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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-08-2012

El dogma de la infalibilidad democrtica

Guillaume de Rouville
Le Grand Soir

Traducido para Rebelin por Guillermo F. Parodi y revisado por Caty R.


Como lo demuestran los conflictos en Libia y en Siria, las democracias occidentales pueden manipular la idea de terrorismo islmico con sus aliados de Arabia Saud y Catar, tambin pueden provocar y mantener guerras civiles en pases que estn en paz, pueden hacerse culpables de crmenes contra la humanidad para alcanzar los objetivos geoestratgicos de sus elites liberales, todo ello sin que la opinin pblica de sus pases se inmute.

Esta atona de la opinin pblica occidental se explica en parte por la fuerza de un dogma muy poderoso que estructura la ideologa democrtica y el alma de los que gozan de sus beneficios: el dogma de la infalibilidad democrtica.

De acuerdo con ese dogma, la democracia occidental nunca puede actuar mal. Todas sus acciones estn dotadas de una suerte de gracia que transforma un crimen en un acto heroico, una guerra de conquista de los recursos naturales de un pas en una epopeya para la libertad del pas, el sometimiento de poblaciones al liberalismo ms duro en la liberacin de pueblos oprimidos, un voto controlado en expresin de la voluntad popular (Irak, Sudn, Libia).

En cuanto ponga en duda la inocencia de sus dirigentes (sobre temas como el 11 de septiembre, Irak, Libia, Siria), que representan por s mismos la democracia y sus supuestos valores, los partidarios de ese dogma lanzan contra el que se atreve a sus inquisidores encargados de hacerlos respetar (de Bernard-Henri Lvy a Botul y de Botul a Bernard-Henri Lvy).

As pues, asignar a las democracias occidentales malas intenciones en las relaciones internacionales, es impugnar este dogma y exponerse a ser objeto de un linchamiento meditico. Plantearse preguntas sobre las segundas intenciones de sus dirigentes es poner en entredicho este dogma y correr el riesgo de hacerse difamar (se convierte en un paranoico, un revisionista, un antisemita, un antiestadounidense, etc.). Pensar que sus elites puedan cometer crmenes contra la humanidad de manera repetida, es carecer de respeto a este dogma y atraerse la mala voluntad del poder y de sus guardianes.

La opinin pblica occidental que est sumergida, sin necesariamente saberlo, en el dogma de la infalibilidad democrtica, est pronta para defender al inquisidor al que ve como un hombre honesto, defensor de las virtudes democrticas, el que regula y marca la norma y su legitimidad. El descarado que se atreviese, por ejemplo, a lanzar toda la fuerza de su reflexin contra este dogma en los conflictos libio y sirio y que alegase la instrumentalizacin por parte de Occidente del terrorismo islmico como origen del caos poltico, econmico, social y humanitario que sufren estos dos pases, se vera acusado inmediatamente de apoyar a los dictadores que masacran a sus pueblos.

No se le ocurrira a ningn defensor del dogma que haya gente que pueda odiar a los dictadores laicos y al mismo tiempo a los que quieren derrocarlos para reemplazarlos por mil tiranos wahabes e islamitas al servicio de las elites occidentales con inocentes masacrados y provocadores de guerras.

No se le ocurrira a ningn lector asiduo de Le Monde, Guardian o New York Times dudar de las noticias de esos peridicos en las que describen a los insurgentes sirios como combatientes por la libertad mientras que la casi totalidad de ellos no son de nacionalidad siria (sino jordanos, iraques, libios, etc.), que estn intentando imponer la Sharia (Ley islmica, NdT.) mediante el terrorismo de masas, que defienden el salafismo versin wahab y su visin oscurantista del Islam, que masacran sistemticamente a los que no comparten sus puntos de vista o pertenecen a las minoras religiosas, que responden a los que los dirigen desde Turqua, desde Arabia Saud, desde Catar y desde Estados Unidos y que, finalmente, llevan los colores de Al Qaida.

El ciudadano occidental no quiere o no puede creer que sus dirigentes y sus medios de comunicacin puedan manipularle y ocultarle la verdad hasta ese punto. Ese pensamiento sobrepasa su capacidad o sus defensas inmunitarias psicolgicas y es contrario al dogma que est marcado a fuego en su cerebro de burgus cultivado desde su ms tierna infancia. Ya que si tuviera que admitir que tal manipulacin fuese posible, lo llevara inevitablemente a perder sus puntos de referencia, a dudar de la naturaleza realmente democrtica de su rgimen poltico y vera, entonces, todas sus creencias en las virtudes de su sistema desplomarse sobre sus bases. Reconocer los crmenes de nuestras elites, ya se trate de crmenes polticos o crmenes de informacin, requiere proyectarnos fuera de nosotros y de nuestro etnocentrismo occidental para pensar que el otro no es necesariamente un brbaro y rozar la idea de de que nuestros dirigentes, pese a ser elegidos democrticamente, pueden ser demcratas con las manos sucias.

Los inquisidores del dogma no pueden elevarse sobre su ceguera sin perder la fe en su sistema, sin perder adems todos los beneficios personales que pueden disfrutar de su posicin en la jerarqua de partidarios del dogma. No esperen entonces que los beneficiarios del dogma respondan a los argumentos cuidadosamente sustentados que ustedes podran desarrollar, ellos no odian nada con ms intensidad que a la realidad. Por otro lado no tienen ms conciencia moral que los buitres de las guerras y no merecen sin duda que comprometamos con ellos un dilogo corts; son, a decir verdad, la misma cosa. Pero quines son exactamente? Tienen un nombre: se les denomina los atlantistas.

Lo que une a las elites polticas, culturales y financieras occidentales, es esta ideologa atlantista que solo es afectada marginalmente por la protesta. Si bien los hombres polticos o los peridicos de derecha y de izquierda pueden destriparse con toda tranquilidad sobre el derecho al aborto o la abolicin de la pena de muerte, encuentran siempre la va del acuerdo unnime cuando se trata de defender el atlantismo en sus fundamentos: sern unnimes en la defensa de los tratados europeos que slo confirman la doctrina liberal impuesta por Washington; tambin lo sern para permitir a Occidente aliarse con el islamismo radical con el fin de orientar las primaveras rabes segn los intereses particulares de sus elites pretendiendo, al mismo tiempo, defender los valores de la Ilustracin.

Para todo demcrata sincero, que crea ms en los valores democrticos que en el sistema que se supone la hace funcionar, es imperativo atacar con fuerza a ese dogma porque es uno de los ms mortales: permite, con una impunidad desconcertante, las acciones ms criminales por parte de las democracias occidentales que son si uno presta atencin- los regmenes ms violentos y los ms asesinos del planeta desde la cada del Muro de Berln y la desaparicin de la amenaza comunista.

Es necesario atacar virulentamente las bases de este dogma para aplastarlo antes de que nos arrastre a los demcratas de ac y de otras partes al caos sin fin de una guerra entre los pueblos y entre las civilizaciones, tal como lo desea una elite indigna de controlar nuestros destinos. Los dogmas, como las dictaduras y sus representantes, estn para derrocarlos. Y como el Crac de los Caballeros [1], esa fortaleza inexpugnable en la tierra siria, ellos tambin tienen sus puntos dbiles.


Nota del traductor:

[1] Castillo conservado desde la poca de las Cruzadas.


Guillaume de Rouville es autor de La Dmocratie ambigu, Ediciones Cheap, 2012.


Fuente: http://www.legrandsoir.info/le-dogme-de-l-infaillibilite-democratique.html


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