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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-02-2012

De vidas vivibles y produccin imposible

Amaia Orozco
Rebelin


De vidas vivibles y produccin imposible1

La crisis actual muestra la imposibilidad de este sistema para generar vidas vivibles. Desde la izquierda, corremos el riesgo de ver la produccin como nica alternativa frente al pandemnium de los mercados financieros. Pero de qu hablamos cuando hablamos de la crisis?
  1. Introduccin

Estamos viviendo un cambio imparable que no podemos dejar al arbitrio del libre mercado. Para afrontarlo bajo criterios de justicia, es urgente romper con las miradas habituales de la crisis, tanto con la hegemona de la ortodoxia, secuestrada por los mercados financieros, como con aquella mirada frecuente en la heterodoxia que se centra en la economa real, que sigue creyendo en la recuperacin de la produccin. La economa feminista, que es feminista en tanto en cuanto contiene una pretensin de subversin2, puede jugar un papel clave en este sentido. Este texto no pretende ofrecer respuestas, sino abrir preguntas desde una apuesta analtica y poltica concreta: poner la sostenibilidad de la vida en el centro. Se recogen debates que hemos ido teniendo desde la economa feminista y que entran en dilogo con otras perspectivas crticas. No busca ofrecer ningn tipo de solucin, sino lanzar ideas para sentarnos en una plaza, debatir y empezar a balbucear respuestas colectivas. Es preciso sealar que se localiza en el contexto concreto del estado espaol, por lo que muchos de los ejemplos o afirmaciones responden a esa realidad, especialmente el apartado ltimo sobre el 15m. Sin embargo, tenemos la esperanza de que esto no impida una discusin ms amplia con miradas propias de otros lugares.

La estructura del texto es la siguiente: Para entender la crisis civilizatoria son imprescindibles miradas crticas que se rebelen contra los mercados; una de ellas es la mirada desde la sostenibilidad de la vida (apartado 2). Este artculo ahonda en qu implica esta mirada y cmo se lee la crisis desde ella: en qu consiste la crisis (apartado 3), cmo se produce el ajuste y cules son las consecuencias que est teniendo (apartado 4). Ante esta crisis civilizatoria, la contrapropuesta no puede ser recuperar la produccin (apartado 5), sino abrir dos debates: qu es la vida vivible, la vida que merece la pena ser vivida, y cmo colectivizar la responsabilidad de garantizar sus condiciones de posibilidad (apartado 6). Estos debates han de ser radicalmente democrticos; en un contexto donde no existen estructuras de democracia real, el 15m contiene la potencia necesaria para abrirlos (apartado 7).

  1. Desde dnde (no) mirar la crisis

La mirada hegemnica que se nos impone para pensar la crisis posiciona en el centro de atencin a los mercados financieros, sus procesos, lgica y necesidades; entendiendo que el conjunto social es unilateralmente dependiente de su buen funcionamiento. Esta mirada se caracteriza por su obscurantismo, respaldado por la complejidad del aparataje financiero. Solo los expertos pueden entender qu ocurre y as dilucidar la respuesta de poltica econmica adecuada para restablecer el equilibrio mercantil y, de manera derivada, el bienestar. A esta mirada podemos calificarla como una teocracia mercantil3, porque impone las necesidades del proceso de valorizacin del capital financiero como una especie de designio divino inescapable (esto es, que ha de acatarse al margen de la voluntad humana) e inescrutable (los tecncratas se convierten en sacerdotes mediadores entre la divinidad y el vulgo). Desde el feminismo afirmamos que lejos de ser un discurso tecnicista neutro, la teocracia mercantil es una mirada androcntrica que no solo no es til para los propsitos emancipadores feministas, sino que resulta tremendamente peligrosa, toda vez que impone como nica visin verdadera aquella que sostiene el statu quo y relega el bienestar del conjunto social a una posicin perifrica y subalterna. Dicho de otra forma, desde la economa feminista el capitalismo financiero lejos de ser naturalizado o, peor, divinizado, es cuestionado.

Hay otra mirada, con fuerte presencia entre la heterodoxia, que cae en lo que podramos denominar un estrabismo productivista (Picchio, 2009). Esta perspectiva parte de una dura crtica a la subordinacin de la economa real al capital financiero. Su foco de atencin es el proceso de produccin y los elementos asociados al mismo: trabajo (remunerado), salario, consumo, demanda agregada, inversin, gasto pblico, etc. Esta mirada sigue anclada en los mercados, si bien en los de bienes y servicios y no en los financieros. El estrabismo productivista tiene una vertiente feminista4, que pone el acento en la presencia diferencial de mujeres y hombres en los mercados y, sobre todo, en el mercado laboral5. Desde aqu, se insiste en los efectos de la crisis sobre el empleo y se reitera que, si bien en un comienzo pudo golpear ms duramente a los hombres (por atacar a sectores masculinizados como la construccin), la dinmica posterior as como el peor punto de partida hacen que podamos afirmar sin gnero de dudas que la crisis tiene un mayor impacto sobre las mujeres. El leit motif de este feminismo productivista es demostrar que, al final, siempre las mujeres, peor6.

En este artculo intentamos dar una alternativa a esas dos opciones, desde la conviccin de que estamos afrontando una crisis sistmica y civilizatoria, en la que lo que necesitamos cuestionar es el conjunto del proyecto modernizador, la idea misma de desarrollo, progreso y crecimiento7. Frente a la existencia de un discurso hegemnico que legitima y fomenta un sistema que es insostenible e injusto, es urgente la confluencia y el dilogo de miradas crticas que arranquen desde fuera de los mercados, desde un terreno de juego distinto. Aqu se sitan propuestas de corte ms activista, como el decrecimiento desde el ecologismo social; ms acadmico, como el post-desarrollo; o de poltica aplicada como el buen vivir o vivir bien (sumak kawsay en kichwa en Ecuador y suma qamaa en aymara en Bolivia, respectivamente, ambos recogidos en sus constituciones)8. En este texto se aade la mirada desde la sostenibilidad de la vida (Carrasco, 2009). No se plantea como la nica alternativa, o la mejor de ellas, sino como una ms en confluencia y comunicacin con otras.

Poner la sostenibilidad de la vida en el centro significa considerar el sistema socioeconmico como un engranaje de diversas esferas de actividad (unas monetizadas y otras no) cuya articulacin ha de ser valorada segn el impacto final en los procesos vitales. Aqu van ligadas dos preguntas: cul es esa vida cuyo sostenimiento vamos a evaluar, qu entendemos por vida digna de ser vivida, o de ser sostenida; y cmo se gestiona dicho sostenimiento, cules son las estructuras socioeconmicas con las que lo organizamos. Como argumentaremos a lo largo del texto, la construccin tica hegemnica sobre la vida es perversa en diversos sentidos. Entre otros, porque escinde vida humana y naturaleza, impone un sueo loco de autosuficiencia y negacin de la vulnerabilidad, e identifica bienestar con consumo mercantil en permanente crecimiento. Tambin estn pervertidas las estructuras socioeconmicas actuales porque ponen la vida al servicio del capital y, por tanto, establecen una amenaza permanente sobre ella.

  1. Pero, de qu crisis estamos hablando?

Usamos de forma recurrente el vocablo crisis, a veces como un fenmeno omnmodo: LA crisis; a menudo acompaado de eptetos mercantilistas: crisis de la deuda, crediticia, bancaria, de rentabilidad; menos frecuentemente como fenmeno de corte ms social o ambiental. Ante semejante polisemia, es preciso empezar por aclarar a qu nos referimos cuando usamos la palabreja desde la mirada de la sostenibilidad de la vida. Para ello, tenemos que empezar por diferenciar dos momentos: el previo y el posterior al estallido financiero de 2007.

3.1- Crisis multidimensional antes del estallido financiero

Antes del estallido, las miradas crticas ya sealbamos la existencia de una profunda crisis multidimensional para referirnos, al menos, a tres cuestiones: a la crisis ecolgica de dimensiones globales; a la crisis de reproduccin social que afectaba al Sur global; y a la crisis de los cuidados en el Norte global9. La crisis ecolgica abarca diversas dimensiones interconectadas: cambio climtico, agotamiento de los recursos naturales, y colapso de la biodiversidad. Por crisis de reproduccin social nos referimos a que el conjunto de expectativas de reproduccin material y emocional de las personas resulta inalcanzable, pudiendo, a menudo, derivar lisa y llanamente en muerte, como ocurre con la crisis alimentaria. La nocin de crisis de los cuidados afecta a una dimensin concreta de dichas expectativas de reproduccin: los cuidados, implicando que los arreglos del cuidado son insatisfactorios, insuficientes, precarios y no libremente elegidos10.

Estas diversas dimensiones de la crisis estn interrelacionadas. Los factores desencadenantes son en ocasiones comunes. Por ejemplo, la explosin del transporte motorizado y el asociado modelo de crecimiento urbano estn en el corazn de la crisis ecolgica, lo cual resulta ms obvio (ver, por ejemplo, Fernndez Durn, 1993), pero tambin de la crisis de los cuidados: las grandes ciudades pensadas para el coche imponen unas condiciones sumamente desfavorables para los cuidados al conllevar la desaparicin de espacios pblicos donde se pueda cuidar de forma ms colectiva y menos intensiva, y al generar una escisin entre los distintos espacios de vida que multiplica los tiempos perdidos en transporte e impide la simultaneidad de tareas. Las dinmicas desencadenadas por las diversas dimensiones de esa crisis tambin estn interconectadas. La crisis de reproduccin social est en la gnesis del proceso de globalizacin de las migraciones y, particularmente, de la feminizacin de las migraciones. A su vez, el cierre reaccionario de la crisis de los cuidados deriva en la apertura de oportunidades laborales en el sector precarizado de los cuidados, nicho donde encuentran empleo cada vez ms mujeres migrantes. Se conforman cadenas globales de cuidados que son la encarnacin cotidiana de la expansin transnacional de un sistema socioeconmico donde la vida y su cuidado cotidiano es un asunto a resolver en lo privado y por las mujeres11.

En ltima instancia, lo que estbamos denunciando es que el proceso de valorizacin de capital se daba a costa de la explotacin de los recursos naturales y de la vida humana misma, tanto en el Sur global como en el Norte global (si bien esta explotacin tena caractersticas e intensidades muy diversas). En el mejor de los casos, la vida y sus necesidades eran un medio para el fin de acumulacin de capital; en el peor, un estorbo y lo ms rentable era destruirla. A esto lo habamos denominado conflicto capital-vida. En el proceso de financiarizacin de la economa, decamos que este conflicto se haba agudizado, al producirse una parte creciente de generacin de beneficios con una desconexin tremenda de los procesos vitales mismos.

En definitiva, estbamos luchando por que se reconocieran como crisis profundas y acumuladas estos gravsimos ataques a los procesos vitales. Estbamos visibilizando las deficiencias estructurales de un sistema depredador, que no solo era capitalista, sino tambin heteropatriarcal, antropocntrico, e imperialista y, por eso y ante la dificultad de darle nombre, nos referamos a esa escandalosa Cosa (Haraway, 1991). Hablbamos de crisis civilizatoria porque atravesaba el conjunto de las estructuras (polticas, sociales, econmicas, culturales, nacionales), pero tambin de las construcciones ticas y epistemolgicas ms bsicas (la propia comprensin de la vida). Y, sin embargo, no habamos logrado consenso social para entender todo lo anterior como una crisis, sino que seguamos hablando de procesos de desarrollo impulsados por la globalizacin de la economa de libre mercado.

3.2- El estallido financiero y la respuesta poltica

Llega entonces el estallido financiero y, automticamente y sin cuestionamiento alguno, le otorgamos el nombre de crisis; es ms hablamos de LA crisis, a la que adems calificamos como global. Realmente, lo que se produce primeramente es una quiebra en el proceso de valorizacin de capital, en los circuitos financieros de los pases del Norte global. No es, en principio, una quiebra directa de los procesos vitales ni tampoco reviste carcter mundial. En ese sentido, no es una crisis, porque no est en crisis o no tan agudamente12- el proceso vital, que es el que nos importa si ponemos la sostenibilidad de la vida en el centro. La clave aqu es la respuesta poltica que se da al estallido financiero. Y, de nuevo, tenemos que distinguir dos momentos.

La primera respuesta poltica implic una breve, sorprendente y esperanzadora ruptura con el consenso post-Washington (Young et al., 2011). Se hablaba de refundar las bases del capitalismo y de poner coto a los mercados financieros. Se apostaba por medidas de corte keynesiano, que promovan la recuperacin de la actividad mercantil mediante inyecciones de dinero pblico en ciertos sectores financieros y productivos. Esta respuesta poltica inicial puede leerse como el intento de recuperar las tasas de ganancia salvaguardando al mismo tiempo las condiciones de vida de la poblacin a travs de la proteccin del empleo y los niveles de consumo. Dicho de otra forma, como un intento de conciliar los procesos de acumulacin de capital y de sostenibilidad de la vida; como una apuesta por la produccin frente a las finanzas. En el estado espaol, el Plan Ẽ fue el mximo exponente de este ciclo.

Desde una perspectiva productivista, esta reaccin puede considerarse acertada. Desde el feminismo se plante incluso como una ventana de oportunidad para la inversin pblica hacia sectores intensivos en mano de obra que implicaran la socializacin del cuidado y oportunidades de empleo para las mujeres13. Desde una perspectiva de sostenibilidad de la vida, la valoracin no es tan halagea. Ya estaban olvidndose las dimensiones de la crisis que se haban intentado visibilizar. As, la inversin pblica volva a apostar por las grandes obras con un impacto ecolgico tremendo; en ningn caso se aprovech para construir infraestructuras de cuidados; las medidas de proteccin social olvidaron pronto a la poblacin migrante. En momentos de dificultad, quin se acuerda de la crisis ecolgica, de la crisis de cuidados o de que la ciudadana ha de ser global. Haba grandes debilidades intrnsecas, pero, sobre todo, el problema era que esa respuesta era una apuesta por negar la existencia de esa contradiccin profunda capital-vida. El breve lapso que nos dur el espejismo de pensar que el sistema socioeconmico poda transformarse desde dentro muestra que la va de la paz social (de insistir en la posibilidad de conciliar el proceso de obtencin de ganancia, y los procesos de sostenibilidad de la vida) tiene unos lmites clarsimos: cuando la situacin exige hacer renuncias al proceso de valorizacin, llega el ataque desde ah, porque es ah donde reside el poder. El conflicto se desata desde el terreno que pone en jaque la vida misma, empezamos a abordarlo en campo contrario.

As se pas al segundo momento de la respuesta poltica en el cual estamos inmersxs14 a da de hoy, caracterizada por el hecho de que los estados se escoran hacia las necesidades y exigencias de los mercados financieros. Se estn socializando los riesgos del capital con medidas tales como los rescates bancarios, los diversos mecanismos que implican la socializacin de la deuda privada de bancos y grandes empresas, y la apertura de nuevos nichos de mercado con la privatizacin de instituciones financieras y servicios pblicos. Al mismo tiempo, se privatizan los riesgos de la vida, los de la ciudadana misma, con el conjunto de medidas que forman parte de los paquetes de austeridad y recorte15.

Esta privatizacin implica un estrechamiento del nexo calidad de vida-posicionamiento en el mercado, porque el acceso a recursos deja de tener algn tipo de garanta colectiva y queda en manos privadas: a lo que los hogares acceden va mercado o va trabajo no remunerado. Todo ello, a la par que empeora el acceso a fuentes estables y suficientes de ingresos y que se desregula el mercado laboral, implicando un peor acceso a derechos sociales y una individualizacin de la negociacin de las condiciones laborales. En definitiva, tienden a desaparecer los ya de por s insuficientes mecanismos colectivos para garantizar el acceso a condiciones de vida dignas en trminos de universalidad e igualdad, y en desfachatado contraste se refuerzan los mecanismos que colectivizan la responsabilidad de garantizar la generacin de tasas de ganancia suficientes para el capital. Es un ataque directo a los procesos de sostenibilidad de la vida. Y aqu s ya, con toda contundencia, podemos y debemos hablar de crisis.

  1. Quin y cmo se encarga del ajuste?

El proceso de valorizacin en los mercados financieros quiebra y el estado responde, readaptando su papel para que dicho proceso se recupere. Pero dnde se produce el ajuste final, en trminos de reacomodar el proceso de sostenibilidad de la vida a las nuevas condiciones impuestas por los mercados financieros? Ante este sesgo del estado y la inexistencia de otro tipo de mecanismos de respuesta colectiva, es en los hogares donde se sigue intentando garantizar la generacin cotidiana de bienestar concreto para personas concretas. Una vez ms, se ve lo ya constatado para otras crisis: son los hogares el colchn ltimo del sistema socioeconmico, el lugar donde en ltima instancia se absorben los shocks que se producen en otras esferas16.

4.1- Nuevas estrategias de supervivencia: privatizadas, globales y feminizadas

Cmo se produce este ajuste? Mediante el despliegue de nuevas estrategias de supervivencia. Los hogares se las ingenian para afrontar el contexto explicado de, por un lado, privatizacin del acceso a los recursos y la gestin de los riesgos vitales, y, por otro, prdida de fuentes de ingresos estables y suficientes. Entre las estrategias podemos mencionar, al menos, tres17. En primer lugar, la bsqueda de nuevas fuentes de ingresos, intentando encontrar empleo en sectores que se haban abandonado; por ejemplo, la vuelta al sector agrcola o al empleo de hogar de parte de la poblacin autctona. O bien con la insercin en el mercado laboral de sujetos que antes estaban fuera, como es el caso de las mujeres mayores de cincuenta y cinco aos18. Esto supone una transformacin de los roles econmicos de los sujetos y una comprensin diferente de la normalidad econmica19. Esta bsqueda de nuevas fuentes de ingresos se da a la par que van paulatinamente volvindose borrosas las fronteras que separan la economa formal de la informal, en una vuelta de tuerca al ya sealado proceso de domesticacin del trabajo, que abarca y desborda el fenmeno de precarizacin del empleo20. Tener un empleo y, por tanto, un salario directo, es cada vez menos garanta de acceso a salario indirecto o diferido (prestaciones y derechos contributivos). Puede empezar a expandirse la realidad prototpica del mercado laboral estadounidense de los trabajadores pero pobres21?

En segundo lugar, se produce una traslacin de costes y responsabilidades hacia el trabajo no remunerado. Si ya no es posible acceder a ciertos bienes y servicios de mercado y hay otros que el sector pblico deja de proporcionar, una alternativa es reducir los niveles de consumo. Pero hay otros recursos de los que no se puede prescindir, y cuya produccin se vuelca al trabajo no pagado. Esto es claro con los cuidados a raz de los recortes en el gasto pblico (por ejemplo, freno a la aplicacin de la ley de dependencia en el estado espaol, aumento del trabajo no pagado de atencin a la salud y la enfermedad a raz de la implantacin de sistemas de copago). Ya en otras crisis se ha denunciado la derivacin de costes a estos trabajos, que de manera implcita se dan por infinitamente flexibles y que, sin embargo, no lo son. En este sentido, la crisis se resuelve trasladando una enorme carga laboral a ciertos segmentos sociales (mayoritariamente mujeres).

En tercer lugar, se despliega lo que se ha denominado una economa de retales22, en la que los diferentes miembros de los hogares ponen en comn todos los recursos disponibles (de tiempo, haciendo gratis cosas que antes se compraban; de dinero, generando flujos financieros alternativos e informales; espaciales, compartiendo casa; de informacin, etc.). Esto unido a una ampliacin de las fronteras del hogar, con una vuelta a la familia nuclear de jvenes (y no tan jvenes) que se haban emancipado parcialmente, o con un reforzamiento de la familia extensa. Esta economa de retales es sumamente elocuente de una cuestin clave sobre la que volveremos: la realidad econmica es una realidad de interdependencia. La cuestin es que la red que se hace cargo de esa interdependencia sigue estando sumamente asociada a los modelos tradicionales de familia; no parece que surjan formas alternativas de organizar la convivencia y de compartir recursos es esto realmente as? En ese caso, por qu?

Difcilmente podemos contestar a esas preguntas, porque de estas nuevas estrategias de supervivencia sabemos poco. De la que ms datos disponemos es de la primera dada la focalizacin de las estadsticas en el mercado laboral. Pero la domesticacin del trabajo supone que proliferan realidades laborales borrosas, difcilmente captables con categoras pensadas para el mercado laboral formal. Tampoco sabemos bien qu est pasando en el empleo de hogar y en el trabajo sexual, sectores histricamente feminizados (siempre mal captados por los sistemas de medicin androcntricos), cuyo comportamiento se define por pautas propias en parte ajenas al clima econmico general y que funcionan como nichos laborales de emergencia cuando los socialmente aceptados fallan. Para visualizar la segunda tampoco tenemos casi datos, entre otras cosas, porque las encuestas de usos del tiempo se realizan cada grandes intervalos de tiempo23. Y sobre la tercera cabe decir que no se presta suficiente atencin a este mbito micro de ajuste del sistema. Son pequeos aspectos de la cotidianeidad, imperceptibles para las estadsticas al uso, las visiones macro y la mirada de la teocracia mercantil que, sin embargo, son clave para comprender el impacto en el bienestar efectivo de los sujetos concretos. Para entender estas estrategias convendra tener muy en mente lo ocurrido en el Sur global a raz de la imposicin de programas neoliberales muy similares a los actuales en el Norte global.

A pesar de esas carencias, algo sabemos Merece remarcar dos caractersticas de estas nuevas estrategias de supervivencia, adems del hecho de que estn privatizadas (relegadas a los hogares). El primer elemento a destacar es que son globales, que no se toman pensando en el estricto mbito de los estados-nacin, sino en trminos transnacionales. La gente est migrando o proyectando migrar; tanto quienes lo haban hecho previamente (personas ya instaladas, algunas que haban logrado la nacionalidad del pas de destino, que retornan o que envan a sus hijxs a los pases de origen) como quienes inician una nueva migracin (cada vez ms gente joven con altos niveles educativos que buscan empleo fuera)24. La crisis no puede pensarse ni afrontarse desde una perspectiva constreida a las fronteras nacionales no solo porque los mercados estn globalizados, sino porque hemos construido y seguimos reforzando lazos interpersonales de carcter global.

Los pases del centro estamos comenzando a formar parte del proceso de globalizacin de las migraciones cada vez ms en calidad de pases de origen. Esto obliga a nuevas miradas sobre la migracin y a tener mucho cuidado en comprender los dinmicos procesos de segmentacin social a lo que esto d lugar. Entre otras cosas, esta migracin desde los pases del Norte global se sigue dando en un contexto de hegemona mundial y de mercados laborales etno-segmentados en todos los lugares. Mientras que la migracin del Sur hacia el Norte implicaba la insercin de la poblacin migrante en los estratos ms bajos del mercado laboral, dando lugar a nuevos tipos de clases sirvientes (Sassen, 2008), la migracin desde el Norte puede implicar la aparicin (o engrosamiento) de nuevas lites blancas que copen los estratos superiores del mercado laboral de muchos pases del Sur global25. Todo ello en un contexto de incremento de las desigualdades tambin entre pases a nivel global; de periferizacin de algunos pases del centro.

El segundo elemento a destacar es que se trata de estrategias feminizadas o, dicho de otra manera, que el ajuste est sexuado. Mientras que la construccin de la identidad masculina se entiende como la construccin de s para s a travs del mecanismo clave del trabajo en el mercado; la construccin de la feminidad pasa por la construccin de s para el resto a travs de la realizacin del conjunto de trabajos y actividades necesarios para que el hogar salga adelante. A pesar de las fugas y fracturas que se estaban produciendo en esta forma de entender a los sujetos sexuados, cabe preguntarse si, en momentos de crisis, no tienden a reforzarse. El desempleo masculino a menudo deriva en un doloroso proceso de prdida de identidad, de sentido de la vida. Frente a ello, quienes tienden a reaccionar son las mujeres, buscando nuevas fuentes de ingresos, intensificando el trabajo no pagado, o creando redes de intercambio. Es decir, desplegando las estrategias de las que hablbamos. Este proceso, que se observ con claridad en la Amrica Latina de los 80 y 90, difcilmente podra ser mejor expresado que en la pelcula Los lunes al sol de Fernando Len de Aranoa, en la que un conjunto de manos invisibles (manos que la pantalla invisibiliza) siguen haciendo no se sabe bien qu, pero un algo que sostiene los hogares que ya no pueden contar con el salario de esos cabezas de familia que han sido despedidos de los astilleros. Si recordamos, el nico que sucumbe es aquel que vive solo, sin una mujer.

Hasta qu punto esta construccin sexuada de las responsabilidades econmicas se refuerza con la crisis? Hasta qu punto las fugas que ya se haban producido modifican el panorama? De nuevo, una constatacin gruesa: hay una reaccin diferencial de mujeres y hombres, en la que son ellas quienes tienden a asumir la responsabilidad ltima del ajuste; y una certeza: necesitamos mirar mucho ms atentamente este proceso. Este es uno de los terrenos clave en los que los feminismos han de aportar a la comprensin de la crisis, pero, para hacerlo, es preciso la confluencia de miradas, entre aquellas ms preocupadas por los procesos materiales y las ms pendientes de los aspectos subjetivos y simblicos26.

4.2- Hipersegmentacin y crisis de reproduccin social

Son suficientes estas estrategias para ajustarse a las nuevas condiciones de privatizacin de los riesgos de la vida? No, claramente no lo son, o no para todas las personas ni todos los grupos sociales. Por eso, y salvo que se d un giro copernicano al actual sentido de las polticas, se est produciendo y va a intensificarse un proceso de hipersegmentacin social y una crisis de reproduccin social.

Con la respuesta poltica al estallido, hay ciertos grupos sociales que estn enriquecindose. Decamos antes que se socializan los riesgos del capital, pero ms correcto sera decir que se socializan los riesgos de ciertas lites financieras, en cuyas manos se va concentrando la riqueza; este proceso de concentracin adquiere un ritmo vertiginoso en el momento actual. Frente a este acaparamiento por parte de una minora de la poblacin mundial, aquella a la que el movimiento occupy27 se refiere como el 1%, amplios segmentos sociales viven un proceso de intensificacin de lo que desde el feminismo habamos llamado precariedad en la vida28. Las dimensiones de esta precariedad que van a agravarse as como la virulencia de dicha intensificacin no van a ser uniformes ni homogneas. Habr quien se quede desahuciada y con una deuda tremenda con el banco. Habr quien tenga que encargarse veinticuatro horas al da de un anciano en situacin de dependencia, sin acceso a ninguna prestacin, y entremedias se fastidie la espalda y no pueda ir al traumatlogo. Habr quien pierda sus redes afectivas porque el nico curro que le ha salido es muy lejos de su ciudad. En otros casos, de una situacin de precariedad se ir pasando a una situacin de exclusin. Decamos hace tiempos que entre la precariedad y la exclusin no haba solucin de continuidad, y que, de hecho, la exclusin funcionaba como una amenaza para acatar la prdida de derechos que estaba en la gnesis de la precariedad. Este proceso de amenaza, de inocular miedo, se refuerza con la crisis. Es imprescindible estar pendientes para conocer quin, cmo, por qu mecanismos y en qu sentidos est pasando de la inseguridad en el acceso a recursos, al no-acceso, al quedarse al margen. Caso claro es el de la irregularidad sobrevenida, fenmeno que afecta a personas migrantes que tenan una situacin administrativa ya regularizada, pero que, al perder el empleo y dejar de cotizar, pierden los papeles, pudiendo llegar a situaciones absurdas en las que sean no-ciudadanxs, pero s estn hipotecadxs. Otro caso es el de las mujeres viviendo situaciones de violencia machista que no pueden separarse por el agravamiento de las dificultades financieras.

Pero lo que presenciamos no es una cuestin de dualizacin social, sino un fuerte aumento de las desigualdades sociales29. El impacto de la crisis vara segn diversos factores: De forma clave el posicionamiento de cada quien en los mercados (si se tiene o no acceso a rentas no salariales, y cul es la insercin que se tiene en el mercado laboral), pero tambin de otros elementos como las redes familiares o sociales de las que se disponga y el estatus de ciudadana. Los procesos de inclusin/exclusin no son limpios, sino que discurren a lo largo de un hilo de continuidad donde las vas y las dimensiones mismas de la exclusin son sumamente complejas y diversas. La desaparicin de mecanismos colectivos de gestin de la vida, en general, y de los riegos de la vida, en particular, lo que permiten es que se desplieguen en todo su esplendor los mercados, poderosas instituciones de multiplicacin de las desigualdades.

Parte de la respuesta poltica al estallido pasa porque el sistema de prestaciones en el Norte global vive un proceso creciente de segmentacin, en el que cada vez son menos los sectores sociales protegidos que estn dentro del sistema contributivo, y cada vez ms quienes quedan relegadxs a un sistema perifrico, de calidad nfima. Se produce una prdida del principio de universalidad en la articulacin de prestaciones, dicho de otra forma, ciertos derechos dejan de entenderse como tal. Como afirman Gill y Roberts (2011) la pobreza se individualiza y deja de entenderse sobre la base de la ciudadana social para verse desde una ptica de ciudadana de mercado. En ese sistema de proteccin social perifrico quienes reciben prestaciones se ven sujetxs a un control permanente y reforzado para asegurar que siguen cumpliendo las condiciones de vulnerabilidad y/o exclusin que les hacen merecedores de ayudas de emergencia. Este control y disciplinamiento social contrasta fuertemente con la falta generalizada de supervisin al capital mismo. Esta creciente asimetra es parte de lo que Gill y Roberts (2011) denominan el neoliberalismo disciplinador.

En ltima instancia, decir que el ajuste de y en los hogares es insuficiente significa decir que la crisis multidimensional que preceda al estallido financiero va a agravarse. Las preocupaciones ecolgicas pierden el poco fuelle que tenan frente a lo que se perciben como los verdaderos problemas graves y urgentes. La crisis de los cuidados en el Norte global se agudiza, por la prdida de servicios y prestaciones pblicas, la traslacin de cargas al trabajo no remunerado y la posibilidad de que se deteriore el estado general de salud30. Y la crisis de reproduccin social, adems de poder agravarse en los pases del Sur31, sin lugar a dudas va a comenzar a ser una realidad cotidiana en los pases del Norte, que nos creamos inmunes y a salvo.

  1. Entonces: producir o reproducir?

Desde las visiones productivistas que comentbamos al comienzo, la clave es recuperar el crecimiento econmico, la produccin y sus bondades asociadas (el empleo, los salarios, el consumo). El feminismo productivista pone tambin aqu el nfasis, reivindicando que esa recuperacin no se haga forzando a las mujeres a volver a los hogares (evitando que, en un contexto de escasez de puestos de trabajo, estos se adjudiquen prioritariamente a los hombres) y/o que no refuerce un modelo de ganador y medio (copando los hombres los puestos a tiempo completo y dejando a las mujeres encasilladas en el tiempo parcial). Estas reivindicaciones levantan importantes debates sobre la autonoma monetaria y en derechos de las mujeres, pero no pueden evitar seguir inserta en una lgica de competencia por los empleos que, en ltima instancia, es indicativa de un problema ms profundo: la reivindicacin de la produccin es en s el gran error.

La idea de la produccin ha recibido fuertes crticas desde varias miradas, entre ellas, el ecologismo social y el feminismo. Desde el ecologismo social y la economa ecolgica se afirma que la metfora de la produccin (Naredo, 2006) se ha adueado de nuestra forma de interpretar el mundo, generando una falsa creencia en la capacidad de producir riqueza como un proceso progresivo y creciente sin lmite. Este sera el objetivo socioeconmico por excelencia: el progreso y el desarrollo entendidos como crecimiento sin fin. A su servicio estara el planeta, el conjunto de recursos naturales disponibles para que el hombre (en su acepcin metonmica) los domee y utilice para ir constituyendo civilizacin. Sin embargo, los sistemas socioeconmicos son subsistemas abiertos, que extraen recursos y absorben energa, y generan residuos y emiten energa degradada. Estos subsistemas abiertos funcionan en un sistema cerrado, la biosfera, que no intercambia materiales con el exterior y muy poca energa (la solar); en este sistema cerrado la nica produccin es la de la fotosntesis, y es muy poca. Es decir, extraemos y transformamos, pero no producimos nada. La produccin no existe, es una fantasa antropocntrica que tiene una nica forma de mantenerse: disponer de un medio fantasma de acumular esa supuesta riqueza creada, el dinero. El dinero, que no existe ms que en la medida en que la gente crea que existe (podemos decir que es una realidad de carcter performativo, Cornwall 1998), no solo se convierte en el fin del proceso econmico, en medio de acumulacin y no de mero intercambio, sino que es el sine qua non para el funcionamiento de la metfora de la produccin.

Desde el feminismo se afirma que el otro oculto de la produccin es la reproduccin, en un esquema epistemolgico heteropatriarcal que est en la base de la explotacin de la naturaleza y la opresin de las mujeres. Este esquema se caracteriza por interpretar el mundo de manera dicotmica: comprender la realidad organizada en pares opuestos (bueno/malo, produccin/reproduccin), con una valoracin jerrquica del binomio (la produccin es el progreso, lo deseable) y donde el miembro valorado termina arrogndose el todo, la universalidad (solo vemos y hablamos de la produccin). Adems, hay un encabalgamiento entre toda dicotoma y las dos clave de masculino/femenino, civilizacin/naturaleza. La produccin encarna valores de la masculinidad, y usa la naturaleza feminizada para construir civilizacin. Desde aqu, se produce una disociacin entre la produccin, el progreso, objetivo civilizatorio, y la mera reproduccin, el sostenimiento, condicin que debe superarse. Lo plenamente humano es trascender, y entra en contradiccin con la inmanencia. Desde aqu, la economa de mercado es un estadio de civilizacin superior a las economas de subsistencia, porque permite colmar deseos, y no simplemente satisfacer necesidades. Lo plenamente humano es crecer, poner la vida al servicio de algo superior a la vida misma. Ante esta epistemologa perversa, la cuestin no es solo visibilizar que, adems de producir bienes y servicios, tambin se reproducen personas. Sino sealar que ambos procesos no estn escindidos, que la produccin solo nos importa en la medida en que reproduce vida. La reproduccin es la lente desde la que mirar el conjunto, el eje trasversal. Y, al aplicar esta lente trasversal, hay que romper con la nocin de que lo humano es superarse, progresar, menospreciando el proceso en s de mantenimiento. Dicho de otra forma: se argumenta que no hay contradiccin entre el objetivo de vivir bien y la sostenibilidad. Se trata de apostar por una vida que merezca la pena ser vivida, por vivir bien, en palabras de Tortosa (2009): Buen Vivir es la idea de una vida no mejor, ni mejor que la de otros, ni en continuo desvivir para mejorarla, sino simplemente buena.

El proceso de financiarizacin supone una vuelta de tuerca en esas perversiones. Por un lado supone que el dinero, por primera vez, es capaz de crear dinero. Esto implica perder por completo de vista toda perspectiva y nocin de los lmites fsicos, por disociar por completo las nociones de crecimiento y progreso de la materialidad que las sustenta. Por otro lado, la financiarizacin supone un agravamiento del conflicto capital-vida32, al establecer plazos cada vez ms cortos para satisfacer el proceso de valorizacin de capital, generndose una disociacin absoluta con los ritmos vitales (los de todos los procesos naturales, incluidos los humanos). En un contexto, adems, de distinta vivencia del espacio: movilidad creciente de los capitales, control intensificado de la movilidad humana, impactos ecolgicos mviles y globales de las actividades socioeconmicas. Con la financiarizacin, la economa real se pone al servicio de las finanzas, cierto, pero la base invisibilizada que sostiene el conjunto sigue siendo la reproduccin, el conjunto de esferas donde se recluye la responsabilidad de sostener la vida en un sistema que coloca la vida al servicio del proceso de valorizacin (en el ciclo del capital industrial y/o mercantil, antes; del capital financiero, ahora).


Por todo ello, la desfinanciarizacin de la economa (el conjunto de medidas tendentes a poner control en ese casino global) es clave, pero encierra en s preguntas que van ms all: queremos una reforma que implique un mayor control y transparencia? O queremos unas finanzas que no estn bajo la lgica de valorizacin, apostando, por ejemplo, por una banca pblica? O ms bien se tratara de apostar por pequeas entidades financieras cercanas a la comunidad y bajo control democrtico local? O, incluso queremos un nuevo papel del dinero, volviendo a situarlo como medio de intercambio y no de acumulacin? Queremos que el dinero tenga algn tipo de vnculo con los recursos naturales existentes?33 Es decir, aparecen muchas ms preguntas; no basta con volver a poner la economa real por encima de las finanzas y con introducir ciertas enmiendas (por ejemplo, garantizando plena igualdad de oportunidades para mujeres y hombres). Se trata de hacerse complejos y radicales cuestionamientos del statu quo y del hacia dnde ir.

La pregunta se transforma: no se trata de cuestionarnos cmo volver a poner las finanzas al servicio de la produccin, sino de qu transformaciones radicales son necesarias para reproducir las condiciones de posibilidad de una vida que merezca la pena ser vivida, y de qu flujos materiales y de energa disponemos realmente para lograrlo.

  1. Dos debates: qu vida sostener y cmo hacerlo

Ante la crisis civilizatoria, tenemos que abrir muchos debates y, de forma clave, los dos siguientes: a qu nos referimos cuando hablamos de una vida que merece la pena ser sostenida; y con qu estructuras reproducimos sus condiciones de posibilidad. A la nocin ticamente codificada y democrticamente discutida de vida vivible en condiciones de universalidad e igualdad en la diversidad podramos llamarla buen vivir.

6.1- Una vida que merezca la pena ser vivida: el buen vivir

De qu vida estamos hablando? Al hablar de la vida hay un riesgo implcito de pensar que existe una vida ms all del capitalismo, como si toda vida no estuviese ya inmersa en las relaciones actuales de dominio: de nuevo, existe el peligro de esencializar la vida, crear una especie de paraso en algn lugar utpico al que deberamos poder acceder (Gil, 2011b: 304-5). Para evitarlo, necesitamos entender qu se entiende por vida que merece la pena en el capitalismo heteropatriarcal; y preguntarnos qu vida nos merece la pena bajo nuestros propios (otros) criterios ticos. Es un debate tico, en ningn caso tcnico; y no ha de ser respondido por ninguna clase de expertos en tica, sino por el conjunto de la sociedad.

El capitalismo heteropatriarcal impone como objetivo vital la autosuficiencia en y a travs del mercado. Esta autosuficiencia es una quimera inalcanzable y daina, un espejismo que solo se mantiene en base a ocultar las dependencias y a los sujetos que se hacen cargo de ellas (a ocultar los cuidados que nos regeneran; a ocultar que economa de retales en los hogares permite la recuperacin de la ganancia en los mercados); as como la dependencia de los recursos naturales y energticos que nos sustentan. En momentos de crisis muestra su tremenda fragilidad, su imposibilidad de materializarse salvo en momentos muy puntuales (siendo joven, teniendo plena salud, careciendo de responsabilidades de cuidados) y cuando el contexto mercantil es favorable; en cuanto alguno de esos elementos quiebra, vemos que nos necesitamos unxs a otrxs. Es una quimera que obvia una condicin ontolgica fundamental: la materialidad de la vida y los cuerpos. La vida es vulnerable y finita; es precaria, por eso, si no se cuida, no es viable. De ah que debamos preocuparnos por establecer sus condiciones de posibilidad, que no son automticas: la vida exige que se cumplan varias condiciones sociales y econmicas para que se mantenga como tal (Butler, 2009: 30). La nica va para hacerse cargo de la vulnerabilidad y la precariedad es en la interaccin: La precariedad implica [] la dependencia de unas personas que conocemos, o apenas conocemos, o no conocemos de nada (Butler, 2009: 30) Reconocer la vulnerabilidad no es reconocer un mal, sino la potencia que hay ah: la potencia de sentirnos afectadxs por lo que les ocurre al resto, y la potencia de reconocer que la vida es siempre vida en comn, en interdependencia; en ecodependencia, porque la vida humana no es superior ni est al margen del resto del planeta, dependemos de los recursos naturales y energticos que nos sustentan.

Al abrir el debate tico sobre qu vida merece la pena ser sostenida, qu entender por buen vivir, partiendo del reconocimiento de la vulnerabilidad, la interdependencia y la ecodependencia, hemos de adentrarnos en numerosas cuestiones. Entre ellas, vamos a sealar cuatro, haciendo unos breves apuntes sobre los aportes especficos que el feminismo puede hacer. Primero: qu es vivir bien34? Qu necesidades han de ser cubiertas? Esta pregunta no se plantea en trminos individuales ya que, como acabamos de decir, la vida es siempre vida en comn. La cuestin es dilucidar de qu necesidades nos vamos a hacer cargo colectivamente. Los aportes de los feminismos a este debate van en varias lneas: enfatizar la indisolubilidad de las dimensiones materiales y afectivas de las necesidades; cuestionar la dicotoma deseo (ms all del sostenimiento)/necesidad (sostenimiento)35; y remarcar la importancia de la necesidad de cuidados como propia de todas las personas a lo largo de todo el ciclo vital. El ecologismo social enfatiza la nocin de que la respuesta ha de darse desde la plena conciencia de los lmites de la biosfera, entendiendo el problema de los lmites no como un asunto futuro, sino como un tope al que ya hemos llegado; dicho de otra forma, estamos viviendo de los ahorros del planeta, en una fase de translimitacin. En esta lnea van planteamientos como el mejor con menos o el decrecimiento.

Segundo, cmo gestionar esa interdependencia inevitable. Si vamos a seguir hacindolo bajo relaciones de asimetra y jerarqua, donde ciertos sujetos o colectivos, asociados a la feminidad, son unilateralmente calificados como dependientes, con las connotaciones de parasitismo que de aqu se derivan; mientras que otros, asociados a la masculinidad, son socialmente legitimados como independientes (lase autosuficientes) en aras de sus aportes a los mercados. La cuestin es, por tanto, cmo hacer para que la interdependencia se d en trminos de reciprocidad. Y aqu el feminismo aade una cuestin esencial: cmo hacer para que esa interdependencia se combine con el logro de niveles suficientes de autonoma, entendida como capacidad de decidir sobre la propia vida, sabiendo a la par que la autonoma personal y la autonoma social mantienen una complicidad [] una no puede darse sin la otra (Gil, 2011b: 124).

Tercero, cmo nos comprendemos los sujetos sexuados que vivimos esa vida. Hablbamos antes de la construccin de la masculinidad y la feminidad en el capitalismo heteropatriarcal. Esa feminidad construida diluyendo la individualidad en los otros, bajo esa tica reaccionaria del cuidado, produce lo que Mara Jess Izquierdo denomina un sujeto daado. Y no es este el lugar desde el que construir prctica poltica. Tampoco lo es la subjetividad construida en torno al modelo hegemnico de masculinidad, que tiende a aproximarse al ideal de autosuficiencia perverso y se configura bajo un aplastante individualismo. En el momento de crisis corremos el riesgo de que estas construcciones sexuadas perversas se refuercen, pero es tambin el momento clave para cuestionarlas y para preguntarnos cmo articular otras formas de estar en el sistema socioeconmico que sean liberadoras, y que, al mismo tiempo, sean capaces de comprometerse, de asumir una responsabilidad por el otro y la otra, por el colectivo. De nuevo, aqu los aportes potenciales del feminismo son clave.

6.2- Hacia una responsabilidad colectiva en el sostenimiento de la vida

Si la primera pregunta es de corte tico, la segunda que plantebamos es de corte ms poltico: de qu estructuras socioeconmicas nos dotamos para articular una responsabilidad colectiva en la reproduccin de las condiciones de posibilidad para esa vida que merece la pena ser vivida. De nuevo, el sistema actual no nos sirve, por esa contradiccin estructural entre el proceso de valorizacin de capital y el proceso de sostenibilidad de la vida. Bajo la preeminencia del primer proceso, la vida ticamente cualificada est siempre bajo amenaza36; como lo afirma Antonella Picchio, el capitalismo es una economa de muerte o, en palabras de Herrero (2010b), es un sistema biocida. La responsabilidad de sostenerla est privatizada, feminizada e invisibilizada.

De aqu se abren mltiples debates, y, al menos, dos certezas: la propuesta no es dejar esa responsabilidad en los mercados capitalistas; estos no pueden ser la estructura socioeconmica priorizada, sino que, antes al contrario, han de tender a desaparecer. A la par, esa responsabilidad ha de ir democratizndose, colectivizndose y des-feminizndose. Si bien pueden parecer afirmaciones excesivamente amplias y abstractas, de ellas se deriva un primer movimiento estratgico fundamental: detraer recursos de la lgica del capital, para poder ponerlos a funcionar bajo otras lgicas econmicas (de reciprocidad y solidaridad) en estructuras econmicas democrticas. Para lograrlo, disponemos de una pltora de mecanismos, que implican una detraccin ms o menos amplia, intensa o directa37. Pongamos varios ejemplos:

Para detraer espacio fsico (tierra, espacio urbano y rural) el ecologismo tiene muchas propuestas elaboradas: recalificacin y/o reclasificacin de los suelos; redefinicin de toda la orientacin de los transportes, priorizando el colectivo frente al automvil y una red ferroviaria electrificada que una todos los ncleos habitados y priorice esta conexin frente a las lneas de alta velocidad que unen grandes ncleos; espacio en las ciudades para el carril bici y zonas peatonales frente al asfalto para los coches; tierras para la pequea agricultura ecolgica frente a las tierras para los monocultivos para la exportacin Para detraer espacios construidos y, en concreto, viviendas, tenemos propuestas ms reformistas como la dacin en pago, y otras ms rupturistas, como la expropiacin de la vivienda vaca y la puesta en marcha de un parque pblico de vivienda en alquiler; o la okupacin misma.

En este debate es imprescindible introducir la pregunta sobre los cuidados. En este caso, ms que detraerlos de la lgica de acumulacin, se trata de evitar que contine la tendencia actual de que entren en ella. En ese sentido, la propuesta fundamental sera prohibir que los cuidados puedan ser servicios proporcionados por entidades con nimo de lucro, retomando la vieja idea de que el nimo de lucro no puede operar en sectores bsicos, y exigiendo que los cuidados sean considerados como tal.

Para detraer recursos financieros, dinero, hay muchas herramientas, entre ellas, persecucin del fraude fiscal, abolicin de los parasos fiscales, expropiacin de bancos y creacin de una banca pblica. Quiz especialmente bien hilada est la propuesta de realizar una reforma fiscal progresiva que implique la priorizacin de los impuestos directos sobre los indirectos; gravar ms al capital que al trabajo; y establecer un sistema de tipos y tramos realmente progresivo, tanto para el capital como para el trabajo. Podramos aadir que una reforma fiscal progresiva debera eliminar los mecanismos que redistribuyen hacia los modelos normativos de familia.

Todas esas propuestas van en la lnea de que, frente a la crisis de la deuda y los asociados problemas de dficit pblico, la va de reaccin ha de ser justo la contraria a la ortodoxia impuesta: aumentar los ingresos pblicos en lugar de reducir el gasto. Pero la pregunta de fondo aqu es: y para qu usar estos recursos? Recaudarlos para ponerlos a funcionar otra vez en los mismos circuitos, por ejemplo, financiar otro mega-proyecto? Recaudarlos para que la gente pueda satisfacer expectativas de consumo que son insostenibles, por ejemplo, comprarse otro coche nuevo? La idea no es reactivar la demanda (cualquier demanda, de cualquier necesidad, recursos producidos bajo cualquier forma organizativa) para incrementar la produccin real, sino preguntarnos cul es esa produccin, en qu estructuras se da, a qu necesidades responde, qu recursos naturales utiliza. La cuestin es preguntarnos si queremos ligar esa reforma fiscal con: (1) la socializacin de la responsabilidad de cuidados, con polticas de cuidados clsicas (la ley de dependencia y autonoma personal, las escuelas infantiles, derechos de conciliacin) y/o polticas innovadoras (comedores colectivos?); (2) la puesta en marcha de otro conjunto de mecanismos que permitan colectivizar los riesgos del vivir (sistemas de pensiones, con un debate sobre su carcter contributivo, recuperacin de la nocin de universalidad de los derechos); y (3) recuperar estndares de calidad y universalidad de los sistemas educativos y sanitarios.

La pregunta es dnde poner a circular los recursos detrados a la lgica de acumulacin de capital: en qu estructuras, movidas por qu lgicas, con qu organizacin del trabajo y con qu formas de reconocer las necesidades. Queremos una red de servicios pblicos de carcter estatal?, queremos otras formas de gestin de lo pblico ms aterrizadas en lo local?, queremos auto-gestin? Es un debate abierto. Para adentrarnos en l, debemos partir de la economa diversa realmente existente (Len, 2009) y, sobre todo, de la diversidad posible. Hay que pensar ms all de la dada mercado (lgica de acumulacin)-estado (lgica de supuesta- redistribucin). Hay que introducir un serio debate sobre el papel econmico de los hogares: qu queremos que quede como responsabilidad de los hogares y qu tareas queremos externalizar. Y cmo democratizar los hogares y lograr una redistribucin intra-hogar ms justa de los trabajos y los recursos. Esta es una tarea esencial en tiempos de crisis que sistemticamente dejamos de lado.

Pero tambin hay que ir ms all de la trada mercado-estado-hogares. Hay que introducir en el debate a la economa social y solidaria, la auto-gestin, las redes comunitarias y vecinales, la pequea agricultura campesina, el tercer sector, etc. Qu papel queremos que tenga cada forma posible? Imaginamos nuevas maneras, por ejemplo, una forma de gestionar lo pblico que no caiga en la lgica burocrtico-administrativa?

Todos estos son los puntos que necesitamos imperiosamente discutir, entendiendo que esta discusin es poltica, y en ningn caso meramente tcnica (los tecnicismos vendrn despus, o ayudarn a que el debate sea informado, pero nunca suplantarn la poltica); y que ha de ser radicalmente democrtica. Y aqu aparece un problema fundamental: cmo hacerlo si carecemos de estructuras polticas que posibiliten una democracia real. Surgen aqu cuestiones relacionadas a la crisis de representacin, y al papel de la falaz democracia representativa como sostn poltico del sistema socioeconmico que calificamos de insostenible y perverso. Dicho de otra forma, que la crisis multidimensional tiene una faceta poltica clave, que pocas veces desde la economa feminista miramos de frente.

  1. Volviendo a pensar la economa desde la poltica: el 15m

En este contexto de urgencia de debates ticos y polticos, e inexistencia de estructuras de democracia real, no podemos terminar sin referirnos al movimiento 15m38. Sin pretender hacer un anlisis exhaustivo ni riguroso, s merece la pena sealar varios elementos que llenan de esperanza y que apuntan a una potencia difcil de contener. Como exclama uno de los eslganes: esto es esperanza, y no la presidenta39.

Primera potencia: El 15m ha vinculado, desde el primer momento, economa y poltica, partiendo de la enunciacin de dos malestares de base: lo llaman democracia y no lo es y vuestra crisis no la pagamos. Esto, que puede parecer el simple sumatorio de dos eslganes, implica partir de la constatacin de que las fallidas estructuras socioeconmicas van mano a mano de las fallidas estructuras polticas. El secuestro de las estructuras polticas por parte de las lites financieras que se denunciaba desde el primer instante, se ha ido haciendo cada vez ms sangrante y desfachatado40. Frente a esto, el 15m hace una crtica profunda del sistema socioeconmico y promueve alternativas, no desde la mirada de los expertos, sino desde la mirada crtica ciudadana; y, a la par, reinventa la poltica con la apuesta por el asamblearismo y la participacin directa de la gente.

Segunda potencia: El 15m implica rebelarse contra los mecanismos que proliferan para controlar a la sociedad y que estn en directa contradiccin con la falta de supervisin de los grandes capitales. Gill y Roberts identifican esta asimetra como una de las caractersticas esenciales de lo que denominan el neoliberalismo disciplinador que describe un orden socioeconmico global caracterizado por el creciente poder del capital y la intensificacin de su disciplinamiento sobre la sociedad (2011:162). Afirman que un sistema de mercado auto-regulado requiere la aplicacin autoritaria y de gran alcance del poder estatal (2001: 161). Entre las varias dimensiones de este poder se incluye un programa punitivo de reforma social, que se impone, entre otras cosas, con mecanismos de represin como la ley y la polica. Si antes del 15m no haba casi prctica poltica que se saliese de los cauces oficiales establecidos, el 15m estalla esto, y se apropia del espacio pblico, de las calles. Ya no se pide permiso para hacer una asamblea en una plaza, para cortar la calzada, para ocupar espacios vacos donde realojar gente desahuciada. El 15m existe porque se rompe colectivamente con el miedo: que no, que no tenemos miedo; porque la amenaza de la exclusin no sirve para domesticar la precariedad: juventud sin casa, sin curro, sin pensin: sin miedo.

Tercera potencia: El 15m nace de un malestar comn difuso que, podemos decir, radica en el hecho de que el conflicto capital-vida no es una tensin terica o abstracta, sino que se encarna en la cotidianeidad, en las vidas concretas de gente concreta. Ese malestar generalizado expresa por tanto la afectacin colectiva por un sistema en crisis. Al mismo tiempo, estamos presenciando un proceso de hipersegmentacin social, en el que ciertos grupos van concentrando la riqueza, mientras que la mayora vive experiencias dismiles de intensificacin de la precariedad en la vida o de paso de la precariedad a la exclusin. El magma de fondo compartido (el fortalecimiento de un sistema socioeconmico pervertido, de un proyecto civilizatorio fallido) se expresa de formas muy desiguales. Por eso, una tarea clave es ir visibilizando y construyendo las races comunes de los problemas cotidianos, sin negar su desigual virulencia; ir dando nombre al malestar comn sin quedarnos atascadxs en visiones simplistas (somos el 99%, los de abajo contra los de arriba, y las mujeres, peor), ni atrapadxs en un slvese quien pueda. Hay un algo comn que hace emerger al movimiento social, y este movimiento tiene como tarea clave ir elaborndolo. En caso de no hacerlo, lo que coge fuerza es la constatacin de las desigualdades en el contexto que definamos de hipersegmentacin social. Lo comn no solo [es] un lugar al que llegar, sino tambin un lugar del que partir (Gil, 2011: 304). El reto es escuchar y potenciar lo que hay en cada vida atomizada que consigue hacer resonar y vibrar lo comn (Gil, 2011: 314).

Cuarta potencia: El 15m ha llevado los cuerpos, con su vulnerabilidad, su precariedad y su finitud, a la calle. Como afirma Butler refirindose a las manifestaciones en Egipto: en el caso de las asambleas pblicas, se ve claramente que no es slo una lucha sobre el espacio pblico sino tambin sobre cules son las formas bsicas en las que, como cuerpos, nos sostenemos en el mundo (2011). En el mismo sentido, el 15m ha roto las fronteras entre lo pblico y lo privado, especialmente durante el tiempo que duraron las acampadas. Comer, vestirse, baarse, el cansancio, la sed, las quemaduras del sol dejaban de ser cotidianeidades vividas de manera individualizada y oculta en lo domstico para aduearse del espacio pblico. Esto era encarnacin de un proceso amplio y crucial: la capacidad de vincular la micropoltica con la macropoltica, de conectar las situaciones ms privadas con los procesos pblicos. Pero este derribo de fronteras macro/micro, pblico/privado ha continuado, por ejemplo, al ligar la paralizacin de desahucios con la crtica a la economa del ladrillo, al poner en marcha bancos de tiempo en los barrios a la par que se elaboran detalladas propuestas de reforma de la ley electoral. El 15m rompe la paz social, expresa el conflicto de fondo, pero lo hace como nunca antes desde las esferas invisibilizadas del sistema socioeconmico; no desde el mbito privilegiado del mercado, el empleo ya no es el eje clave, sino desde la cotidianeidad, los cuerpos, la experiencia vivida en toda su amplitud.

Con todo lo anterior no queremos hacer una oda acrtica al 15m ni pretender que no arrastra problemas ni contiene debilidades. Lo que queremos es insistir en cuatro cuestiones clave para responder a esa pregunta de qu hacer ante la crisis: necesitamos imperiosamente volver a poner la economa en manos de la poltica; identificar y rebelarnos frente a los mecanismos propios del neoliberalismo disciplinador; entender lo comn como lugar no solo al que llegar, sino espacio del que partir; y encarnar los discursos reconstruyendo el nexo entre lo privado y lo pblico, lo personal y lo poltico, lo micro y lo macro, creando conflicto social desde los mbitos invisibilizados de la vida.

En definitiva, estamos presenciando una grave crisis sistmica; se estn produciendo profundos cambios en la vida cotidiana. Estamos siendo testigxs de algo muy gordo, pero que no va a suceder como un estallido espectacular y sbito, sino que va ocurriendo con la suficiente parsimonia como para que vayamos normalizando las nuevas condiciones, llegando incluso a naturalizarlas. Como se afirma desde el ecologismo social, el cambio ya ha empezado y es imparable; la pregunta es si queremos gobernarlo, controlarlo democrticamente y con criterios de justicia, o si lo dejamos al libre arbitrio de los mercados. Esto exige encarar hondos debates polticos sobre los otros mundos posibles por los que apostar. Los feminismos, y la economa feminista en concreto, pueden realizar aportes cruciales en la confluencia de miradas crticas por la que apostbamos al comienzo de estas pginas.

En esa confluencia est la potencia para gobernar el cambio, para abrir debates radicalmente democrticos sobre qu es una vida que merece y cmo poner sus condiciones de posibilidad, para romper el cordel que nos ata al eje mercantil, liberarnos de la fuerza centrpeta de la lgica de acumulacin y poder salirnos por la tangente. Como rezaba un cartel en la marcha del 25J: somos ms y estamos mejor desorganizadxs.

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1 Una versin resumida de este texto ser publicada en la revista Investigaciones Feministas.

2 Expresin tomada de Sara Lafuente Funes.

3 Dado que el chantaje de la deuda es uno de los mecanismos principales para imponer medidas que benefician al capital, hay quienes prefieren hablar de una deudocracia. Para ampliar, ver, entre otros: Quin debe a quin (2011), as como los videos del encuentro Viviendo en deudocracia http://www.quiendebeaquien.org/spip.php?rubrique131.

4 Esta mirada tiene mltiples vertientes; algunas ms marxistas centradas en el conflicto capital-trabajo asalariado; otras ms (neo)keynesianas que enfatizan el rol del estado en dinamizar la economa. Otras ms feministas que se preguntan sobre el distinto lugar de mujeres y hombres en la economa.

5 Si bien cada vez se presta mayor atencin a la insercin desfavorable en los mercados financieros: casi siempre como deudoras en lugar de acreedoras, y con condiciones de relativa desventaja. Ver varios textos en Questioning financial governance from a feminist perspective (2011).

6 Un buen anlisis de esta perspectiva feminista sobre la crisis y de la alternativa que se propone en este artculo centrada en la sostenibilidad de la vida es Agenjo Caldern (prxima publicacin). La autora argumenta que lo ptimo para la Economa Feminista es unir esfuerzos para encontrar las sinergias ocultas que permitan [] aprovechar las complementariedades que surgen de las dos corrientes.

7 Este proyecto, de origen Europeo y varios siglos de consolidacin, se caracteriza, segn Escobar (2010), por la centralidad social y discursiva del capitalismo en la economa, del liberalismo en la definicin de la sociedad y la poltica, y por ser el estado la forma de poder definitoria de la matriz de organizacin social. Sin lugar a dudas, deberamos aadir el heteropatriarcado como el contrato oculto en ese contrato social, en lnea con el argumento iniciado por Pateman (1988).

8 Para una introduccin al decrecimiento, ver por ejemplo: Latouche (2008), Taibo (2011); o los artculos contenidos en www.decrecimiento.info, red-ecomunidades.blogspot.com, www.decroissance.org, o degrowth.net. Perspectivas ecofeministas europeas pueden verse en Herrero (2010a) y Weingrtner y Monasterio Martn (2010), latinoamericanas en Aguinaga (2010). Sobre el sumak kawsay y suma qamaa: los especiales de la Revista OBETS nm. 4 y Vol. 6 nm. 1, El buen vivir: una va para el desarrollo (2009), Suma Qamaa (2001), o portales como pydlos.ucuenca.edu.ec/buen_vivir y sumakkawsay.wordpress.com.

9 Se utiliza esta terminologa para dar cuenta de relaciones de poder globales, entendiendo que este no est geogrficamente concentrado. Se usarn alternativamente las nociones de centro y periferia.

10 Sobre la crisis ecolgica, ver (Herrero, 2010a); sobre la crisis de reproduccin social, ver varios captulos en Power, Production and Social Reproduction (2003); sobre la crisis de los cuidados, ver Ro (2003), Prez Orozco (2006a y 2006b) y Ezquerra (2010).

11 Una introduccin a la feminizacin de las migraciones y las cadenas globales de cuidados puede verse en Paiewonsky et al. (2008).

12 Si bien es cierto que esa quiebra de los procesos de valorizacin en los mercados financieros, primero, y de acumulacin en el mbito de la produccin, despus, s est directamente vinculada con el incremento sostenido de la desigualdad y con la prdida de peso de los salarios frente al capital; es decir, con lo que se ha venido a denominar el ajuste salarial permanente (lvarez Peralta, 2011), que implica en s un ataque directo a las condiciones de vida. Igualmente, el estallido financiero s tiene un inmediato y gravsimo impacto en las condiciones de vida de ciertos segmentos sociales, sobre todo, aquellos que haban suscrito las llamadas hipotecas basura, donde las mujeres y, particularmente, las mujeres negras estaban sobre-representadas a consecuencia de lo que Young et al. (2011) denominan el sesgo del crdito y el sesgo del riesgo.

13 En esta lnea van Antonopoulos (2009) y Glvez y Torres (2009).

14 En este texto hemos optado por substituir la @ por una x, considerando que esta es una forma ms inclusiva porque, adems de abarcar los gneros masculino y femenino, abre espacio para los sujetos transgnero, que se reivindican en trnsito, o en algn lugar intermedio.

15 Recorte del gasto pblico, reforma fiscal regresiva, desregulacin del mercado laboral, privatizacin de los pilares del estado del bienestar (sistemas de pensiones, sanitario y educativo).

16 En la crisis se ve con nitidez que la economa es un circuito integrado, donde interactan los diversos agentes (empresas, instituciones pblicas y hogares). Ante cambios en una esfera, el resto tambin se recolocan. La clave es que la responsabilidad final de garantizar que el conjunto encaje se asume en los hogares (est privatizada), en gran medida a travs de los trabajos no remunerados, que juegan un triple papel econmico: expansin del bienestar, ampliacin del bienestar y reduccin del conjunto de la poblacin a la que se integra en el mercado como fuerza laboral (Picchio, 2001).

17 Agenjo (2011) recoge literatura sobre las dos primeras.

18 Su tasa de actividad mercantil se ha incrementado un 42,6% (de 11,81 el tercer trimestre de 2006 a 16,72 en el tercero de 2011) segn datos de la Encuesta de Poblacin Activa.

19 En este contexto surgen afirmaciones como las del senador republicano Newt Gingrich proponiendo que lxs nixs de clases desfavorecidas puedan trabajar a partir de los nueve aos; declaraciones que, si bien an suenan a exabrupto en el Norte global, pueden ir adquiriendo carta de normalidad, como lo han hecho en el Sur global a raz de los draconianos planes de ajuste que desencadenaron la crisis de reproduccin social (http://www.nytimes.com/2011/12/04/opinion/sunday/dowd-out-of-africa-and-into-iowa.html).

20 Ver por ejemplo en Prez Orozco (2006a).

21 Con este trmino (working poor) se hace referencia a una nueva modalidad de pobreza que ataca no a quienes no tienen empleo, sino a quienes s lo tienen: El concepto de working poor nos sirve para referirnos a aquellas personas que, a pesar de tener una relacin laboral normalizada (con contrato legal) se sitan por debajo del umbral de pobreza de su pas (Medialdea y lvarez, 2005: 57).

22 Ribas-Mateos lo explica como las diferentes formas de utilizar todos los recursos disponibles por las familias (2005: 264).

23 En el estado espaol hay dos oficiales (2002-2003 y 2009-2010). Este largo intervalo se argumenta aduciendo que los cambios en la distribucin de los trabajos no remunerados responden a transformaciones estructurales y no a variaciones coyunturales. Se afirma que son encuestas caras, y que no merece la pena hacerlas a menudo. Adems de preguntarnos sobre lo relativo de qu se considera o no costoso, hay alternativas. En Ecuador, por ejemplo, adems de realizar encuestas de usos del tiempo detalladas con lapsos ms largos, se introduce un pequeo mdulo al respecto en las encuestas de mercado laboral trimestrales. Esto ha permitido ver que, efectivamente, ante la crisis de 2007 hubo un claro aumento del tiempo dedicado a trabajo no remunerado, diferencial por clase social y por sexo (Vsconez, 2009). Este papel contracclico lo identifica tambin Durn (2011).

24 Segn INE (2011), si se mantienen las tendencias actuales el estado espaol perdera casi un milln de habitantes entre 2011 y 2020.

25 Por ejemplo: copando puestos en los sistemas universitarios, en cargos altos de las empresas, en el sector de la cooperacin internacional, etc.

26 Un acercamiento que lamentablemente no es fcil ni fluido. La economa feminista est bastante anclada en el sujeto clsico mujer y tiene poca capacidad para comprender los cambios en los roles que mujeres y hombres jugamos en la economa (por no hablar de partir de nociones menos binaristas de los sujetos sexuados). Frente a ello, otras corrientes como la teora queer a menudo parecen sobredimensionar los cambios y no ver que, en momentos crticos como el actual, el papel en torno al reparto de los trabajos y a la asuncin final de las responsabilidades sigue destilando tintes muy clsicos.

27 Nos referimos aqu al movimiento global de indignacin en sus diversas versiones: las diversas revoluciones de la Primavera rabe, el movimiento occupy (por ejemplo http://wearethe99percent.tumblr.com/); el movimiento take the square (http://takethesquare.net/), que no usa tanto el eslogan de somos el 99%. En el estado espaol se identifica con el 15m (http://tomalaplaza.net/).

28 Al hablar de precariedad en la vida nos referamos a la inseguridad en el acceso sostenido a los recursos adecuados para satisfacer necesidades, inseguridad que se institucionaliza como falta de derechos (CCCP, 2003), es decir, finalmente, a la incertidumbre a la hora de poder vivir la vida que se desea o decide vivir. No se trata tanto de si se tiene una vida ms o menos estable, sino al grado de certidumbre de poder acceder a los recursos y mecanismos que permitan tener una vida ms libremente elegida. La idea de precariedad en la vida y de precarizacin de la existencia est ms desarrollada en Precarias a la deriva (2004).

29 Sobre la evolucin de la desigualdad, ver el reciente informe de la OCDE (2011).

30 La salud se ha reconocido como un indicador agregado de desigualdades sociales. En otro lugar hemos argumentado que la precariedad en la vida incrementa las necesidades de cuidados y reduce las posibilidades de recibirlos, esto es, agrava la crisis de cuidados (RO y Prez Orozco, 2004). Gil (2011a) llega a afirmar que otra de las dimensiones de la crisis multidimensional es una grave y profunda crisis de la salud.

31 En este texto no vamos a entrar en el debate sobre si la crisis post-estallido es global (o va a llegar a serlo y qu grado de autonoma han logrado articular al menos en algunas regiones para mantenerse relativamente al margen, por ejemplo, mediante procesos de integracin regional), o si estamos poniendo la etiqueta global a una crisis que tiene su epicentro en los pases del Norte global (mostrando cmo quien ocupa la posicin hegemnica puede convertir sus problemas en los problemas de todxs; al igual que el capital financiero ha logrado que asumamos como propia su crisis). Igualmente, cabe recordar que, desde muchos pases del Sur se afirman que para crisis la ya vivida por ellos. En todo caso, la crisis multidimensional vista desde una ptica de sostenibilidad de la vida s es global, y tiene un largo recorrido histrico, no es nueva.

32 Si bien sabemos que este conflicto es inherente en el capitalismo heteropatriarcal, puede tener diversas intensidades. Y en el paso de la lgica del capital industrial (D-M-P-M-D) a la lgica del capital financiero (D-D) se haba agravado. Sobre este conflicto y la metfora del sistema econmico como un iceberg, ver Prez Orozco (2006a y 2006b).

33 En esta lnea va la propuesta lanzada por Jos Manuel Naredo en su breve artculo de opinin Materias primas y sistema financiero internacional (Pblico, 1 de marzo de 2011).

34 Buen vivir o vivir bien en las propuestas del sumak kawsay y suma qamaa que mencionbamos en el apartado 2; lo que Butler (2009) llamara vida vivible; lo que en este artculo denominamos vida que merece la pena ser vivida o ser sostenida Como queramos llamarlo. Desde distintas pticas se usan diversos nombres. No disponer an de un vocablo claro y cerrado no es un signo de debilidad de los planteamientos sino, muy al contrario, de su fortaleza y dinamismo, del estar en plena ebullicin y de la posibilidad de entrar en dilogo.

35 Desde Centroamrica, en el contexto de la Educacin Popular y la Investigacin Accin Participativa, las mujeres lanzan la propuesta de un nuevo vocablo para resignificar la idea de necesidades sin escindirla de los deseos: las desesidades. Esta propuesta surge porque para ellas la palabra necesidades les resultaba muy enemiga: sus necesidades siempre tenan que ver con lo que deca su marido -si exista- o su prole, los otros, de manera que se pasaban la vida luchando por los deseos de otros. Ellas deseaban y peleaban por cambios, y nos les pareca que el proceso pudiera ser una simple asuncin de necesidades (Miguel ngel Martnez del Arco, comunicacin personal 9 de diciembre de 2011).

36 De nuevo, hay un riesgo implcito de esencializacin de la vida. Siendo este un debate complejo que ameritara mayor discusin, sealemos al menos tres cosas: la vida reconocida en sus dimensiones ontolgicas de vulnerabilidad e interdependencia no puede ser asumida en el capitalismo porque se basa en el ideal (heteropatriarcal) de autosuficiencia y omnipotencia. En ese sentido, siempre hay dimensiones de la vida no rentables (no se cubren mediante el consumo mercantil). Eso no es bice para que el capitalismo heteropatriarcal construya un ideal vital que resulta sumamente estimulante, y aqu deberamos utilizar nociones como el biopoder o el biocapitalismo. El capitalismo heteropatriarcal no se impone a la fuerza sobre nuestras concepciones de las vidas que merecen, sino que nuestra propia nocin de la misma, nuestras subjetividades, responden a sus mecanismos. Como lo afirma Mara Jess Izquierdo, el capitalismo es droga pura, engancha no tanto por lo que te da, sino por lo que promete dar y nunca llega a darte. Y, por ltimo, si hablamos de una vida ticamente cualifica bajo los criterios de universalidad y de igualdad (en la diversidad), cabe decir que la vida en el capitalismo es insostenible porque el bienestar de una parte se sustenta siempre sobre otra, porque siempre hay vidas enteras que no resultan rentables (ni en tanto que fuerza de trabajo ni en tanto que consumidoras) y porque es un sistema inherentemente jerrquico.

37 Podemos por ejemplo referirnos a las Propuestas abiertas del Grupo de Trabajo de Economa del 15m-Sol (http://madrid.tomalaplaza.net/2011/06/23/propuestas-abiertas-economia-sol/).

38 Nos referimos al 15m porque este artculo est situado en el contexto del Estado espaol, pero en un sentido ms amplio desearamos abrir una reflexin sobre el conjunto del movimiento de indignacin global referido en la nota al pie 26.

39 En referencia a Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, del partido conservador y artfice de polticas de fuerte corte neoliberal.

40 Hasta llegar al proyectado nuevo tratado de la Unin Europea que se firmar sin requerir siquiera el visto bueno, no ya de la ciudadana, sino siquiera de los poderes legislativos. Pasando por gobiernos de tecncratas, por la unificacin de las figuras de primer ministro y ministro de economa en Italia, por la represin del pueblo griego y el drama con que se acogi la noticia del referndum y el subsiguiente aborto del mismo.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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