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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-03-2012

Moral occidental y formas justificadas de exterminio

Juan Jos Garca
Rebelin


Pretender que el criterio de la moralidad voceado por los Medios es el ltimo y definitivo argumento para legitimar cualquier accin, viene siendo una forma elevada e insuperable de perpetrar, justificadamente, inmensos crmenes por parte del imperio occidental. Pareciera que los hechos no definen a sus agentes, si estos se han puesto al resguardo de elevados ideas y argumentos cargados de moralidad. Pero la tozuda realidad no deja de arrojar a la limpia mirada de las conciencias ms elevadamente morales, un brutal saldo de hechos insultantemente injustos, civilizadamente brbaros e indiscutiblemente criminales y por ello, habra que aadir, profundamente inmorales.

Para los poderes infrahumanos que emprenden estas acciones amparados en la cobertura moral, es evidente que los resultados son los esperados. Se trata de asesinatos en masa cometidos para proteger a la poblacin civil, con el fin de alcanzar objetivos estratgicos, bien ocultos a la sombra de los enunciados morales.

Pero para aquellos que seguimos entendiendo que la dignidad, el derecho a la vida, el acceso a los bienes en igualdad de condiciones, la justicia, son metas y garanta de supervivencia para la humanidad y el planeta que la sustenta, algo muy grave est ocurriendo.

Porque no es la moralidad o inmoralidad lo verdaderamente relevante aqu. Se trata de que la consideracin moral anule la capacidad de comprensin de que la accin emprendida con justificacin moral, es por sus consecuencias una accin reprobable de nuestros propios gobernantes-enemigo. 

Y cmo es posible que millones de seres humanos sean persuadidos por meros enunciados morales para apoyar la perpetracin de enormes crmenes?; solo la ausencia de pensamiento sustituida por la seduccin de los enunciados publicitarios puede explicar esta locura.

Una y otra vez, se acude con alborozada expectativa al reclamo fascinador de cualquier enunciado publicitario, sabiendo que tras el acto de consumo se esconde la frustracin del anhelo desatado por el reclamo. De igual modo, las sociedades de masas de Occidente parecen encontrar su superioridad como civilizacin en la alborozada expectativa producida por las grandilocuentes proclamas de altisonancia moral que anteceden a cualquier nueva carnicera emprendida por sus jefes. Los hechos que se suceden en forma de crmenes contra la humanidad son el tributo necesario a la indescriptible sensacin de superioridad experimentada en los prolegmenos de cada batalla. Asimilables, al fin y al cabo, con la frustracin sobrevenida tras cada acto de consumo inducido por el seductor mensaje publicitario. Una frustracin asumida como parte inevitable de la cotidianeidad a fuerza de experimentarla en repetidos e incontables actos de consumo.

As que la moralidad de Occidente no es ms que un relmpago de apariencias, que cada vez tiene que elevar su intensidad para poder ocultar la verdadera ausencia de cualquier sombra de moralidad. Pura publicidad, que apela a la adrenalina en lugar del pensamiento.

Parece que la batalla en el plano del lenguaje ha sido definitivamente ganada por los poderosos; porque son ellos los que establecen el marco simblico a partir del cual se matiza, contradice o justifica un planteamiento perverso de partida.

La futilidad de los enunciados del Poder a la hora de formular la narracin de lo que es la vida, parece haber tenido tan gran xito en las sociedades occidentales que, incluso entre los movimientos progresistas, se asume sin el ms mnimo reparo un pensamiento enemigo larvado de trampas que desactivan, desde esas posiciones de partida, cualquier intento de otro pensamiento y su consecuente accin.

Eso debe ser lo que explica que la socialdemocracia asuma con ms vehemencia el discurso de los mercados y de las guerras humanitarias. Esto debe ser lo que explica que los ciudadanos descubran diferencias entre los dos partidos que se reparten el juego poltico; diferencias relevantes entre toda clase de enemigos, que hacen unos preferibles a otros. Eso debe ser lo que sustenta la enorme contradiccin de apostar por la emancipacin de los pueblos y terminar por confundirla con la invasin neocolonial.

Y sobre todo, eso debe ser lo que explica la renuncia a un pensamiento de calado. Un pensamiento que asista y no deje en el vaco ante la inconsistencia de los planteamientos y las acciones surgidas de la respuesta automtica al estmulo de la publicidad con pretensiones de pensamiento moral de los poderosos.

Los hechos cuentan. Y en esta virtualidad construida con eslganes ingeniosos, pensamientos de colores y banalidad narcotizante, puede que no alcancemos a entender la realidad de los hechos. Solo a sufrir sus consecuencias, atribuidas a inventadas causas, que nos tendrn profundamente entretenidos en ociosas disquisiciones, mientras seguimos creyendo, complacido el Poder, que las vctimas son los enemigos.

Son los hechos los que acaban definiendo a los agentes y a las ideas.

Los idelogos del libre mercado, las instituciones de los Estados occidentales, sus agentes financieros y su hijo natural, el aparato militar de occidente -seores de la guerra, colonial, humanitaria o preventiva- son enemigos de toda forma de vida, agentes activos de millones de asesinatos; la moral servida por los Medios es su estandarte publicitario.



Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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