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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-08-2012

Anlisis ante el anuncio de conversaciones de paz entre Gobierno e insurgencia
Si el ro suena significa paz a la vista?

Jos Antonio Gutirrez D.
Rebelin


Las conversaciones de paz han vuelto a ponerse, con el beneplcito de una buena parte del establishment, en la agenda poltica colombiana. Una pataleta de Uribe, que denunci acercamientos del gobierno con las FARC-EP en Cuba, buscando con ello canalizar apoyo para su proyecto ultraderechista [1], bast para que se generara toda una corriente de opinin favorable a estos acercamientos. Le sali el tiro por la culata. Santos, frente al tema, se manej con gran hermetismo pero este lunes TeleSur ya ha dado la noticia del milln: las FARC-EP habran firmado el inicio de un acuerdo de paz con el gobierno colombiano [2]. Las expectativas son grandes cuando hace apenas unos das Gabino, mximo comandante del ELN, declaraba estar dispuesto a sumarse a una iniciativa de dilogo en la que tomaran parte las FARC-EP [3]. Pronunciamiento de gran importancia ya que entre las lecciones del pasado, est que no es posible hoy la negociacin en paralelo con las distintas expresiones del movimiento guerrillero colombiano. En momentos en que escribo estas notas, estamos a la espera del pronunciamiento oficial de Juan Manuel Santos al respecto.

Este acercamiento no es gratuito ni nace de una buena voluntad del mandatario: es obvio que la tesis del fin del fin carece de sustento y que el Plan Colombia toc techo. La insurgencia ha respondido al desafo planteado por el avance del militarismo y un nuevo ciclo de luchas sociales amenaza con el deterioro de la situacin poltica en el mediano plazo, a un nivel que ser difcil de controlar para la oligarqua. El escenario poltico parece, a veces, peligrosamente voltil. Por otra parte, tampoco sorprende la voluntad de la insurgencia para acercarse a una mesa de negociaciones: por una parte, porque es la insurgencia la que ha venido planteando desde hace 30 aos, en todos los tonos posibles, la solucin poltica al conflicto social y armado, y por otra parte, porque la insurgencia ha mejorado notablemente en los ltimos aos su posicin de fuerza, no slo en lo militar, sino sobre todo, en lo poltico.

Cuidarse de las falsas ilusiones

Aunque la firma de este acuerdo es un desarrollo positivo, no podemos ser excesivamente optimistas, ni mucho menos triunfalistas, pensando que la paz, por s sola, representar un triunfo para los sectores populares y sus demandas histricas, bloqueadas a sangre y fuego por ms de medio siglo desde el Estado. Hay que tener plena conciencia de que el camino hacia un eventual proceso de negociaciones est plagado de contratiempos, as como de que existen diferencias sustanciales, de fondo, respecto al tema de qu esperar de estas negociaciones o qu se entiende por esa palabra en boca de todos, paz. Hay que tener plena conciencia de que la oligarqua con la cual se negocia es la ms sanguinaria del continente y que no entra a negociar por un sbito cambio de corazn.

Mientras que el conjunto de las organizaciones sociales plantean que la paz es mucho ms que el cese al fuego, sino que consistira en la resolucin colectiva de problemas estructurales que originan la violencia, para el Estado sigue siendo un tema de desmovilizacin, reinsercin y la discusin de formalidades judiciales relacionadas [4]. Santos quiere una paz express, sumaria, mecnica. La quiere clandestina, sin la presencia de la multitud, sin sociedad civil, sin organizaciones populares. La quiere sin reformas, sin cambios de ninguna ndole en la sociedad nacional. Para l es suficiente con el marco legal que se aprob recientemente y tal vez las reglamentaciones que con dificultad podr tramitar en un Senado hostil que se le sustrae aceleradamente ante el inminente proceso electoral [5].

Santos ha sostenido una posicin ambigua ante el tema de la paz: por una parte, dice tener las llaves de la paz, que un da se le pierden y al da siguiente aparecen en una caja fuerte; por otra parte profundiza la guerra sucia mediante el fortalecimiento de la militarizacin de las comunidades rurales (los llamados planes de Consolidacin Territorial); mediante el fortalecimiento de los golpes a los mandos medios de la insurgencia y una estrategia de judicializacin de las redes de apoyo del movimiento guerrillero que somete al poder judicial a las necesidades del proyecto contrainsurgente (esencia del Plan Espada de Honor); y por ltimo, mediante el fortalecimiento de la impunidad para las acciones de las fuerzas armadas dentro de una estrategia sistemtica de terrorismo de Estado (la resurreccin del llamado fuero militar, acuerdo al que llegaron Santos y Uribe recientemente).

Desde la perspectiva santista, paz o guerra no son sino estrategias para imponer un insostenible proyecto econmico-social neoliberal, basado en el Plan de (Sub) Desarrollo Nacional del santsmo, cuyos pilares son la agroindustria y la megaminera. Si se logra convertir esta oportunidad para abrir negociaciones en un espacio desde el cual impulsar las transformaciones sociales que demanda el pueblo colombiano, depender de la capacidad de presin y movilizacin del propio pueblo, y tal cosa suceder a pesar del Estado, no gracias a l.

Paz? Qu paz?

Hay una cosa que el bloque dominante no pierde de vista. Es que la negociacin con la insurgencia hoy no es lo mismo que las negociaciones de 1990-1994 . Ac no hay organizaciones cuyo espectro ideolgico es un liberalismo radicalizado; no estamos ante grupos reformistas en armas, cuya direccin est copada por la socialbacanera; tampoco las demandas polticas de estas organizaciones insurgentes sern satisfechas con promesas de reformas constitucionales cosmticas ni con garantas generosas para desmovilizarse, ni aceptarn una agenda restringida. Estamos ante movimientos revolucionarios que representan a los ms pobres de los ms pobres. Estamos ante movimientos guerrilleros que representan las aspiraciones histricas de ese campesinado que siempre se qued debajo de todas las iniciativas de paz. Estamos ante insurgentes cuyos pies se confunden con la tierra que pisan. Estamos ante quienes no han tenido nada y lo merecen todo.

Tampoco estamos ante grupos derrotados militarmente como los que se desmovilizaron en 1990-1994, sino que estamos ante organizaciones fuertemente arraigadas en amplias regiones del pas, con capacidad operativa en casi todo el territorio nacional, con una renovada capacidad de golpear a las fuerzas armadas del Estado; en amplias regiones del pas, la insurgencia es una realidad poltica insoslayable, un autntico doble poder, que es legitimado en otras comunidades pisoteadas por la consolidacin territorial del Ejrcito y el flagelo paramilitar. Aunque se quieran convencer de lo contrario algunos comentaristas[6], si la insurgencia negocia hoy es porque puede negociar, porque tiene fuerza y capacidad para hacerlo. Y bien saben en la Casa de Nario que la desmovilizacin y la rendicin anhelada por el uribismo no son una opcin poltica.

Esto lo reconoce un artculo del 25 de Agosto de El Espectador:

Es claro que las Farc no son un interlocutor fcil. Quieren reforma agraria, as sea basada en la Ley de Tierras y la Ley de Vctimas; pretenden que se debatan las formas de contratacin con las multinacionales petroleras y mineras; requieren espacios polticos para avanzar hacia un contexto ms democrtico, y creen que hoy la paz pasa tambin por el manejo ptimo del medio ambiente. Lo dems son detalles de forma, como el inamovible de que en caso de concretar una negociacin, tiene que hacerse en el territorio nacional.[7]

Resulta apenas obvio que el discurso de las FARC-EP como una organizacin terrorista, bandolerizada, convertida en crtel del narcotrfico, lumpenizada, es insostenible, pura propaganda, an cuando puedan cuestionarse ciertos mtodos que utiliza. Nadie en su sano juicio puede negar que todos los aspectos que la insurgencia reclama (tierras, recursos naturales, democracia, medio ambiente, educacin, salud, seguridad social, etc.) son temas de crucial importancia, donde las polticas del gobierno hacen agua y que requieren de la ms amplia participacin del conjunto de la sociedad. Que la insurgencia tome estos temas y los convierta en elementos indisociables del avance de cualquier tentativa por superar el conflicto social y armado de raz, es una autntica pesadilla para los sectores ms recalcitrantes de la oligarqua. No es la supuesta bandolerizacin de la insurgencia, tan bullada por los medios oficiales, lo que aterra a la oligarqua, sino su carcter poltico y revolucionario, as como su capacidad para articular las demandas de diferentes sectores sociales.

Es por ello que el bloque dominante sabe que la gran lucha que se viene a futuro es en el plano poltico, ms que en el militar. Voceros del empresariado se han pronunciado a favor de una agenda de negociacin restringida moldeada en la negociacin con el M-19, es decir, una negociacin sin cambios estructurales[8]. Esperan salir de las negociaciones con el menor nmero de concesiones y reformas posibles, y saben que esto los pone en contradiccin no solamente con la insurgencia, sino con un sector importante del pueblo organizado. Por esto, debemos estar alertas ante el recrudecimiento de la guerra sucia y de los ataques en contra de las organizaciones populares en lucha por el cambio social que, tradicionalmente, han acompaado los procesos de dilogo en Colombia.

Se agota, momentneamente, la estrategia militarista

Pero aunque esa oligarqua tenga mucho recelo de abrir las puertas a negociaciones que, con toda seguridad, terminarn en un debate nacional sobre proyectos antagnicos de pas, sabe tambin que el persistir en el rumbo guerrerista es ponerse la soga al cuello; la insurgencia se fortalece y existe hoy una escalamiento del conflicto social y de la movilizacin popular en todo el pas, que de persistir, podra amenazar seriamente la hegemona del bloque dominante. El pas se encuentra al borde de un nuevo ciclo de violencia precipitado por el desplazamiento forzado, el despojo violento de campesinos y comunidades, la penetracin de la megaminera y la agroindustria en todo el pas. La violencia con la que se viene imponiendo el modelo santificado en el Plan de (Sub) Desarrollo Nacional de Santos, genera, necesariamente, resistencia. Y la resistencia, en un pas como Colombia, se da de mltiples formas, siendo caldo de cultivo para una situacin potencialmente explosiva.

Negociar con la insurgencia le puede servir a la oligarqua, en sus ms optimistas proyecciones, para lograr la paz neoliberal que permita el avance del proyecto neoliberal agro-extractivista, reduciendo los niveles de resistencia, al menos, de los proyectos insurgentes. En una encuesta a empresarios colombianos hecha por la Fundacin Ideas para la Paz, La gran mayora dej claro que descarta una agenda de negociacin que incluya reformas estructurales y con mltiples actores, como sucedi en el Cagun. Prefieren una restringida al desarme, la desmovilizacin y la reintegracin donde el Estado puede ser generoso. [9]. O sea, paz para facilitar la explotacin de las masas y del medio ambiente colombiano.

En las proyecciones menos optimistas de la oligarqua, las negociaciones serviran al menos para ganar tiempo y prepararse para enfrentar, de manera ms letal y eficiente, el siguiente ciclo de violencia que se cierne sobre el horizonte. Tal fue la intencin real del gobierno de Pastrana al enfrentar el proceso de negociaciones de San vicente del Cagun. El propio Pastrana, que hablaba de paz, mientras negociaba el Plan Colombia y daba rienda suelta a la herramienta paramilitar del Estado, reconoci cnicamente en un artculo a los diez aos del quiebre de los dilogos del Cagan este hecho:

[El] Plan Colombia () [nos] permiti sentarnos a la mesa de dilogo en desventaja inicial, prcticamente desarmados, con la certeza de que se habra de concluir, tras xito o fracaso, con un Estado armado hasta los dientes y listo, como nunca antes, tanto para la guerra como para la paz.[10]

En ambos casos, sea que la oligarqua busque la pacificacin del pas sin cambios sustanciales o sea que busquen ganar tiempo para seguir con el negocio de la guerra, cualquier paz que se logre ser efmera, ser apenas la calma que anteceda la violenta tempestad que arreciar de la mano de los excluidos, de los despojados, de los violentados, de los oprimidos. Y son ellos los que deben movilizarse para imponer la necesaria voluntad de cambios estructurales y de fondo: el viento sopla a su favor de momento, pues la movilizacin popular va en alza y existe una saludable tendencia a la unidad de los que luchan. Estos dos elementos favorecen la posibilidad de que el bloque popular se convierta en un factor de peso en las negociaciones, ms an cuando el bloque dominante presenta contradicciones internas que, sin ser antagnicas, son bastante agudas y le generan una crisis de hegemona.

Los enemigos (no tan) agazapados: Santoyo y las contradicciones interburguesas

La hegemona del bloque dominante, consolidada durante casi una dcada de Plan Colombia y la mal llamada Seguridad Democrtica (de la cual Santos fue un continuador), se ve afectada no solamente por la creciente movilizacin y descontento popular, sino que por la erosin de la unidad del bloque dominante. Cada vez se vuelven ms frecuentes los choques entre el uribismo atrincherado entre los elementos enardecidos de las fuerzas militares, de los ganaderos, de la narcoburguesa y del gamonalismo, todos los cuales ven en la guerra su gran negocio, y el santismo que representa los intereses supremos de los cacaos y del Capital transnacional, que buscan la paz para abrir paso a sus negocios e inversiones en el area agro-extractivista. Aunque estos ltimos sectores tambin hayan recurrido al paramilitarismo para asegurar la confianza inversionista y al despojo violento para enriquecerse, privilegiaran una manera menos costosa de garantizar sus ganancias, lo que los pone en una situacin un tanto diferente a los sectores de la burguesa que dependen, estructuralmente, del despojo violento para acumular Capital.

El columnista Alfredo Molano, hace unos meses, analizaba esta contradiccin en el bloque dominante y el impacto que tendra sobre un eventual proceso de negociacin:

al presidente le queda ms fcil negociar con la guerrilla que con los militares, los empresarios y los gamonales para no terminar derrotado en otro Cagun. Fue esa carencia el verdadero obstculo de la negociacin entre Pastrana y Marulanda. El error del expresidente no fue el despeje de 30.000 kilmetros, fue no haber negociado previamente con el establecimiento y con los militares el precio que esas dos poderosas fuerzas estaban dispuestas a pagar.[11]

Mientras se profundiza la crisis de hegemona del bloque en el poder, y mientras avanzan las luchas populares as como la insurgencia, sera insensato para Santos no reaccionar ante la agitacin que el uribismo lleva adelante en los cuarteles y su trabajo de polarizacin al interior del establecimiento. Ni Santos (ni los cacaos a los que representa, ni el imperialismo que lo respalda) aceptarn que Uribe se convierta en un factor de desestabilizacin. Todos ellos apoyaron a Uribe mientras ste les sirvi y les ayud a recomponer la maltrecha hegemona de una oligarqua decadente. Pero ni el imperialismo ni la oligarqua tienen amigos, sino que slo intereses. En el momento en que deja de cumplir ese rol, Uribe se convierte en un desechable.

En este sentido debe leerse el acorralamiento general al que la justicia est sometiendo al crculo ntimo del uribismo, con la condena de Rito Alejo, los crecientes sealamientos de paramilitares como Mancuso entre sus nexos con las AUC, los los de los familiares narcos del ex presidente y la deportacin del general Santoyo. No es que recin nos estemos dando cuenta de lo podrido del entorno de Uribe; eso se sabe desde hace tiempo, pero ahora el contexto es otro. Particularmente el caso Santoyo parece ser un apriete importante contra Uribe: si alguien puede compremeterlo en el narcotrfico y el paramilitarismo, es l. Ya ha empezado a hablar de algunos generales, incluido el brazo derecho de Uribe, Mario Montoya, y ha amenazado con cantar sobre polticos[12]. Ser Santoyo la carta del santismo para intentar poner a Uribe bajo control? Habr que ver la reaccin de Uribe al anuncio de paz, lo que probablemente har a travs del Twitter. Pero si decide seguir jugando a la desestabilizacin, su cada, muy probablemente ser solamente cosa de tiempo.

Meterle pueblo a la negociacin

An cuando debamos ver las negociaciones sin ingenuidad y con bastante realismo, es indudable que el actual momento abre un potencial enorme para superar las condiciones estructurales que han llevado al conflicto social y armado en Colombia, y que han alimentado a este modelo de capitalismo mafioso que acumula en funcin del despojo violento. Tanto Santos como los empresarios rechazan, o son reacios a aceptar, la participacin de mltiples actores en el proceso de paz. Es decir, buscan excluir al pueblo de la resolucin de un conflicto que le afecta directamente, dejando as intactas las condiciones para el estallido de nuevas violencias, como las que crnicamente azotan a las sociedades del post conflicto centroamericano. An cuando el movimiento guerrillero en Colombia sea parte de un acumulado importante de luchas populares en Colombia, y an cuando tenga un nivel de legitimidad muy importante en muchas regiones del pas, est claro que ni la insurgencia, ni ninguna expresin del movimiento popular colombiano pueden tomar la representacin exclusiva del movimiento popular.

La propia insurgencia se ha manifestado en mltiples ocasiones en acuerdo con esta posicin, la cual ven como consistente con sus postulados histricos. En su respuesta al profesor Medfilo Medina, el comandante mximo de las FARC-EP, Timolen Jimnez, explica el sentido de la lucha de poltica, por el poder para el pueblo , de esta guerrilla comunista: Ni en [el] Programa Agrario, ni en ningn documento posterior de las FARC hasta la fecha de hoy, se ha planteado jams que como organizacin poltico militar nuestra meta sea la toma del poder tras derrotar en una guerra de posiciones al Ejrcito colombiano, como se repite una y otra vez por todos aquellos que insisten en sealarnos la imposibilidad de ese objetivo. Desde nuestro nacimiento las FARC hemos concebido el acceso al poder como una cuestin de multitudes en agitacin y movimiento. [13]

En esa linea, el citado artculo de El Espectador plantea claramente, como un problema para la negociacin, que:

De antemano se sabe que otro de los aspectos difciles es la agenda de las Farc. Al respecto, est claro que en principio la pretensin de la guerrilla es meterle sociedad civil al asunto. Es decir, que los movimientos sociales, la academia o las minoras polticas tengan la misma vocera que puedan tener los gremios econmicos. Por eso el denominado movimiento de la Marcha Patritica puede cobrar protagonismo. Se trata de crear espacios polticos donde la discusin no se limite nicamente al pulso entre el Gobierno y la guerrilla. () Sobre el tema del Cauca las Farc tienen un pensamiento claro: si se llega a dar un proceso de paz con el Gobierno, los indgenas de ese departamento tienen que tener una vocera especial en la mesa de dilogo.[14]

Es necesario que el pueblo reclame y exija su derecho a tomar parte de este proceso y lo convierta en un dilogo nacional en el que se discutan los proyectos de pas que estn confrontados en un conflicto que no es solamente armado, sino ante todo social. Sobre la solucin poltica, la misma respuesta del comandante Timolen Jimnez establece que sta:

no puede entenderse sino como un replanteamiento del orden existente. No se trata de que guerrilleros arrepentidos y previamente desacreditados en extremo, entreguen las armas, se sometan al escarnio meditico y jurdico, para luego, con la espada pendiendo de un hilo sobre sus cabezas, ingresar al mercado de la poltica partidista a fin de hacer coro a las mentiras oficiales. De lo que se trata es de reconstruir las reglas de la democracia para que se debatan ideas y programas en igualdad de oportunidades. Sin el riesgo de ser asesinados al llegar a casa. O desaparecidos y torturados por una misteriosa mano negra que ya se anuncia que existe, como aquellas fuerzas oscuras que exterminaron a la Unin Patritica bajo la mirada impasible de la clase poltica colombiana. Es justo que se abra un debate pblico y libre sobre estos asuntos, que se pueda hablar de estos temas sin ser arrollados de inmediato por los monopolios informativos concertados.

Hay que meterle pueblo a estas negociaciones, aunque le moleste a la oligarqua ver a tanto patirrajado copando el debate poltico, terreno reservado por dos largos siglos de vida republicana a una lite dorada, a estirpes moribundas y decadentes cuyos apellidos se repiten una y otra vez ocupando todos los cargos de poder. Se trata de copar ese espacio, de llevar el debate poltico sobre la paz y la guerra, sobre el modelo poltico y econmico a todas las plazas pblicas de Colombia, a todas las facultades y escuelas, a todos los centros de trabajo, a las minas y las veredas rurales. Se trata de utilizar este debate para impulsar un proyecto de pas que recoja y armonice las demandas ms sentidas de todos los sectores populares que hoy luchan contra el modelo econmico de muerte y saqueo impuesto por los de arriba.

El anuncio del inicio de este nuevo camino en bsqueda de la solucin poltica, no debe significar que haya que desmovilizar al pueblo. Muy por el contrario, indica que es hora de que el pueblo salga a luchar an con ms decisin , que se profundice la movilizacin social y que se fortalezcan los espacios de unidad del pueblo en lucha. Debemos rodear, ms que nunca expresiones como la Marcha Patritica para evitar un nuevo genocidio y proteger los espacios desde los cuales el pueblo movilizado hace sentir su voz y su apuesta por una nueva sociedad. Debemos apoyar las luchas de los campesinos, de los trabajadores, de los presos polticos, que hoy se encuentran en desobediencia y huelgas en todo el pas. Debemos exigir el cese a la estigmatizacin, la persecucin y el encarcelamiento de luchadores sociales. Hay que exigir el levantamiento del mote de "organizaciones terroristas" a los insurgentes para as garantizar las condiciones ptimas para el dilogo franco y libre. Debemos exigir que de este acuerdo inicial se avance a un cese al fuego bilateral y al desmonte del paramilitarismo como una manera de proteger la vida y la integridad de ese pueblo que hoy debe convertirse en el actor protagnico de este proceso.

Solamente la movilizacin popular garantizar que este proceso de paz que se vislumbra en el horizonte concluya con las transformaciones estructurales que reclaman amplios sectores en Colombia. Y a la luz de los enormes desafos planteados desde el poder, esta lucha por la paz no ser nada menos que una lucha abiertamente revolucionaria. Es hora de hablar claramente sobre la naturaleza revolucionaria de esta lucha, que compromete la confrontacin de un modelo basado en la explotacin, el saqueo, la muerte y la exclusin, con un modelo que crece en el corazn del pueblo, basado en la inclusin, en el respeto a las comunidades y al medio ambiente, de carcter sostenible para proteger la vida, la dignidad y la autodeterminacin de las personas. No es nada ms ni nada menos que el tipo de Colombia que se quiere construir lo que est en juego.

NOTAS DEL AUTOR:

[1] http://www.elespectador.com/noticias/politica/articulo-...-cuba

[2] http://www.telesurtv.net/articulos/2012/08/27/santos-y-....html Ver tambin http://www.caracol.com.co/noticias/escuche-aqui-la-entr....aspx y http://www.semana.com/nacion/telesur-dice-gobierno-farc....aspx

[3] http://www.semana.com/nacion/eln-dispuesto-proceso-conj....aspx

[4] Para un artculo que refleja las actitudes predominantes en el Estado sobre los alcances limitados que esperan de una eventual negociacin, ver http://www.elespectador.com/impreso/politica/articulo-3...antos

[5] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=155098&titular=l...eblo-

[6] Ver, por ejemplo, la ltima columna de Humberto de la Calle http://www.elespectador.com/opinion/columna-370093-paz o el siguiente artculo http://www.elespectador.com/impreso/politica/articulo-3...antos Ver, en respuesta a esta tesis, un artculo nuestro previo http://www.anarkismo.net/article/21961

[7] http://www.elespectador.com/impreso/politica/articulo-3...e-paz

[8] http://verdadabierta.com/component/content/article/52-f...farc/

[9] http://verdadabierta.com/component/content/article/52-f...farc/

[10] http://www.eltiempo.com/Multimedia/especiales/caguan-pr...861-7

[11] http://www.elespectador.com/opinion/columna-353508-gran...rtida

[12] http://www.elespectador.com/impreso/judicial/articulo-3...ticos

[13] http://prensarural.org/spip/spip.php?article7176

[14] http://www.elespectador.com/impreso/politica/articulo-3...e-paz


(*) Jos Antonio Gutirrez D. es militante libertario residente en Irlanda, donde participa en los movimientos de solidaridad con Amrica Latina y Colombia, colaborador de la revista CEPA (Colombia) y El Ciudadano (Chile), as como del sitio web internacional www.anarkismo.net. Autor de "Problemas e Possibilidades do Anarquismo" (en portugus, Faisca ed., 2011) y coordinador del libro "Orgenes Libertarios del Primero de Mayo en Amrica Latina" (Quimant ed. 2010).


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.




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