El movimiento social se produce fuera del orden, es decir, en pleno des-orden y, por supuesto, lo expresa. En esta cancha, la gente descubre que el orden resulta ser diferente a la apariencia y que es el conjunto de leyes, políticas, decretos, reglamentos, ordenanzas, resoluciones, acuerdos, decisiones, providencias, orientadas a mantener un estatus determinado. También descubre que este orden se defiende así mismo y no puede ser atacado desde el orden, porque el Estado resulta ser una maquinaria que defiende un orden determinado que es el que conviene a los intereses de los sectores sociales que controlan el aparato estatal.
Ciertamente, todo lo anterior tiene importantes resonancias teóricas, filosóficas y jurídicas, pero este follaje espeso puede ser desnudado en las acciones sociales, porque es ahí, en el calor de la calle, en el fuego de la protesta y hasta de la represión, donde la realidad del poder es expuesto, donde una comunidad descubre que una determinada empresa, por ejemplo, le contamina el agua de sus ríos porque esta empresa es aliada del gobierno de turno y financia las campañas electorales del alcalde o del gobierno central. Este descubrimiento lleva luz a la cabeza política y le indica a la gente que el camino para defenderse no está en el orden sino en las acciones que ha de emprender fuera de ese orden.
El movimiento social enseña a la gente que hay que avanzar usando los dos pies: el pie del orden y el pie del desorden, y así, aunque se ha nacido abajo y adentro, se necesita aprender a usar la ley y el orden mientras se desarrolla aquella pierna poderosa que moviliza, organiza, educa y defiende. Por eso el movimiento social es movimiento en la medida en que la figura de la movilización se define como el recurso fundamental para defender los intereses de las comunidades. Esta movilización define para la gente una forma nueva de vida porque a través de ella los seres humanos descubren que tienen poder y que no lo sabían, y que además nadie se los había dicho. Entienden, además, que movilizarse significa exigir derechos que han sido concebidos pero no reconocidos ni hecho efectivos, descubren que esa movilización produce organización y ésta produce a su vez educación y producción de liderazgos nacidos al calor de la lucha, de esa lucha que tensa los recursos de la comunidad y rompe la vida cotidiana.
Esta movilización descubre que lo cotidiano no es más que un sistema que reproduce minuto a minuto los fundamentos de un orden que puede ser adverso a los intereses de la gente pero que es replicado inconscientemente en todo aquello que los seres humanos dicen, hacen, piensan y viven, sin imaginarse jamás que en esa conducta están defendiendo y fortaleciendo un orden social, político y económico que los asfixia y los mata. Cuando la movilización choca con lo cotidiano ocurre que antes que el ser humano llegue a ocupar las calles de su país se ha movilizado su pensamiento, su cerebro y el conjunto de las ideas que definen su mundo, y es esta movilización de ideas el aspecto más decisivo de lo que llamamos movilización, porque está situada al interior del ser humano, y es cuando se produce un encuentro armonioso entre el factor interno, ideológico y espiritual y el factor externo donde se mueven los intereses poderosos que oprimen a los seres humanos. Los movimientos sociales resultan ser una escuela política en donde la gente puede descubrir la diferencia entre ser gente y ser pueblo porque puede confrontar entre el protagonismo artificial que significa ser votante en una campaña electoral cuando son perseguidos afanosamente por los partidos políticos y la lucha cotidiana por una vida digna. Entender que cuando se vota se es pueblo y cuando se lucha por la vida se es gente, es clave, porque el pueblo resulta ser el súbdito de un Estado y lo es sencillamente porque vota, pero ese voto sirve para sostener el aparato estatal pero no para mejorar y dignificar la vida de las personas.
Esta cruda realidad se descubre en la lucha social de los movimientos, en donde los seres humanos que sufren, que sueñan, que lloran y que aspiran, se descubren así mismos y pueden entender que de lo que se trata es de confrontar un orden dado que les es adverso con otro orden que es el de los seres humanos desfavorecidos y débiles: el orden de la gente, que puede así invadir y ocupar el territorio del Estado, en donde aparecen como pueblo y les dicen que son los soberanos, que son los ciudadanos, y los que ejercen la soberanía, pero no tienen agua, ni trabajo, ni salud, ni educación, ni dignidad, simplemente son convertidos en consumidores. Es la escuela de los movimientos sociales la que puede llevar luz a esta espinosa situación.
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