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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-07-2012

El 15-M y los mineros

Carlos Taibo
Rebelin


Aunque, como el personaje de Melville, hubiera preferido no hacerlo, vuelvo sobre la disputa que, a los ojos de algunos, habra enfrentado al 15-M y al movimiento minero. Lo hago para salir al paso de un puado de opiniones --unas aparentemente tranquilas, otras manifiestamente agresivas-- que en sustancia vienen a decirnos lo que sigue: como quiera que el 15-M era un movimiento que no estaba mal pero que, al cabo, resultaba blandito y posmoderno, han tenido que llegar los mineros para poner las cosas en su sitio y recordarnos que no puede ser sino la clase obrera de siempre la que seale el camino de la emancipacin. Si lo primero, lo del 15-M, me parece una dramtica distorsin de una realidad afortunadamente ms compleja, lo segundo, lo de los mineros, tiene todos los elementos de un genuino cuento de hadas.

Empezar, claro, por lo del 15-M. Y lo har subrayando que muchos de quienes entienden que se trata de un movimiento blando y posmoderno parecen extraer su informacin de los medios de incomunicacin del sistema. Bueno sera que dedicasen una maana a visitar asambleas populares, porque

--sospecho-- tendran que cambiar pronto de opinin. Lo primero que debo sealar al respecto es que en la mayora de los lugares, y a lo largo del ltimo ao, el 15-M ha experimentado un rpido y afortunado trnsito desde un proyecto que en origen era con frecuencia meramente ciudadanista a otro orgullosamente anticapitalista. No s que hay de posmoderno en uno de los lemas ms coreados en las manifestaciones del movimiento: el que reza se va a acabar, se va a acabar, se va a acabar la paz social. Tampoco s, por cierto, que hay de posmoderno en la defensa de los derechos de las generaciones venideras y en la contestacin de una economa de cuidados que cae en exclusiva a hombros de las mujeres.

Lo anterior no significa en modo alguno que falten los problemas en el 15-M. Uno de ellos, principal, es su muy precaria presencia en el mundo del trabajo. Pero ojo que aqu la realidad es, de nuevo, ms compleja que lo que retratan los fustigadores, destapados o encubiertos, del movimiento. Si en el momento inicial del 15-M haba una franca mayora de jvenes parados o precarios, la realidad que ha emergido al calor de las asambleas populares es muy distinta, con muchos trabajadores asalariados de por medio. Repito lo que ya s que a algunos compaeros no les gusta que diga: lo que ocurre a menudo es que esos trabajadores son quincemayistas de fin de semana o, lo que es lo mismo, se suman a las iniciativas del 15-M pero a duras penas trasladan la perspectiva de ste a los centros de trabajo. Estoy obligado a precisar, con todo, por qu percibo esto como una realidad nada afortunada: en el movimiento hay una asentada y extendida conciencia de que las cosas no discurren como debieran en el mundo del trabajo, y se considera, en paralelo, que ste no puede quedar al margen de la contestacin. Ojal, y en otras condiciones, el 15-M pudiese no tener que plantearse estos problemas: querra decir que los sindicatos que tenemos --que padecemos, dir alguno, y hablo ahora de los mayoritarios-- estn a la altura de las circunstancias. Las disputas correspondientes no han dejado de provocar heridas en el movimiento, en la forma ante todo de una colisin entre posiciones adanistas, que con argumentos tan respetables como cndidos estiman que el 15-M debe moverse en solitario en ese cenagoso terreno, y quienes piensan --me cuento entre ellos-- que hay que anudar lazos con el sindicalismo alternativo y resistente. Si se me permite aqu un comentario personal, agregar que el mundo sindical que considero, sin dogmatismos, que es el mo, el que configuran organizaciones como la CGT y la CNT, no se caracteriza precisamente ni por su blandura ni por sus guios posmodernos: a diferencia de otros, y sin ir ms lejos, ha dicho siempre no a todas las reformas laborales y a todos los pensionazos.

Voy ahora a por lo de los mineros. Lo primero que me siento obligado a recordar es que el 15-M ha estado, con claridad, a la altura de sus deberes. No creo equivocarme cuando afirmo que ha sido la primera instancia de cuantas se han entregado, sin cautelas, al apoyo y a la acogida de las marchas. En unos casos --intuyo-- porque los activistas pensaban que el movimiento minero bien puede ser un fermento de cambio radical en el mundo del trabajo; en otros porque desde hace un ao han decidido apoyar, sin dobleces, a quienes resisten frente a los recortes. Una vez certificado lo anterior, no negar que la protesta minera ha provocado disputas dentro del 15-M. Das atrs seal cules eran, a mi entender, los requisitos que debe satisfacer una lucha para que la hagamos nuestra en plenitud: 1. contestar la lgica de fondo del capitalismo (no se trata de remendar, sin ms, uno u otro descosido); 2. promover horizontes de autogestin que rechacen el orden de la propiedad, y de la exclusin, vigente; 3. colocar en su ncleo los derechos de las generaciones venideras, y respetar en paralelo los delicados equilibrios del medio natural; 4. encarar con radicalidad la marginacin material y simblica que, en todos los rdenes, padecen las mujeres; 5. asumir un carcter internacionalista y solidario, con conciencia clara de lo que ocurre en los pases del Sur, y 6. tener capacidad de expansin y atraccin hacia otros.

Me temo que si juzgamos la lucha de los mineros sobre la base de esos requisitos, el balance no es muy halageo. Nos hallamos tal vez ante una paradoja. Si en el pasado han menudeado los ejemplos de movimientos en los que la ambicin de los objetivos se vea lastrada por la cortedad de los medios, en el caso de los mineros nos hallamos justamente ante lo contrario: el coraje desplegado en los medios se ha visto contrarrestado por unos objetivos que en sustancia eran, llamativamente, los de la patronal del sector --que se preserven las subvenciones al carbn--, en ausencia dramtica de proyectos de autogestin --no ser un remedo de lo que han hecho en los ltimos treinta aos CCOO y UGT, que con recursos notables no han sido capaces de perfilar otra cosa que una agencia de viajes?--, con permanente desatencin de la cuestin ecolgica y con perspectivas muy reducidas de expansin a otros sectores. A los ojos de quienes dilapidan argumentos contra el 15-M, no significa nada, en este contexto, que la marcha que remat en Madrid la cerrasen esos dos tragarreformas laborales llamados Fernndez Toxo y Mndez? Creo que en estas condiciones el ejemplo redentor que algunos creen apreciar en la respuesta minera a las agresiones tiene un alcance limitado. Y no lo digo, en modo alguno, con contento. Ojal pudiese afirmar orgullosamente lo contrario.

Acabo con un mensaje ecumnico: rehuyamos las confrontaciones entre trabajadores y procuremos mejorar el registro de cada cual. Es una evidencia que el 15-M se tiene que poner las pilas para hacer lo que est de su mano en la tarea de trasladar al mundo del trabajo el horizonte anticapitalista que en la mayora de los casos defiende. Lo es tambin que el sindicalismo alternativo y resistente debe espabilar para configurar una alternativa real. Como lo es, en fin, que hay que hacer votos para que las bases de los sindicatos mayoritarios despierten de una vez por todas. Nadie sobra en la tarea de contestar unas agresiones que, con certeza, van a ir crudamente a ms. Pero esquivemos --todos-- los cuentos de hadas.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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