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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-05-2012

Esplendor y miseria de un espantapjaros: "el islamismo"

Bruno Guigue
oumma.com

Traducido para Rebelin por Caty R.


Como antao el comunismo, un fantasma recorre Occidente: el islamismo. Hurfano del peligro rojo, el mundo occidental enseguida se forj un nuevo enemigo. A falta de chivo expiatorio ofreci una nueva cara de la amenaza que alimenta su imaginario colectivo.

Herramienta total, el peligro verde aade ventajas desconocidas al peligro rojo. Porque a los ojos de un Occidente que sucumbe fcilmente a la fascinacin negativa del los otros, los islamistas presentan estigmas de una diferencia radical.

Seres siniestros surgidos de no se sabe dnde, sin cara y sin piedad, los islamistas estaran ubicados en el lmite de lo humano. Pero esta, digamos satanizacin, entra en contradiccin con el recuerdo de turbias connivencias: Quin no recuerda el idilio de Al-Qaida con la CIA? La paradoja solo es aparente, porque el mandato de mirar el islamismo como origen de todos los males se acompaa de un esfuerzo constante para perpetuar la amenaza, libre de confeccionar todas las piezas de yihadismos carnavalescos exhibidos ante las cmaras el tiempo de una llamada electoralista.

Pero esta duplicidad, a su vez, est basada en una mezcla fraudulenta de islamismo y yihadismo lista para alimentar una retrica binaria: eso que hay que eliminar en bloque, nos dicen, es un mal absoluto, total e indiferenciado. Erradicar el virus islamista, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra, es un discurso demasiado somero para no levantar sospechas.

Este enfoque centrado en un objeto imaginario es la matriz de una serie, por lo menos, de errores geopolticos: negacin morbosa de los orgenes del terrorismo, belicismo hipcritamente adornado de virtudes democrticas, incomprensin voluntaria de las revoluciones rabes, complacencia reiterada respecto al colonialismo israel. En efecto, el espantapjaros islamista ha provocado, en primer lugar, una formidable ceguera ante las causas de la violencia yihadista.

Segn Occidente, ese terrorismo sera una oscura mezcla de paranoia y fanatismo cuya explicacin correspondera al mismo tiempo a la psiquiatra ordinaria y al estudio de las mentalidades religiosas. Sin embargo esta doble explicacin no se sostiene. La patologa mental de los terroristas se supone de antemano, y nada demuestra que sea la razn de los actos cometidos. Al psiquiatrizar el fenmeno terrorista se ofrece un pretexto que permite ignorar los motivos. Eximiendo de entrada cualquier racionalismo, incluso en el asesinato, el yihadismo se reduce al estatuto de rareza antropolgica.

En resumen se hablara de una aberracin sin una causa atribuible, como si nada pudiera explicarla salvo la enajenacin mental de sus ejecutantes, a quienes de esta forma se despoja de cualquier responsabilidad poltica. Para qu buscar las razones de esta locura asesina, nos dicen, cuando existe por naturaleza y sin motivos? Porque lo ms sorprendente es que contina y profundiza un mal absoluto. Curiosa paradoja: Moralmente se condena con energa el terrorismo mientras al mismo tiempo, sin darnos cuenta, se le absuelve.

Si realmente los terroristas estn locos, hay que conceder que no hay nada que entender en sus actos. Entonces, qu sentido tiene la indignacin moral que suscitan dichos actos si al mismo tiempo se afirma que los terroristas no son responsables? Esta contradiccin interna del discurso con respecto al terrorismo no es la nica. Porque el hecho de ubicarlo en la dudosa categora de las enfermedades mentales nos invita a contemplar a los terroristas como autnticos locos de Dios. Esos asesinos seran iluminados de una singular especie que ansan realizar aqu y ahora las promesas ancestrales de la tradicin religiosa. Los terroristas seran los ejecutantes de un plan divino que exige a la vez el sacrificio de los puros y la destruccin de los impuros. Lejos de intentar convertir a los dems, los suprimirn para implantar el reinado de una fe que ya no tendr rival.

Familiar al pensamiento occidental, que a menudo lo ha combatido, el fanatismo suministra aqu el esquema explicativo: dicho fanatismo sera la causa esencial de la violencia ciega que afecta de manera indiscriminada a civiles y militares, nios y adultos, impos y apstatas. Favorecedora del crecimiento de los extremismos, la frecuentacin de lo absoluto se convertira en el deseo de destruir todo lo que no se ajusta a sus propias exigencias. Adaptado a las necesidades de la causa, el dogma religioso proporcionara as la furia destructiva de los yihadistas, la razn de su radicalismo, inyectndoles el ardor mortfero que los lleva hasta el final. Ms sutil y menos abstracta que la anterior, esta interpretacin tiene el mrito, obviamente, de tomar en serio el discurso de los intereses: entender lo que dicen los propios yihadistas no es indiferente a la comprensin del fenmeno. Pero an hay que rodearse de precauciones imprescindibles.

En primer lugar hay que evitar poner la interpretacin religiosa por encima de la interpretacin psiquitrica. Si esos locos de Dios estn locos eso es, nos dicen generalmente, porque tienen una relacin con Dios que los enloquece: su propia concepcin de la religin los impulsara al acto criminal. Todo el mundo sabe que el terrorismo contraviene la letra y el espritu de la enseanza cornica, lo que basta para condenarlo desde el punto de vista religioso. Pero la incoherencia doctrinal del yihadismo, sin embargo, no es sinnimo de locura en el sentido psiquitrico.

La atribucin a sus adeptos de una especie de delirio milenarista no contribuye a clarificar el anlisis, en tanto que es desmentido por la biografa de numerosos yihadistas. La locura nunca da una explicacin satisfactoria de cualquier cosa, y remitir a la psiquiatra la ideologa yihadista no es ms racional que remitir a la psiquiatra a sus afiliados. Machacar a porfa la teora de la manipulacin perversa de aprendices de terrorista por parte de sus crueles patrocinadores, finalmente, se limita a resumir una trivialidad: en una organizacin clandestina la jerarquizacin es una necesidad de la supervivencia.

Al fondo, las oscuras causas del fanatismo forman un esquema interpretativo que proyecta una falsa claridad sobre lo que pretende explicar: es un esquema que sirve de parapeto para rechazar cualquier intento de racionalizar el terrorismo basndose en el anlisis de sus verdaderos motivos. Pretexto de una ignorancia voluntaria, el manejo de dicho esquema permite la conservacin ilusoria del secreto a voces al que sirve de pantalla la chchara meditica: el terrorismo es la continuacin de la poltica por otros medios.

Pero lo esencial, para el discurso dominante, es seguir actuando de forma que el rbol religioso no deje ver el bosque poltico. Aplicado al fenmeno terrorista, el procedimiento suma dos ventajas: permite incriminar directamente a la religin musulmana a la vez que exonera a la poltica occidental de su responsabilidad en el origen del yihadismo. La doctrina del choque de civilizaciones perpeta as su perniciosa onda expansiva imponiendo una lectura esencialista de los conflictos que desgarran el mundo. Basta con achacarlos a una causalidad diablica que coincide, como por encanto, con un islamismo que se cuidan mucho de definir.

Y sin embargo, cuando un yihadista castiga a Francia por su poltica en Afganistn matando a militares franceses, o asesina a nios judos para vengar a los de Gaza, esos actos deleznables no son una iniciativa aislada de un individuo socialmente desclasado o enfermo mental. Negar a esas acciones criminales su carcter poltico es sustraerlas de cualquier anlisis racional. Y en consecuencia se impide continuar el proceso de una forma diferente, con lo que permanece legtimo el enfoque de la emocin y el anatema.

Por otra parte, el hecho de negarse a admitir que el terrorismo es un arma poltica implica una negacin de la historia, tanto si se trata de las oleadas terroristas de los aos 80 y 90, directamente vinculadas a los conflictos de Lbano y Argelia, o de los atentados de la OAS en los aos 60. Pero poco importa la realidad histrica: el dogma contemporneo exige que no haya nada que entender.

En efecto, segn dicho dogma, cualquier intento de anlisis intelectual es eminentemente sospechoso porque el hecho de analizar polticamente, no es comprender hasta cierto punto? Y comprender no es absolver hasta cierto punto? Sin embargo esa presunta equivalencia entre comprensin e indulgencia se basa en la confusin mental y la hipocresa. En realidad es todo lo contrario: comprender realmente el fenmeno yihadista implica considerar a los autores de sus actos individuos responsables y someter a una crtica despiadada las razones que ellos invocan. Es la exigencia de poner en perspectiva sucesos inscritos en una historia que debe ser asumida por quienes la hacen.

En resumen, es recordar a cada uno sus responsabilidades pasadas y presentes, reconocidas o inconfesables. As, nadie ignora que el yihadismo arraig en la Pennsula Arbiga al abrigo de una alianza entre Estados Unidos y la monarqua wahab. Se sabe que alimentada con petrodlares se extendi ampliamente en el mundo musulmn con la bendicin de Occidente. El origen de Al-Qaida no es un misterio para nadie: fue el efecto combinado de la obsesin antisovitica de Estados Unidos con el terror saud ante la penetracin jomeinista. Fruto venenoso de los amores de la CIA y los muyahidines, la organizacin terrorista ha rendido buenos servicios a las oficinas secretas de un Estados Unidos, cuya poltica en Oriente Medio fue y sigue siendo una mezcla de cinismo y torpeza que ha llegado a cotas inslitas.

Victoriosa de entrada sobre el Ejrcito Rojo, la inconfesable coalicin, sin embargo, acab disolvindose. La causa de ese divorcio no es ningn misterio: se trataba de una triple manzana de la discordia. La humillante ocupacin del suelo sagrado de Arabia, el calvario del pueblo iraqu sometido al embargo y la complacencia culpable con respecto al ocupante israel, hay que creer que fueron demasiadas para Bin Laden. El siniestro contratista quiso ajustar sus cuentas con un patrocinador extranjero cuyo xito regional chocaba con su visin del mundo.

Si el idilio estadounidense-yihadista lleg provisionalmente a su final no es porque el Occidente democrtico tuviera que pelear inevitablemente contra el enemigo implacable de sus nobles principios. Fue porque los objetivos en principio convergentes pronto dejaron de serlo. La idea, tranquilizadora en el fondo, de que el origen del yihadismo es el odio a un Occidente impo es invalidada por su propia historia. Curioso enemigo mortal que cobraba sus servicios a precio de oro y cuyo sndrome de agente doble y la subcontratacin fraudulenta nunca dejaron de dar sorpresas.

As, ms all de la negacin patolgica de una turbulenta complicidad, aparece una verdad tan repugnante como innegable: Al-Qaida no desapareci de la lista de las frecuentaciones recomendables hasta que el propio Bin Laden declar el final del idilio. El divorcio no fue consumado por un Occidente que rechaza moralmente el terrorismo, sino por los propios terroristas debido a la discordancia entre su agenda poltica y la de sus patrocinadores.

Inconfesable pero conocida por todo el mundo, esta historia niega para siempre la credibilidad de las proclamas occidentales respecto al mal absoluto que representa el yihadismo. Pero al mismo tiempo seala el absurdo del fraude que consiste en confundirle con el islamismo democrtico. Esa confusin, que se ha mantenido deliberadamente, ha causado estragos impresionantes en el campo occidental cuando por fin el mundo rabe se sacude el yugo de la tirana. El pueblo tunecino y el pueblo egipcio no deben a nadie ms que a s mismos la expulsin de los potentados que los dominaban, porque Occidente era al mismo tiempo su generoso financiero y su principal adulador.

Frente a la oposicin de un movimiento islamista cuya culpa principal era reclamar elecciones libres, Mubarak y Ben Al se beneficiaban de una indulgencia a toda prueba. Deshonrados en Tnez y en El Cairo todava eran ensalzados en las redacciones de Pars: cmo olvidar a Alexandre Adler, quien confesaba su admiracin por el despotismo ilustrado de Mubarak, al que atribuy la virtud de servir de barrera del odioso islamismo.

Se recordar durante mucho tiempo a Michle Alliot-Marie, que propuso acudir en auxilio de Ben Al con la porra made in france en la mano. Apoyo activo a los dictadores rabes que practican la tortura y la detencin arbitraria por un lado, condena indignada de la violencia terrorista por otro: es tal la duplicidad occidental, y en particular la francesa, que parece convocar, al negarle cualquier expresin poltica, aquello que pretende vilipendiar.

Pero a pesar de sus esfuerzos, Occidente no ha podido impedir la eclosin de eso sobre lo que pretenda poseer el privilegio natural impidindoselo a los dems: la democracia. En efecto, lo inimaginable es que esa revolucin democrtica haya ocurrido a pesar de Occidente, de manera no violenta, y adems bajo el efecto de un impulso popular que se presuma imposible entre los rabes. Lejos de dejarse encerrar en la alternativa suicida entre el sometimiento a sus amos protegidos de Occidente o la deriva yihadista dedicada a perpetuar las desgracias de los rabes, los revolucionarios optaron por expulsar a uno y a la otra.

Mejor todava, esta democracia naciente est llevando al poder a coaliciones con un componente islamista mayoritario que tras los escrutinios no reivindica ninguna exclusividad ni instaura ninguna dictadura. El escenario imaginario de la subversin islamista, lejos de producirse, se transforma en el xito de una democracia rabe responsable que adems resiste tanto a las sirenas occidentales como a las del radicalismo yihadista.

El xito de las revoluciones rabes desvela al mismo tiempo el fracaso de una estrategia, la del apoyo occidental a las tiranas, y el fracaso de una representacin, la del islamismo presuntamente irreconciliable con la soberana popular y los derechos polticos. Lo que ha puesto de manifiesto el xito de esas revoluciones que se consideraban improbables es el absurdo de una confusin que se ha mantenido a propsito, desde hace decenios, entre el islamismo poltico y el yihadismo combatiente.

La actitud occidental es tan absurda como la del otro extremo del mundo rabe, la intervencin extranjera se atavi, en 2003, con las virtudes de la democracia universal. Prohibidos a los egipcios, los beneficios de la democracia deban instaurarse rpidamente, manu militari, en un Irak sometido a la autocracia baasista con la que sin embargo Washington haba establecido una alianza privilegiada frente a Irn. Barrera del islamismo, la dictadura de Mubarak tena todos los derechos, mientras que a la de Sadam Hussein, de repente, se la acus de brindar un santuario a los islamistas.

Con el fin de ocultar los autnticos objetivos del asunto iraqu (el afn por el petrleo y el antisionismo baasista) se invent la monumental superchera de presentar la guerra contra Sadam como una operacin preventiva contra el yihadismo. Irona de la historia, la invasin de Irak proporcion a los combatientes de Al-Qaida un nuevo escenario de operaciones, sumiendo al pas en un caos donde los partidos chies prximos a Irn han resultado victoriosos. En un sorprendente escorzo, el New York Times resuma la aventura iraqu: Estados Unidos ha gastado 200.000 millones de dlares para instaurar una teocracia.

As, la poltica occidental ofrece el espectculo de una incoherencia absoluta donde la invocacin ritual de un peligro islamista indiscriminado justifica cualquier cosa: aqu apoya a la dictadura hasta el fondo, all la elimina a golpes de B-52, una autntica poltica del absurdo que dara risa si no fuera porque las poblaciones pagan un precio cruel.

Contra el islamismo, en suma, todo cuela como si como si solo existiese la alternativa entre el aplastamiento policial a travs del potentado interpuesto o el bombardeo quirrgico por va area. Pero el primero se repleg de forma espectacular con las revoluciones rabes victoriosas mientras el segundo, con la acumulacin de sonoros fracasos, sigue dando muestras de su inutilidad.

La absurda idea de que se puede imponer la democracia bombardeando a sus futuros beneficiarios consigue, en primer lugar, que se identifique el espritu democrtico con el bombardeo. Como dijo Robespierre: A los pueblos no les gustan los misioneros armados. La intervencin militar se sirve enfticamente de los principios democrticos, y siempre consiste en llevar los horrores de la guerra al terreno de los otros.

Como si fuera natural aadir a la discordia endgena el suplemento de odio que suscita la invasin extranjera, las oficinas de propaganda occidentales siempre estn dispuestas a clasificar la realidad en categoras simplistas. As, dividen a los beligerantes, con un falso candor, en buenos y malvados, lo que tiene la ventaja de elaborar la gua previa de las futuras salvas de misiles: el simplismo de repartir el vicio y la virtud entre las partes contendientes tiene la ventaja, al menos, de facilitar la logstica militar en nombre de una justicia punitiva que no se para en sutilezas superfluas al abordar el complicado Oriente.

Este asombroso belicismo hipcritamente adornado de buenos sentimientos es el que define la actitud de las potencias occidentales en Oriente Medio. Pero todos conocemos el resultado de esta poltica falsamente ingenua que tapa la codicia occidental con los oropeles de un humanismo perverso. Con su brutalidad, por todas partes ha causado el efecto de un elefante en una cacharrera. Abortada de forma lamentable en Somalia, donde Clinton retir sus tropas a la primera escaramuza, esta nueva poltica de las caoneras fue un enorme desastre en Irak, devuelto a la Edad de Piedra y abandonado a la guerra civil.

Esa poltica tambin caus una catstrofe en Afganistn, de donde pronto desaparecern las legiones extranjeras despus de orinar sobre un ltimo puado de cadveres. Se convirti en tragicomedia en Libia, donde gracias al libertador de Saint-Germain-des-Pres (Sarkozy, N. de T.) se restableci la poligamia incluso antes de que se enfriase el cadver de Gadafi. A esos desastres en cadena hay que aadir la anunciada ofensiva contra Irn, para la que Obama ya ha suministrado municiones a la aviacin israel con la excusa de una amenaza ridcula frente al arsenal atmico de los presuntos enemigos de la Repblica Islmica.

El hecho de que la democracia occidental siembre sin vergenza la muerte y la desolacin en los pases de otros y despus se indigne por la violencia resultante, a veces en su propio suelo, es la fuente de una inagotable perplejidad, pero as es: la inversin maligna de la causa y el efecto permite todos los artificios de la propaganda, y en particular el que consiste en imputar a una civilizacin entera una especie de maleficio intrnseco, una superchera ms que ilustra el poder de una ideologa cuyo artificio supremo consiste en transformar a las poblaciones vctimas del imperialismo en culpables de nacimiento.

En definitiva se podra pensar que Occidente, de forma inconsciente, ha calcado su actitud de la de su apndice israel, cuyo comportamiento tpico es el del ladrn que grita al criminal! La obsesiva designacin de sus enemigos por parte del Estado hebreo parece que, en efecto, ha creado escuela, dada la patente proximidad de los objetivos sealados en Tel Aviv, Washington, Londres o Pars. En el centro de la zona de tiro, invariablemente, en primer lugar se agita frenticamente el diablo islamista: sun o chi, demcrata o yihadista, ganador de las elecciones o el que las reclama humildemente, es la fuente inagotable de todos los males que aquejan a las valientes democracias. Foco de un mal incurable, el islamismo alimentara esa calaa demonaca dispuesta a lanzarse sobre el Occidente civilizado.

Aprovechando la confusin de la que emerge la imagen satanizada del barbudo sanguinario, Occidente parece asombrarse ante una burda representacin que no es otra que la sempiterna caricatura forjada por la propaganda israel. La mejor ilustracin de esta superchera permanecer sin duda en la acusacin de terrorismo contra Hams e Hizbul, que eleva hasta el absurdo la imputacin exclusiva de la barbarie que gusta a los incondicionales de esta maravillosa democracia que legaliz la tortura e instaur el apartheid.

Absurdo, en efecto, no solo porque la resistencia armada a la ocupacin extranjera es legtima, sino porque teniendo en cuenta los criterios objetivos que definen el terrorismo (violencia indiscriminada contra las poblaciones civiles), es el Estado de Israel el que ostenta, de lejos, el primer puesto. Y si su poltica es punible segn los valores con los que sus defensores se llenan la boca, hace ya mucho tiempo que deberan haber impedido los daos que causan los belicistas que dirigen su gobierno.


Bruno Guigue (Toulouse, 1962), es titulado en Geopoltica por la cole Nationales dAdministration (ENA), ensayista, colaborador asiduo de Oumma.com, y autor de los siguientes libros: Aux origines du conflit isralo-arabe, LEconomie solidaire, Faut-il brler Lnine?, Proche-Orient: la guerre des mots y Les raisons de lesclavage, todos publicados por LHarmattan.

Fuente: http://oumma.com/12570/splendeur-misere-dun-epouvantail-lislamisme




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