Portada :: Mentiras y medios
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-03-2012

Sobre la obediencia, la mentalidad de mercado y los medios de comunicacin

Antonio Fernndez Vicente
Rebelin


Las condiciones de vida se degradan. A medida que se van radicalizando las reformas estructurales, la pauperizacin del bienestar pblico se profundiza. Y sin embargo, en Espaa las polticas neoliberales han obtenido un amplsimo respaldo en las sucesivas elecciones. Cmo puede ser esto posible? Por qu contribuimos con nuestros votos, con nuestro modo de vida a apuntalar las decisiones autoritarias que atentan contra nuestra dignidad? Unos versos de Antonio Machado acuden a mi memoria: La envidia de la virtud hizo a Can criminal. Gloria a Can! Hoy el vicio es lo que se envidia ms. Quizs haya que buscar una explicacin en la envidia del vicio. El vicio parece ser hoy obedecer a la mentalidad de mercado que, parafraseando a Miguel de Unamuno, es el fermento de la vida social. Competitividad, antagonismo, bsqueda de beneficio, darwinismo social: la crisis actual se erige sobre los cimientos de una catstrofe del modelo civilizatorio.

En este artculo, trato de aclarar el papel activo de los ciudadanos en su propio sojuzgamiento. Somos responsables, de modo sartreano, de todo lo que nos acontece. Por ello mismo somos al mismo tiempo capaces de desviar el rumbo de los acontecimientos. Se trata de una servidumbre de largo recorrido marcada, en primera instancia, por la constitucin de un clima mental alrededor de la mentalidad de mercado. En este escenario, los medios de comunicacin juegan un papel fundamental a la hora de reproducir las categoras de pensamiento que legitiman la perversin de lo pblico, la precariedad laboral y la competitividad como bases fundamentales de nuestras vidas.

La obediencia

La publicacin de tres artculos de Harold Laski, contenidos en el volumen Los peligros de la obediencia (Sequitur, Madrid, 2011) proporciona materiales para la reflexin sobre el tiempo actual. Harold Laski, acadmico de la London School of Economics , citado con frecuencia por George Orwell, escribi en 1929 y 1930 tres artculos que aportaban luz en una poca convulsa e incierta, como la nuestra. The Dangers of Obedience , Can Business Be Civilized? Y The Limitations of the Expert representan un alegato en favor de la disidencia hacia las prcticas y discursos hegemnicos.

Tambin subyace en ellos el cariz refractario al fatalismo y determinismo y, por lo tanto, la sensacin de que todo desarrollo histrico es, precisamente, eso: contingente y conforme a la voluntad de todos nosotros. Si estamos sometidos a un sistema injusto, que radicaliza las desigualdades y sostiene el gobierno de los ricos, la plutocracia, es porque somos nosotros mismos quienes, a ttulo individual, con nuestra aquiescencia y conformidad, ajustamos los grilletes. Al denunciar la especulacin y el poder financiero como causas eficientes de la crisis sistmica, olvidamos que la relacin de dependencia no es slo del capital respecto a los individuos convertidos en mercanca. La relacin es simtrica si la observamos desde la atalaya dialctica hegeliana. El amo y el siervo se obligan mutuamente. El siervo, los ciudadanos, poseemos un poder de negociacin, de influencia sin el que los amos del mundo no son nada.

Mostremos algunos ejemplos: la crisis de las sub-prime, de las hipotecas basura no se hubiera producido sin la participacin activa y voluntaria de los hipotecados. Como animal spiritis -en referencia a Keynes-, el componente irracional de nuestras decisiones ha primado, sin duda influido por la hegemona de un discurso pblico basado en la market mentality , la idolatra del xito social y el narcisismo ansigeno como principios rectores. El poder de influir en nuestros actos no es tanto orwelliano como huxleyano: irriga en nuestros deseos y creencias los elementos necesarios para que queramos colocarnos las cadenas. Y lo hacemos bajo el marchamo de la libertad de accin y de pensamiento.

Otra muestra: la ilusin democrtica. Con el respaldo de millones de votantes, los partidos polticos mayoritarios legitiman sus decisiones incluso cuando es palmario que atentan contra el bienestar pblico. Bajo palabras entronizadas como eufemismos recurrentes, se nos presentan las reformas como necesarias. Joaqun Estefana formula una pregunta de sentido comn ante la actualidad de la reforma laboral: por qu hablan de amor cuando quieren decir sexo? La cuestin podra extenderse al conjunto de las relaciones sociales: por qu lo llamamos amor cuando queremos decir sexo? Se nos repite constantemente que tales atentados a la salud pblica, a la educacin, se efectan para mayor bien de todos los ciudadanos. Es el mundo patas arriba de Eduardo Galeano: lo llaman romanticismo, cuidados, cuando no es sino sexo ocasional. Los cimientos de nuestra sociedad se sostienen conforme a la convencin hipcrita de palabras fetiche tales como solidaridad, libertad, diversidad, igualdad. Incluso en Grecia se ha llegado a crear un impuesto denominado de la solidaridadi. Sin embargo, como en la novela de Orwell, la mentira es la verdad, la paz es la guerra, la democracia es la tirana en definitiva.

Examinemos, en primer lugar, Los peligros de la obediencia . Es indiscutible que cualquier configuracin social ha de revestir una estructura mnima, unas cuantas reglas y normas para evitar el choque y el agonismo permanente. El orden es necesario, consustancial al zoon politikon y la pura anarqua no tendra por resultado ms que la lucha continua de unos contra otros. Ahora bien, qu ocurre si esas reglas mnimas para el parque humano -como dira Peter Sloterdijk- tienen consecuencias perniciosas para los componentes del grupo que rige? Esta es una de las enseanzas que encierra el volumen. No se trata tanto de ser refractario a cualquier tipo de organizacin social, como de advertir las perversiones de la actual para intentar subvertirla. Si la configuracin social y econmica es defectuosa o, en otras palabras, si el modelo neoliberal y capitalista ha demostrado su incapacidad para compatibilizar con dignidad un estatuto democrtico, hay que desligarse de sus dogmas. Preservar -seala Laski- los cauces por los que pueda fluir lo nuevo es condicin necesario de nuestro bienestar. [] Mantener la mente abierta, ser escptico acerca de todo cuanto la tradicin considera absoluto, insistir en que nuestra experiencia personal tiene un peso real en la determinacin de los valores sociales, son cualidades de las que depende la posibilidad de una vida plenaii.

La falacia economicista

El primer paso para la transformacin de las condiciones de vida nace de la toma de conciencia de nuestro poder de negociacin. La crisis actual no solamente se debe a la degradacin de los poderes polticos y econmicos. Se trata de una crisis de modelos de vida, de la entronizacin de los valores del xito, la competencia, la superficialidad y el narcisismo paradjicamente gregario. En otras palabras, las transformaciones radicales han de provenir, en primera instancia, de lo que deseamos, lo que hacemos y de unas prcticas cotidianas que no estn imbuidas por el nico propsito del afn de lucro, denostado por Karl Polanyi. Qu son los bancos sin la colaboracin activa de millones de ciudadanos en la lgica del capital? Qu son las grandes multinacionales si nos negamos a participar en la circulacin de mercancas producidas como bienes suntuarios?

Una mirada retrospectiva al anlisis de Polanyi proporciona una visin de conjunto sobre el problema del estilo de vida. La absorcin de las relaciones sociales, de los motivos sociolgicos, antropolgicos para las decisiones, por parte de la economa de Mercado instrumentaliza y rebaja a los ciudadanos a la categora de medios para un fin. Una sociedad imbuida con los objetivos de maximizar beneficios, de buscar por cualquier medio la rentabilidad es profundamente incompatible con el ideal de hombre y de humanidad. As lo expresa Polanyi:

Una sociedad netamente de mercado como la nuestra tiene que encontrar difcil, si no imposible, apreciar equitativamente las limitaciones de la importancia de lo econmico. Debido a que las actividades diarias del hombre han sido organizadas a travs de mercados de varios tipos, basados en motivos puramente de beneficio, determinados por actitudes competitivas, y gobernados por una escala de valores utilitaria, la sociedad humana se ha convertido en un organismo que est, en sus aspectos esenciales, subordinado a los propsitos del lucro. Habiendo convertido el hombre la ganancia econmica en su fin absoluto, pierde la capacidad de relativizarla mentalmente. Su imaginacin queda encerrada en los lmites de la incapacidadiii.

Manifestarse sin atender a un cambio ms profundo en nuestra forma de pensar resulta en una accin estril, puramente comunicativa y simblica sin efectos en las bases estructurales de nuestra sociedad. La crisis actual se sirve del miedo para subyugar a las poblaciones. La mejor y ms eficaz de las manifestaciones reside en el cambio de mentalidad. Traer a un primer plano de convivialidad, los valores de la justicia y la dignidad humana fuera de los crculos viciados institucionales y en el transcurso de nuestras vidas cotidianas. Comprender al otro como un ser sintiente; reconocerlo en su naturaleza nunca intercambiable y no simplemente como un instrumento para alcanzar los incentivos de ganancia econmica, de lucha contra la escasez y la pobreza: esta divisa utpica y concreta se alza como horizonte nico y posible para la transformacin del mundo. La visin puramente economicista, instrumental de la vida hace de las exigencias de los oligarcas un imperativo para ciudadanos que vivirn, a perpetuidad, en la insatisfaccin permanente de anhelar un estilo de vida inalcanzable. Las revoluciones no se forjan tanto de excepciones como de rutinas: cambiar las costumbres de acuerdo con la pregunta socrtica cmo deberamos vivir?

Medios de sugestin economicista

En el complejo sistema de la mentalidad de mercado, qu funcin tienen asignados los medios de comunicacin? Ms all de las manipulaciones insidiosas y voluntarias de informaciones encontramos la base comn de nuestra sociedad: el principio economicista de una sociedad regida en sus aspectos prcticos por la disciplina del Mercado. El modelo estructural del negocio  de la comunicacin est orientado a la obtencin de rentabilidad econmica. Por ello, tanto en el mbito periodstico como en la industria cultural, se propaga un modo de ser cuyo vrtice es el sometimiento de todos los aspectos de la vida a los incentivos de la economa de Mercado. Christian Salmon, clebre en nuestros das por su tratado sobre el Storytelling , lo advirti con agudeza:

El control planetario de las masas subyugadas y pasivas pasa por una dominacin de las formas de creacin simblica, y de la ficcin en primer lugar. Pues la censura hoy en da significa, ante todo y por doquier, la tirana de lo nico. Lo que se persigue y castiga es lo que se anda indagando, lo informulado, lo inaudito, lo heterogneo y lo diverso: todo lo que naceiv.

La publicidad -el demonio perverso de los deseos heternomos-, las estrellas de cine, los programas televisivos, los diarios informativos que desinforman tanto ms cuanto ms reivindican una supuesta objetividad y neutralidad: los aparatos ideolgicos no ya del Estado sino del propio sistema capitalista, del Mercado como principio rector de la vida social coadyuvan a irrigar inclinaciones puramente materialistas en los espectadores. No hay ms que advertir cmo los contenidos de los informativos televisivos, las tertulias de todlogos, las portadas de diarios de referencia eternizan la sujecin de la vida a criterios economicistas de Mercado. Por qu no ocupa la agenda meditica una solucin plausible y radical a la crisis econmica, como es el decrecimiento delineado por Serge Latouche? En su lugar, el baile de cifras paraliza a la ciudadana insuflando un clima de incertidumbre y miedo que ampara la destruccin del tejido humano. Bajo la ilusin de libertad, se nos priva as de la ms importante de las libertades: la de elegir racionalmente qu debemos desear. La verdadera crtica no ha de centrarse en invectivas envidiosas contra la corrupcin. Aun siendo deleznables los casos de perversin democrtica, prostituida en favor de intereses plutocrticos, el zcalo central debiera apuntar al mantenimiento del sistema por la coincidencia de valores entre gobernantes y gobernados. Abrir nuestras mentes a formas de vivir, de convivir ms humanas y menos eficientes, tecnocrticas. No se trata slo de sobrevivir, sino de elegir nuestro propio modelo de vida, digna, insustituible y singular.

iBurgi, Nolle. Cambios en Grecia a golpe de bistur, en Le Monde Diplomatique edicin espaola . N 195, Enero 2012.

iiLaski, Harold. Los peligros de la obediencia . Sequitur. Madrid, 2011, p. 17.

iiiPolanyi, Karl. El sustento del hombre . Capitn Swing. Madrid, 2009, p. 41.

ivSalmon, Christian. Tumba de ficcin . Anagrama. Barcelona, 2001, p. 14.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter