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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-06-2012

La repblica de latn y la abstencin activa

Manuel Cabieses Donoso
Punto Final


Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor/ ignorante,
sabio o chorro,/ generoso o estafador....
Cambalache, tango de Enrique Santos Discpolo, 1934.


Una onda republicana recorre la poltica chilena. Aunque nadie ignora que el ltimo republicano -y heroico defensor de sus instituciones- fue el presidente Salvador Allende, ahora debemos soportar que cualquier politicastro de derecha, centro o Izquierda se proclame republicano con impdico olvido de su pasado o de su complicidad con la actual repblica oligrquica. Los que slo ayer pisotearon la repblica, la Constitucin y sus leyes y que apoyaron el terrorismo de Estado, hoy se dicen republicanos hasta los tutanos. Este sbito fervor republicano permite a oficialismo y oposicin habilitar un terreno comn -deslavado de posiciones ideolgicas e intereses de clase- para proteger sus canonjas corporativas y particulares.
Esta grotesca devocin republicana huele peor que el chiquero de Freirina, porque su origen est en el miedo. En efecto, la protesta social -que no termina de expresarse de una u otra manera- ha puesto a temblar la institucionalidad heredada de la dictadura. El miedo a perder sus privilegios impulsa a los partidos a un republicanismo que disfraza su complicidad con la institucionalidad que los amamanta (Vivimos revolcaos en un merengue/ y en el mismo lodo/ todos manoseados, Discpolo dixit).

Esos partidos saben que su existencia clientelar est uncida a la institucionalidad y al modelo econmico engendrados por la dictadura militar-empresarial. La institucionalidad que hoy defienden tirios y troyanos es una amalgama poltica, social, econmica y cultural concebida para resistir durante siglos. Sin embargo, est en peligro porque el pueblo despert, comienza a reclamar sus derechos y exige justicia social. Y adems, porque la crisis capitalista ha llegado a la ribera de la economa ms abierta del mundo.
Las solemnes actitudes republicanas de figurines de nuestra poltica, sin embargo, convencen a muy pocos. Para la mayora est claro que vivimos en una repblica con fundamentos tan dbiles como la cola de una lagartija. Sus cimientos no son del hormign que proporciona la soberana del pueblo en plebiscito libre e informado. Los fundamentos de nuestra republiqueta son de un material dctil y maleable que elaboraron las fuerzas armadas, los grupos econmicos y los juristas y polticos a su servicio. En la prctica, es la oligarqua militar-empresarial de los 80 la que sigue gobernando. As se demostr durante los gobiernos de la Concertacin, que maximizaron las ganancias del empresariado y de las transnacionales, mantuvieron lo esencial de la Constitucin -incluyendo el antidemocrtico sistema electoral-, acentuaron la desigualdad con polticas ms injustas que las de la dictadura, gasearon, empaparon y apalearon las protestas callejeras y quitaron la vida a una veintena de manifestantes, sobre todo mapuches y trabajadores.

Por eso, lo que hoy el pueblo reclama no son los compromisos de gobernabilidad del puado de tribunos que mantienen secuestradas las facultades de los ciudadanos. La exigencia es rotunda: una Asamblea Constituyente que elabore una nueva Constitucin Poltica y la someta a la aprobacin del pueblo soberano. Tambin exige cambiar el modelo econmico y social, abandonar la economa de mercado que multiplica la desigualdad y adoptar otro sistema -para nosotros el socialismo-, que permita atender derechos bsicos de los ciudadanos como educacin, salud, vivienda, trabajo y salario digno, abriendo vas de participacin efectivas en las decisiones nacionales, regionales y locales.

Mientras estas demandas no sean resueltas, la crisis institucional seguir profundizndose. La pose republicana no oculta las vergenzas de unos partidos incapaces de asumir la crtica ciudadana y que han tomado un camino que los lleva a la descomposicin. Una muestra elocuente de su atona es la decadencia de la centroizquierda, que ahora amenaza arrastrar al Partido Comunista. La Democracia Cristiana y el Partido Socialista, otrora partidos de masas y hoy cada vez ms reducidos, se encaminan a la insignificancia poltica y social. Traen a la memoria la suerte corrida en Venezuela por sus partidos hermanos, Copei y Accin Democrtica, que en alegre compadrazgo gobernaron durante cuarenta aos. Ambos partidos representan hoy apenas el 1,5% y el 3,8%, respectivamente, en un panorama electoral hegemonizado por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) con el 45,8% y el liderazgo del presidente Hugo Chvez -que cuenta con el 60% de la intencin de voto para la prxima eleccin-.

Por supuesto la decadencia de los partidos no significa la eliminacin del concepto de partido como nucleamiento voluntario de hombres y mujeres que comparten un ideario y un programa de accin. La necesidad de unir, crear conciencia y vnculos de solidaridad para hacer coherente la accin colectiva, se impondr siempre sobre la accin individual y la dispersin orgnica. Por desgracia, aunque se han hecho varios esfuerzos -sin duda a destiempo e insuficientes-, no se ha logrado crear en Chile el instrumento poltico que, actuando desde el movimiento social, levante una alternativa poltica. Los fracasos fueron por imitar a los partidos en crisis en vez de construir una corriente de opinin distinta que sirviera de sustento a un movimiento amplio poltico-social. Se eligi el camino fcil pero equivocado de buscar la legalizacin e intentar la captura de una cuota de votos que permitiera participar en la desprestigiada institucionalidad. Esto abort los intentos de crear una alternativa poltica por arriba y aument la dispersin.

La Izquierda necesita dotar de un horizonte poltico a la protesta social. De sus entraas surgirn el movimiento -y ms adelante el partido- que se encargue de las responsabilidades que el siglo XXI plantea al socialismo de nuestro tiempo: la defensa de la Humanidad y del planeta, de la democracia participativa y de las libertades democrticas. Experiencias como las del MAS en Bolivia, el Movimiento PAIS en Ecuador o el PSUV en Venezuela, o el del Frente de Izquierda en Francia y Zyrisa en Grecia, estimulan la imaginacin de la Izquierda contempornea. Es tiempo de emprender la tarea de superar el retraso debido al espejismo que provoca la institucionalidad sobre muchos sectores de la Izquierda chilena.

Vivimos un periodo favorable para levantar una alternativa de Izquierda, nucleadora de movimientos sociales, que, por cierto, es la nica perspectiva que asegura el cambio democrtico de una institucionalidad en crisis que puede volcarse hacia salidas de extrema derecha. Pero esto es un proceso y no un acto de voluntad de un grupo bien inspirado. Se trata de ganar la hegemona en el amplio espacio de las conciencias, lo que Fidel Castro ha llamado la batalla de las ideas. Desde luego es imposible presentar una alternativa de estas caractersticas para las elecciones municipales del 28 de octubre. En cambio tendra xito un gesto ciudadano como la abstencin activa. Abstenerse en estas elecciones y redoblar la protesta social seran un castigo a la institucionalidad y a los partidos que trabajan para mantenerla. Y quizs sea el impulso que falta para levantar la alternativa de la Izquierda y de los movimientos sociales.


Editorial de Punto Final, edicin N 759, 8 de junio, 2012

www.puntofinal.cl


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