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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-07-2012

Por la autogestin y la desmercantilizacin

Carlos Taibo
Rebelin


Dentro del movimiento del 15 de mayo --y dentro de otras muchas iniciativas-- hay, si as se quiere, dos grandes posiciones. La primera entiende que el cometido principal del movimiento estriba en elaborar propuestas que se espera sean escuchadas, en un grado u otro, por nuestros gobernantes. La segunda, muy diferente de la anterior, aspira, antes bien, a crear espacios de autonoma en los cuales procedamos a aplicar reglas del juego diferentes de las que nos impone el sistema que padecemos. Y a hacerlo, por aadidura, sin aguardar nada de esos gobernantes que acabo de mencionar.

Mi impresin es que la segunda de las posiciones ha ido ganando terreno en el 15-M. No se olvide al respecto que el panorama general en lo que hace a ganancias de la mano de la primera de las perspectivas enunciadas es manifiestamente desalentador. Claro que no slo se trata de eso: hora es sta de recordar que en una de sus matrices principales el movimiento del 15 de mayo naci, un ao atrs, al amparo de un propsito expreso de cuestionar un sistema seudodemocrtico en el que al cabo, y de siempre, son los grandes poderes econmicos los que dictan las reglas del juego. Sobre esa base estaba servida la conclusin de que, aun siendo comprensibles las demandas de reforma de ese sistema que formulaban muchos sectores del 15-M, la inercia del movimiento conduca muy a menudo a lo que caba entender que era una apuesta por la construccin de un orden distinto y plenamente autnomo.

No est de ms que proponga dos ejemplos que permiten perfilar el escenario de la discusin. El primero remite a la muy extendida peticin, que algunos asimilan sin ms con el 15-M como si una y otra realidad se solapasen, de reforma de la ley electoral. Supongamos, que es mucho suponer, que los dos grandes partidos aceptan la reforma en cuestin y que sta tiene un perfil saludable. Qu cambios profundos cabe augurar que se derivaran de ello? La posibilidad de que PP y PSOE perdiesen una parte, sin duda menor, de los escaos de los que hoy disfrutan en el parlamento, modificara sustancialmente la realidad que palpamos en estas horas? No es lamentablemente ingenuo suponer que una reforma de la ley electoral va a resolver alguno de nuestros problemas principales?

El segundo ejemplo que me interesa rescatar es el de la propuesta de creacin de una banca pblica. No se trata ahora de discutir el buen o mal sentido de tal propuesta. Se trata de preguntarse, antes que nada, cunto tiempo podemos aguardar para que se perfile esa frmula de banca. Lo dir con un punto de irona: cunto tiempo habr de transcurrir para que Izquierda Unida cuente con 150 representantes en el Congreso de Diputados? Podemos permitirnos esperar hasta entonces o, como me temo, los deberes son mucho ms acuciantes e imperativos? Mal haramos en olvidar que la gestacin de una banca pblica reclama inexorablemente del concurso de partidos, parlamentos y leyes, o, lo que es lo mismo, exige el beneplcito de fuerzas polticas y de grupos de presin que apuestan con descaro, apoyados en las mayoras, por otros horizontes. Y ojo que no cabe en modo alguno descartar que populares y socialistas acaben por perfilar una banca pblica con cometidos bien diferentes de los que, cargados de respetables buenas intenciones, pretenden asignar a aqulla nuestros economistas socialdemcratas de bandera.

Ante el panorama que acabo de mal retratar de la mano de los dos ejemplos propuestos, no es mucho ms hacedero y realista el proyecto que nos invita a construir desde abajo un mundo --unas relaciones econmicas y sociales-- nuevo y desmercantilizado? No estoy hablando, por lo dems, de un proyecto etreo. Las realidades correspondientes ya estn ah. Pienso en los grupos de consumo que han proliferado en tantos lugares, en las perspectivas que surgen de las cooperativas integrales, en las ecoaldeas e instancias similares, en los bancos sociales que rehyen el lucro y el beneficio o, por cerrar aqu una lista que bien podra ser ms larga, en el incipiente movimiento que plantea el horizonte de la autogestin por los trabajadores en el caso de muchas empresas amenazadas de cierre. En todas estas iniciativas lo que despunta es un esfuerzo encaminado por igual a rechazar la delegacin del poder en otros y a alentar la prctica de la socializacin sin jerarquas, las ms de las veces sobre la base de postulados antipatriarcales, antiproductivistas e internacionalistas. No empiezan a acumularse los argumentos para sostener que el viejo proyecto libertario de la autogestin generalizada es, no sin paradoja, mucho ms realista que aquel otro que, al amparo de la vulgata socialdemcrata de siempre, todo lo hace depender de partidos, leyes y parlamentos?

A menudo me encuentro a personas que, con argumentos respetables, subrayan que las dos opciones a las que me refiero en este texto no son incompatibles. Lo aceptar de buen grado: no tengo por qu concluir, en particular, que quien legtimamente pelea por reformar la ley electoral es hostil a la gestacin de espacios de autonoma no mercantilizados (y viceversa). Creo, sin embargo, que lo suyo es subrayar que esas dos opciones no slo remiten a objetivos y mtodos diferentes: se materializan tambin en proyectos organizativos distintos.

Mientras en el primer caso el movimiento en que se concretan no es sino un instrumento al servicio de un proceso que debe discurrir fuera de l, en el segundo --el de los espacios de autonoma-- ese movimiento se convierte, de la mano de la asamblea, de la democracia directa y de la autogestin, en objeto con vida propia que, cabal y autosuficiente, no precisa de representaciones externas. De cara al futuro, y por su dimensin de demostracin de que es posible hacer las cosas de forma diferente, parece que esta ltima es una apuesta ms inteligente.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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