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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-08-2012

La decisin de tener una pierna

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio


Un nio tiene un accidente y pierde una pierna. A partir de ese momento, puede ocurrir una de estas dos cosas: que el nio construya su carcter en torno a la pierna que le falta y, en consecuencia, a partir de todas las cosas que ya no puede hacer; o, por el contrario, que construya su carcter en torno a la pierna que le queda y, por lo tanto, a partir de todas las cosas que todava puede hacer. Cojear es un defecto, s, pero tambin una forma de vivir; el procedimiento especfico gracias al cual consigo recorrer el camino que me lleva a casa o llegar a tiempo a una cita con la amada; es tambin la oportunidad de aadir a mi cuerpo un elegante bastn. El filsofo Jean Paul Sartre dira que el protagonismo vital de una de las dos piernas -la que nos falta o la que an nos sostiene- es una decisin absoluta y, por lo tanto, un acto de libertad. No somos responsables del accidente que nos ha mutilado, es verdad, pero s de escoger sobre qu pierna vamos a apoyar a partir de ahora nuestra existencia: un hombre que ha perdido una pierna, en fin, se convierte en un mutilado por propia voluntad.

Hay algo saludable en decidir tener una pierna. Pero todo se complica si aplicamos esta lgica a los procesos colectivos y las construcciones sociales. Digamos que existe un tomo gestual, una partcula antropolgica elemental que nos identifica como seres humanos: nadie que se siente a la orilla de un ro puede dejar de lanzar un palo al agua. Hasta tal punto repetimos ese gesto desde hace milenios que podramos decir sin exagerar que la especie humana, erguida sobre dos piernas, necesita lanzar palos al agua. Sin alimento el hombre no puede vivir y con una sola pierna se las arregla mal. Es ms difcil comprender que la represin de este tomo gestual -el lanzamiento de palos a la corriente de los ros- implicara una frustracin radical y una degradacin esencial de la humanidad. Pero, cmo lo notaramos?

La importancia de ese gesto elemental es que pone en relacin los bosques y los ros y, de alguna manera, seala y protege su existencia. Cualquiera que prohibiese por decreto a un pueblo indgena el lanzamiento de palos al agua encontrara sin duda una fuerte resistencia. Pero hay formas mucho ms radicales de reprimir o suprimir gestos fundamentales. El capitalismo no har jams una ley contra la mediacin humana entre los palos y el agua; sencillamente talar los bosques y secar los ros. Muy pronto generaciones completas, en distintos lugares de la tierra, habrn olvidado esa relacin en la que el improvisado proyectil reivindicaba el brazo, el aire, la geometra pura dibujada en la superficie de la laguna. Pero cuando eso ocurra ni sentiremos hambre, como cuando nos privan de comida, ni cojearemos, como cuando nos falta una pierna.

Luchar contra el olvido de lo que nos falta, contra el olvido de lo que nos han quitado, es muy difcil porque la ausencia del bosque y del ro es en realidad la presencia de carreteras, de grandes edificios, de hierros trepidantes. Podemos decir que la decisin de olvidar la pierna que nos falta construye un buen carcter individual; pero la decisin de olvidar el bosque talado y el ro desecado amenaza, en cambio, nuestro destino colectivo. A veces lo hemos llamado alienacin y podemos utilizar este trmino a condicin de recordar enseguida que su fuente no es un discurso o una falsa conciencia sino la potencia misma de las cosas que existen. Entre las chabolas y los coches los humanos ya no recuerdan el gesto de lanzar un palo al agua -y por lo tanto el bosque y el ro- porque en su lugar hay casas y fbricas que percibimos, no como una negacin de la naturaleza y de la humanidad, sino como una nueva manera de seguir vivos y hasta como una nueva forma de defender lo humano.

El problema es que todo lo que existe, por el solo hecho de existir, adquiere de algn modo un derecho irrevocable a la existencia. Las pirmides de Egipto son en realidad un monstruoso monumento a la esclavitud y a la dictadura teocrtica de los faraones, pero a nadie se le ocurrira exigir su demolicin por esa razn. De alguna manera, la humanidad necesita ya -como necesita el pan y las piernas- esa irracionalidad de piedra que seala el cielo vaco. Necesitamos -por as decirlo- objetos que no deberan haber nacido, criaturas cuya existencia deberamos haber evitado. Por eso, los revolucionarios no deben caer en el error de copiar al capitalismo y hacerse la ilusin de que el momento verdaderamente creativo es el momento de la destruccin; ni tampoco -del otro lado- el de renunciar a una crtica radical, y a una jerarquizacin poltica, de las distintas fuentes y formas de existencia.

Lo importante es la belleza. Uno de los revolucionarios que ms admiro fue el siciliano Peppino Impastato. Nacido en 1948 en una familia mafiosa, su compromiso comunista le llev a enfrentarse no slo a su padre sino a esa estructura tentacular incrustada en el corazn mismo del Estado, explotada, aceptada o ignorada por partidos y ciudadanos, que corrompe la democracia, lubrica el capitalismo y multiplica el nmero de objetos cuya existencia deberamos impedir. Torturado y asesinado por la mafia en 1978, slo 22 aos despus, en marzo de 2000, los responsables de su muerte fueron condenados por la justicia italiana. Ese mismo ao, una excelente pelcula de Marco Tullio Giordano, I cento passi, rindi al joven revolucionario un homenaje vibrante y movilizador. Pues bien, en una de las escenas de la pelcula, Peppino y un amigo suyo contemplan con dolor desde una colina el paisaje de Sicilia devastado por la especulacin inmobiliaria y las construcciones ilegales. Peppino se queda un instante caviloso y afirma de manera desconcertante: En el fondo no es tan feo como parece... Visto as, desde arriba, uno puede pensar que la naturaleza siempre vence, que es ms fuerte que el hombre. Pero no es as. A veces, aunque todo sea peor, una vez hechas las cosas, les encontramos una lgica por el solo hecho de existir. Han hecho estas casas horribles, con las ventanas de aluminio... Pero estn los balcones, la gente va a habitarlas y se ponen los tendederos, los geranios, la televisin, y despus todo forma parte del paisaje y ya existe. Ninguno recuerda cmo era antes. Es fcil destruir la belleza.

Sin ros y sin bosques, sin escuelas ni hospitales, en casas horrendas, en barrios grises y contaminados, seguimos viviendo apoyados en la pierna que nos queda sin recordar lo que nos han quitado. Por eso, por muy paradjico que nos parezca, tiene razn Peppino -comunista militante- cuando concluye su reflexin con estas palabras: En vez de la lucha poltica y la conciencia de clase, debemos recordarle a la gente qu es la belleza, ayudarla a reconocerla, a defenderla. La belleza es importante, de ella deriva todo lo dems.

El que ha perdido una pierna se vuelve un mutilado por propia decisin. El que ha perdido la relacin entre los bosques y los ros se vuelve un alienado porque no recuerda la belleza. Lo que admiramos en algunos cojos es que, ayudados de un bastn, eligen ser alegres y revolucionarios. Lo que admiramos de los pueblos en lucha es que distinguen un palo de una porra y una pirmide de una prisin. Es lo que llamamos dignidad y Jos Mart nombr con la palabra decoro.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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