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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-07-2012

Reivindicacin de la deuda

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


De algn modo, el concepto de deuda ha organizado tradicionalmente todos los intercambios econmicos y simblicos en la mayor parte de las sociedades histricas conocidas. Vinculado a la idea de deber u obligacin (a partir del latn debitum), su forma masculina es deudo, trmino que designa a los miembros de una misma familia o parientes. La relacin de parentesco, y de manera particular la relacin paterno-filial, delimita, en efecto, el mbito tradicional de las obligaciones recprocas y el modelo molecular de un vnculo crediticio de desigualdad sin equilibrio posible: los hijos estn en deuda permanente con los padres y por eso estn obligados a compensar sus desvelos y cuidados prestndoles obediencia y atenciones hasta su muerte. Este modelo, extrapolado a los otros campos, ha acabado por legitimar toda clase de relaciones desiguales de poder. Fuentes fraudulentas de centralizacin y distribucin de todos los bienes, los amos, los patrones y los reyes se han presentado siempre como acreedores de una deuda imposible de satisfacer: los esclavos adeudan su vida, los asalariados su trabajo, los sbditos el conjunto de sus propiedades materiales y simblicas.

Si interpretamos la deuda no como el gesto decisivo -el de la moral en una encrucijada angustiosa- sino como la bsqueda de una reciprocidad inalcanzable, podemos afirmar que la deuda es el eje mismo de la regulacin social. Cada ceremonia, cada intercambio, cada reconocimiento del otro, dentro o fuera del mercado, se basan en esta tentativa de establecer una equivalencia siempre inestable y siempre aplazada en el tiempo. En todo momento, en el amor y en los negocios, estamos en deuda con alguien, y todos nuestros gestos estn encaminados a restaurar un orden ideal de equilibrio cuya consumacin, paradjicamente, entraara la disolucin de todos los vnculos. Los enamorados permanecen en deuda el uno con el otro mientras se aman; y el fin de todas las obligaciones es el fin mismo de la relacin. Incluso el regalo, como demostr Mauss en su famoso ensayo de 1925, desencadena un mecanismo infinito de devoluciones a gran escala que, en algunas sociedades del Pacfico, era inseparable del funcionamiento de las instituciones culturales: el matrimonio, las alianzas polticas, las solidaridades de grupo. Una sociedad no es ms que el conjunto integrado y completo -en un momento determinado- de las relaciones cruzadas entre acreedores y deudores; por eso, como revelan las utopas religiosas, la condonacin de todas las deudas (perdnanos, seor, nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores) slo puede situarse fuera del tiempo, en un universo post-social sin desigualdades y sin emociones.

El modelo histrico que ha identificado don, deuda y culpa es el de las religiones monotestas y particularmente el del cristianismo. Al pecado original que nos expuls del paraso se aade luego la deuda eterna frente al regalo de Cristo, que dio su vida -sin equivalente posible- por unas criaturas que adems no lo merecan. Ni nuestra existencia biolgica ni la salvacin de nuestra alma nos pertenecen y, si Dios puede reclamarnos ambas en cualquier momento, su sacrificio nunca ser suficiente para saldar la deuda contrada. En este sentido, el cristianismo no hace sino llevar al extremo, desplazndola fuera del mundo, la lgica del contrato social, que es en s misma religiosa (religio: vnculo y tambin escrpulo y delicadeza).

La crtica de Marx a la sociedad capitalista sigue movindose en el mbito de la deuda y su denuncia de la religin sigue teniendo un fondo felizmente religioso. Toda la actividad terica de la Ilustracin consisti, no en negar el vnculo crediticio, sino en presentarlo en el orden correcto: son los amos, los patrones y los reyes los que estn en deuda con los esclavos, los asalariados y los ciudadanos, de los que proceden, mediante el trabajo, los bienes que convierten en digna la vida de un ser humano. Pero todos, al mismo tiempo, estamos en deuda -no con Dios- con la Naturaleza, verdadera fuente de toda riqueza (como escriba Marx), la cual adems no es Padre sino Madre, desplazamiento de gnero que invierte tambin la lgica del deudo: los nios no adeudan nada a sus parientes sino que los nios mismos se convierten en objeto de una religin; es decir, de un vnculo y una delicadeza. La sociedad socialista, porque es sociedad y no utopa mstica, es tambin un conjunto de relaciones entre acreedores y deudores, con un equilibrio imposible siempre aplazado en el tiempo, pero definido institucionalmente a partir del regalo y del amor -aunque se viva da a da, a nivel individual, en el egosmo y la indiferencia.

Un autor italiano, Maurizio Lazzarato, ha escrito recientemente un libro de mucho xito, La fbrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condicin neoliberal, en el que trata de demostrar que el sujeto de las sociedades capitalistas avanzadas est configurado en su conciencia misma por la maquinaria infinita de la deuda econmica, causa y consecuencia de la crisis financiera. Creo que se equivoca completamente. En las sociedades clsicas la deuda econmica formaba parte de un bastidor de fibras y cadenas, algunas muy crueles y casi todas engaosas, en el que, en todo caso, los seres humanos se sentan obligados en el tiempo; en las economas capitalistas, la deuda financiera, que deja a los ciudadanos en paro, sin cuidados sanitarios o al borde de la muerte, discurre en paralelo a los moldes de construccin del deseo y la imaginacin. La deuda pertenece al mundo antiguo; y pertenece tambin al de la modernidad que lo criticaba y trataba de transformarlo. Pertenece, en todo caso, a un universo antropolgico que, al menos en los grandes centros urbanos capitalistas, ya no existe. El empleado de Madrid que pidi un crdito hace 15 aos para comprar una casa y que hoy se ha quedado sin empleo y est amenazado de desahucio no mantiene con el banco la relacin que mantena un prisionero por deudas del Londres de 1835 con su acreedor; tampoco la que mantena un sbdito encerrado en la Bastilla con su monarca o la que mantena un monje carmelita en 1570 con su Dios. No hay hombres endeudados en occidente sino -como dira Zygmunt Bauman- consumidores fallidos. Durante los ltimos cincuenta aos los europeos no han formado su conciencia ni en la iglesia ni en la fbrica ni en el parlamento, pero tampoco en el banco; la han formado en el mercado, donde no hay deudas sino mercancas y donde -para la minora que puede especular con ttulos y obligaciones- la deuda misma es una mercanca; es decir, una fuente inmediata de ganancias o de prdidas. Los sujetos, en definitiva, no se miden a s mismos por lo que deben sino por lo que todava pueden obtener con un billete o una tarjeta de crdito o por lo que podran obtener de poseer una.

El concepto de deuda implica, como hemos dicho, la idea de obligacin en el tiempo, de compromiso temporal con el otro, de bsqueda imposible de un equilibrio. Ninguna de estas cosas est presente en el mercado -ni en el de electrodomsticos ni en el de bonos basura. El dominio real o virtual del consumo sita al individuo fuera del tiempo, en un mundo mstico sin deudas ni vnculos ni culpas. Como la deuda, en cualquier caso, existe y la estamos pagando nosotros (y no los verdaderos deudores, que son nuestros acreedores) es probable que, a medida que se profundice la crisis, acabemos reparando en todo lo que nos han quitado y en todo lo que se nos debe. Y luchemos entonces para restablecer un mundo de deudores y acreedores, verdaderamente digno, en el que siempre adeudemos an, y nos adeuden, una caricia, un insomnio, una manzana, un libro.



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