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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-04-2012

Dilemas de la monarqua marroqu

Juan Ignacio Castien
Rebelin


Al iniciarse la segunda dcada del siglo XXI la Corona marroqu parece contar con bastantes motivos para sentirse tranquila y satisfecha. Medio siglo despus de la independencia contina controlando el juego poltico y conservando la iniciativa estratgica dentro del pas. No dispone de un poder ilimitado, ni puede obrar a su antojo y ha de negociar a menudo con las distintas fuerzas polticas y sociales. Pero en estas negociaciones acostumbra a hacer prevalecer sus propios objetivos, cediendo menos de lo que gana, atrayendo al otro hacia su terreno y ponindolo a su servicio. Estos mtodos le permitieron hace ya tiempo domesticar y desarbolar a los nacionalistas y a una gran parte de la izquierda y ahora se apresta a aplicarlos con los islamistas. El suyo es, as, un autoritarismo relativamente blando. Convive con el pluralismo de la sociedad y se beneficia de l, de las divisiones que entraa, erigindose en rbitro entre los distintos sectores sociales, entre los ms laicos y los ms religiosos, los ms izquierdistas y los ms conservadores, los ms arabistas y los ms berberistas, procurando siempre preservar ciertos equilibrios entre unos y otros. Todos demandarn tarde o temprano su apoyo y a todos tendr algo que ofrecer llegado el momento. Las redes clientelistas se abrirn entonces tambin para ellos y el discurso oficial acoger generosamente algunas de sus reivindicaciones. El secreto de su poder reside, pues, en las debilidades de los dems, en las rivalidades que les enfrentan y que les empujan a solicitar su ayuda. A veces, tiene que reprimir con contundencia a quienes desafan las reglas que ella misma ha instituido, pero, ante todo, coopta, integra y compra. De ah que este autoritarismo moderado case tan bien con una cierta democracia, unas ciertas libertades individuales y un cierto Estado de derecho. Despus de todo, cuanto mayor sea la diversidad de la sociedad, ms jugadores se sumarn a la partida y ms se reforzar su papel de rbitro, un papel, empero, ya aejo. Se ejerci durante siglos en el viejo Marruecos de las tribus y las cofradas, pero, paradjicamente, la modernidad lo reforz an ms. Dot al Soberano y a su entorno, el clebre Majzen, de nuevos poderes, derivados del dominio sobre un aparato de Estado moderno y de las riquezas obtenidas en todo tipo de negocios dentro y fuera del pas. De este modo, la modernizacin del pas ha fortalecido lo que en otro caso hubiera podido descartarse como un mero arcasmo y le ha permitido adaptarse con notable xito a unas nuevas circunstancias histricas.

 

El poder majzeniano es, en suma, un poder polivalente, un poder que se sirve de instrumentos muy variados, lo que incrementa su margen de maniobra. Precisamente, por ello, est en disposicin de hacer concesiones sin debilitarse, pues, aunque stas puedan conmover en un momento dado alguno de los pilares sobre los que se asienta, seguir contando con otros lo suficientemente slidos sobre los que apoyarse. Y es ms: cada vez que se realiza alguna renuncia, sta puede ser tomada por un favor otorgado a cambio de algo, con lo cual se convierte en colaboradores activos del sistema a quienes, en otras condiciones, hubieran sido sus adversarios ms enconados. Cada pequea reforma produce por ello un efecto ambivalente. Puede mejorar la vida de muchos y poner coto a ciertos abusos, pero, en contrapartida, puede tambin extender las redes clientelistas vertebradas en torno a la Corona. Del mismo modo, la creciente apertura en lo ideolgico se traduce a la postre en una ampliacin del espacio doctrinal regulado desde el Palacio y sujeto a sus estrategias. Estamos, as, frente a un poder dotado de una inaudita capacidad para consolidarse a base de ceder ante el esfuerzo abnegado de sus oponentes y que se ahorra adems, al hacerlo, los costes de una represin abierta, con todos los problemas de imagen que stos podran acarrearle, sobre todo en la esfera internacional.

 

El rgimen marroqu disfruta, as, a da de hoy de una situacin envidiable. Lo ms razonable es suponer que sus mximos responsables procuren preservarla, evitando una democratizacin genuina. Mientras no existan presiones mayores, tanto dentro como fuera del pas, nada cambiar en lo fundamental. Slo entonces habr que optar entre ceder de verdad, hasta un punto de no retorno, o, por el contrario, moverse hacia un autoritarismo mucho ms duro, como el que imper en los inicios del reinado de Hassan II. Estas presiones, sobre todo las internas, podran acentuarse en el futuro, dependiendo, en parte, de las propias polticas adoptadas por el Majzen. ste no las tiene todas consigo y puede que el delicado sistema de equilibrios que ahora tanto le favorece se trastoque ms tarde en su contra. No ejerce su poder sobre un pas estancado y aislado, sino sobre una sociedad en rpida evolucin, que est enclavada adems en una de las regiones ms inestables del planeta. Por eso, sus propias acciones pueden acabar activando unas dinmicas perjudiciales para l mismo. Se encuentra, de este modo, preso entre una serie de dilemas. El ms importante de todos estriba en cmo conjugar el avance de la modernizacin con la pervivencia del sistema clientelista sobre el que se asienta su poder. No existe, desde luego, ninguna incompatibilidad metafsica entre modernidad y clientelismo. As nos lo ensea la realidad cotidiana de los pases ms desarrollados y la propia historia reciente de Marruecos. Sin embargo, tambin es cierto que una sociedad moderna slo puede funcionar de manera eficiente si alcanza unos niveles mnimos de meritocracia, buena administracin y productividad y que el clientelismo en gran escala hace todo esto muy difcil. De este modo, optar de manera resuelta por el desarrollo supondra obrar en contra de uno de los pilares del propio poder. Aqu reside el gran dilema que afecta a numerosos gobernantes del Tercer Mundo. Una forma radical de enfrentarse con l consiste simplemente en anteponer el clientelismo a la modernizacin, en especial cuando se dispone de alguna renta, como la del petrleo, que permita compensar las prdidas de eficiencia deparadas por semejante poltica. El precio a pagar por esta estrategia habr de ser un estancamiento ms o menos acentuado y en algn caso, como el de ciertos Estados del frica subsahariana, la completa y absoluta catstrofe a todos los niveles. Pero este inmovilismo no parece estar al alcance de los dirigentes marroques. No poseen suficientes rentas para enjugar los costes de un clientelismo descontrolado, ni tampoco podran permitirse condenar a la gran masa de su poblacin a un estado de completa postracin, porque esta poblacin espera y demanda mejoras. Mucha gente aguanta hoy en da en Marruecos no porque est contenta con su situacin actual, sino porque alberga una cierta esperanza de que sta pueda mejorar con el tiempo. Privarle de ella, mediante una poltica demasiado conservadora, resultara fatal para la legitimidad de sus gobernantes. stos estn obligados, por ello, a continuar modernizando su pas, incluso aunque sea a un ritmo ms bien mediocre, tal y como viene ocurriendo desde la independencia.

 

Su objetivo sera entonces que esta obligada modernizacin y este obligado retroceso del clientelismo no carcomiesen demasiado los fundamentos de su propio poder. Sin duda, una mejora en conjunto de las condiciones de vida de la poblacin podra repercutir positivamente sobre la legitimidad del rgimen que la ha hecho posible. En este sentido, la elevada actividad que despliega a menudo el Monarca marroqu apunta a generar la impresin de una constante preocupacin por el bienestar de su pueblo. Pero la historia nos demuestra que las cosas no son siempre tan simples y que con inaudita frecuencia la modernizacin acaba echando por tierra a los regmenes que la han promovido. El acentuado conservadurismo de ciertos gobiernos no deja de responder, a este respecto, a un sensato sentido de su propia supervivencia, incluso aunque, a ms largo plazo, desemboque en una hecatombe colectiva. No en vano, cuando un pas se moderniza se alteran equilibrios, se debilitan algunas de las instituciones tradicionales que encuadraban a la gente y, sobre todo, las expectativas vitales de esta ltima se disparan ms all de lo que el viejo rgimen les puede dar, porque para drselo tendra que cambiar ms de lo que puede hacerlo. En una tesitura semejante, la nica va que queda abierta es la de la reforma controlada. Pero esta reforma puede llevarse a cabo de muy diversas maneras y con muy distintos propsitos. Una de estas maneras consistira en un fortalecimiento de las instituciones democrticas, que tendran que ir reemplazando de manera progresiva, aunque nunca completa, a los mecanismos clientelistas tradicionales. El Rey habra de ir renunciando a sus atribuciones actuales hasta convertirse algn da en un Monarca constitucional al uso, al tiempo que las gentes de su entorno se iran sometiendo cada vez ms a los imperativos de un Estado de Derecho. Se perdera poder, ciertamente, pero se mantendran muchos privilegios. La Corona y su entorno conservaran su abultado patrimonio econmico y, por ende, su amplio control, directo e indirecto, sobre los asuntos del pas. Desde su nueva posicin constitucional, y aprovechndose de un sistema de partidos en extremo fraccionado, el Soberano continuara desempeando un papel poltico clave, gracias tambin a su popularidad entre una parte de la poblacin, ms an cuando seguira manejando asimismo numerosas redes informales, sirvindose para ello de sus cuantiosos ingresos. Como colofn, muchos de los oligarcas de siempre ocuparan una posicin destacada en los diferentes partidos polticos. El sistema clientelista habra sido, as, recortado en la medida nicamente en que este recorte fuese imprescindible para permitir un funcionamiento razonablemente aceptable de las instituciones ms modernas. La reconversin que en su da protagonizaron las lites del franquismo es presentada, por ello, en muchos casos, como el mejor modelo a imitar.

 

No obstante, este presunto objetivo, si es que es de verdad al que se aspira, no resulta tan fcil de alcanzar. Marruecos adolece de una notoria falta de cohesin interna, de una notable divisin entre sus distintos sectores sociales. Esta fractura permite, pero tambin requiere, del autoritarismo del Estado. Por ello, el actual papel de la Corona va mucho ms all del de una simple representacin simblica de la unidad nacional. La consecucin de un sistema menos represivo solamente sera factible en el caso de que se conformase tambin una sociedad mejor articulada. Esta sociedad no tolerara ni tampoco demandara ya un rgimen semiautoritario. Pero, al tiempo, es este mismo rgimen el que con sus constantes manejos dificulta que se logre una mayor cohesin social. Nos encontramos, as, ante una suerte de crculo vicioso. En consecuencia, un cambio efectivo en el mbito poltico ha de venir acompaado y posibilitado por una mutacin social mucho ms profunda. Pero semejante mutacin tambin entraara sus dificultades y sus inconvenientes y no es de extraar, por ello, que la pretendida transicin marroqu se demore tanto. Una transformacin de este cariz requerira, desde luego, la eclosin de una concepcin de la cultura y la identidad nacionales mucho ms consensuadas que las actuales, lo que exigira de un intenso esfuerzo intelectual. Con ello, sera ms fcil ir superando el fraccionalismo del pas. Pero, ante todo, entraara una atenuacin drstica de las terribles desigualdades econmicas, en virtud de las cuales un amplio porcentaje de la poblacin se ve abocado a la miseria y a la desesperacin. La necesidad de mejorar las condiciones de vida de esta extensa franja de la poblacin no responde nicamente a un afn humanitario. La existencia de estas desigualdades representa un obstculo imponente para la construccin de una economa desarrollada. Dicho de otra forma, la pobreza no perjudica slo a los pobres, sino tambin a los que no lo son. Es cierto, con todo, que diversos pases, como Brasil e India, se las estn arreglando para conjugar elevadas tasas de pobreza interior con un buen desempeo macroeconmico, gracias, entre otras cosas, a los bajos salarios que estas tasas hacen posibles. Incluso podra decirse, con bastante cinismo, que toda esta miseria favorecera en definitiva la estabilidad de un sistema semidemocrtico, como es tambin el caso de estos dos pases, habida cuenta de la disposicin de muchos de los ms desfavorecidos a involucrarse en operaciones tales como los fraudes electorales o la intimidacin de rivales polticos, con tal de hacerse con unos pocos ingresos extras. Empero, aunque esto pueda ser as en muchos casos, existe siempre la posibilidad de que al menos una parte de esta poblacin tan castigada acabe por organizarse mejor y volverse ms crtica con respecto a la situacin que padece. La experiencia reciente de varios pases latinoamericanos apunta en esta direccin. De este modo, a ms largo plazo la pervivencia de estas desigualdades se constituira como una suerte de espada de Damocles para la continuidad de este eventual rgimen marroqu a medias reformado. Sin embargo, se antoja difcil una lucha decidida contra esta situacin por parte de quienes son sus principales beneficiarios y ms todava cuando la misma no es slo el resultado del vasto sistema de corruptelas existente en el interior del pas, sino tambin de todo un modelo de desarrollo y de insercin en la economa internacional, lo que ata an ms las manos de los responsables polticos.

 

Aparte de estas hondas fracturas sociales, que, como vemos, pueden ser capeadas, al menos temporalmente, se adivina un problema ms inmediato, el de la falta de cohesin interna de la propia lite gobernante. sta no parece capaz de organizarse si no es por mediacin de la Corona. Mientras no lo consiga y no se formen grandes partidos, con una notable capacidad para organizar a la poblacin, no ser posible un repliegue de la Monarqua hacia el mbito de una relativa constitucionalidad. Los obstculos para la continuidad de esta reforma controlada son, pues, patentes. Una va alternativa a la de esta democratizacin limitada sera la de un autoritarismo modernizador. El Soberano podra entonces agrupar en torno a s a un sector de la lite y emprender una serie de reformas tendentes ms a asegurar el desarrollo econmico y el buen funcionamiento de las instituciones pblicas, que una genuina liberalizacin poltica, la cual podra quedar pospuesta de modo indefinido. A menudo el rgimen marroqu ha dado la impresin de haberse decantado por esta opcin. La misma ostenta, ciertamente, algunas ventajas desde su punto de vista. Puede depararle una legitimidad aadida ante una poblacin en muchos casos preocupada ante todo por mejorar su existencia cotidiana. De hecho, el Rey se afana por aparecer ante sus sbditos como un modernizador apasionado y un enemigo declarado de la corrupcin y, a da de hoy, consigue convencer a muchos de ellos. Todo ello apuntara hacia una suerte de va a la tunecina, slo que ya sabemos en qu ha terminado sta. Olvidarse de que muchos demandan no slo ms bienestar, sino tambin ms libertades, ms honradez y ms dignidad y de que los buenos datos macroeconmicos pueden encubrir una situacin social explosiva puede concluir en un suicidio poltico. Sin duda el Soberano marroqu disfruta en este punto de algunas bazas de las que no dispona el Presidente tunecino. Tiene a su favor una legitimidad tradicional con la que aqul no contaba y, como Monarca semiconstitucional que es, le resulta ms fcil descargar las responsabilidades sobre sus colaboradores. Pero estas ventajas innegables tampoco tienen por qu garantizar una seguridad permanente. Por eso no se puede abandonar por completo la va de las concesiones polticas. Los equilibrios son, de este modo, muy delicados y el riesgo de descarrilar est presente, aunque hoy se antoje todava muy lejano.

Juan Ignacio Castien es profesor de sociologa en la Universidad Complutense de Madrid.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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