Camino del consultorio advirtió que le dolían los pies, como si los zapatos fueran un número menos, maldita sea, y decidió tomar el autobús. Desde la ventanilla calculó que para ser principios de verano no había casi nadie en la calle, curioso, ayer mismo se cruzó con varias pandillas de adolescentes tramando aventuras, con algunos abuelos que paseaban en cada mano una jaula para que sus pájaros tomaran el Sol, y un salto tuvo que dar para que aquella joven de cuerpo fibroso , distraída y silbando, no se le echará encima con su bicicleta.
La sala de espera, en cambio, para ser jueves estaba ya colmadita, y la enfermera le miró como diciendo, ─maldita sea, hoy tendremos un día terrible. Los dos primeros pacientes mostraron síntomas similares que su experiencia le ayudó a diagnosticar. Y ya no hizo pasar al tercero, sino que se subió a una de las sillas de la sala y explicó:
─ Quienes de ustedes escucharon ayer las noticias de los recortes, vieron en televisión a la policía apalear a las gentes de la marcha minera o se enteraron que en Cuenca se cierran más de cuarenta escuelas rurales, sufren una depresión aguda y yo, malditos sean, no sé curarla.
Gustavo Duch GuillotRebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.