez sobre el caso de las escuchas), por la criminalizacin de los entornos sociales de la disidencia poltica, por su complicidad prctica con regmenes como el colombiano, al que ha avalado y asesorado en mecanismos de represin e impunidad, antes con Uribe y ahora con Santos. Parafraseando de nuevo a Sartre, asistimos al striptease de nuestro nada hermoso humanismo, que protagonizan hoy no slo un juez jactancioso sino sus defensores a ultranza, algunos del 15-M o con carnet de militante de izquierda, como Gaspar Llamazares, que le enaltecieron hace pocos das a la entrada del Tribunal Supremo, cuando lo que se juzgaba en esa sesin no era en absoluto el conocido caso de la memoria histrica o los crmenes del franquismo, sino un hecho grave concerniente a una violacin del derecho de defensa.

Para quienes siendo de izquierdas aplauden ciegamente a estos dos personajes, a Garzn y a Chacn, y sus atributos, el debate no puede ser indiferente. No pueden quedarse en los nudos de las memorias decorativas, de contemplaciones y apaciguamientos creyendo estar ante el mal menor, sino que debe constituirse su puo en alto en portador de banderas de una moral superior, de dignificacin y humanidad, acompaando resistencias del presente y solidaridades con quienes se alzan contra la humillacin y la injusticia en cualquier parte del planeta. Eso es ser hombre o mujer de su tiempo. Cara al mundo histrico y tico donde somos. Por eso, por esa memoria, no podemos olvidar la actuacin ni de Garzn ni de una ex ministra de Defensa y sus altisonancias en el parip de izquierdista que estos das adopta y nos ensea, cuando no ha dicho ni mu sobre los crmenes de la OTAN, monstruosa coalicin en la que ella particip como alta delegada del gobierno espaol, convalidando los hechos tras una licencia para matar, como efectivamente la tiene esa alianza y como indiscutiblemente cumpli para ello una activa contribucin la hoy candidata que exclama sin sonrojarse, para venderse como reparadora: Tenemos que ser coherentes y si decimos izquierda, hacemos izquierda.

4. Chacn: co-piloto de nuestro B-52

La fuente de justificaciones a favor de Carme Chacn sera aparentemente interminable y maciza. En general se dira: es una coalicin internacional de primer orden; es defensiva; protege los intereses espaoles; no es cuestin de un gobierno sino de un Estado; es un tratado que debe cumplirse; no es de ahora sino desde cuando se pertenece a la OTAN (1982); adems el pueblo espaol vot un referndum favorable a ese pacto en 1986 (convocado por el PSOE con un s, cuando en campaa haba dicho que no). Y en particular sobre el papel de Carme Chacn, es fcil decir: ese era su trabajo como ministra; sus actuaciones fueron legales; existe una guerra contra el terrorismo tomada en serio; en Afganistn se actu estos aos con mandato de la ONU, conforme a una resolucin de diciembre de 2001; en Libia tambin, pues las atrocidades del rgimen de Gadafi obligaron a la resolucin 1973 del Consejo de Seguridad para actuar en defensa de los derechos humanos; en ese marco se colabor en la intervencin; etc.

Quienes la defienden no tienen que ir a manuales de derecho internacional y de historia, porque esos mismos manuales pueden ser usados en contra suya. Si desean una disculpa elemental y medular, comprendida por casi todo el mundo como una razn tenaz y conveniente, no tienen ms que decir: era su trabajo!

Ello, en las actuales condiciones del mundo y quiz ms hondamente en la antropolgica sustanciacin de una sentencia de formas sofisticadas de colonizacin, servidumbre y exterminio, sirve de prueba de buena fe y de responsabilidad; es un poderoso argumento, una excusa vertical que es compartida por el empresario, por el banquero, por el sicario, por quien tiene que hacer un trabajo sucio en la tierra, o por quien tiene que hacer un trabajo limpio desde el aire.

B-52. Travesura blica en dos actos y un eplogo. Es la obra de teatro que algunos tuvimos el privilegio de ir a ver el sbado 14 de enero en Madrid. Santiago Alba Rico, su autor, vuelve as sobre un tema que conoce: la racionalidad de la muerte que se trasvasa en el bombardeo, desde arriba, vertical, nihilista, segura, o mejor: sobre segura. Da forma y contenido literario a una realidad normalizada que l denuncia, a algo que hemos ledo por aos y dcadas en los peridicos o visto en la televisin mientras desayunamos: los aviones que araan el cielo en el da o en la noche, con buenos pilotos que cumplen su trabajo, arrojando las bombas sobre los sitios cuyas coordenadas han sido dadas por operadores que estn no slo en los tableros militares sino en los despachos de los ministros de guerra o de defensa.

Coincidimos en la excelente representacin teatral con un amigo, Javier Couso, testigo del dolor humano de esa lgica de el buen trabajo bien hecho, quien escribe: esta obra es necesaria porque nos disecciona el pensamiento que da belleza a la destruccin, que hace normal el genocidio y que eleva moralmente una cultura donde, tras las bambalinas de los sueos, se esconde la realidad del infierno / No hay otra forma de soportar la matanza que escondindola, o mejor, hacindola bella y moral. Es la vieja tcnica de revestir y camuflar () Desde el aire o la lejana, las explosiones son esplndidas. Sus formas, sus colores y su despliegue luminiscente constituyen una puesta en escena que conmueve. Detrs de la ficcin pirotcnica no puede haber maldad. Es la mano de Dios haciendo paisajes () Esa tripulacin profesional, que recorre miles de kilmetros para soltar toneladas de bombas sobre un lugar que no conoce y que vuelve a su casa sin ningn remordimiento, podemos ser cualquiera de nosotros. Es de hecho la representacin de la sociedad en la que vivimos (en http://hablandorepublica.blogspot.com/).

Javier se refiere a la alta tecnologa del poder total para quitar vidas a escala industrial. Y eso, a la mayora le seduce, aclara. Igual que la escenificacin del nazismo en sus grandes paradas militares hipnotizaba a millones de personas, hoy, el podero militar estadounidense simbolizado en ese B-52, da por s solo, legitimidad. Si preguntas a cualquiera sobre los coches bomba, al instante se horrorizar, recordar las imgenes a pie de tierra, los miembros amputados, la conmocin, la destruccin. Pero cuando ve un B-52, cuyo poder destructor equivale al de miles de coches bomba, le parece hermoso. Sus formas, su poder engrandecido tienen la virtud de ocultar por s mismo que es una mquina perfecta para el asesinato en masa.

La escala industrial de la violencia que el fascismo elev y que multiplic una estructura sucednea posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuya mayor expresin institucional fue y sigue siendo la OTAN, sin parangn con otras redes criminales en cuanto a medios acumulados y alcances estratgicos, representa lo que ya Zygmunt Bauman estudi como relacin lgica entre Modernidad y Holocausto, y que autores como Santiago Alba Rico o Franz Hinkelammert, entre otros, han cualificado en sus anlisis en el actual contexto de enervacin y exacerbacin capitalista y nihilista. Parece ser que hace falta estudiarlos a fondo, por una parte de la Izquierda, que profesa simpatas por Chacn o que celebra sus discursos grises, olvidndose, en aras de la cortesa-hipocresa, quin y por qu estuvo all: en esa lnea de mando, ocupando un puesto de decisin poltica de operaciones militares cuya huella son las matanzas, abajo, en la miseria de la sangre y la devastacin de otros. Los cuerpos despedazados de otros. De otros que no son su hijo, ni su marido, el poderoso ex Secretario de Estado de Comunicacin, ni nadie de su familia y amigos.

Sabe la seora Chacn cuntos muertos hay entre la poblacin civil empobrecida, ajena a las contiendas, como consecuencia de los bombardeos que se realizaron con su actividad o pasividad siendo ella ministra? Sus defensores respondern antes que ella: era su trabajo! Tambin fue el trabajo de Fraga ser un buen ministro de Gobernacin, cuando la masacre de Vitoria en 1976. Dirn los defensores de Chacn que no es lo mismo. Que esos defensores vayan a Afganistn o a Libia y se lo digan a los sobrevivientes de las familias masacradas en bombardeos humanitarios. Que les enseen las pblicas felicitaciones de la ex ministra Chacn, que en ms de una ocasin extendi a los militares por las exitosas operaciones blicas.

5. Nuestra buena conciencia y la banalidad del mal

Se insiste en un retrato, expresado tiempo atrs en est pgina, an cuando el mismo molest a ms de uno, especialmente en el caso Garzn. Con ms ahnco lo rescato ahora para refutar la actitud complaciente con Carme Chacn, expresada por quienes ven en ella la inocencia y prefieren, como militantes de izquierdas, las reglas o modales de la reverencia y lo que ello traduce, a la verdad desnuda de nuestra insensibilidad reinante, de nuestra indolencia y acostumbramiento a los buenos crmenes, cuando no mero despiste o terrible desinformacin por falta de aproximacin y de lectura. Por eso debemos hacer incmoda la buena conciencia frente a esos actos B-52, de los que somos ms que espectadores. Somos de algn modo quienes han ayudado a lanzar esas bombas y a disculpar a pilotos y a ministros-as, porque era su trabajo. Justificndoles nos eludimos tambin de mirarnos. Negumonos pues a esa tesis perversa, que ya en derecho penal tiene una anttesis correcta: nadie est obligado-as a obedecer una orden criminal; no hay en esto obediencia debida. Chacn, como jurista, debi estudiar algo de los juicios de Nuremberg.

Frente a ese contexto sentenciado con parcialidad en esos juicios, he recordado una y otra vez a Albert Camus y cmo describi en La Peste, en la aturdida elaboracin de una indocilidad ante el plceme de la muerte, la actitud de hombres testigos, no esclavos de sus silencios sino dueos de sus actos, que se rebelaban contra la lgica de la desaparicin. Es a lo que Santiago Alba Rico nos lleva sacudindonos, para ser capaces de asumirnos, todos abajo. Es el bombardeo visto no desde el aire sino desde la tierra (Eplogo de B-52).

Esto que paso a escribir ya estaba comentado. Deca entonces cmo en 1963 fue publicado el libro La banalidad del mal, de la filsofa juda Hannah Arendt. En l se refiri ella a Eichmann: un nazi responsable de miles de asesinatos dentro de la maquinaria genocida en la que l era apenas un burcrata. Con la descripcin de este funcionario, Arendt relat no slo una cierta psicologa del matn de buena conciencia, sino la lgica de su trabajo en la industria de la muerte. La banalizacin del mal significa as varias cosas: que el mal es comn y una rutina; que al convivir con lo perverso no lo distinguimos de lo ordinario; que carece de toda importancia y novedad.

Despus, muchas reflexiones jurdicas, pedaggicas, filosficas y sociolgicas, plasmadas en publicaciones, o producciones de cine y teatro, han reivindicado o recordado, del otro lado, la denominada banalidad del bien, en cuya cadena se supone estn los que no matan, los que tienen interiorizada la bondad, a los que les es connatural ser benignos, a los que les es familiar y habitual hacer el bien. Por ejemplo, quienes sienten que cuando van a su despacho de ministro o de ministra, a su oficina en un banco, en una ONG humanitaria o agencia de cooperacin, en una universidad, en una iglesia o en una empresa, desempean una funcin justa y necesaria, til para la sociedad en su conjunto, no perjudicial. Desde esos puestos de trabajo se postula y cumple la normalizacin de un modelo de exterminio de otros y del planeta. Un sistema que lubricamos y que mantenemos con presuncin y orgullo, como si no asesinara y expoliara, o como si no contara para ello con nuestro permiso o colusin. De ah que la inmensa mayora de nosotros gocemos de buena y tranquila conciencia, desde la cual nos es indiferente o incluso nos parece graciosa y hasta sugestiva la retahla de una ex ministra, seamos de un sector poltico o de otro, ms conservadores o ms progresistas.

Esto no significa ensaamiento personal, no es para injertar la culpa de otros y nuestra hacia la parlisis, o no saber de diplomacia, o ser intransigentes y no tejer miras de dilogo. Significa un llamado, para saber si una Izquierda no promiscua sino despierta y en lucha, debe lanzar cumplidos a quienes, todava incluso ms perversos que muchos operadores de la Derecha, invocan valores socialistas y hacen justamente lo contrario. A Rajoy no puede pedrsele compromisos de resistencia a la lgica del capital. A otros se supone que s. Esta proposicin atraviesa el nefasto libro de la socialdemocracia.

Santiago Alba Rico reconstruye al comienzo de uno de sus libros (Capitalismo y Nihilismo) lo que fue el mayor naufragio en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, sucedido en costas italianas en 1996, y cmo apenas un pescador siciliano se atrevi a romper el silencio, el miedo y la indiferencia reinantes y normales, ayudando a un periodista a investigar esta tragedia de la que haban sido vctimas 282 inmigrantes venidos de pases muy lejanos. Subraya Santiago que la de aquel pescador fue una accin moral en una sociedad de agnosia recompensada, sociedad que vea como natural o normal echar tierra sobre el naufragio. Devolver cadveres al mar era un gesto sano y rutinario mientras que tratar de salvar al menos su memoria era, en cambio, un atentado enfermizo contra la paz social. Dice Santiago que hay que hacer sentir que las cosas ocurren realmente, localizando los focos de construccin de la realidad. Con ello estn en juego no slo dimensiones epistemolgicas y psicosociales, sino la razn de la poltica y las posibilidades de ticas del bien comn.

Carlos Fernndez Liria nos ha dicho: no cabe duda de que el papel de los medios de comunicacin respecto del nihilismo contemporneo es mucho ms importante que el de la Iglesia. Los periodistas y los intelectuales mediticos son los nuevos sacerdotes y obispos de este mundo secularizado en el que se ha vuelto imposible distinguir el bien del mal. Cita a Gnther Anders, pareja de Arendt, quien, refirindose al colapso moral que represent que todo un pueblo como el alemn acompaara la aventura nazi, denunci la continuidad de esa complicidad entre nosotros, en la conciencia occidental en general. Lo que le preocupaba era que nos habamos vuelto analfabetos emocionales y que eso nos abocaba a un abismo moral en el que todos nos hacamos cmplices de un holocausto cotidiano e ininterrumpido.

Santiago Alba Rico nos viene exponiendo coherentemente, y con ello nos revoluciona, nos rebela y nos revela, sobre cmo el capitalismo perpetra el nihilismo normalizado, la deshumanizacin radical y vertical, sin que reaccionemos a la seleccin de vidas, al clculo que mata, al ordenado precio de la vida de otros, a cmo desde arriba el mundo es visto y se ofrece a la destruccin, con el desprecio por el dolor, producida la muerte arriba hacia abajo, en forma de descarga de bombas como mensajes hacia otros, apenas puntos y explosiones, en matanzas lejanas, objetos de congratulaciones y mritos para el ascenso.

Esto es lo que explica que haya quienes no se inmutan ante el legado socialista de Rodrguez Zapatero, en diferentes campos, entre ellos los de Defensa y Relaciones Exteriores, y busquen paliar y descargar sus resultados, diciendo dos cosas: que la Derecha que gan las elecciones lo har peor (no!: lo har mejor, para sus intereses), como si el Partido Popular estuviera comprometido con enunciados de emancipacin, que alegadamente s lo son para el PSOE, cuya poltica en estas dcadas traiciona ideales socialistas de sus fundadores y luchas de quienes sufrieron por su identidad en la dictadura franquista; y lo segundo que se escucha es que en todo caso lo hecho por Chacn y otras/os era el trabajo del gobierno, sus tareas.

De nuevo caemos en el argumento de Eichmann. De esa manera tan tranquila o poco perturbada se dilucidan como labor burocrtica o tcnica los bombardeos de la OTAN, o la venta de armas y el intercambio militar y poltico con regmenes violadores de derechos humanos en pases en conflicto u ocupantes, como Israel, Marruecos, Colombia y otros.

Yves Ternon escriba en los noventa sobre esto, sealando que los ejecutantes resultan protegidos de las influencias exteriores, encerrndolos dentro de un capullo moral donde los valores estaran preservados; La estructura jerrquica permite a cada uno considerarse como un mecanismo, y la divisin del trabajo en tareas especializadas diluye la consciencia de las responsabilidades. Entre el que decide y el que mata se insertan ciertos servicios La amoralidad es as racionalizada y los lmites franqueados sin que las conciencias se veas afectadas (El Estado Criminal. Los genocidios en el siglo XX).

De ah que en lugar de estar en tribunas en nuevas campaas, falta hace que estn muchos polticos ante tribunales, que tampoco existen efectivos y serios, para juzgar ms all de los mandos militares, pues otro error grave en parte de la Izquierda es creer que es menos criminal quien da la orden a quien la ejecuta. El mtodo de la eliminacin del otro no radica en la oposicin civil militar sino en su binomio. Hay polticos y empresarios que superan con creces a homicidas de uniforme.

En caso de resultar elegida como cabeza del PSOE puede la seora Chacn asumir un debate sobre la responsabilidad penal y la direccin poltica y estratgica de alianzas como la OTAN?, sobre los hechos criminales que se registran en su historial?; es ms: podra pedir perdn? El arrepentimiento, esa condicin exigida a otros para hacer un tipo de poltica es aplicable a quienes participaron y todava hacen parte de maquinarias institucionales de colonizacin, pillaje y muerte?

Carme Chacn no es la Dora universalizable de Los Justos de Albert Camus, obra hace unos aos algo remedada sin crditos en la obra de teatro Homebody Kabul de Tony Kushner. No es la luchadora por la libertad que debate sobre el derecho a la rebelin y sus lmites ante la opresin. La ex ministra Chacn es la universalizable figura de quien sirve a los poderosos y a su comedia, cambiando de mscara cuando parece mirar a la tragedia de los subyugados. Por eso vocifera Izquierda y por eso representa la inocencia de la perversin.

Para quienes estamos en el aire, en sociedades que mandan los B-52 a descargarse en otros pueblos, no es fcil entenderlo. Hay que situarse abajo, cuando en nombre de la libertad del mercado, sobre las cabezas y los sueos de los empobrecidos de la tierra, caen las bombas bendecidas por nuestras leyes, por nuestras buenas violencias. Por nuestros intereses, articulados no slo a la proclama de Bush, sino todava ms degradadamente a la soflama de quien se nos present como antagonista y superior. Quiz por eso podra tambin terminar la obra B-52 no con las palabras de George Bush sino con el rostro y las frases de Barack Obama, recibiendo el Premio Nbel de la Paz, al referirse a su guerra justa. El tronco de la socialdemocracia en su cumbre, en su colosal prueba, en el hervidero de su putrefaccin moral y en su cada.

6. Una salida quimrica: pelear por la salida

Al repasar al final esta nota y su sentido, casi puede desecharse. Parece una solitaria pataleta. Por un lado, se sabe de su tono beligerante pero quiz estril, pues no es para cambiar en esta especie de monlogo al interlocutor socialdemcrata, sino, acaso, para interpelar a compaeros de Izquierda, a quienes s les vivifica la lucha anticapitalista, por mero reflejo de honestidad, por honradez, porque se indignan de verdad ante lo injusto. Por otro lado, la hiptesis de una correccin no es creble: no es factible que hoy da Chacn y otros como ella en el PSOE pidan perdn; no va a surtirse un reconocimiento de lo que han traicionado en diversos campos de la vida social, econmica y poltica; que miraron hacia arriba y saludaron nuestros B-52 a la hora de las detonaciones abajo. Esas disculpas por su trabajo cumplido no llegarn, ni por mil pedidos de mil de sus militantes. Que se conozca, en vsperas del congreso del PSOE, no existe ni una sola voz o una slo firma que as lo haya demandado. Resulta espeluznante el relato sobre los verdugos voluntarios, sobre los alemanes corrientes y el Holocausto, que escribi Daniel Jonah Goldhagen.

No obstante, queda algo que no es mera retrica, que se defiende en la proyeccin de una controversia que debe ya mismo reabrirse en Espaa. Se refiere a dos temas, que son nuestro eco de reivindicaciones sentidas.

Primero: la salida de Espaa cuanto antes de la OTAN. Socialmente debe demostrarse la cuestin de la OTAN como nuclear en las contradicciones y en el camino de visibilizarlas en un conjunto, para una tensin poltica constructiva, discutiendo su naturaleza, sus resortes ilegtimos, sus cargas econmicas y de soberana, sus crmenes; para exigir el retiro de Espaa de esa coalicin adaptada al nuevo imperialismo; para liberarnos de un militarismo que replicado en otros flujos lleva a que los intereses de la nueva ola subordinada de internacionalizacin o insercin espaola y europea se acompae con costosos vectores de violencia, incompatibles con la democracia y la cooperacin.

Segundo: la necesidad de que la Izquierda, en su embrin y coherencia bsica para impulsar procesos combativos, supere el complejo de inferioridad moral ante la socialdemocracia, y no deba, por ninguna razn, menos cuando acabamos de asistir a aos de artimaas, retraerse y lisonjear a personas implicadas en los tramos de los crmenes cuyo repudio debe de nuevo expresarse con energa. Con altura tica, con cultura poltica, con temple. A partir de ah debe impugnarse esa impunidad y ese nuevo caciquismo y ceguera de progresistas anidados en la socialdemocracia. No generalizando, de nuevo se pregunta entonces dnde estn las excepciones?; dnde estn las voces disidentes dentro de un partido que desenmascare esa vergenza? No se ven. Si las hay, estn sojuzgadas, dormidas. Slo constan chirriantes, repetitivos y vacuos eslogan con un ofensivo compaeras y compaeros! que no son su patrimonio sino su botn.

Chacn, por fuerza de su trabajo para el orden de un rgimen que justifica la muerte en la existencia de su ley, no slo resulta en cierta medida homologable histricamente a personajes como Fraga, sino a la figura de Caty, que bien se nos representa en la obra de Santiago Alba Rico.

Caty: Somos la tripulacin de un B-52 que despega de la base de Barksdale para bombardear Bagdad. Somos cojonudos. Somos mensajeros de Dios, hroes de la democracia, ngeles de la civilizacin. Es alucinante (Caty da vueltas con los brazos abiertos emitiendo un zumbido). Volamos durante horas por encima de las nubes, destruimos desde el aire casas, puentes y mercados, matamos sin esfuerzo mujeres y nios y volvemos a casa como si tal cosa (tomado de B-52, Editorial Hiru, 2011, pg. 14).

Ah!, no!: era su trabajo, lo cumpli bien, en nombre nuestro. Y no de co-piloto sino de ministra: unas nubes ms arriba. Pero igual volvi a su casa, abraz a los suyos y est ahora cmodamente en la carrera para ser la mxima dirigente de un partido poltico que todava se autodenomina de izquierda, obrero y socialista.

Carlos Alberto Ruiz es Doctor en Derecho, autor de La rebelin de los lmites. Quimeras y porvenir de derechos y resistencias ante la opresin (Ediciones Desde Abajo, Bogot, 2008).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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