El 17 de abril de 1996, siendo presidente de Brasil
Fernando Henrique Cardoso, tropas de la policía militar autorizadas por el
Gobernador Almir Gabriel (PSDB-Para), y financiadas por la empresa Valle Do
Río Doce (como denunció más tarde en el proceso el abogado de los
policías...), atacaron una marcha pacífica de más de mil familias de los sin
tierra que salieron de Eldorado de Carajás con rumbo a Belén.
El
resultado de la masacre todos lo conocen, hasta las piedras. 19 sin tierra
asesinados, algunos con excesos de crueldad, tras ser maniatados, fueron
muertos a culatazos. Otros dos murieron algunos meses después, y más de 60
sufren las secuelas hasta hoy, y están imposibilitados para el trabajo
agrícola.
La sociedad brasileña quedó aterrorizada. La ONU, los obispos,
el Papa y los orixás clamaron por justicia. Los movimientos campesinos de
todo el mundo escogieron entonces el día 17 de abril, como el día mundial de
la lucha campesina, en homenaje a aquellos mártires.
Un lento proceso
se siguió en la Justicia paraense, que culminó con la conformación de un
Jurado Popular, que, en 2002, condenó a los dos principales comandantes
militares a penas de más de 200 años de prisión. Los comandantes apelaron.
El poder judicial los acogió. Y luego el silencio. Pasados 16 años de la
masacre, ¡ningún responsable directa o indirectamente ha sido apresado,
castigado o ha sufrido algún tipo de restricción por parte de la “justicia”
brasileña!
Por esas y otras razones es que el pueblo brasileño, de lejos,
considera el poder judicial, el más injusto, el más anti-democrático, el más
corporativo y el más servil a los intereses de la burguesía. Como dice
el dicho popular, ¡la cárcel en Brasil está hecha para los pobres y
negros!
Pero algún día tendremos una reforma del poder judicial, para que
por fin cese la vergüenza de las injusticias, de los salarios inmorales, de
las ventajas y de las infiltraciones denunciadas incluso por el Consejo
Nacional de Justicia.
Felizmente, los supervivientes fueron asentados
en un latifundio de 50 mil hectáreas, que hasta entonces el Incra decía ser
“productivo”, y que hoy constituye la más productiva y progresista comunidad
rural del municipio de Eldorado de los Carajás, el distrito 17 de
abril.
Mientras tanto, ¿dónde está la reforma agraria?
El capital
agrario y las corporaciones transnacionales están “nadando a sus anchas” en
la agricultura brasileña. Tras la crisis del capitalismo internacional, los
precios medios de las commodities agrícolas se duplicaron. Eso representó un
enorme aumento en la tasa de ganancia, y una corrida de los capitalistas de
todo el mundo, para comprar tierras en Brasil, América Latina y controlar la
producción de las mercancías agrícolas.
Resultado: Brasil experimentó
en los últimos años, el mayor índice de concentración de tierras de todos
los tiempos. Está en curso una enorme concentración de la producción
agrícola, que destina el 85% de todas las tierras agrícolas sólo a cuatro
productos: soja, maíz, caña y ganadería. La economía brasileña retornó a los
tiempos coloniales y se volvió agro-exportadora, mientras la industria cayó
a sólo el 15% del PIB.
El agronegocio concentra tierras y producción.
Aumenta su dependencia de los fertilizantes importados que ese año alcanzó
la cifra de 28 millones de toneladas. Transforma a Brasil en el mayor
consumidor mundial de venenos agrícolas, que contaminan el suelo, las aguas,
y hasta la atmósfera, matan vegetales y animales; prolifera el cáncer en más
de un millón de brasileños por año. Siendo que, según el Instituto Nacional
del Cáncer, ¡solamente el 40% sobrevivirán!
El agronegocio
desequilibra el medioambiente con la deforestación y destruye la
biodiversidad. Altera el clima. Pero sigue ganando mucho dinero.
¡Todo
eso es saludado por la prensa burguesa como el éxito del progreso!
¿Y el
gobierno?Entre tanto, el gobierno aún no toma posición en el tema
agrario, y cuando se manifiesta es para decir cosas sin sentido, como esa
repetición absurda, de que la reforma agraria no es distribuir tierras,
que primero tenemos que mejorar la calidad de los
asentamientos.
Sería como decir a las 10 millones de familias brasileñas
que viven en viviendas precarias, que el gobierno no va a construir más
casas, que primero prefiere mejorar las casas de los que ya las
tienen.
Señores gobernantes: buscad en el diccionario de la educación del
campo, recién editado por la Fiocruz o en Aurélio. Reforma agraria es un
programa gubernamental, en el que el Estado expropia las grandes
propiedades, los latifundios y los distribuye entre los agricultores sin
tierra, promoviendo la democratización de la propiedad rural en el
país.
Todos los países del hemisferio norte, todas las democracias
contemporáneas realizaron reformas agrarias, democratizaron el acceso a
la tierra, como base para la construcción de sociedades más
democráticas. Finalmente, la tierra es un bien de la naturaleza, y todos
los ciudadanos tienen los mismos derechos sobre ella, así como tiene
derecho a la alimentación, al empleo, a la vivienda digna y a la
educación.
Como no quieren hacer una verdadera reforma agraria, inventan
subterfugios de ocasión. ¡Sean más sinceros, por lo menos! Y menos
absurdos, porque los grandes propietarios de tierra, las empresas
transnacionales y el agronegocio siempre hicieron campaña y financiaron
los candidatos neoliberales y contrarios al gobierno Lula y Dilma.
Traducción: ALAI
- João Pedro Stedile, es integrante de la
coordinación nacional del MST y de la Vía Campesina de Brasil. Artículo
publicado originalmente en la revista Caros Amigos, abril de 2012.
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