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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 31-07-2012

Los arribistas

Chris Hedges
Truthdig

Traducido del ingls para Rebelin por Germn Leyens


Los seres humanos ms inspidos hicieron posibles los mayores crmenes de la historia humana. Son los arribistas. Los burcratas. Los cnicos. Realizan las pequeas tareas que hacen que vastos, complicados sistemas de explotacin y muerte se conviertan en realidad. Recolectan y leen los datos personales reunidos sobre docenas de millones de nosotros por el Estado de seguridad y vigilancia. Llevan las cuentas de ExxonMobil, BP y Goldman Sachs. Construyen o pilotan drones areos. Trabajan en la publicidad y en las relaciones pblicas corporativas. Emiten los formularios. Procesan los papeles. Niegan cupones alimentarios a algunos y prestaciones de desempleo o cobertura mdica a otros. Imponen las leyes y las regulaciones. Y no hacen preguntas.

Bueno. Malo. Esas palabras no significan nada para ellos. Estn ms all de la moralidad. Existen para que funcionen los sistemas corporativos. Si las compaas de seguros abandonan a decenas de millones de enfermos para que sufran y mueran, que as sea. Si los bancos y los departamentos de alguaciles expulsan a familias de sus casas, que as sea. Si las empresas financieras roban los ahorros de los ciudadanos, que as sea. Si el gobierno cierra escuelas y bibliotecas, que as sea. Si militares asesinan nios en Pakistn o Afganistn, que as sea. Si unos especuladores de productos bsicos aumentan el coste del arroz, del maz y del trigo hasta que sean inasequibles para cientos de millones de pobres en todo el planeta, que as sea. Sirven al sistema. Al dios del beneficio y la explotacin. La fuerza ms peligrosa en el mundo industrializado no proviene de los que albergan credos radicales, sea radicalismo islmico o fundamentalismo cristiano, sino de legiones de burcratas annimos que trepan por la maquinarias corporativas y gubernamentales. Sirven cualquier sistema que satisfaga su pattica cuota de necesidades.

Esos administradores de sistemas no creen en nada. No conocen la lealtad. No tienen races. No piensan ms all de sus nfimos e insignificantes roles. Son ciegos y sorgos. Son terriblemente analfabetos, al menos respecto a las grandes ideas y modelos de civilizacin e historia humanas. Y los producimos en universidades. Abogados, tecncratas, especialistas empresariales. Gerentes de finanzas. Especialistas en tecnologa de la informacin. Consultores. Ingenieros petroleros. Psiclogos positivos. Especialistas en comunicaciones. Cadetes. Vendedores. Programadores. Hombres y mujeres que no saben de historia, que no saben de ideas. Viven y piensan en un vaco intelectual, un mundo de menudencias embrutecedoras. Son los hombres huecos de T.S. Eliot, los hombres rellenos, figuras sin forma, sombras sin color, escribi el poeta. Fuerza paralizada, ademn sin movimiento.

Fueron los arribistas los que hicieron posibles los genocidios, desde la exterminacin de los americanos nativos a la matanza de armenios por parte de los turcos, del Holocausto nazi a las liquidaciones de Stalin. Fueron los que mantuvieron en funcionamiento los trenes. Rellenaron los formularios y dirigieron las confiscaciones de propiedades. Racionaron los alimentos mientras los nios moran de hambre. Fabricaron las armas. Dirigieron las prisiones. Impusieron restricciones de viajes, confiscaron pasaportes y cuentas bancarias e impusieron la segregacin. Hicieron cumplir la ley. Hicieron su trabajo.

Arribistas polticos y militares, respaldados por especuladores con la guerra, nos han llevado a guerras intiles, incluida la Primera Guerra Mundial, Vietnam, Iraq y Afganistn. Y millones los siguieron. Deber. Honor. Patria. Carnavales de la muerte. Nos sacrifican a todos. En las ftiles batallas de Verdn y la Somme en la Primera Guerra Mundial, 1,8 millones resultaron muertos heridos o jams encontrados en ambos lados, A pesar de los mares de muertos, en julio de 1917 el mariscal de campo britnico Douglas Haig conden a an ms personas en el fango de Passchendaele. En noviembre, cuando era obvio que su prometida ofensiva de penetracin en Passchendaele haba fracasado, se deshizo del objetivo inicial como lo hicimos en Iraq cuando result que no haba armas de destruccin masiva y en Afganistn cuando al Qaida abandon el pas y opt por una simple guerra de desgaste. Haig vencera si moran ms alemanes que tropas aliadas. La muerte como tarjeta de puntuacin. Passchendaele cost 600.000 vidas a ambos lados del frente antes de terminar. No es una historia nueva. Los generales son casi siempre bufones. Los soldados siguieron a Juan el Ciego, que haba perdido la vista una dcada antes, hacia una resonante derrota en la Batalla de Crcy en 1337 durante la Guerra de Cien Aos. Solo descubrimos que los lderes son mediocres cuando es demasiado tarde.

David Lloyd George, primer ministro britnico durante la campaa de Passchendaele, escribi en sus memorias [Antes de la batalla de Passchendaele] el Estado Mayor del Cuerpo de Tanques prepar mapas para mostrar cmo un mapa que aniquilara el alcantarillado conducira inevitablemente a una serie de estanques y ubicaron los sitios exactos en los que se reuniran las aguas. La nica respuesta fue una orden perentoria de que no enven ms de esos mapas ridculos. Los mapas deben ajustarse a los planes y no los planes a los mapas. Los hechos que interferan con los planes fueron calificados de impertinentes.

Esta es la explicacin del motivo por el cual nuestras elites gobernantes no hacen nada respecto al cambio climtico, se niegan a responder racionalmente a la crisis econmica y son incapaces de encarar el colapso de la globalizacin y del imperio. Estas son las circunstancias que interfieren con la propia viabilidad y sustentabilidad del sistema. Y los burcratas solo saben cmo servir al sistema. Conocen solo las habilidades administrativas que ingirieron en West Point o en la Escuela de Negocios de Harvard. No pueden pensar por su propia cuenta. No pueden desafiar suposiciones o estructuras. No pueden reconocer intelectual o emocionalmente que el sistema puede hacer implosin. Y por lo tanto, hacen lo que Napolen advirti que era el peor error que un general puede cometer: pintar un cuadro imaginario de una situacin y aceptarlo cmo real. Pero ignoramos despreocupadamente la realidad junto con ellos. La mana por un fin feliz nos ciega. No queremos creer lo que vemos. Es demasiado deprimente. Por lo tanto, nos retiramos hacia el auto-engao colectivo.

En la monumental cinta documental de Claude Lanzmann, Shoah, sobre el Holocausto, entrevista a Filip Mller, un judo checo que sobrevivi las liquidaciones en Auschwitz como miembro del equipo especial. Mller relata esta historia:

Un da en 1943 cuando ya estaba en el Crematorio 5, lleg un tren de Bialystok. Un prisionero en el equipo especial vio a una mujer en la sala de desvestirse quien era la esposa de un amigo suyo. Sali inmediatamente y le dijo: Vais a ser exterminados. En tres horas seris cenizas. La mujer le crey porque lo conoca. Corri por todo el lugar y advirti a las otras mujeres. Nos van a matar. Vamos a ser gaseados. Las madres que llevaban sus hijos sobre sus hombros no queran or algo semejante. Decidieron que la mujer estaba loca. La ahuyentaron. Fue donde los hombres. No sirvi para nada. No es que no le hayan credo. Haban odo rumores en el gueto de Bialystok, o en Grodno, y otros sitios. Pero quin quera creer algo semejante? Cuando vio que nadie escuchaba, rasgu toda su cara. Por desesperacin. En choque. Y comenz a gritar.

Blaise Pascal escribi en Pensamientos Corremos descuidados hacia el precipicio, despus que hemos puesto delante de nosotros alguna cosa para impedirnos verlo.

Hannah Arendt, al escribir Eichmann en Jerusaln seal que lo que motivaba primordialmente a Adolf Eichmann era una extraordinaria diligencia en la busca de su progreso personal. Se uni al Partido Nazi porque era un buen paso para su carrera. El problema con Eichmann, escribi, era ser precisamente lo que muchos eran al igual l y que estos muchos no eran ni pervertidos ni sdicos sino que eran, y siguen siendo, terrible y horriblemente normales.

Cuanto ms se le escuchaba, ms obvio se haca que su incapacidad de hablar estaba estrechamente relacionada con su incapacidad de pensar, es decir, de pensar desde el punto de vista de los dems, escribi Arendt. Ninguna comunicacin con l era posible, no porque mintiera sino porque estaba rodeado por la ms fiable de todas las salvaguardas contra palabras y la presencia de otros, y por ello contra la realidad como tal.

Gitta Sereny plantea lo mismo en su libro En aquellas tinieblas sobre Franz Stangl, el comandante de Treblinka. Su misin en la SS represent una promocin para el polica austraco. Stangl no era un sdico. Era de voz suave y corts. Quera mucho a su esposa y a sus hijos. A diferencia de la mayora de los oficiales nazis en los campos, no converta a mujeres judas en concubinas. Era eficiente y muy organizado. Se enorgulleca por haber recibido un elogio oficial como mejor comandante de campo en Polonia. Los prisioneros eran simples objetos. Bienes. Era mi profesin dijo. Me gustaba. Me satisfaca. Y s, era ambicioso al respecto, no lo niego. Cuando Sereny pregunt a Stangl cmo siendo padre poda matar nios, respondi que pocas veces los vea como individuos. Siempre se trataba de una inmensa masa Estaban desnudos, apiados, corran, eran impulsados con ltigos. Despus dijo a Sereny que cuando lea sobre ratas campestres le recordaban Treblinka.

La coleccin de ensayos de Christopher Browning El camino al genocidio seala que los que posibilitaron el Holocausto eran burcratas moderados, normales. Germaine Tillion seal la trgica holgura [durante el Holocausto] con la cual personas decentes se podan convertir en los ms crueles verdugos sin parecer darse cuenta de lo que les estaba sucediendo. El novelista ruso Vasily Grossman en su libro Todo fluye observ que el nuevo Estado no requera santos apstoles, constructores fanticos, inspirados, discpulos fieles, devotos. El nuevo Estado ni siquiera requera sirvientes, solo oficinistas.

La doctora Ella Lingens-Reiner escribi en Prisioneros del miedo, su abrasador recuerdo de Auschwitz, que para m los tipos ms repugnantes de la SS eran los cnicos que ya no crean autnticamente en su causa, pero que seguan acumulando su culpabilidad sangrienta por s misma. Esos cnicos no eran siempre brutales con los prisioneros, su conducta cambiaba segn su humor. No tomaban nada en serio ni a s mismos ni a su causa, ni a nosotros, ni nuestra situacin. Uno de los peores era el doctor Mengele, el Doctor del Campo que he mencionado anteriormente. Cuando un grupo de judos recin llegados eran clasificado entre los adecuados para el trabajo y los adecuados para la muerte, silbaba una meloda y mova rtmicamente su dedo pulgar hacia su hombro derecho o izquierdo con lo que quera decir gas o trabajo. Pensaba que las condiciones en el campo eran psimas, e incluso hizo algunas cosas para mejorarlas, pero al mismo tiempo cometa crueles asesinatos, sin ningn escrpulo.

Esos ejrcitos de burcratas sirven un sistema corporativo que terminar por matarnos literalmente. Son tan fros y desconectados como Mengele. Realizan tareas minuciosas. Son dciles. Conformistas. Obedecen. Encuentran su valor propio en el prestigio y el poder de la corporacin, en el estatus de sus posiciones y en las promociones en sus carreras. Se reconfortan en su propia bondad mediante sus actos privados como esposos, esposas, madres y padres. Participan en consejos escolares. Van al Rotary Club. Asisten a la iglesia. Es esquizofrenia moral. Erigen muros para crear una consciencia aislada. Posibilitan los objetivos letales de ExxonMobil o Goldman Sachs o Raytheon o las compaas de seguros. Destruyen el ecosistema, la economa y la poltica y convierten a trabajadores y trabajadoras en siervos empobrecidos. No sienten nada. La candidez metafsica termina en el asesinato. Fragmenta el mundo. Pequeos actos de bondad y caridad disimulan el monstruoso mal que instigan. Y el sistema sigue adelante. Los casquetes polares se funden. Las sequas destruyen los cultivos. Los drones matan desde el cielo. El Estado se mueve inexorablemente para encadenarnos. Los enfermos mueren. Los pobres mueren de hambre. Las prisiones se repletan. Y el arribista, sigue adelante, haciendo su trabajo.

Chris Hedges, cuya columna se publica los lunes en Truthdig, pas casi dos dcadas como corresponsal extranjero en Centroamrica, Medio Oriente, frica y los Balcanes. Ha informado desde ms de 50 pases y trabajado para The Christian Science Monitor, National Public Radio, The Dallas Morning News y The New York Times, en el cual fue corresponsal extranjero durante 15 aos.

Fuente: http://www.truthdig.com/report/item/the_careerists_20120723/

rBMB



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