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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-09-2012

Las FARC-EP anuncian el inicio de conversaciones con el Gobierno
"Otra Colombia es posible y entre todos podemos modelarla"

Timolen Jimnez
Stolpkin.net

(Nota Stolpkin.net: La siguiente transcripcin, completa, es la declaracin de las FARC-EP a travs de su Comandante en jefe Timolen Jimnez sobre "el anuncio oficial del inicio de conversaciones de paz con el Gobierno de Colombia")


Las FARC-EP deseamos hacer tambin del dominio pblico, el anuncio oficial del inicio de conversaciones de paz con el Gobierno de Colombia.

Efectivamente, en la ciudad de La Habana, en la Cuba revolucionaria de Fidel y el Che, en la patria socialista de Jos Mart, nuestros delegados suscribieron el da 27 de agosto del presente ao el denominado Acuerdo General Para la Terminacin del Conflicto y la Construccin de una Paz Estable y Duradera.

Con l se desata de nuevo un proceso de dilogos encaminado a la consecucin de la paz en nuestra patria; una noble y legtima aspiracin que la insurgencia colombiana defiende desde hace ya medio siglo. Adjuntamos el texto de dicho acuerdo.

Consideramos un deber insoslayable reconocer la invalorable colaboracin del Gobierno de la Repblica Bolivariana de Venezuela, encabezado por el seor presidente Hugo Rafael Chvez Fras, que result determinante para la conclusin de este acuerdo; as como la inmejorable actuacin del Gobierno del Reino de Noruega, que jug un papel fundamental (Interrupcin).

Sin la preocupacin y gestin del Gobierno presidido por Comandante Ral Castro, esta larga faena no habra llegado a tan exitoso puerto. A todos ellos, nuestros formales y sinceros agradecimientos. Estamos seguros que toda nuestra Amrica aplaude su generosa actuacin. No nos cabe duda de que nuevas naciones seguirn sumndose al propsito de brindar este nuevo esfuerzo.

Han transcurrido 10 aos, desde cuando Andrs Pastrana decidi echar en sacos rotos sus propsitos de paz, y decretar una nueva etapa en la larga confrontacin civil colombiana. Daba as cumplimiento a la persistente amenaza de su primer Ministro de Defensa, que nos adverta, comenzando el proceso del Cagun, que tendramos dos aos para pactar nuestra entrega. So pena de sufrir un exterminio ejemplar, por cuenta de la arremetida que preparaba el Estado contra nosotros. Es claro que todo fue un ardid oficial para ganar tiempo. Cunta muerte y destruccin; cunto dolor y lgrimas; cunto luto y despojo intiles; cuntas vidas y sonrisas cercenadas, para finalmente concluir que la salida no es la guerra sino el dilogo civilizado. Pueda ser; y Colombia entera debe ponerse en pie para impedirlo. Que no suceda lo mismo esta vez; nuestra patria no merece esta guerra que declararon contra ella. Pero una dcada atrs, no slo se vino sobre Colombia y su pueblo una espantosa y embestida militar, paramilitar, judicial, econmica, poltica y social que hoy parece reconocerse como vana; tambin cayeron sobre nosotros como aves de presa, los propagandistas del rgimen con su discurso difamatorio y venenoso. Cul de los ms viles adjetivos no se lanz contra quien asumiera una posicin poltica prxima a nuestra palabra; de qu estigma infamante no fuimos cubiertos quienes hicimos frente a la guerra y la violencia desatada con frenes desde el Poder; cul de los ms horrorosos crmenes dej de sernos imputado; tambin tan denigrante envilecimiento del lenguaje termin siendo intil.

Volvemos a un mesa. Reconocidos como adversarios militares y polticos; convidados y protegidos por quienes nos persiguieron; acompaados y avalados por la Comunidad Internacional.

Definitivamente tanta manifestacin de odio, carece de sentido. Quizs para la satisfaccin de quienes el Gobierno Nacional ha reiterado una y mil veces, tanto en el escenario exploratorio como en sus mltiples declaraciones pblicas, su inamovible decisin de no permitir ninguna de las que califica como concesiones en el terreno de la guerra. En su extrao parecer, cualquier posibilidad de cese al fuego, tregua, armisticio o despeje, nicamente contribuye a la creacin de incentivos perversos.

Es claro para nosotros entonces que pese a las manifestaciones oficiales de paz, los alzados llegamos a este nuevo intento de reconciliacin asediados, no slo por el mismo embate militar desatado una dcada atrs, sino compelidos abiertamente mediante su acrecentamiento a recoger nuestras aspiraciones polticas y sociales a cambio de una miserable rendicin y entrega. Pese a tales seales, las FARC-EP guardamos la sincera aspiracin de que el rgimen no intenta repetir la misma trama del pasado. Pensamos simplemente que estn en evidencia las enormes dificultades que tendr que afrontar este empeo, la consecucin de una paz democrtica y justa, merece afrontar los ms difciles retos.

Por encimas de ellos, somos optimistas. La historia siempre ha sido labrada por las fuerzas sociales que apuntaron al futuro. Estamos convencidos de que la realidad nacional impondr la voluntad de las grandes mayoras, que creen y necesitan de la paz con justicia social.

A un lado del camino deben quedar los firmantes de fabulosos contratos derivados de la guerra; los que encuentran en los grandes presupuestos de Defensa un rpido camino al enriquecimiento; los que acrecientan velozmente sus propiedades e inversiones con base en el pillaje contra los indefensos.

A la obsesiva e indolente posicin de identificar la paz exclusivamente con la victoria; de alcanzarla mediante brutales operaciones militares y policiales de aniquilamiento; de conquistarla con base en devastadores bombardeos y ametrallamientos; de identificarla con la consagracin de la impunidad para la arbitrariedad de sus agentes; de tejerla con millares de capturas masivas, allanamientos, persecuciones, desplazamientos y toda clase de represiones contra la poblacin colombiana que reclama sus derechos; de asimilarla a la aceleracin de la locomotora de la infamia, resulta urgente enfrentar una concepcin distinta, justa, realista y constructiva.

Una paz fundada en la verdadera reconciliacin, en el entendimiento fraterno, en las transformaciones econmicas, polticas y sociales, necesarias para alcanzar el punto de equilibrio aceptable para todos; en la extirpacin definitiva de las razones que alimentan la confrontacin armada. Sobre tales certezas, se elabor conjuntamente la parte introductoria del Acuerdo General.

Un importante logro en las discusiones del encuentro exploratorio. Se reconocen all, entre otros hechos, incontrovertibles, que este proceso de paz, atiende al clamor de la poblacin en su conjunto, y por tanto, requiere de la participacin, sin distincin, de todos; que deben respetarse los Derechos Humanos en todos los confines del territorio nacional; que el desarrollo econmico con justicia social y en armona con el medio ambiente es garanta de paz y progreso; que el desarrollo social con equidad y bienestar, incluyendo las grandes mayoras, nos permitir crecer como pas; que la ampliacin de la democracia es condicin para lograr bases slidas de paz. A pesar de ello, an se escuchan con fuerza voces oficiales que abiertamente persisten en la salida militar. All ellos. Las FARC-EP asumimos, identificados con el pueblo de Colombia, que la introduccin de esos axiomas en el Acuerdo General, constituye el marco terico de principios que deber ser materializado en los acuerdos finales sobre la agenda pactada.

Seis meses batallando por estas verdades nos permiti por fin conseguir del Gobierno Nacional su inclusin.

Para nosotros es perfectamente claro que la llave de la paz no reposa en el bolsillo del presidente de la repblica, tampoco en el comandante de las FARC-EP; el verdadero y nico depositario de tal llave es el pueblo de este pas. Es a los millones de vctimas de este rgimen elitista y violento, a los afectados por sus polticas neoliberales de desangre, a los que suean con una democracia real en una patria amable, en desarrollo y en paz, a quienes corresponde jugar en adelante su rol protagnico por una nueva Colombia. Y a ellos, estamos dirigindonos los FARC con nuestro corazn en las manos. Porque ha vuelto a abrirse la puerta de la esperanza; porque repican las campanas llamando con fuerza a la plaza central, para que salgan de sus veredas, de sus viejas minas, de sus comunidades y resguardos, de sus barriadas pobres, de sus centros de trabajo, de las factoras que los consumen, de sus talleres domsticos, de su rebusque agnico de todos los das, de sus centros de estudio, de su confinamiento carcelario, de su incesante bsqueda de empleo, de sus pequeas empresas, de sus fbricas amenazadas por la quiebra, de sus culturas ignoradas, de su nicho de desplazados, de sus escondites de amenazados, de sus rincones de vctimas, de sus hogares destruidos.

Se trata de marchar por la paz, por la construccin entre todos del nuevo pas; se trata de cerrarles el portn a los amos violentos; de luchar por profundas modificaciones del orden vigente.

El espacio para la lucha de millones de colombianos est abierto. Es eso lo que significa que la paz es una cuestin de todos.

Tenemos que hacer de esta oportunidad un nuevo grito por la independencia.

Poco ms de dos siglos atrs, clamaba Jos Acevedo y Gmez desde un balcn capitalino: si dejis escapar esta ocasin nica y feliz, maana seris tratados como insurgentes. Mirad las mazmorras, los grillos y las cadenas que os esperan.

La situacin de hoy es asombrosamente semejante.

O los colombianos del montn, los secularmente humillados y ofendidos, los oprimidos y explotados nos ponemos de pie en defensa de nuestro territorio y sus riquezas, de nuestro trabajo, de nuestras libertades, familias, vidas y culturas, amenazadas por completo, o terminaremos con la marca del hierro candente en las espaldas, constreidos por las bayonetas, lamentado sin consuelo haber sido inferiores a nuestro compromiso con la patria y nuestros hijos; o seguiremos sufriendo la prolongacin indefinida y lacerante del conflicto para impedir por la fuerza semejante destino.

En das recientes, alguna revista reseaba como una emperifollada seora de la alta sociedad, renunci de modo airado a su participacin como socia en un exclusivo club de la capital, por haber visto bailando en uno de sus pasillos a un jovenzuelo atrevido que tena, adems, un cigarrillo en la mano. Una afrenta intolerable, a su juicio.

Que la gente de la alta sociedad proceda de ese modo, en sus clubes sociales, es un asunto de ella. Pero que no pretendan seguir obrando de igual modo con el pas entero. No puede calificarse como bochinche y ruido innecesario, la participacin general del pueblo colombiano en las discusiones de paz. Menos cuando ha sido ste quien ha puesto la mayor cuota de sangre y sufrimiento en el conflicto.

Llamamos por eso a Colombia entera a pronunciarse; a exigir su participacin o a asumirla en las calles y carreteras, como ha aprendido a hacerlo por siglos. Ella tambin tiene su agenda.

En nuestro pas se ve de todo. Vampiros sedientos de sangre acuden hoy a los cuarteles a llenar de consejas a los miembros de las Fuerzas Armadas a fin de lograr que se atraviesen en los esfuerzos de paz y de reconciliacin. Peligroso asunto. Pero saldrn tambin derrotados. Nadie como las guerrillas para dar fe de la entereza y valor de los soldados y policas de Colombia. Combatimos a diario en todo el territorio nacional. Ellos nos causan nuestras bajas y son a su vez alcanzados con el fuego de nuestras armas. Saben bien que la necesidad los ha impelido a jugarse la vida; que alimentan a sus familias con el miedo permanente a la muerte o a la invalidez; son colombianos del pueblo que aman la vida y se suean con prolongarla; que sufren necesidades si ven a sus hijos crecer en medio de tan aciago panorama de incertidumbre social y violencia, que junto a los suyos no pueden querer esta guerra. Habrn en su cpula elementos guerreristas y ambiciosos, que se prestan a los ms sucios propsitos; gente como Rito Alejo del Ro o Santoyo, penetrados hasta los tutanos por las doctrinas imperiales de la Seguridad Nacional que convierten en hongos a los hombres. Pero tambin debe haber patriotas; militares honestos que se preguntan por qu razn las Fuerzas Armadas colombianas se encuentran al servicio de poderosas multinacionales que saquean las riquezas del pas; por qu su papel se reduce a la intimidacin, al aplastamiento de la poblacin inconforme con las polticas antipatriticas de gobiernos corruptos; que se cuestionan por su papel de garantes de un injusto orden de cosas; que se irritan al ver como sus altos mandos dan sumisos partes a generales extranjeros. A todos ellos, extendemos en esta hora nuestras manos abiertas en procura de reconciliacin. Otra Colombia es posible y entre todos podemos modelarla.

Haber llegado a la Habana no fue fruto de la resistencia indoblegable de la insurgencia colombiana. Es, sobre todo, el triunfo del clamor nacional por la paz y la solucin poltica. Es el resultado de cada consigna pintada en una pared; de cada acto de masas promovido en centenares de sitios; de esa movilizacin campesina, indgena y de negritudes que confluy en Barrancabermeja en agosto del 2011; de las arrolladoras marchas en cada departamento y en la capital del pas; de la protesta social; de la lucha contra las fumigaciones; de los paros y huelgas contra el gran capital transnacional; de todos esos encuentros de mujeres, de artistas, de estudiantes y jvenes; de Colombianos y Colombianas por la paz; del Congreso de los Pueblos; de la Minga indgena; de la movilizacin de mltiples sectores; del grito adolorido de los habitantes del Cauca y Putumayo, del Cesar, del Huila y la Guajira, del Caquet, los Santanderes y Arauca; de todos los rincones de nuestra geografa patria. Semejante torrente ya no podr detenerse, estamos seguros que seguir creciendo; que se llevar por delante los planes imperiales, los aviones cazas, los tanques de guerra, los infernales desembarcos, los batallones de combate terrestres, los brutales escuadrones antimotines, los falsos positivos, las amenazas y los emplazamientos, el paramilitarismo, los pedantes jurisconsultos, la falsedad meditica, la politiquera rastrera, las polticas neoliberales.

Por nuestra parte, llegamos a la mesa de dilogos sin rencores ni arrogancias, a plantear al Gobierno Nacional que considere importante los de abajo; que no juzgue la como ingenuidad de sus anhelos, que no los crea incapaces de emprender grandes empresas, que le reconozca su derecho a tomar parte en las grandes decisiones nacionales.

Con el cerrado apoyo de enormes muchedumbres, no pensamos en levantarnos de la mesa sin haber hecho realidad esas banderas.

Hemos jurado vencer y venceremos!

Viva la memoria y el ejemplo de Manuel Marulanda Vlez, Jacobo Arenas, Efran Guzmn, Ral Reyes, Ivn Ros, Jorge Briceo, Alfonso Cano, Marianita Pez, Lucero Palmera, y todas las guerreras y guerreros que ofrendaron su sangre por la paz de Colombia!

Viva Colombia!



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