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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-05-2012

Quin pone en hora el reloj biolgico?

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Hace algunos das me impresion mucho la muerte de una mujer a la que apenas conoca; con discrecin, sin dolor, sin lucha, a los 90 aos volvi a la naturaleza sin haberse apartado nunca mucho de ella. Me impresion asimismo la belleza rotunda con que su hijo anunci la noticia: se fue dejando una huella ecolgica minscula y llevndose con ella todo el neoltico. As imagina su muerte tambin la abuela Margarita, otra mujer de pueblo, enraizada contra el mundo, que vivir hasta los 100 aos despus de haber conocido todos los dolores, salvo el del remordimiento, y que se acostar por ltima vez sin ganas de un suplemento celestial: como la siesta de un rbol seco; pa la tierra y pa'l sol.

Si de algo no muere ya nadie, o casi nadie, es de muerte natural. O, ms exactamente, de muerte biolgica. El hecho de que la muerte se siga llevando un soporte fsico -apenas cambiado desde hace un milln de aos- y deje un residuo material, induce la ilusin de un proceso espontneo y fatal, regido slo por sus propias leyes orgnicas. Esto es cada vez menos cierto en un mundo en el que es la tecnologa la que cura cnceres que en algn sentido la propia tecnologa ha producido, de manera que tanto la causa de la muerte como su aplazamiento tienen un origen humano. Basta pensar, por ejemplo, en los 10 millones de personas que mueren todos los aos, segn la ONU, como consecuencia directa del cambio climtico. Sobre las guerras y bombardeos nadie tiene la menor duda, pero, son naturales los tumores? Las inundaciones? Los terremotos? Los infartos?

En realidad la muerte nunca ha sido natural. El llamado reloj biolgico de los humanos se ha visto siempre retrasado o acelerado por el medio social y cultural vigente; digamos que ha estado siempre en hora con las condiciones materiales y espirituales asociadas a la reproduccin del conjunto. Slo como excepcin -legendarios casos de longevidad asocial o irracional, como el del bblico Matusalem- los seres humanos han vivido ms de lo normal; es decir, ms all de la norma ecosistmica correspondiente al desarrollo de las fuerzas productivas y a las jerarquas culturales, a veces infames, que las reflejaban o deformaban. Mientras soaban con la inmortalidad y generaban mitos y cuentos sobre edades de oro sin enfermedad ni dolor, todos los pueblos del mundo, durante 15000 aos, han sucumbido naturalmente a sus lmites sociales y algunas comunidades, conscientes de ellos, han tratado de controlarlos de forma artificial y a veces cruel. El amor a los nios no impeda el infanticidio, por ejemplo, para regular los equilibrios demogrficos. Y el respeto casi sagrado a los ancianos no impeda la eutanasia social. Los tasmanios, los esquimales o los fueguinos no dudaban en abandonar o sacrificar al anciano que ya no serva para el trabajo; y entre los chukchis y los bororos, era el propio anciano el que se retiraba y se dejaba morir para no representar un obstculo. En condiciones muy duras, all donde la media de vida era muy baja, la longevidad se converta en una amenaza: pasar de una cierta edad converta en sospechoso de brujera al agraciado, que era por eso mismo ejecutado.

En fin, tenamos un reloj y eran las condiciones sociales las que lo ponan en hora. Es casi una banalidad afirmar que no era uno mismo, pero tampoco Dios, el que decida la fecha y hora de nuestra muerte; aunque haba alguna sensatez en creer que, si no ramos nosotros los que la decidamos, era Dios el que lo haca. El capitalismo, que ha liberado fuerzas productivas sin precedentes y cuyas tecnologas mdicas prolongan vidas insostenibles en sociedades anteriores, parece haber roto esta maldicin milenaria. Somos hasta tal punto dueos de nuestra existencia que no slo podemos decidir el sexo de nuestros hijos sino tambin el da de nuestra muerte. La industria farmacolgica y las corporaciones mdicas invierten todos los aos millones de euros en producir cremas, pastillas y prtesis que garantizan una longevidad cada vez mayor; an ms, una reciente investigacin sobre las mitocondrias promete alterar las enzimas que producen el envejecimiento de las clulas y prolongar la vida media hasta los 120 aos edad. Potencialmente, cada generacin humana podra abarcar el arco cronolgico de un siglo entero.

Potencialmente. Porque los mismos peridicos que anuncian en grandes titulares la superacin de nuevas barreras, un poco ms abajo y de manera mucho ms discreta declaran la permanencia de los viejos lmites: Los ricos viven treinta aos ms que los pobres. Para que nos hagamos una idea, mientras que entre 1975 y 2005 la edad media de vida de los ingleses aument en ocho aos (hasta casi los 79), la esperanza de vida en el Africa subsahariana apenas se increment en cuatro meses (para llegar a los 46,1 aos). Estos datos de la revista The Lancet revelan asimismo que el corte no es nacional sino econmico-social, de manera que los ciudadanos ms pobres de Glasgow, por ejemplo, tienen una esperanza de vida de 54 aos, inferior a la media de la India. Quin decide sobre la vida y la muerte de los seres humanos? No la ciencia, que podra fabricar ms antibiticos y mejores hasta cubrir el conjunto del mundo; ni la produccin agrcola, que podra alimentar a tres planetas Tierra; ni la razn y la bondad humanas, que podran regular y acariciar las relaciones humanas en todas partes por igual. Es el mercado -de mano de obra y de mercancas- el que, mientras produce las condiciones materiales del mximo bienestar y la mxima longevidad, impide su aplicacin y generalizacin. Dios, sin duda, era una ilusin ms sensata y menos daina.

Digamos que durante las ltimas dcadas podamos creer que la naturaleza inglesa era ms resistente que la frgil naturaleza africana. Pero ahora ya no es posible ocultar que se trata de una cuestin de clase. La guerra que llamamos crisis ha retirado algunas pudorosas cortinas ideolgicas. Los tiempos demandan el regreso a la eutanasia social tambin en Europa. La sociedad pretendidamente ms avanzada y libre de la historia tiene que comportarse como los fueguinos, los bororos, los chukchis y los esquimales; no hay ninguna diferencia entre las decisiones del FMI y las costumbres de los tasmanios. En su ltimo informe, la institucin internacional declara: Los riesgos asociados a un aumento de la expectativa de vida son muy altos: si hasta el ao 2050 la vida media creciese en tres aos por encima de la media actual, aumentaran en un 50% los ya elevados costes del Estado del Bienestar. La solucin? Obviamente vivir menos. Y cmo reducir la vida media de los europeos? Obviamente multiplicando las causas de mortalidad; es decir, la pobreza. Los llamados ajustes de Rajoy en Espaa, por ejemplo, con sus amputaciones en el presupuesto de educacin y sanidad, no estn destinados slo a alimentar a los bancos sino -ahora lo sabemos- a reducir la esperanza de vida. La eutanasia social ha sido siempre la solucin de los pueblos brbaros y primitivos a los problemas estructurales.

Lo que tambin cuenta el informe de The Lancet (no el del FMI) es que el aumento de la longevidad est ligado, no tanto a las tecnologas mdicas como al estatus, en el sentido muy amplio de autogobierno, empoderamiento social, recursos intelectuales y autoestima. Quizs por eso, con todo lo que an puede mejorar, la pequea Cuba sigue siendo un milagro. Porque no es la eutanasia social del mercado sino la trabajosa y trabajada naturaleza humana la que preside sus intercambios econmicos y sociales.



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