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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-08-2012

Somalia, por qu un Estado?

Oscar Escudero
Revista Pueblos


Somalia concentra la quintaesencia de los Estados fallidos, es vivero de piratas y morada de los seores de la guerra, miembro honorfico del eje del terror, escenario de hambrunas e industria de refugiados. Estos son algunos de los generosos piropos a travs de los que se valen organismos internacionales y medios de comunicacin para difundir la imagen externa de este rido territorio del Cuerno de frica. Sugieren estos apelativos alguna otra posibilidad que no sea que, en ltima instancia, la sociedad somal, como otras muchas africanas, tiene un origen y un destino condenados a la fatalidad?

Da igual, porque lo importante es que el discurso dominante excluya los factores centrales de todo diagnstico riguroso que, como la impronta colonial y su prolongacin contempornea, o el intervencionismo secular de Etiopa, han operado y siguen operando a la manera de incombustibles volcanes de fuego y destruccin. Luego, esto significa que toda la responsabilidad procede del exterior y que los somales son inocentes? Tampoco, aunque convengamos que resulta imposible destacar un solo pas en todo el globo que pueda salir adelante si la comunidad internacional se empea en poner zancadillas bajo el pretexto de una cumbre, un proceso de reconciliacin o un programa de ayuda. Qu ha sucedido entonces en Somalia? Alumbrar estas cuestiones nos obliga a espigar ni que sea someramente en la historia de la ltima centuria de un enclave mil veces demonizado y apaleado.

La Somalia precolonial desplegaba su estructura social a travs de una organizacin clnica cuyos individuos abrigaban una fuerte conciencia genealgica, que descansaba a su vez sobre el islam somal y el derecho tradicional (jir). La actividad econmica, que apenas ha variado desde entonces, se reparta entre el capital mvil, a travs del ganado trashumante en el interior, y el comercio local y martimo en el litoral, un modus vivendi ajeno en todo caso al esquema afianzado sobre el monopolio y el excedente. Organizada en entidades autnomas cuyos mediadores haban de encontrarse en las cofradas sufes, Somalia, por tanto, no conoca ningn tipo de ideologa nacionalista y mucho menos aun cualquier nocin de Estado.

Con estas pinceladas no pretendemos reivindicar un paraso perdido orquestado por costumbres y rituales amistosos. Naturalmente, la violencia formaba parte de la vida, aunque sin representar una lacra que hiciese diferente al territorio somal del resto del mundo: Al margen de la vida urbana de las escasas ciudades costeras y el enclave agrcola comprendido entre los ros Schabeelle y Juba, la Somalia precolonial habitaba en un mundo de anarqua igualitaria, un mundo de cra de camellos y clanes, tan propensos a enfrentarse en conflictos blicos como a reunirse bajo una acacia con el fin de celebrar justas poticas que a veces duraban varios das. [1] Sea como fuere el equilibrio que all reinaba, desde luego que se vio truncado para siempre jams con el desembarco de las potencias coloniales, del mismo modo que se haba conservado e incluso enriquecido con las conquistas persa y rabe acontecidas unos siglos atrs.

COLONIZACIN Y MOVIMIENTO DERVICHE

En 1885, los britnicos crearon un protectorado en el norte y apenas cuatro aos despus los italianos hicieron lo mismo en el sur. Britnicos e italianos albergaban objetivos distintos. Mientras los primeros se inclinaban por la cuestin geoestratgica (control martimo y rutas comerciales), los segundos pretendan convertir Somalia en un trampoln para hacerse con las tierras ubrrimas de Etiopa.

En una primera fase, ambas potencias coincidieron en levantar una estructura de poder mnima que garantizase su presencia y que eludiese alterar factores identitarios, territoriales o religiosos. Pero las buenas intenciones slo eran el prembulo meloso de un plan que haba de hacer aicos la credibilidad del invasor europeo. Mirase como se mirase, el colonialismo de corte europeo supona una intromisin que por fuerza haba de generar nuevas formas de poder, al mismo tiempo que haba de despertar de su letargo la vocacin de resistencia y de repulsin a toda injerencia externa que, eso s, por encima de clanes y linajes, une a todos los somales.

Encabezado por Mohammed Abdulle Hassan, el movimiento Derviche se levant tanto contra los cristianos invasores en 1899 como contra la injerencia del ejrcito etope. Ambicionaba un espacio autnomo regido por una poltica de inspiracin teocrtica. Los ms de 4.000 combatientes que le siguieron se acuartelaron en campamentos, levantaron fortalezas y se echaron al saqueo y al robo de caravanas. Inicialmente, Abdulle Hassan pretenda aglutinar la disparidad social ms all de las barreras clnicas. Sin embargo, como habra de repetirse en el perfi l de todos los aspirantes a un poder centralizado, pronto descubri las virtudes de instrumentalizar el sentimiento genealgico para fomentar la divisin y el debilitamiento de sus rivales.

El movimiento Derviche fi rm un acuerdo con las potencias extranjeras que le conceda una zona autnoma donde poda implantar su idea de orden social-religioso, de modo que sera errneo afi rmar que combati unvocamente contra los ejrcitos coloniales. De hecho, su principal foco enemigo se concentr en los propios somales, sobre todo en aquellos que discreparon o se negaron a adoptar el nuevo orden. Tras 20 aos de lucha marcados por la hambruna, crmenes contra lderes religiosos, jefes territoriales, etc., el movimiento Derviche acab por recrudecer la rivalidad clnica, agrand las diferencias sociales y, como colofn, reforz la presencia colonial.

Desde el ocaso de la yihad de Abdulle Hassan hasta la II Guerra Mundial, la cara amable del proceso colonizador se intensifi c a travs de la construccin de carreteras, escuelas y hospitales. Entre tanto, Italia perpetraba los mayores estragos contra los signos de identidad locales: expropiacin de tierras, divisin de clanes y familias a travs de una reconfi guracin de fronteras territoriales, desprecio del liderazgo autctono y de la ley tradicional. Este proceso, por fortuna, se vio interrumpido con la derrota de Mussolini frente a los aliados, nterin que Etiopa aprovech para obtener su independencia y adjudicarse los territorios somales de Haud y Ogaden, este ltimo fuente de confl ictos recidivantes dada su poblacin de mayora somal. Actuando del mismo modo, el Imperio Britnico extendi sus dominios apoderndose de la regin italiana, erigindose as como el gran terrateniente colonial.

INDEPENDENCIA Y DICTADURA DE BARRE

Somalia proclam su independencia en 1959 con la expectativa de que el norte britnico y el sur italiano se fundiesen en una entidad inslita (el Estado), que nunca antes haba existido, ni nunca antes quienes tuvieron la potestad de ensayarlo hicieron gesto alguno en esa direccin. Con estos preliminares, no sorprende que todos los intentos por concentrar el poder en Mogadiscio abocaran en una progresiva fragmentacin del gobierno y de las dbiles instituciones del incipiente proto-Estado, pese a contar con una nutrida representacin que abarcaba desde partidos comunitarios hasta pan-somales. Tras nueve aos infructuosos en los que, entre otras fallas, los sistemas tradicionales revelaron su disfuncionalidad, entregados a las prebendas del clientelismo, Mohammed Siyad Barre se levant en armas y asalt el poder en 1969.

Con la promesa de instaurar un sistema educativo, impulsar el crecimiento econmico e igualar los derechos de mujeres y hombres, Sayed Barre impuso un programa socialista que se acab traduciendo en la merma de libertades y en la represin de las identidades clnicas, hasta el extremo de censurar toda alusin a la pertenencia clnica como si de un tab se tratase. Paradjicamente, con el paso de los aos, Barre estrech los vnculos con su propio clan y con el de su madre, al que benefi ci sobremanera, del mismo modo que sus recelos hacia unos clanes y sus tratos de favor a otros avivaron de nuevo la llama del tribalismo.

El smmum lleg con el estrepitoso fracaso de la guerra contra Etiopa a fi nales de los 70, que arrastr a Somalia al borde del precipicio y situ al dictador en el punto de mira del puado de enemigos que iban a salirse al paso. Todo ello suceda con un Sayed Barre protagonizando un baile de alianzas al son de los colosos de la Guerra Fra. Mientras el sucesor de Haile Selassie rompa vnculos con EE UU y se aliaba con la URSS, Barre haca lo contrario en pos de fi nanciacin con fi nes armamentsticos. Slo que Etiopa sali airosa; Somalia se desgaj un poco ms. As, en la dcada de los ochenta, mientras Mogadiscio abandonaba a su suerte las regiones perifricas, stas se convirtieron en terreno abonado para la proliferacin de milicias y guerrillas apoyadas asimismo por potencias vecinas, para cristalizar en una guerra civil.

SOMALILANDIA, PUNTLANDIA Y CLANES TERRITORIALES

Con el hundimiento de la dictadura militar de Barre en 1991, fl oreci la estructura clnica en su modalidad ms virulenta, aunque con dos notables salvedades. En ese mismo ao, que por razones puramente arbitrarias marca el punto de partida del colapso, el antiguo protectorado britnico de Somalilandia se declar independiente de Somalia, movimiento ratifi cado dos aos despus con la aprobacin de una constitucin.

Pese a estar envuelta en constantes tensiones fronterizas, a menudo blicas, Somalilandia ha logrado encauzar una gobernanza aceptable, validada por una sucesin de gobiernos democrticos tan precarios como legtimos. Un logro singularmente meritorio en tanto en cuanto avanza de espaldas a la aportacin de ayuda extranjera. Unos aos despus, Puntlandia, su homloga italiana, habra de seguir sus idnticos pasos. Hoy, ambas regiones, enmaraadas entre s y sumidas en un cruce de tensiones, encarnan, cual arquetipos, cualquiera de las alternativas que podran fraguar en una Somalia futura. Mientras Somalilandia apuesta por una independencia absoluta, Puntlandia estara dispuesta a integrarse en un Estado confederal.

Al otro lado de estas regiones, Somalia se haya enlodada en una lucha intestina entre clanes territoriales que se ha saldado con millares de personas muertas y otras tantas de desplazadas. Por qu perduran los sangrientos enfrentamientos sin visos de solucin? Por el mismo motivo que alimenta casi todas las guerras: el poder. Con la particularidad de que uno de los factores que facilitan su perpetuacin es el fl ujo constante de dinero mediado por los fondos de ayuda extranjera.

Esta pareja de palabras, tan cargada de emocin y complacencia para los occidentales, constituye una parte no menor de los problemas que acechan a Somalia en dos estratos contiguos. Primero porque el dinero, as con Sayed Barre como con los sucesivos gobiernos de transicin, se destina a nminas gubernamentales, lujo y armas, y en ningn caso alcanza a la poblacin civil si no es en formato de bala o mortero. Segunda porque, como se lamenta uno de los personajes del escritor Nuruddin Farah [2], la generosidad espontnea te deja en deuda, atrapada en un laberinto de dependencia (...) pero, no es verdad que aqu, en el tercer mundo, hemos perdido la confi anza en nosotros mismos, y tambin el orgullo, por culpa de la llamada ayuda que recibimos incondicionalmente del llamado primer mundo?.

ESPIRAL DE CAOS

Por aadidura, ni a Etiopa, ni a las potencias extranjeras les interesa demasiado que Somalia recupere la estabilidad, incluso aunque el enquistamiento del colapso genere efectos colaterales inesperados difciles de administrar por cualquiera de las partes implicadas. Nos estamos refi riendo al llamado fenmeno de la piratera. Sin una polica martima, sin un tejido gremial de pescadores, sin un organismo, en suma, que regule la explotacin pesquera de sus aguas ni asuma el control martimo de sus costas, el ndico ha devenido barra libre para los pesqueros de todo el mundo y vertedero franco para las navieras de dudosa reputacin encargadas de arrojar toneladas de contenedores de residuos txicos, como puso al descubierto el tsunami de 2004. Ello no exonera a los somales del delito de secuestro, pero poco habra que secuestrar sin intrusos expoliando sus aguas territoriales como hienas por la sabana. Como conclua el periodista somal Abdulkadir Salad Elmi [3] en un revelador artculo: Los verdaderos piratas en Somalia son Washington, Paris y Oslo.

Desde el ao 2000, en que se constituy un gobierno de transicin en Mogadiscio, apenas se han sucedido conatos esperanzadores. Cambian los actores polticos, pero se conserva la fragilidad de su estructura y acaso mengua el horizonte de su poder, limitado a una cuantas calles de una ciudad parcelada en distritos controlados por facciones clnicas.

El ltimo simulacro se produjo en 2009 con la designacin de Sheij Sharif Ahmed como presidente de Somalia. Miembro del ala moderada del islamismo somal, dirigente de los Tribunales Islmicos y artfi ce de numerosas derrotas infl igidas a milicias del centro y sur del pas, en Ahmed estaban depositadas la expectativas de una nueva luz para Somalia. Adems, contaba con el beneplcito internacional de pases fuertemente implicados como Francia (a travs de Yibuti), la misma Unin Europea y la diplomacia norteamericana. Sin embargo, en slo seis meses, todas las expectativas se fueron al traste, lo que vena a reafi rmar el hecho ya incontrovertible de que todo intento de poner orden en Somalia es siempre una pantomima para camufl ar los intereses externos e internos conjugados para eternizar su soberana. [4]

No son pocos los analistas que descartan la imposicin de un Estado unitario en aras del establecimiento de una poltica que reconozca las identidades colectivas, las instituciones tradicionales como el jir, los ancianos de los clanes y los mediadores religiosos, susceptible de cristalizar en un Estado confederal o en cualquier otra frmula ajustada a tales parmetros. Los detractores, sin embargo, se cuentan por decenas y pertenecen tanto al mbito internacional como al continental. Somalilandia, que podra ser un ejemplo a seguir, no cuenta con el reconocimiento internacional. Incluso la entidad predecesora de la actual Unin Africana hizo lo posible por enterrar el debate revisionista de las fronteras trazadas en la Conferencia de Berln. Y tericos de la altura de Achille Mbembe [5] defienden ese inmovilismo a la vista de la emergencia de rutas comerciales, la domesticacin del espacio y una integracin regional desde abajo, factores que ayudaran a refrendar el statu quo.

Sin embargo, en Somalia no ha ocurrido nada de eso. Si la espiral de caos crece con el tiempo, es bsicamente porque el entramado de agentes locales y extranjeros que detentan el poder as lo prefi ere. El fantasma del nico referente de Estado centralizado, imputable a Siyad Barre, puebla las pesadillas de los somales. Pero, al mismo tiempo, yace el sentir de encontrar una solucin estatal, aunque ya no se sabe hasta qu punto este prurito es consecuencia de la aculturacin o directamente de la desesperacin.


Oscar Escudero es miembro de Africaneando (http://africaneando.org).

Este artculo ha sido publicado en el n 53 de Pueblos - Revista de Informacin y Debate - Tercer trimestre de 2012.

Notas

[1] Samatar, Said S. (1991): Somalia: A nation in turmoil, Minority Rights Group.

[2] Nuruddin, Farah (1998): Regalos, Barcelona, Ediciones del Bronce.

[3] Abdulkadir, Salad Elmi (2010): The real pirates in Somalia: Washington, Paris and Oslo, en Pambazuka News, Issue 496. Publicado por Pueblos Revista de Informacin y Debate en castellano (08/02/2011): www.revistapueblos.org/spip.php?article2084.

[4] Gutirrez de Tern Gmez-Benita, I. (2009): Somalia, el abismo insondable, en Pensamiento Crtico, Pgina Abierta, 202. Ver en: www.pensamientocritico.org.

[5] Mbembe, Achille (2000): At the Edge of the World: Boundaries, Territoriality, and Sovereignty in Africa, Public Culture Incluido en castellano en la obra VVAA, (2009): Estudios Posctcoloniales. Ensayos fundamentales, Madrid, Trafi cantes de Sueos.



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