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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-08-2012

Culpa de ellas?

Eduardo Montes de Oca
Rebelin


Claro que los ms acendrados prejuicios patriarcales son ubicuos. De otro modo, un oficial del orden pblico en la civilizada Canad no hubiera sentenciado que las mujeres podran evitar ser violadas si no se vistieran como rameras. O sea, que el pecado original, la mxima culpa, radicara en la actitud provocativa ante un stiro que, el pobre, no alcanza a contener la carga de testosterona y, zas, recibe la justificacin divina -perdn: policial- para complacer a cualquier precio a su alebrestado falo.

Quizs en ese estereotipo descanse buena parte de la dificultad de enfrentar una violencia que hace unos meses llev a miles de pobladoras de Canad precisamente, y de Australia, Mxico, la India, el Reino Unido, a las irnicamente nombradas por ellas Marchas de las Putas, cuestionadoras de la mentalidad de que las vctimas fomentan esas acciones por su atuendo. Todas tenemos derecho a usar la ropa que queramos y hacer lo que queramos con nuestro cuerpo. Es nuestra vida, nuestras decisiones; a menos que te haga dao no tienes derecho a decir nada, declar a la BBC una de las que protestaban en Nueva Delhi.

Desbordada anda la lujuria, s. Ahora y siempre. Sobre todo en tiempos de guerra (y las guerras han pertenecido a todos los tiempos). Lo mismo durante la ocupacin japonesa de Corea e Indochina en los aos cuarenta del siglo XX, que entre los romanos de la Antigedad especializados en secuestrar sabinas, los visigodos del siglo V en Europa, o las terribles arremetidas gringas contra Vietnam, Iraq. Como precisa el neuropsiquiatra francs Boris Cyrulnik (Revista del Movimiento de la Cruz Roja y la Media Luna Roja), en este caso se trata de una violacin ideolgica, cuyo objetivo es, como en Kosovo o el Congo, destruir al enemigo, habida cuenta que para muchos grupos humanos la virtud o el honor de la madre, las hijas, las hermanas, la esposa, representa lo ms sagrado.

Ahora, si la violencia de gnero se explaya en los cuatro recodos del mundo, vara el prisma con que se le mira. Porque, como bien se afirma en desdemimisma.blogspot, mientras Occidente se siente despavorido por la lapidacin de mujeres en algunos pases islmicos, las profusas cifras de las torturadas y asesinadas en Ciudad Jurez, Mxico, suelen asombrarlo pero no sacarlo de una relativa indiferencia. Pareciera que al entrar en las estadsticas el horror dejara de golpear a la conciencia de la gente. Un asesinato, una muerte prxima, una vctima identificada nos conmueven, pero los crmenes masivos no dejan huella y hasta en situaciones blicas llegan a ser cnicamente calificados como daos colaterales.

Es real. Ante la condena por lapidacin de la iran Sakineh Ashtiani y de la nigeriana Amina Lawal la sociedad se moviliz y centenares de miles de personas en todo el mundo firmaron cartas en las que pedan, en ambos casos, y consiguieron la anulacin del castigo. Un castigo que no est ciertamente ni aprobado ni establecido por el Corn sino que tiene origen en la tradicin judeo-islmica y puede aplicarse tambin llegado el caso a los varones. Este tipo de movilizaciones aparentemente teidas sin embargo de cierto tufillo islamfobo no encuentra lamentablemente correlato para las mltiples denuncias mexicanas que afectan a un nmero creciente de mujeres entre 14 y 25 aos.

As que el machismo, la impunidad y los estereotipos culturales, enraizados por un sistema que lleva la desigualdad social en el ADN, representan la cotidiana posibilidad de abusos. Mas coincidamos en que la agresividad masculina no deviene mera consecuencia de las condiciones de vida contemporneas. Desde el inicio de la historia el sexo femenino ha sido subestimado y confinado al mbito domstico.

Segn la fuente arriba citada, los estudios de antropologa han demostrado que es habitual en todas las culturas que los hombres experimenten cierto sentimiento de inferioridad, frente a la capacidad procreadora de la mujer, sentimiento que tienden a revertir asumiendo para con ella conductas prepotentes teidas de menosprecio y humillacin. Un temor que tambin debe haber jugado un importante papel en el ajusticiamiento y condena de las brujas medievales.

Resultar atinada esta explicacin, de aliento psicoanaltico? Hasta el momento, lo inobjetable es la violencia, y la discriminacin, trasuntada, por ejemplo, en el hecho de que alguien dizque civilizado vega a atribuir la culpa a una falda breve, un escote profundo, un cuerpo cimbreante, exonerando como por carambola la incontinencia flica de un stiro criminal. Habra que marchar con las rameras, pues.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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