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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-09-2012

Antropologa anticapitalista del casino estadounidense
Eurovegas: lo que est en juego es mucho ms que las condiciones laborales

Luis Martn-Cabrera
Rebelin


La primera vez que tuve contacto con los casinos de Estados Unidos fue una temporada en la que viajaba frecuentemente entre Nueva York y Boston en los mticos autobuses Greyhound. Cualquiera que haya pisado estas tierras sabe que la mejor manera de conocer las entraas del monstruo es viajar en Greyhound, lo nico que te prometen es transportarte de un punto a otro de la geografa nacional, pero sin saber ni a qu hora sales ni cundo llegas a tu destino. Entonces yo viajaba en Greyhound no por placer, ni porque quisiera entender la Amrica profunda, sino, como todo el mundo, porque no tena dinero. En el Greyhound los asientos estn apretados, el conductor grita las paradas, huele a comida rancia y a vmito, el individualismo y la privacidad no existen, la intimidad forzada es norma.

Durante aquellos meses o muchas historias inverosmiles, compart comida, chistes y tristezas, me re y me jur no volver a montar en un Greyhound en mi vida. Las gentes que viajan en Greyhound son en general pobres de solemnidad en un pas obscenamente rico, pero, entre New Haven (Conneticut) y Providence (Rhode Island), la pobreza habitual se haca ms abyecta y desesperada, porque el autobs se desviaba por una carretera comarcal para hacer una parada en el casino Mohegan Sun. Entre los clientes de ese casino haba seoras afroamericanas de edad con respiradores de oxgeno, jubilados en busca de suerte o de un suplemento para la pensin, mujeres solteras en busca de emociones fuertes, toda una gama de personajes marginales que contrastaba con el rutilante decorado de neones y pantallas gigantes del casino al que iban a probar suerte o a aliviarse de la alienacin de sus vidas. Entre ellos, recuerdo con especial cario a un compaero peruano, la memoria slo me devuelve imgenes sueltas, algunas frases: que acababa de salir de una de las muchas prisiones privadas, que lo haban echado de su casa, que compartimos un cartn de vino a escondidas en el autobs, que nos remos de los gringos en espaol, que cuando se baj en el casino con sus ltimos dlares le di uno de esos abrazos que se dan cuando uno no tiene ms que calor humano para compartir, que le dese suerte sabiendo que para los condenados de la tierra la suerte est echada, que, cuando desapareci tras las puertas del casino, el vino agrio supo tambin a melancola e impotencia.

Pero los casinos no slo empobrecen a sus clientes, sino que destruyen todo lo que les rodea. Mohegan Sun, como la gran mayora de los casinos en Estados Unidos, est en una reserva india. Las exenciones legales son una prrica concesin, un sucedneo de soberana poltica para compensar por el genocidio de los pueblos indgenas, por el expolio de la tierra, por la destruccin de culturas y modos de vida milenarios. Y de qu ha servido que los indgenas norteamericanos puedan construir casinos en sus reservas? Ha servido para enriquecer a una minora de esas tribus y a una legin de industrias del entretenimiento, mientras la mayora de los habitantes de las reservas se hunde en el alcoholismo y la depresin, privados de educacin y servicios bsicos, inducidos al suicidio por la maquinaria infernal de esos casinos que slo profundizan la escisin y la herida coloniales.

La segunda vez que tuve contacto con los casinos fue en Detroit, la ciudad del motor, la Motown, el escenario del punk-rock transgresivo de Iggy Pop, la cuna del fordismo y la sede de General Motors en pleno corazn industrial del pas. Recuerdan aqulla boutade del Secretario de Estado Willson, lo que es bueno para General Motors es bueno para el pas? Pues a la altura del ao 2004 Detroit ms que la cuna de la industria automovilstica nacional, pareca Kosovo o Bosnia despus de un bombardeo de la OTAN, una ciudad fantasma: hoteles de principio de siglo abandonados, una estacin de trenes en ruinas, millares de casas y comercios con placas de madera en las puertas y ventanas, algunos vagabundos afroamericanos deambulando sin rumbo fijo por las calles, una prostituta aterida de fro frente a una licorera, hogueras en las esquinas de callejones oscuros, ecos apagados de una sirena A diferencia de otras ciudades industriales como Pittsburg o Chicago, Detroit ha quedado suspendida entre la economa industrial fordista y la economa de servicios y entretenimiento post-fordista, un trgico palimpsesto, un museo donde observar las brutales secuelas de la industrializacin norteamericana, una urbe abandonada a su suerte no slo a causa de la deslocalizacin de la industria automovilstica, sino tambin por los conflictos raciales y laborales. Este tipo de xodo se conoce popularmente como white scare, miedo blanco: cuando la burguesa blanca comprende que no puede seguir explotando a la clase trabajadora para obtener beneficios mediante la imposicin de condiciones estructuralmente racistas (segregacin, disparidad de salarios y acceso a los servicios, linchamientos, brutalidad policial, etc.), se mudan a las afueras de la ciudad para no tener que lidiar con la miseria que ellos mismos han creado.

Precisamente para paliar la miseria y el racismo un alcalde de Detroit tuvo la feliz idea de crear una zona de exencin legal e invitar a los casinos MGM (la competencia de Sheldon Adelson) a instalarse en la ciudad. All volv a ver a las mismas seoras afroamericanas con los respiradores asistidos de oxgeno, la misma gente con diabetes 2 en silla de ruedas, el mismo olor a tabaco pegado como una lapa a la moqueta, la misma obesidad mrbida producto de la pobreza y la mala alimentacin. Los casinos de Detroit slo han servido para hacer a la gente pobre ms pobre y para profundizar la segregacin racial. Por aquella poca leamos El Capital en el porche de una casa de Michigan y cuando Marx hablaba del capital como un vampiro que transforma el trabajo vivo en trabajo muerto, yo slo poda pensar en esos casinos chupndole la poca vida que quedaba en las gentes de Detroit, hincndole el colmillo a la pobreza para transformarla en la miseria ms abyecta, un pramo de zombies sin trabajo y sin esperanza. Y es que por debajo de las luces de nen, de la musiquilla de felicidad y los ccteles gratis de los casinos slo hay podredumbre. Al fin y al cabo la mercanca que producen los casinos es miseria con luces: las fbricas de Detroit ya no producen coches, ahora producen pobres en cdena.

Pero los casinos de Detroit, el Mohegan Sun, son slo una plida sombra del monstruo original, Las Vegas. Y s, no voy a ser hipcrita, claro que a todo el mundo le atrae ir a Las Vegas, una ciudad llena de mitos e conos, empezando por Bugsy, ese gangster demente al que se le ocurri plantar un casino en medio del desierto para que las estrellas de Hollywood pudieran desmadrarse y del que ya slo queda una placa en un rincn de los jardines del Hotel Flamingo. En el strip de Las Vegas slo se ven las luces y el espectculo, la miseria est en otra parte. Lo que si se ven son miles de adultos actuando como los adolescentes que fueron o quisieron ser, vagando de casino en casino, haciendo todo lo que no se puede hacer en las puritanas ciudades de las que vienen: bebiendo por la calle en gigantescas probetas de plstico, cantando borrachos en un karaoke, jugando al Black Jack, comiendo desaforadamente en uno de los mltiples buffets con comida plstica de diarrea asegurada, buscando sexo en un ascensor, inhalando cristal, una droga que aparentemente te permite jugar 48 horas sin dormir

Las Vegas es incomprensible sin la alienacin estructural y diaria a la que son sometidos la mayora de los americanos en su vida, vendemos nuestra fuerza de trabajo todos los das del ao, para poder pasar dos o tres das en esta discoteca/burdel en medio del desierto, sublimando la represin que producen las autopistas de cinco carriles, la oficina o las restrictivas leyes del alcohol. Nada ms conmovedor y melanclico que un grupo de secretarias de Wisconsin que ahorran todo el ao para pasar un fin de semana en Las Vegas, un dentista de Nebraska borracho o una familia de clase media cuyo hijo dice, pap, pap vamos a Venecia que venimos de Pars y as ya no tenemos que ir a Europa de dnde vinieron los abuelos.

Pero no nos pongamos sentimentales ni moralistas, en Las Vegas slo hay un dios: el dinero. La ciudad es la reduccin de todas las relaciones interpersonales al equivalente universal del intercambio. Las Vegas agarra a sus visitantes de los tobillos, los pone bocabajo y les vaca los bolsillos; tarde o temprano el vampiro encuentra algn deseo oculto, un espectculo, un anhelo, una comida, un vestido (ltimamente las boutiques de lujo han abierto millas de tiendas en el strip). Los casinos, las tiendas de lujo, los restaurantes y los bares son vasos comunicantes que reparten dinero en un sitio y te lo quitan con creces en otro, la ciudad es un cuerpo sin rganos por cuyas venas corre dinero las 24 horas. What happens in Vegas stays in Vegas (lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas) dicen, pero lo nico que se queda en Las Vegas de verdad es nuestro dinero en el bolsillo de magnates como Adelson, por eso en los casinos de Las Vegas no hay relojes, el nico tiempo es el tiempo de la plusvala, aquello de la jornada laboral de Marx ha sido pulverizado, el tiempo de la acumulacin de capital y la explotacin es siempre ahora, no tiene lmites.

Sin embargo, Las Vegas no slo es alienacin y explotacin laboral, es tambin espectculo, pero no en el sentido de cabaret y circo, que tambin, sino en el sentido en que lo usaron los situacionistas. A mediados de los aos sesenta, Guy Debord anunciaba que el capitalismo estaba penetrando en las esferas ms ntimas de nuestra cotidianeidad reduciendo todas las relaciones humanas a relaciones pecuniarias. Esta penetracin del capitalismo en su fase ms avanzaba suplantaba el vnculo social por un espectculo en el que la simulacin de la realidad, sus imgenes, sustituan a la realidad y a sus referentes materiales. Observando el funcionamiento de Las Vegas hoy slo puedo decir que las predicciones de los situacionistas se han quedado trgicamente cortas. Las Vegas ha abolido las cosas y las ha sustituido por mercancas, ha sepultado a los seres humanos y a la realidad bajo el destello siniestro de las imgenes y sus simulaciones. Un ejemplo slo: sentado en un caf de Las Vegas, en el stano de un casino, apuro una cerveza mientras una mujer con aires hippies toca con una guitarra acstica, bajo un rbol de metal adornado con luces, Me and Bobby McGee de Janis Joplin. La escena tiene un aire funeral porque Las Vegas ha sustituido la luz del sol, el rbol, las hojas, la savia, la rabia y el talento de la msica de Janis Joplin y las ha transformado en un espectculo vaco, en una mercanca para consumir y tirar.

Cuando Esperanza Aguirre dice que Las Vegas no son slo casinos, que es tambin la sede del Cirque de Soleil tiene razn, no se trata slo de casinos, ni de cambiar la ley del tabaco, ni de tolerar relaciones laborales neofeudales, lo cual ya es en s mismo bastante grave, se trata de un cambio de paradigma radical que amenaza con mercantilizar todava ms nuestra cultura y transformar nuestra sociedad en un espectculo dominado por la lgica colonial de la cultura norteamericana. El capitalismo se adapta a las diferencias culturales, no es difcil imaginarse en Eurovegas a un ejercito de Torrentes falsos en lugar de Elvis falsos, es fcil imaginarse que se celebren corridas de toros en los casinos, tomatinas, verbenas o concursos de flamenco. Mi tono, aunque admonitorio, no trata de ser puritano, los que me conocen saben de mi generosidad con la ingesta de sustancias txicas y de mis ganas insaciables de juerga. Si hay algo que nos define es tambin nuestra cultura festiva. Esas fiestas de verano, por ejemplo, que son puro gasto improductivo y, en los pueblos pequeos, hasta suspensiones momentneas del orden establecido merecen seguir siendo nuestras. La pregunta que tenemos que hacernos entonces es vamos a permitir que Esperanza Aguirre y Adelson encierren nuestra cultura y nuestro modo de vida entre las cuatro paredes de un casino a cambio de un puado de dlares y un montn de miseria? Nos queda dignidad como pueblo o nos ha vencido la desesperacin?

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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