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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-06-2012

Prlogo del libro "CT o la Cultura de la Transicin"
Cultura de la transicin: libertad y barrotes

Guillem Martnez
Sigue Leyendo

A modo de Prlogo, Guillem Martnez abre con este captulo el conjunto de reflexiones de distintos autores que recoge CT o la Cultura de la Transicin Crtica a 35 aos de cultura espaola. Los destacados son de Sigueleyendo.


El concepto Cultura de la Transicin (CT) es una creacin muy colectiva. Arranca, inicialmente, de a) valoraciones poco edificantes ante el optimismo generalizado que suscitaban las series culturales espaolas posteriores a 1975, y de b) iniciales descripciones de los nuevos roles del intelectual y la cultura, esos palabros, desde el fin del franquismo. Son puntos de vista escasos, exticos, formulados por Gregorio Morn (El precio de la Transicin, 1992), Manuel Vzquez Montalbn (El escriba sentado, 1996), Snchez Ferlosio un seor muy citado, por lo que veo, en este volumen y al que, por tanto, deberamos enviar un jamn, Juan Aranzadi (El escudo de Arquloco, 2001), e Ignacio Echevarra en los primeros nmeros de Lateral (1992), una revista que, en lo que es una metfora de la vida de los mamferos en el hbitat CT, se plante darle para el pelo a la CT, para pasar, en breves segundos, a ser otro Love Boat de la CT. S, no es mucho material y no es mucho nombre propio. Lo que orienta sobre el clima de inquebrantable adhesin non-stop que supone la CT y la dificultad para emitir crtica cultural y de la otra en una sociedad en la que la CT es hegemnica.

 

Pese a ello, el concepto CT ha sido una herramienta que ha crecido, en formulacin y difusin, en internet. Ha recurrido para ello a la antropologa cultural, a teoras de la recepcin, a la teora de los marcos y a los culture studies. Y tambin y esto, como periodista, me llena, yupi, de honda satisfaccin al mtodo periodstico. Ya saben: el recuerdo de una disciplina nacida para someter el poder a control, y que ha visto en la cultura espaola de los ltimos aos un elemento de control del poder inusitado, violento, descomunal y nico en Europa.

Con todas esas confluencias, se puede explicar, gracias al concepto CT, una cultura en su sentido ms vasto, amplio, global e, incluso, gore, a travs de una manera de observar la cultura como forma y fondo. Es la cultura como baile, pero tambin como pista de baile, vamos. La CT, as, puede explicar una novela espaola, pero tambin un artculo periodstico, un editorial, una ley, un discurso poltico. Es una herramienta formidable para leer la realidad y su formulacin, la cultura. Amador Fernndez-Savater ha ampliado mucho el concepto en esa direccin y con resultados sorprendentes. Y beligerantes.

El lector que me haya seguido hasta aqu se estar preguntando, por tanto, qu es la CT y dnde puede comprarse una, por lo que sera oportuno poner cara de romano y soltar alguna definicin resultona al respecto. Ah va. En un sistema democrtico, los lmites a la libertad de expresin no son las leyes. Son lmites culturales. Es la cultura. Es un poco lo que apuntaba Mozart uno de los primeros hombres libres contemporneos codificados cuando sealaba que la libertad solo se encuentra entre barrotes. Los barrotes especificaba Mozart que forman el pentagrama, esa pauta sobre la que formulaba su msica/ su libertad. La CT es la observacin de los pentagramas de la cultura espaola, de sus lmites. Unos pentagramas canijos, estrechos, en los que solo es posible escribir determinadas novelas, discursos, artculos, canciones, programas, pelculas, declaraciones, sin salirse de la pgina, o ser interpretado como un borrn. Son unos pentagramas, por otra parte, formulados para que la cultura espaola realizara pocas formulaciones.

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Unos pentagramas canijos, estrechos, en los que solo es posible

escribir determinadas novelas, discursos, artculos, canciones,

programas, pelculas, declaraciones, sin salirse de la pgina,

o ser interpretado como un borrn.

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El informe Brodie de la CT

La gnesis de la CT no se encuentra en la Guerra Civil. Se encuentra en sus quimbambas o, glups, en su 2.0: la Transicin. Un proceso en el que las izquierdas tenan poco que aportar, por lo que su gran aportacin fue a travs de la cesin del nico material que posean: la cultura. En un proceso de democratizacin inestable, en el que al parecer prim como valor la estabilidad por encima de la democratizacin, las izquierdas aportaron su cuota de estabilidad: la desactivacin de la cultura. Con esa desactivacin, la cultura, ese campo de batalla, pas a ser un jardn. Fue una cesin espontnea? En todo caso, no fue una cesin inocente, como apunta la rapidez de la reconversin de la cosa.

La cultura, de hecho, est notoriamente desactivada como tal en 1977, cuando, ante el silencio de la cultura y sin mecanismos culturales de crtica, se producen los Pactos de la Moncloa, primer pacto oficial del franquismo con la oposicin, que supuso la eliminacin de los movimientos sociales y el abandono de propuestas democrticas ms amplias como, snif, la democracia econmica. El abandono, vamos, de lo que haba sido la izquierda del interior en los ltimos aos del franquismo.

Puede ser una metfora, pero los inmediatos choques del franquismo con la cultura choques cotidianos, con impresionantes puntas de violencia, como pas con la bomba de El Papus (1977), el consejo de guerra a Els Joglars (1978), y el prealquitranado y preemplumado de La benemrita a Pilar Mir por El crimen de Cuenca (1979) se producen sin ningn partido que defienda a las vctimas, es decir, que defienda el oficio de las vctimas. En 1981 la desactivacin de la cultura es tan grande que ya no se dispone de otra lectura del 23-F que la facilitada por el Estado y por su ms alto representante, situacin en la que, por otra parte, seguimos esta maana a primera hora. El proceso de desactivacin est finalizado y equipado de serie para el referndum de la OTAN (1986), cuando aquel oficio que se enfrentaba al poder sin defensa desde 1977, ya ha cambiado de oficio, de manera que ya est completamente alineado con el poder. El paradigma cultural, para entonces, es otro. La cultura, sea lo que sea, consiste en su desactivacin, es decir, en crear estabilidad poltica y cohesin social. Trabaja, en fin, para el Estado, el nico gestor de la estabilidad y de la desestabilidad desde 1978.

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Una cultura vertical

Bsicamente, la relacin del Estado con la cultura en la CT es la siguiente: la cultura no se mete en poltica salvo para darle la razn al Estado y el Estado no se mete en cultura salvo para subvencionarla, premiarla o darle honores. Parece una relacin civilizada, de padres divorciados pero enrollados. Pero es, bsicamente, una relacin intrnsecamente violenta. Vemoslo por partes:

a) La parte de la cultura. Un objeto cultural es reconocido como tal, y no como marginalidad, siempre y cuando no colisione con el Estado. Aqu es preciso sealar que la zona de no colisin es amplsima, mientras que la zona de colisin es reducida. Lamentablemente, esa zona de colisin consiste en lo problemtico, el punto en el que se ha producido la cultura europea de los ltimos trescientos aos. Por eso mismo, en la CT desaparecen todos los productos culturales problemticos. El resultado es la produccin de miles y miles de productos aproblemticos en todas sus modalidades: social, poltica, s, pero tambin formal y esttica; la belleza, si se fijan, es absolutamente, snif, problemtica en muchos de sus tramos; concretamente, en los ms bellos, si me fuerzan.

b) La parte del Estado es complementaria a esa brutalidad. Con su dinero, sus premios, sus honores, facilita la cosa y ahorra tiempo, al decidir lo que es cultura o no. Curiosamente, en ese trance, el Estado y la cultura coinciden de nuevo en que no es cultura lo problemtico. El castigo a la persona que apuesta por lo problemtico es diferente al que recibira en Corea del Norte, otro pas cuya cultura y Estado coinciden. Consiste en la marginalidad. Ese castigo, por otra parte, no lo ejerce el Estado, lo ejerce la cultura. Por ejemplo, en los medios, que evitan hablar de productos no considerados culturales bajo esa perspectiva/ no premiados /no subvencionados /no cohesionadores /problemticos.

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El castigo a la persona que apuesta por lo problemtico

es diferente al que recibira en Corea del Norte, otro pas cuya cultura

y Estado coinciden. Consiste en la marginalidad. Ese castigo,

por otra parte, no lo ejerce el Estado, lo ejerce la cultura.

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Otra similitud entre Corea del Norte y Espaa, ahora que caigo, es el rol propagandstico de la cultura. La cultura, as descrita, es una gigantesca mquina propagandstica de manera activa, o piando; de manera pasiva, o hablando sobre la nada de un sistema poltico: el sistema democrtico espaol, nico receptor de cero crticas en la CT. El ms y mejor del mundo mundial, que ha sabido sortear con responsabilidad y madurez un difcil reto que bla, bla, bla. La CT es, pues, una cultura vertical, emitida de arriba hacia abajo y que modula toda la cultura espaola que quiera serlo. El carcter propagandstico de la cultura espaola actual es tal que, de hecho, la CT es la gran cultura europea que carece de crtica. No hay posibilidad de criticar es decir, de someter a problematizacin un objeto, nacido, por otra parte y comnmente, con la esperanza de no problematizar nada, pero es que nada. De la misma manera que no hay posibilidad de someter a crtica una novela sobre la Guerra Civil con falangistas buenos, una novela repleta de sentimientos buenos y cohesionadores, una pelcula de Almodvar o un disco de un cantautor chachi, se carece de herramientas para emitir crtica ante un discurso poltico o un fenmeno social. O, lo que es lo mismo, el nico ideal crtico posible en la CT es su aproximacin o lejana a la CT. Cerca es bueno; lejos no es cultura.

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S, pero

El lector avispado, no obstante, puede tener algn reparo ante la descripcin plis-plas de la CT que les he facilitado en el anterior apartado. No se vayan, que intentar pelarme todos sus reparos. Reparo 1: Lo que usted dice no es ms que el concepto de superestructura, pasado por Adorno y a lo largo. No. Las estructuras polticas y econmicas intentan modular la cultura para eliminar la explicitacin de contradicciones. Pero esa modulacin es menos activa y acostumbra a tener menos participacin poltica de instituciones que en la CT. La CT es una aberracin poltica y definitivamente espaola. Reparo 2: Lo que usted dice es lo que ha ocurrido en Occidente desde 1968: la desactivacin de la cultura y su conversin en ocio y mercado. No. En Francia, pongamos, la cultura, en efecto, fue desactivada con posterioridad al mayo francs. Fue una desactivacin interna. La cultura decidi ser ldica y ver en ello un xito evolutivo. Aqu, la desactivacin sucedi fuera de la cultura. En el Estado. Aqu el Estado realiz la meditacin, y no la cultura. El punto fundacional de la CT es, precisamente, el momento en el que la cultura deja de emitir meditaciones sobre s misma. Reparo 3: Lo que usted describe es la suplantacin progresiva de la cultura por el mercado, un fenmeno mundial. No. La cultura de mercado ha supuesto siempre una posibilidad cultural en la cultura de masas. En la CT, si se fijan, se produce, en cierta manera, an poca cultura de mercado, es decir, poca cultura internacional, exportable, atenta a los gustos internacionales del mercado. Se produce, en todo caso, una gran cantidad de productos CT, que y ahora pienso en la serie literaria intensifican la adhesin, la estabilidad y la desproblematizacin conceptos polticos absolutamente locales e inexportables, por encima de los criterios de mercado al uso. Los grandes xitos de la literatura CT, por ejemplo, son inexportables. Su nica funcin y su nica vida es local. No es lo mismo Cercas o Muoz Molina CT que Ruiz Zafn o Prez-Reverte el mercado. Un consumidor de libros de mercado internacional se quedara pajarito con unos y satisfara la inversin de su compra con los otros. Reparo 4: Usted de lo que habla es de la muerte del compromiso. No. Hablo de la muerte de la problemtica y de una cultura cuyos intelectuales estn absolutamente comprometidos, contra lo problemtico y con el Estado, de manera que en la cultura solo optan por los temas que el Estado propone. Hablo, en fin, de la posibilidad de hablar sobre ese compromiso. Muy vivo, por otra parte. Reparo 5: Usted habla de teoras conspirativas. No. Hablo de todo lo contrario. De algo que se ve por todas partes y en rgimen de cotidianidad, no de excepcionalidad. Hablo, vamos, de cultura. Incluso las culturas verticales, como la CT, carecen de un despacho del Doctor No que lo centralice todo. Una cultura, en ese sentido, es un despacho al aire libre. Hablo de la posibilidad de describir ese despacho. Hablo de la posibilidad de hablar de lo que ocurre cotidianamente, en un da normal formulado por la CT.

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Descripcin de un da normal segn la CT

El 11-M de 2004 fue, de hecho, un da normal para la CT. Su originalidad es que, a travs del funcionamiento de la cultura a lo largo de ese da y los siguientes, se puede observar cmo funciona una cultura vertical, cuya razn de ser es la creacin de cohesin y propaganda. Ese da, antes de las 8.00, explotaron varias bombas en la estacin de Atocha. La autora del atentado fue, en un principio, confusa. Los medios y corresponsales extranjeros, usuarios de otra cultura, acabaron con esa confusin sobre las 12.00, hora en la que, amparados en sus respectivas culturas y en el mtodo periodstico (observacin de la realidad + control del poder), atribuyeron el atentado a una firma diferente a la propuesta por el Estado. Los medios espaoles mantuvieron la opinin gubernamental al respecto no solo a lo largo de ese da una opcin que orienta hacia una aberracin cultural, sino a lo largo de tres das ms. S, en aquella ocasin hubo despacho del Doctor No. El presidente espaol llam personalmente a varios directores de diario para intensificar su propia tesis frente a los atentados. Pero tambin recibieron ese tipo de llamadas diversos corresponsales extranjeros, que no dieron ningn crdito a las consignas recibidas. Sus culturas y sus cdigos profesionales estaban equipados para desactivar ese tipo de llamadas, para no participar en ningn ejercicio de cohesin. El hecho de que un presidente de Gobierno llame a un diario, por otra parte, es algo impensable en el resto de las grandes culturas occidentales, como el hecho de que una llamada as pueda cambiar la primera plana de un diario sin caer en la patologa.

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El hecho de que un presidente de Gobierno llame a un diario,

es algo impensable en el resto de las grandes culturas occidentales,

como el hecho de que una llamada as pueda cambiar

la primera plana de un diario sin caer en la patologa.

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Los medios, esa amplia regin de la cultura, hicieron, pues, lo que deban, lo que su cultura consideraba su deber. Los accesos a la informacin de aquellos das tambin se ajustaron absolutamente a un modelo cultural que todo el mundo tena formulado en su cabeza. Las firmas optaron por la inquebrantable adhesin a las tesis del rgimen, vociferndolas y amplindolas, y pidiendo unas acciones gubernamentales precisas que, por otra parte, eran las mismas que intentaba ofrecer el Gobierno. El grueso informativo, y algunas pocas firmas, optaron por la otra postura que ofrece la CT si no quieres salirte de ella: no se alinearon con las tesis duras del Gobierno, pero apostaron por la opcin aproblemtica: apostaron por una lectura sentimental del asunto, a travs de las biografas de las vctimas y del dolor como tema.

La CT, aquellos das, demostr si omitimos la participacin del Doctor No; y si no la omitimos, pues tambin cmo funciona cada da, cmo gestiona la realidad, cmo dibuja los marcos. Distribuyendo las tesis gubernamentales, optando por las vas de investigacin en este caso, literalmente propuestas desde arriba y, cuando no hay muchas ganas, no hablando de todo lo contrario, sino del tema propuesto desde sus puntos de vista menos problemticos. Curiosamente, despus de aquel festival, solo abandon la direccin de un diario local un director de un diario de derechas. Lo que puede orientar sobre quin se mueve ms y mejor en el agua en la CT, y cul es el futuro de la CT.

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La CT y su primo el de Zumosol

Posiblemente, la nica evolucin interna de la CT a travs de los ltimos treinta y pico aos se ha producido a travs de los dos grandes partidos espaoles, es decir, a travs de las dos nicas opciones que pueden ser poder y pueden administrar, desde arriba, la CT. Ambos partidos comparten la observacin de la CT como el paradigma cultural espaol natural, capaz de superar los yuyus del pasado. Ven sus funciones verticalidad, cohesin, desproblematizacin no solo como deseables, sino como muy satisfactorias. Las ecuaciones menos arriesgadas proceden, empero, de la izquierda.

La sensacin es que el PSOE e, incluso, IUve la relacin entre cultura y Estado que forja la CT como un triunfo de las izquierdas. La pregunta del milln debe el Estado ofrecer cultura a los ciudadanos? no solo no se formula desde la izquierda de la Transicin, sino que en un momento en el que esas izquierdas emiten serias dudas sobre si el Estado debe o no ofrecer sanidad o educacin, no existe duda de que debe ofrecer cultura. Es ms, en diciembre de 2011, cuando exista el rumor de que el nuevo Gobierno del PP iba a eliminar el Ministerio de Cultura un ministerio importante para la CT y un rumor muy improbable de verse realizado en una cultura vertical, se empezaron a modular ecuaciones por parte de intelectuales del PSOE en las que se defenda la existencia del ministerio en tanto se vinculaba la CT a la industria cultural. Esta ecuacin (CT = industria cultural), limitada, pueril, es la formulacin ms al lmite que ha realizado la izquierda en ms de tres dcadas. Algo inquietante si pensamos que la derecha espaola est viviendo una revolucin creativa absoluta, ampliable a su propia interpretacin de la CT.

Desde los aos noventa, la FAES y los think tanks del Republican Party empezaron a intercambiar lenguaje. El resultado es una derecha espaola por primera vez no vinculada al lxico o al imaginario franquista. Es, lo dicho, una derecha revolucionaria es decir, poseedora de un lxico revolucionario y de una misin revolucionaria que utiliza un vocabulario rampante con palabros como libertad, derecho o Constitucin cada dos segundos, y modulaciones, snif, libertarias del discurso poltico para explicar polticas reaccionarias y ultraliberales. La nueva derecha, obviamente, utiliza los mecanismos de la CT esa cultura vertical que naci para imponer tesis gubernamentales para expandir la normalidad de un discurso histricamente anormal. Por otra parte, el PP en el exilio el PP que no gobern en los primeros aos del siglo XXI ha realizado proezas culturales llamativas, como la creacin de empresas culturales para emitir su lectura de la CT incluso en perodos de oposicin, la experimentacin en redes sociales e internet o, y esta es la ms notoria, la capacidad de enfrentarse a la CT esa cultura gubernamental, que no se puede emitir cuando no eres gobierno mediante una nueva formulacin de la CT, ms agresiva Cultura Brunete?, que rapta y depura ms an la edad de oro de la Transicin, la sita ms a la derecha y hace de ella el elemento a partir del cual elaborar el ideal que debe seguirse para, posteriormente, construir la verticalidad, la propaganda y la cohesin tpicas de la CT.

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Hay un futuro en todo este pasado?

La sensacin es que el futuro de la CT est asegurado por una izquierda que no ve en la cultura de los ltimos treinta y pico aos nada patolgico, y una derecha que ve en la cultura de los ltimos treinta y pico aos un buen recurso para realizar polticas novedosas y agresivas en este cambio de poca, una poca y un cambio que se dibujan por la preeminencia del mercado financiero frente al Estado, la disolucin o, al menos, un cambio riguroso del Estado del bienestar y la degradacin del sistema democrtico, reducido a la eleccin de representantes que acometen una sola poltica o, al menos, una poltica muy determinada por el pago de deuda; el capitalismo, en fin, est pasando a ser un sistema que, ms que explicarse por el consumo, se est empezando a explicar por el pago de deuda. La CT, la capacidad de lanzar mensajes verticales, de delimitar las problemticas, de encauzar la cohesin, la capacidad de que, en fin, el Estado sea el motor de la cultura, del establecimiento de marcos y puntos de vista, es un chollo espaol para realizar, con cierto relajo y xito, esa violentsima transicin.

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La sensacin es que el futuro de la CT est asegurado

por una izquierda que no ve en la cultura

de los ltimos treinta y pico aos nada patolgico.

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En ese contexto de control cultural, resultan excitantes objetos como el 15-M. Un objeto difcil de explicar, pero que, en todo caso, es otro paradigma cultural, una visin de la cultura y de la democracia no tutelada por la CT. Lo que, a su vez, y visto lo visto, supone un pequeo milagro cultural. Es lo no CT. Es el nacimiento de lo no CT. Lo no CT supone la oportunidad de establecer una cultura no centralizada, que no participe en la estabilidad de ningn proyecto poltico ni de ningn Estado. Consiste en devolver a la cultura su capacidad de arma de destruccin masiva, de objeto problemtico, parcial y combativo, su capacidad de solo ser responsable ante ella misma y no responsable de la estabilidad poltica de ningn sitio. Igual que un Estado puede contener diferentes sociedades algo que no acaba de comprender la CT, una sociedad puede tener diversas culturas algo que, definitivamente, no entiende la CT. Lo no CT es la posibilidad de miles de culturas horizontales. Lo no CT es la posibilidad de robarle al Estado el monopolio cultural. Algo que, de hecho, sucedi hace un ao, con el nacimiento del 15-M ese objeto problemtico, al que le importa un pito la cohesin, las identidades y que parece querer discutir temas que la cultura de las tres ltimas dcadas no puede ni identificar, un fenmeno imposible de ser descrito o, incluso, comprendido a partir de la CT. El combate cultural ha empezado, posiblemente, por aqu abajo. Bienvenidos a l.

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CT O LA CULTURA DE LA TRANSICIN

Carlos Acevedo, Pep Campabadal, Colectivo Todoazen, Jordi Costa, Ignacio Echevarra, Amador Fernndez-Savater, David Garca Aristegui, Irene Garca Rubio, Beln Gopegui, Vctor Lenore, Carolina Len, Isidro Lpez, Guillem Martnez, Ral Minchinela, Pablo Muoz, Silvia Nanclares, Miqui Otero, Carlos Prieto, Gonzalo Torn y Guillermo Zapata

DEBOLSILLO



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